martes, 28 de mayo de 2013

Los primeros poemarios de Francisco Pérez Perdomo: una poética de la alteridad y la reflexión poética.



Carmen Virginia Carrillo

Francisco Pérez Perdomo (Boconó, 1930)  publicó en la editorial del grupo Sardio su primer libro, Fantasmas y Enfermedades el año1961; dos años más tarde, bajo el sello de El Techo de la Ballena apareció Los Venenos Fieles y el año de 1966 La depravación de los astros.
Heredera de José Antonio Ramos Sucre, la poesía  de Pérez Perdomo dialoga con Baudelaire, Rainer María Rilke, los surrealistas,  Franz Kafka,  Henri Michaux,  la literatura fantástica y del horror,  particularmente con autores como Edgar Alan Poe y Howard  P. Lovercraft. Tanto la influencia de lo fantástico,  como  las vivencias de la infancia del autor en su ciudad natal, Boconó, en los andes venezolanos, están asociada a la  magia. A través de la magia el autor alcanza una visión fantasmática de un mundo sobrenatural en el cual el hablante cohabita con criaturas imaginarias.
En la obra de Pérez Perdomo percibimos un mundo abigarrado en el cual  un amplio bestiario preludia la desgracia y la muerte; seres misteriosos y repulsivos habitantes de una realidad inquietante, encarnan el mal de cuya violencia no se logra escapar. A través de la palabra poética, el autor construye mundos alternos; este  intento de evasión hacia lo imaginario constituye la representación  de un estado de ánimo signado por la desesperanza y la impotencia  que la realidad provoca; expresión de  rebeldía  contra un entorno amenazante que parece arrojar al hablante de estos poemas más allá de lo tolerable. Travesía por estados de  inconsciencia, mundos alucinatorios  que provocan vivencias de extrañamiento en un yo enajenado que se enfrenta a sus propios monstruos. Estos seres pertenecen a las esferas de lo onírico y el inconsciente, de ahí que la noche sea el tiempo privilegiado en los textos. Los escenarios sombríos, inhóspitos y  delirantes, así como los itinerarios aterradores, que conducen a experiencias insólitas en las cuales las fronteras entre la realidad y la irrealidad se confunden, expresan la angustia existencial del autor ante una sociedad injusta y opresora.
            La obra de Francisco Pérez Perdomo se desarrolla dentro de la categoría de “lo soñado”. Lo fantasmagórico y lo  paradójico constituyen expresiones de la alteridad en los poemas. La  presencia de lo abyecto y  lo grotesco articulan formas del horror. El peligro en oportunidades proviene del exterior del yo, sin embargo en ciertas ocasiones habita la interioridad misma del hablante. Frente a la hostilidad y el padecimiento el yo se transfigura, se fragmenta o se desdobla. La conexión del yo lírico con la alteridad se realiza a partir de la presencia del otro, y de esta manera se resquebrajan las presuposiciones de la unidad del ser. A partir de la contraposición del yo/otro se  desarrollan los  binomios oposicionales en los niveles temporal y espacial; desde el par sueño/vigilia se amplían al de incorporeidad/corporeidad, muerte/vida,  eterno/perecedero. Estos ámbitos, contrapuestos y a la vez interrelacionados, están separados por una frontera  que es permanentemente transgredida. Rimbaud, con su famosa frase “J´est autre” nos remite a ese desdoblamiento interior que padece el poeta; la presencia del doble  representa el peligro de la aniquilación del yo, la incomunicación y el aislamiento en oportunidades se presentan como el origen de esta fragmentación del ser. 
Fantasmas y enfermedades (1961) está constituido por 17 poemas, en ellos un yo lírico, habitante de los suburbios y barrios apartados de la ciudad, transeúnte nocturno de parques, calles y  teatros, intenta sobrevivir al acoso de fantasmas, espectros, monstruos, duendes y animales siniestros, a la vez que escucha mensajes cuyos enigmas trata de descifrar. Una sensación de extrañeza invade al hablante quien se ve arrastrado más allá de las fronteras de lo real, hacia territorios tenebrosos. Las enfermedades constituyen la otra gran amenaza del hablante; ellas representan una  forma de desplazamiento hacia la destrucción. Enfermedades del cuerpo y del espíritu que constituyen una forma  del mal que acecha permanentemente al hombre:

Hay enfermedades familiares
Enfermedades que bajan por la columna vertebral
Como monos selváticos
Enfermedades reales a las que el órgano de evasión
les resta importancia.

