viernes, 7 de enero de 2011

La escuela de la Cuchilla

  


                                            




            "Yo estudié en una escuela rural y tengo muy gratos recuerdos de mi maestra. Para enseñarnos las estrellas nos invitó una noche sin luna a acostarnos en el muro del patio y nos iba mostrando las constelaciones, luego nosotros teníamos que dibujarlas. Esa experiencia, y lo que ahí aprendí no lo olvidé jamás. Hoy en día trato de visitar a estos niños, a quienes la vida de montaña les hace difícil el acceso al conocimiento, para brindarles un poco de alegría y diversión, de manera que la escuela se convierta, para ellos, como lo fue para mí, en ese lugar de ensueño que motiva y propicia el salto hacia una vida mejor".
            Esto nos contaba un ex-alumno de la práctica pedagógica que dirige el profesor Jairo Portillo Parody. Cuando llegamos a la escuela rural de la Cuchilla, lo encontramos cantando y tocando para los niños, una mañana fría y nublada en la que acompañé a mi colega en su visita a los pasantes.
            Mi intención era leerles cuentos de miedo a los niños para motivarlos a que nos narraran sus propias historias y, de esta manera, despertar en ellos la creatividad. Era la primera vez que yo transitaba por esos páramos, tan cerca y a la vez tan lejos de mi cubículo universitario. Al acercarnos a la vieja casa en la que funciona la escuela me sentí transportada a un mundo mágico. La imagen me resultó cinematográfica, me parecía estar entrando a la escena de una película ambientada a  principios del siglo XX. Bajábamos desde lo alto de la montaña hacia una casa blanca que, en sus buenos tiempos, debió ser grande y próspera.  El camino real la atravesaba dividiéndola en dos, desde allí nos llegaban las notas de un cuatro y un coro de voces infantiles.
            En medio del patio habían colocado una piscina inflable, muy cerca de ahí una maestra armaba y pintaba caras de títeres y marionetas con algunos alumnos. En el salón más amplio dos enfermeras vacunaban a los niños contra el sarampión. En un aula pequeñita estaban los  niños sentados en sus pupitres, tres músicos los acompañaban y entre todos cantaban piezas del folklore regional. Era día de fiesta, la visita de  los antiguos pasantes de prácticas pedagógicas,  había roto la rutina de clase. Cuando se despejó un poco el cielo, los niños se cambiaron de ropa, se pusieron shorts y franelas y se lanzaron al agua. Primero las niñas, como siempre más atrevidas que los varones, luego ellos, uno por uno, tímidamente, como quien no quiere la cosa, se fueron acercando. No les importaba el frío, ni la escasa superficie, disfrutaban la novedad entusiasmados.
            Escuchamos de una de las maestras algunas anécdotas y de un lugareño la historia de la escuela. Su mujer y luego sus hijas habían cursado la primaria allí, ahora las muchachas hacían el bachillerato en San Lázaro, a una hora de camino.  En la cocina, la madre de uno de los niños preparaba mojo de atún, arepas, plátano cocido y yuca. No es común que los niños coman en la escuela, sin embargo ese era un día especial.
            La casa estaba muy deteriorada cuando se logró que la zona educativa la alquilara para que allí funcionara la escuela. Lentamente se han ido recuperando espacios. Primero las tres aulas en las que tres maestras se ocupan de los seis grados de primaria, a dos grados por maestra; luego la cocina donde, ocasionalmente, se le prepara comida a los niños, finalmente los baños que van a un pozo séptico. No hay luz eléctrica, así que los días nublados y grises  trabajan casi a oscuras. Ni qué hablar de material didáctico, sólo se cuenta con  la creatividad de las maestras a cargo. Sin embargo, cuánto amor y dedicación de parte de esas mujeres que recorren diariamente esos montes para enseñar a los niños las primeras letras, los primeros números… Para ellas la asesoría y los buenos oficios del profesor Portillo Parody han sido fundamentales en la transformación de ese pequeño universo llamado escuela rural.
            También han construido un pequeño huerto del que cuidan alumnos, maestras y padres; allí siembran flores, verduras y sueños. Muchas veces los niños no pueden ir a clase porque tienen que ayudar a sus padres en el campo. En oportunidades algún niño deja de ir porque la muerte se le atravesó en el camino en forma de alacrán o culebra.
Otras historias mejor no repetirlas, estoy segura de que, en el mejor de los casos, el lector podría pensar que estoy exagerando; o se le rompería el corazón como me pasó a mí, esa mañana de un jueves en la que pude compartir con esa gente maravillosa que está oculta tras el verde de la montaña y que, aunque no queramos darnos por enterados, necesita de nosotros.