lunes, 3 de diciembre de 2012

El precursos de la independencia hispanoamericana a tres voces


Carmen Virginia Carrillo
Texto publicado en América, Cahiers du CRICCAL, n° 41
Presses Sorbonne Nouvelle,2012. Pp. 215-223



Todos los papeles y manuscritos se enviarán a la ciudad de  Caracas (…) para que colocados en los archivos de la ciudad, testifiquen a  mi patria el amor sincero de un fiel ciudadano y  los esfuerzos constantes que tengo practicados por el bien  público de mis amados compatriotas.
                                                                             
 Francisco de Miranda 1805    
 (“Disposición testamentaria”)
Francisco de Miranda, el Precursor de la Independencia Hispanoamericana, concibió  América como una gran Nación. Las  ideas de este visionario y revolucionario hombre de armas, de vasta cultura  y controversial  personalidad, quien dedicó la vida a concebir e intentar llevar a cabo la gran hazaña libertaria, ejercieron una influencia fundamental en el proceso de emancipación de Venezuela y  Latinoamérica.
Miranda participó en las tres grandes revoluciones que, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, constituyeron eventos fundamentales en el proceso de  transformación de la estructura geopolítica de occidente: la Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa y la  Independencia de América Latina.  Su pensamiento y su avasallante personalidad constituyen referentes historiográficos y ficcionales sin par
La voz de Miranda, leída desde La Colombeia, gigantesco archivo  de sesenta y tres volúmenes organizados por el propio Precursor[1];  los documentos  secretos e inéditos recopilados por Ángel Grisanti en el libro Miranda juzgado por los funcionarios españoles de su tiempo (1954) que recoge las injurias e improperios de los funcionarios españoles y las diatribas de sus enemigos (5)  y la novela de Mario Szichman Los papeles de Miranda (2000), texto que propone una  lectura del personaje desde la  ficción, permiten poner en relación diferentes miradas e interpretaciones, lo  que confiere al personaje y a su proyecto una nueva dimensión.    
          Sebastián Francisco de Miranda nació el 28 de marzo de 1750. A los veintiún años, partió hacia España con la intención de ingresar al ejército real. A partir de este momento, la necesidad de demostrar su calidad,  limpieza de sangre y nobleza del nombre; el deseo de formarse intelectual y militarmente y la obsesión por registrar meticulosamente todas sus vivencias, ideas e intercambios de información marcaron sus itinerarios. Esta etapa de la vida de Miranda es puesta en escena por Szichman en la novela, en lo que el protagonista llama "primer borrón y cuenta nueva" (Szichman, 2000,21)
        En el argumento de la novela, el “segundo borrón y cuenta nueva” (Szichman, 84) ocurre en 1783. Miranda huía de la justicia española. Con 33 años el personaje inició un largo recorrido cuya naturaleza y propósitos permiten considerarlo un viaje de formación.  En 1785 llegó a Europa y, tras renunciar al ejército español, recorrió países del viejo continente y de Asia,   con la intención  de  informarse y adiestrarse para  organizar un nuevo  gobierno en América. A lo largo de sus recorridos dedicó tiempo a escribir impresiones,  reflexiones, etc.; estos manuscritos conforman el Archivo de viajes y estadías de  La Colombeia, “Memoria del mundo” que puede leerse como una  bitácora del viaje de formación realizado por  Miranda.  
En 1789 regresó a Londres en busca de ayuda para llevar a cabo  una expedición libertadora contra el imperio español en América. En 1792, tras fallidos intentos por lograr el apoyo del gobierno inglés se fue a Francia, donde le nombraron general del ejército y participó en la Revolución Francesa. En 1798 volvió a Londres. Sus vivencias, observaciones y reflexiones sobre la forma de gobierno de los países recorridos, le permitieron formular un proyecto político para el país que soñaba y al que denominaba la Colombeia en honor a Cristóbal Colón.
Con miras a llevar a término el proceso que emprendiera el estado español contra Miranda, se organizó  un complot para cercarlo. Desde su llegada a Londres y durante su periplo europeo y asiático, se le vigiló con el fin de encontrar la ocasión adecuada para arrestarlo, apoderarse de sus papeles y llevarlo a España, donde sería juzgado y condenado. Tal tarea se encomendó  a Bernardo del Campo, ministro español en la capital inglesa.  El conde de Floridablanca era el encargado de dar  las directrices y mantenerse en contacto con del Campo. La correspondencia sostenida entre estos dos personajes y otros representantes del gobierno español en los países que visitó Miranda durante sus viajes, y recopilada por Grisanti,  demuestra el atractivo que el mismo ejerció sobre las cortes que visitó.   Si bien el genio, el desenfado y el conocimiento de Miranda lo hicieron acreedor de elogios y amabilidades –Napoleón Bonaparte dijo de él, “ese Quijote que no está loco, tiene fuego sagrado en el alma” (en línea) –, la insistencia del gobierno español en desacreditarlo y perseguirlo, paradójicamente contribuyó a forjar la imagen legendaria de este hombre como “símbolo de libertad, no solamente en Europa, sino también en América… modelo a imitar y el maestro a escuchar” (Bohorquez, 149).
Miranda se consideraba súbdito español hasta 1790 cuando,   ante el rechazo que sintió de parte del rey y convencido de la inutilidad de sus gestiones, renunció de manera definitiva al reino español. Rotos los vínculos, inició acciones en pro de la independencia de la América meridional, y la cimentación de esa nueva patria que soñaba.