Así  como hay enfermedades
que nos hacen escupir al amigo o a la amada
esta enfermedad me toma de la mano
y me conduce no propiamente a las atmósferas
perfumadas de las salas de baile

(…) (Pérez  Perdomo, 1961: 53)


En los poemas la luz, la salud y  la vida se ven amenazadas por la oscuridad, las tinieblas, las enfermedades terribles como el cáncer y la lepra, -que aparecen personificadas en el apartado número 4 del poema  “De las enfermedades”-  y la muerte.
La alteridad, que experimenta el yo lírico, funciona no sólo a nivel de la identidad y en los ámbitos de lo espacial y lo temporal, sino también en el plano del discurso, de ahí que el autor insista en la dualidad del lenguaje y su contradicción entre la capacidad  y la imposibilidad de comunicar:

Maldigo esta lengua
incapaz de murmurarte al oído
la palabra evidente
Aparte de la economía o derroche del lenguaje
toda lengua a la hora precisa
pierde el control de sus propias palabras
Es la hora en que desde las profundidades
ascienden los monstruos dominantes
Y por más singular que se afirme
Todo lenguaje propio
En suma carece de propiedades
Sólo somos las máscaras en donde resuenan
las desaparecidas voces de antaño.  (39)

Consideramos que este metatexto  puede relacionarse también con el poema “Palabras” en el cual el autor humaniza el lenguaje para describir su función y reflexionar sobre el proceso de pérdida y disolución de la identidad del lenguaje:
A una palabra se la entierra de la misma manera
que a una horrible o linda dama
sin estimar en nada su grado de elegancia
Y entonces vienen los fantasmas
las palabras que salen
Las palabras muertas se complacen a menudo
en escenificar la resurrección de Lázaro
como si eso las tentara
Esto explica que haya palabras tan desarraigadas
tan perdidas en el tumulto de nuestra época
palabras que hacen el ridículo
palabras rezagadas en tarjetas postales
palabras mal vestidas
palabras que usan todavía bajo techo paraguas.  (35-36)

En el poema el autor juega con el absurdo, y el humor se instaura en el sinsentido de la situación planteada en el texto.  Pérez Perdomo  pone de manifiesto la capacidad humorística del absurdo. En ciertas oportunidades el azar cambia el rumbo de los acontecimientos hacia situaciones irreales trastocando las previsiones  lógicas: 

Qué voz que no es la mía
habla por mi en los suburbios
en los teatros
me despierta cuando duermo
con largas historias de fantasmas
me sobresalta con alarmas
cuando me aproximo a los abismos
qué mano que no es la mía
(la estudio y no descifro su mensaje)
hala mis orejas
y me saca de ciertas profundidades que me abruman
como a la víctima de un naufragio
qué mano se rasca por mi
con uñas no demasiado largas
me arrastra lava en mi cara
las impurezas matinales
purifica mi rostro en los lavabos
qué pasos lanzados al azar
invaden y llenan de fiebre a mis zapatos
qué ojos terriblemente fijos
desplazan mis miradas
He aquí mi expiación
… (13-14)

En la mayoría de los poemas la realidad está constantemente invadida por seres de otros mundos, que desde las profundidades del abismo tratan de aniquilar al hablante.  El yo escucha, en las sombras de la noche, las revelaciones terribles del otro que intenta apoderarse de su cuerpo y de sus espacios. Otras veces el absurdo se aproxima a la hipérbole, y ambas se convierten en procedimientos textuales de lo grotesco:

Relataré mi historia. Mis necesidades me abrumaron.
Cayeron sobre mi cuello al modo de ciertas plagas muy voraces.
Mis necesidades me decapitaron.
Cualquier situación extraña suscitada en lo más
profundo de mis intimidades de inmediato avanzaba y
congregaba en torno a ella las preocupaciones
más indolentes y en consecuencia mucho menos filiales.
De allí que mis orejas tan grandes en otros tiempos,
tal vez de albergar tan espantosos ruidos de infancia,
se fueran recogiendo sobre esa melodía que brota diaria y
sistemáticamente desde mis profundidades,
hasta que un día ya no fueron más perceptibles y sólo esa
melodía verificaba su existencia en i cara.
De tanta expectación hacia adentro, mis orejas se cerraron
a la tormenta y sus sonidos de poderes retroactivos y mágicos.
Igual suerte corrieron mis manos.
Olvidadas de sus funciones, como topos se fueron concentrando
En sí mismas hasta que en definitiva perdieron sus sentido de manos.
… (1961: 73-74)

A partir del onceavo poema “De las enfermedades” la matriz temática del libro se centra en las enfermedades y sus posibles curaciones. La muerte, que desde los primeros textos aparecía como la amenaza mayor,  pareciera postergarse ante una posibilidad de salvación:

Salvados
pero todavía como vestidos de ese limo negro
que dejan las catástrofes
y ese polvo y esa marca
de haber vivido tanto tiempo en sitio tan extraño
en ese cuarto tan cerrado
y por muchas razones tan parecido a ese lugar
con manos acostumbradas a las tinieblas
y ese cerco de ojos sin brillo vigilándonos
y esas máscaras como retorcidas
por los estigmas de las más diversas circunstancias
y de regreso ahora y reiterados como un hábito
a las enfermedades cotidianas
dulce cómplice
después de haber vivido sombríos e impunes al azar  (65)

El hablante, que se describe a sí mismo como un “Hombre dividido”, “Engendro de ángel y demonio”,  se acusa: “Soy el crimen y la víctima del crimen” (70).  Este juego de paradojas se complementa con  la presencia de la máscara  expresión de lo desconocido que se esconde tras las apariencias. Al igual que los fantasmas, las máscaras guardan enigmas que nos  invitan a descifrar. 
El universo verbal que Francisco Pérez Perdomo construye en  Venenos Fieles (1963) gira en torno a  un mundo absurdo y terrible en el cual la muerte  es una constante amenaza. Las atmósferas oníricas abren paso a las visiones fantasmáticas de seres  que  se apoderan de la realidad develando contradicciones entre lo irracional y lo racional. Ya Rafael Cadenas, en el prólogo a este libro de Pérez Perdomo, advierte: “Erraría el camino quien tratase de entrar en los dominios lábiles de Los venenos files con la sola asistencia de la orgullosa lógica usual” (s/p).
            Los poemas, titulados con la primera letra de la palabra que inicia el texto[1], están escritos en su mayoría en prosa. El primer de ellos resulta una suerte de  ars poética del autor:

Había caído en un error inexplicable. Me situaba frente a las cosas con ojos tradicionales. Costumbre sin duda funesta y deleznable. Desconocía que el objetivo del ojo nada a la deriva de las circunstancias y que una especie de dinámica incesante o círculo vicioso era el objetivo del paisaje. La iniciación en el secreto de estas aparentes novedades me aportaron el sosiego y me pusieron en guardia ante ciertas verdades degradadas y más comúnmente conocidas con el nombre de verdades elementales. Arranqué de mí esa lógica demasiado petrificada del paisaje. Entonces comprendí el ciclo de las mutaciones: el ojo azul convertido de repente en pico de águila, las cabelleras muertas ondeando en espléndidas plantaciones de algas, la piedra profiriendo en el desierto la voz del solitario. Nada me fue extraño. Comprendí también, gracias a las facilidades del método empírico, que el Órgano a semejanza del Verbo produce un susurro musical y que sus melodías, a la manera de largas lágrimas, quedan vibrando en el espacio, suprema resonancia. Asimismo comprendí que la vida es un proceso o una querella ciertamente nefasta donde la función sobrevive al órgano después de asesinarlo. Pensamiento este muy similar a aquel otro de que todo el tiempo está contenido en el colmillo de un caballo. Bueno, la música vibraba. Y así el tiempo y el espacio no fueron más que órganos desplazados (o despedazados). Catástrofe genial (Pérez Perdomo, 1963: s/p).

Una poesía de metamorfosis y trasmutaciones que convierte lo extraño en normal y viceversa. El hablante declara su rechazo por todo lo convencional y por la lógica formal y propone un mundo ficticio en el cual la ambigüedad y la equivocidad de la palabra amplifican los sentidos metafóricos del texto. La palabra fusiona los contrarios y construye  nuevas mitologías poéticas; a través de la analogía el autor acentúa el poder taumatúrgico del lenguaje poético. Verbo y materia trascienden de manera semejante a través de las renovaciones que experimentan constantemente.
Como preparación para la escritura el hablante señala la necesidad del trance y del despojamiento: “Cuando escribo debo ponerme en trance. No es ninguna novedad. Mi primer padre y también mi último padre me iluminaron con la clarividencia de un vocablo: DESPOJARSE” (s/p). Pareciera existir en esto una suerte de ritualidad, como si la palabra estuviera más allá del hablante y éste sólo fuera un instrumento para su materialización: “La voz busca una boca donde estirarse en ráfagas una lengua para precipitar el derrumbe de las palabras abismo abajo hacerlas girar en la uña y no en el hueco del labio sino en el labio la voz…” (s/p). Estas propuestas nos remiten a la idea romántica de la inspiración  poética que luego pasará a los surrealistas.
La poesía se convierte en una especie de Aleph, punto de confluencia de  las capacidades racionales e irracionales del lenguaje. Así Pérez Perdomo dirá en “U”: “debía pues morir en equilibrio puro, justo en el centro congruente del azar de los contrarios” (s/p). Manifestación de esa otredad del hombre que es la inspiración, (Paz,1986:179).
Pérez Perdomo insiste en ese carácter inconsciente e involuntario de la inspiración que, según Paz, es una de las características de la poesía surrealista; una realidad disgregada se reconstruye en mundos verbales que el poeta diseña al azar.
En los poemas un yo lírico permanentemente desplazado hacia territorios irreales describe su cuerpo, su mundo y el lenguaje mismo, como  una naturaleza fragmentada; esta cualidad pareciera formar parte de  la naturaleza del caos en que habita el hablante, quien se encuentra atrapado en un estado de conciencia en donde el tiempo no avanza:

...vas y regresas al punto de origen subes y bajas por las patas de la cama arrastrando el vientre frotando el vientre sueñas y te encolerizas tienes malas visiones te persiguen en la noche fragmentos de vocablos que ardiendo se incrustan en tu piel hasta la náusea pero la palabra mortal jamás se reconstruye cuentas los pasos al regreso uno dos tres ¿cuántos? Nunca lo sabes pero sabes que siempre son los mismos el total invariable la misma cama y el tiempo que hace crecer las uñas son los mismos pasos y las escaleras (…) (s/p).

          La metrópolis, la ciudad industrializada y masificada ofrece una infraestructura deshumanizada a sus habitantes quienes optan por una especie de exilio interior. El hablante es  perseguido por monstruos y espectros que buscan su destrucción, se insiste, además,  en el peligro del contagio y la contaminación. De nuevo encontramos la presencia de máscaras,  animales y cadáveres. En estos poemas se percibe una mayor insistencia en  nombrar elementos escatológicos.
            El año de  1966, La Depravación de los astros obtuvo el Premio de la Bienal “José Rafael Pocaterra”. En este poemario encontramos ciertas recurrencias temáticas con respecto a los libros anteriores, entre ellas cabe destacar: la indagación en estados psíquicos anormales, la fascinación por lo extraño, la presencia de atmósferas oníricas, el viaje hacia universos interiores, la lucha contra un doble que  en oportunidades se presenta como un ser  monstruoso, la obsesión  por  la muerte, la disolución de las nociones convencionales de espacio y tiempo,  la reiterada descripción del hablante  a partir de sus partes, como un ser fragmentado y desarticulado,  la presencia de máscaras, fantasmas, espectros y animales tradicionalmente asociados al mundo de la oscuridad. Estos procedimientos textuales podrían interpretarse como una escenificación del mundo y de la vida del hombre moderno.
Sin embargo, es importante destacar las  innovaciones que el poemario ofrece; a la realidad textual que nos había presentado en los dos libros anteriores y que incluye el sueño, la locura, la magia y el azar, se suman importantes referencias mitológicas y arquetípicas de la cultura occidental, con las que se establece una relación intertextual. La consistencia simbólica del mito permite incluir elementos de ámbitos contrapuestos, reales y virtuales, que se llevan a cabo en tiempos y espacios ilimitados y que otorgan sentido a aquellas situaciones límite que desbordan al hombre.
En los poemas encontramos personajes del mundo griego y de la literatura europea en una amalgama de reelaboraciones simbólicas:
(…)
¡Helena! ¡Helena!, ¡oh cruel alucinación!, el fantasma de Aquiles te sorprende en la beatitud augusta del sueño. Yo, Fausto, conducido aquí por Manto, como Orfeo desciendo a los infiernos y cuando te encuentro “respiro apenas, mi lengua balbucea”, -Tú perteneces únicamente a la primera edad del mundo”.

(…)
Brazos puros al margen de las deformidades
Levitación inmemorial
Brazos puros de Ariadna
Guiadme. (10-11)

La presencia de estos personajes emblemáticos pertenecientes a un imaginario  clásico, además de resaltar el legado cultural del autor,  permite la recreación literaria de ciertos mitos con una nueva intencionalidad dentro del universo fantástico de Pérez Perdomo.
La idea del viaje como una forma de reencuentro o de búsqueda de la amada es también la de la búsqueda de sí mismo, de la identidad perdida en los múltiples desdoblamientos que el hablante sufre. Por otro lado, la presencia de estos héroes míticos permite una trasposición de los valores que caracterizan al yo lírico,  a partir de comparaciones que se establecen en el texto. La combinación de arquetipos como Fausto y Orfeo,  dos magos paganos enamorados con un trágico destino refuerza la propuesta del autor en relación al poder mágico de la  palabra poética. Fausto, el hombre imaginativo que vende el alma al diablo y Orfeo, el mago del canto que falla en su más importante hazaña: recuperar a Eurídice, y que  tras el infructuoso viaje al mundo de los muertos, alcanza la consagración como poeta. La muerte representa la gran frustración de todos los hombres y sólo la poesía se convierte en el gran acto mágico de la inmortalidad, ya que a través de la palabra el hombre supera sus propias limitaciones y alcanza la trascendencia. 
En reiteradas oportunidades encontramos mundos y situaciones que se rigen por el absurdo, como en los poemas en los cuales el yo lírico que intenta trasladarse,  sin que sus desplazamientos ocurran, ya que tras las subidas, bajadas, entradas y salidas, el hablante se encuentra irremediablemente en el mismo lugar:

Nunca pude cerrar el círculo de mi imaginación en el punto más alto. En ese sitio permanecía constantemente abierto como una herida mal curada. Mis intentos fueron vanos. Trataba de escalarlo pero siempre resbalaba del punto culminante y retrocedía abismos más abajo  y a una distancia igual a la recorrida entre el sitio de partida y el punto más alto, punto movible pues cada caída desplazaba el punto culminante al lugar de la partida  inmediatamente anterior para alcanzarlo A cada caída el animal que llevaba a horcajadas en mis hombros me paraba y trepando de nuevo en mis espaldas me espoleaba y alimentaba con más furia ese sueño obsesivo de la altura que no me abandona jamás. (13) 

¿Es acaso el hablante un nuevo Sísifo que se desplaza por el espacio indeterminado del sueño, condenado a no alcanzar la meta y a no despertar de esa pesadilla que se repite infinitamente?
En algunos poemas aparecen los primeros indicios de lo que será una constante en libros posteriores del autor, la evocación de su infancia rural. Así dice en el poema 18: “mi origen rural encendió en mí una devoción ciega por los magos” (38). Estas memorias, aunadas al poder imaginativo del autor, producen un efecto de circularidad: “Nunca pude cerrar el círculo de mi imaginación en el punto más alto” (13).
En el poema, como en el mito, el  tiempo se hace circular, eterno retorno en el cual el hablante evoca el pasado y lo revive infinitamente. Esta concepción circular de la vida y el tiempo contradice la idea del tiempo lineal de la historia. Nos encontramos frente a una noción espacio-temporal característica de la modernidad literaria, en  la cual el  presente se convierte en una confluencia  de  todos  los tiempos. En este libro casi todos los poemas están escritos en prosa,  algunos en verso y dos en forma de diálogo, como el poema 7; en este texto dos personajes, que permanecen recluidos por haber infringido una norma,  dialogan entre sí. La situación se presenta como absurda y el  final es de una  irrealidad desconcertante:

-No lo sé.
-¿Pero cómo?
-Nunca se sabe. ¿Cómo podría entonces saberlo?
Es tan duro. Son tiempos tan descarnados, de pesadilla. Sólo se ven huesos y
pedazos de sueños por todas partes.
-Lo se. Hay un brillo en la oscuridad como de lámpara macabra. Uno se
habitúa, pero no todos corren la misma suerte. Tengo miedo.
-¿De qué?
-¿No te das cuenta? Infringimos normas disciplinarias.
-No lo sabía. Soy nuevo aquí.
-Pero de todos modos el Reglamento es inflexible. Nos sancionarán con un
encierro duro y atrozmente prolongado.
-¿Y se nos bañará diariamente, al amanecer, como a los animales? ¿Se nos
incomunicará y se nos reducirá a pan y agua?
-Pero es que? … ¿careces de instrucción al respecto? … Si antes de entrar
      todos somos suficientemente aleccionados.
-Dices tonterías.
-No. Sé que estás cosas te disgustan y por eso te largas.
-Pero … pero si yo jamás he venido. Nunca he venido. Debe haber un error.    
Adiós. (15-17)

   La incoherencia de la situación que se suscita en el poema busca el asombro del lector y el final inesperado pareciera borrar los indicios de realidad que el diálogo en un principio ofrece. A medida que el texto avanza la acción se difumina en una bruma de irrealidad. Es la presencia del absurdo que nos acerca al horror de sentirnos sometidos  a un mundo que no controlamos porque escapa a la razón. En otros poemas lo siniestro  transgrede los límites y el horror invade la escena y la impregna de fatalidad.
En este libro la idea de duplicación también se produce a partir de la imagen del espejo. Símbolo de analogía, el yo reflejado se vuelve otro, la  fragmentación y la repetición funcionan como un círculo vicioso en el que  se encuentra atrapado el yo:

Te miras en el espejo. En el globo de vidrio. Te acicalas. Te compones el cuello, la corbata. Te retocas el peinado. Observas tu propia imagen desde todos los ángulos. De frente, de lado; desde el agua, desde el fuego y el aire. Con curiosidad. Miras el tiempo. Consultas a los abismos. Te adelantas mil años. Vives. Regresas. Te miras en el espejo. En el globo de vidrio. Te acicalas. Te compones el cuello, la corbata. Te retocas el peinado. Observas tu propia imagen desde todos los ángulos. De frente, de lado; desde el agua, desde el fuego y el aire. Con curiosidad. Miras el tiempo. Consultas a los abismos. Te adelantas mil años. Vives. Regresas. Te miras en el espejo… (36)

El espejo ofrece una imagen parcial que resulta, en el distanciamiento una primera representación de ese otro que somos cuando nos observamos desde fuera de nosotros mismos. Imagen congelada del tiempo, reflejo de la existencia y asombro frente a la vida misma.
El universo poético de Francisco Pérez Perdomo está plagado de símbolos; palabras que describen el mundo con imágenes y figuras sombrías; escenarios ambiguos. Pequeños relatos  que develan el desamparo de un hablante desterrado a un submundo asfixiante y opresivo, poblado por animales viscosos y presencias fantasmales. En los textos la realidad se representa  inestable y el poeta busca mostrar la otra  cara de lo real; es la presencia invisible que se oculta tras lo visible, acontecimientos que transcurren en un espacio y un tiempo virtual.  La obra  de Pérez Perdomo es heredera de una concepción  ancestral de la poesía que adjudicaba a la palabra un poder mágico capaz de transformar la realidad.
En los tres poemarios percibimos  una tendencia a la experimentación verbal, en oportunidades omite los signos de puntuación; en general los poemas tienden a la narratividad y el prosaísmo, el autor ha desarrollado un pulcro trabajo de escritura en ese difícil arte de la poesía en prosa; es precisamente éste uno de los rasgos que  acercan la poesía de Pérez Perdomo a la obra de José Antonio Ramos Sucre. Una constante en su poesía es la presencia del absurdo  y la paradoja como formas de construcción de mundos alternos a través del lenguaje.
Una poesía que, además de construir mundos alternos, nos conecta con los mitos universales y se hunde en  consideraciones de carácter ontológico. Se ocupa también el autor de reflexionar sobre las capacidades creadoras del lenguaje a través de  metapoemas. La tradición  de teorizar acerca del  oficio de la escritura a partir del mismo acto creador, surge en la modernidad con Baudelaire y Poe. Hugo Friedrich considera que el móvil de dicha práctica obedece  “a la convicción moderna de que la tarea poética es una aventura del espíritu operante que al mismo tiempo se observa a sí mismo, aumentando así la alta tensión poética por el hecho de teorizar acerca de su propia tarea.” (1974:190-191) El autor reflexiona sobre el oficio de la escritura en el poema mismo y  desarrolla su poética.
Francisco Pérez Perdomo desarrolló una obra poética fundamentada en  la creación de  mundos alternos en los cuales las nociones de tiempo y espacio se trastocan; esta poética tiene su complemento en la imagen del doble. Ya José Antonio Ramos Sucre a principios de siglo y más contemporáneamente Juan Sánchez Peláez, en su Animal de costumbre (1959) habían experimentado con la temática del doble, en sus variantes de la máscara y el espejo.
La temática de la muerte es una presencia constante en los textos; también forman parte de esta matriz semántica el crimen, las persecuciones, reclusiones, castigos y torturas infligidos a los personajes de los textos. Consideramos que la presencia de los escenarios de violencia a los cuales alude esta poesía constituye una respuesta a los conflictos que la ciudad peligrosa y hostil permanentemente suscita.



[1] En los casos en que la letra se repite el autor  le coloca una numeración adicional; así tenemos el poema L, el L1, L2, y así sucesivamente.

1 comentario:

Mario Szichman dijo...

Una escritora amiga, Alicia Migdal, me acusó en cierta oportunidad de ser “un antipoeta implacable”. Era cierto cuando Alicia me formuló la acusación. Pero no es cierto ahora. Y en buena parte, eso se debe a un libro que leí en el 2010. Se titula De la belleza y el furor, y fue escrito por la profesora Carmen Virginia Carrillo. En un trabajo que escribí para el diario Tal Cual, dije que cada palabra del texto de la profesora Carrillo tenía, como lo hubiera deseado E.B. White, densidad y peso específico. Se trata de un ensayo escrito con una pericia muy especial.

Al analizar las poéticas contestarías de Venezuela y de América Latina en las décadas de los sesenta y los setenta, Carmen Virginia Carrillo descubrió poetas y poesías que ya forman parte del gran libro de América Latina. De la belleza y el furor me enseñó a amar a Eugenio Montejo, a Rafael Cadenas, a Caupolicán Ovalles, y al enorme Francisco Pérez Perdomo, que acaba de fallecer. No creo que exista mejor homenaje al poeta Pérez Perdomo que lo escrito por la profesora Carrillo. Parte de sus excelencias están reflejadas en el ensayo publicado en la entrada más reciente de su blog.

Y si el lector quiere profundizar en esos creadores, descubrir o redescubrir páginas inolvidables, ahí está el libro De la belleza y el furor.

Los rumores suelen pertenecer a dos categorías: hay rumores malos y hay otros todavía peores. Pero hay cierta clase de rumores relacionados con la actividad intelectual que siempre resultan buenos. Por ahí transita el rumor de que De la belleza y el furor pronto circulará como libro electrónico. Ojalá que ese rumor se convierta velozmente en realidad. La cultura de Venezuela necesita nutrirse de buenos rumores.