En los documentos recopilados por Grisanti, que Szichman incorpora y re-escribe en la novela, se puede apreciar la valoración que los adversarios políticos de Miranda  tenían sobre él. Lo describen como traidor,  malvado, revoltoso y perverso. Sin embargo,  Del Campo en su informe comenta: “Parece mozo instruido, de grande actividad y de muchísimo fuego. Es feliz en la expresión y su trato personal son propios para agradar a las gentes.”  (En Grisanti, 67) Entre las cualidades que  le atribuye se encuentran “imaginación exaltada, luces y conocimientos más que medianos, fervor y vehemencia en su expresión, y sobre todo una actividad extraordinaria” y concluye: “con tal conjunto de calidades si este joven llegara a verse exasperado y rreducido a abrazar el partido de servicio estrangero, creo que preferirá siempre todo lo que sea acción, movimiento y singularidad, a seguir una vida quieta y indiferente” (106). A pesar de las recomendaciones hechas por Del Campo, y el Conde de Aranda[2],  José de Gálvez, Ministro de Indias, su implacable perseguidor, rechazó todos los intentos de reconsideración de su causa. Más no será hasta 1812, año en que sus propios compatriotas lo traicionaron y lo entregaron,  que el generalísimo Francisco de Miranda pise una cárcel española.
Luego de recorrer Europa buscando ayuda infructuosamente, pasó a los Estados Unidos donde finalmente consiguió apoyo para su expedición a las costas venezolanas en 1806. El 3 de agosto desembarcó en La Vela de Coro, tomó el fortín, izó la bandera y leyó la proclama de libertad. Nueve días más tarde, los expedicionarios abandonaban la localidad tras su fracaso.  En 1810, el Precursor regresó a Caracas por solicitud  de los compatriotas que viajaron a Londres en busca de ayuda para la gesta independentista, entre los que se encontraba Simón Bolívar. A  su llegada le otorgaron el grado de Teniente General de los ejércitos. El  23 de abril 1812 fue nombrado General en Jefe de toda la Confederación Venezolana, con plenas facultades y se le confirieron poderes dictatoriales con la finalidad de que defienda al país del ataque del capitán general Juan  de Monteverde, las circunstancias no fueron favorables a los patriotas y el 12 de julio, Bolívar perdió Puerto Cabello y Miranda se vio obligado a capitular. La madrugada del  31 del mismo mes, Miranda fue hecho prisionero por un grupo de oficiales del ejército venezolano y entregado a los españoles. Esta etapa de la vida del personaje constituye material de una interesante  interpretación ficcional en la novela de Mario Szichman.
Ya en la primera propuesta que Miranda hiciera al primer ministro inglés William Pitt[3], señalaba como las principales causas del descontento de los habitantes de la América hispana la discriminación que los españoles europeos hacían con los criollos, los controles de la Inquisición y las injusticias cometidas contra los nativos. Un mes más tarde presentaba al gobierno inglés el “Plan para la formación, organización y establecimiento de un gobierno libre e independiente en América meridional”[4].
   La lectura del pasado que el creador hace desde la ficción permite licencias mucho más amplias que las usadas por el historiador. Si bien la novela dialoga con los documentos, el autor re-elabora el discurso histórico sin estar limitado por las barreras de la fundamentación, la comprobación y la confrontación que se le exige a la Historia.   
En la novela Los papeles de Miranda, Mario Szichman  articula las voces que están en las fuentes historiográficas, la de Miranda y las de sus adversarios, y las actualiza. Así, el texto constituye un intento de interpretación del pasado desde ese surco que  se vislumbra en los testimonios históricos cuando se habla de las humillaciones y desprecios a  los que los mantuanos caraqueños expusieron al padre de Miranda, acusándolo de mulato y despojándolo de su cargo de capitán de batallón, y asoma la posibilidad de que la vida del hijo haya estado modelada por la necesidad de reivindicar el mancillado nombre del padre y salvar el honor de la familia.   De esta manera la novela, sin abandonar del todo los textos fundamentales de la historia, apuesta a una versión de los hechos que puede tomar  rumbos distintos.
El personaje se configura desde la primera persona y la voz del protagonista se convierte en la expresión de su mundo interior. Gracias a la ficción, la aproximación a la verdad histórica se hace a partir de esos silencios y grietas que suele guardar  la historia. Los recursos de los que se vale la novela permiten al lector reconocer al personaje en su interioridad, en sus temores, descubrir su lado más humano, conflictivo, contradictorio y anti-heroico.
La acción de la novela comienza la noche del 31 de julio de 1812 en La Guaira y  concluye la madrugada del primero de agosto del mismo año.  En esta historia enunciada autodiégeticamente (G. Genette) Francisco de Miranda, en la Casa de Aduana, en La Guaira, ordena sus papeles y, en función de los mismos, va recordando su vida y relatándola a su criado en  flash-backs. El autor utiliza como eje del relato  los papeles  de Miranda, el más preciado tesoro del Generalísimo. El protagonista se pasea entre sus “amados papeles” (14), elige documentos, expurga, ordena, pasa en limpio; intenta limpiar la mancha de la humillación heredada del padre. Principio y fin de su trayectoria:

 “La humillación que empezó con mi padre está finalmente por alcanzarme. Y para que no me alcance debo frenarme. Frenarme y enfrentarla. Así las apuestas de una vida, de varias vidas inacabadas, podrán transformarse en el destino que acabo de fabricarme.  …De la Caracas que me vio nacer a la Caracas que me ha condenado a muerte. De la humillación primera a la humillación última. (18)

            El autor toma como punto de partida, para el recorrido de la vida del personaje, el momento en que Miranda, después de haber encontrado refugio en la fragata Sapphire tras la capitulación ante Monteverde, regresa al puerto de La Guaira.  Este hecho da un giro trágico al destino del personaje. La novela ofrece una posible explicación  de ese inesperado acontecimiento al ofrecer una versión del asunto, que no tiene ningún referente historiográfico: 

Cuando me disponía a huir en la Sapphire apareció el maldito papel. Una simple sentencia, … Ese insidioso trozo de papel escrito por alguien que me comprendía muy bien, sumado a esa gente que no comprendía en absoluto que se me había enfriado el guarapo –que seguía confiando en mí contra toda esperanza, contra toda evidencia– me hicieron desandar los pasos, reformular mis planes, asignarle un nuevo papel al general Miranda, algo que no figuraba en mis antecedentes, y crear un personaje que ha perdido toda coherencia y tiene muy poco que ver con su vida pasada.” (Szichman, 13-14)
           
En el último apartado de la segunda parte, Miranda dará nombre propio al autor del papel que se convertirá en su sentencia:

El único papel que no he podido conservar es un papel que debo asumir por cuenta de otros. La esquela que deslizó Bolívar por debajo de la puerta de mi camarote. Tres párrafos. Mi condena y mi salvación. ¿Qué otra cosa podía esperarse del hijo del tendero? La puerta de escape de esta imposible situación, lo único que hace plausible mi retorno a tierra firme cuando La Sapphire estaba a punto de zarpar. No existe otra explanation. Yo mismo me siento tan intrigado como todos los que me rodean ante esta trama que no tenía prevista  y que es la única capaz de cortar el nudo gordiano. … Sin el papel que recibí de Bolívar, nothing makes sense. (169-170)

            Esta aclaración final del protagonista ratifica, desde la ficción,  la tesis sostenida por Miranda ante Pitt y más tarde ratificada por los historiadores, de que las pugnas entre los peninsulares y los criollos, aunado a las diferencias raciales y sociales, jugaron un papel fundamental en el desarrollo de los procesos independentistas en América Latina.
El tratamiento del tiempo es uno de los elementos fundamentales de la novela. Szichman explora el concepto de circularidad temporal:

¿Por qué no quise seguir huyendo? Tal vez en algún momento la rueda debía cesar de girar. Y en el punto en que la detuve le puedo dar a mi biografía el viso de lo inevitable. Si mi historia carece de principio, medio o fin, al menos puedo darle el aspecto de un incesante retorno a las fuentes. (18)

Ese  “incesante retorno a las fuentes” (18) puede  interpretarse como un intento de  reflexionar sobre el tiempo de la historia, que no se define en sí mismo como totalmente lineal o totalmente imaginativo; a su vez, propone  una estructura  temporal que  ofrece mayores posibilidades, cuando el autor trata de explorar la vida de un ser tan complejo como Miranda. En el texto se ponen en relación el tiempo mítico del eterno retorno  y el ficcional, cuyos movimientos no son ordenados, continuos, ni cronometrados, para así construir  otras posibilidades de sentido.
El texto propone una particular manera de concebir la relación entre pasado, presente y futuro, que oscila entre la inevitable consecución del destino trágico del personaje y la clara conciencia  que el protagonista  tiene de que a través de la escritura   se puede reconstruir la realidad:

 Mi vida es un libro abierto en muchas páginas a la vez. Y en cada una de ellas están marcados el promisorio comienzo y el deterioro final. Como las arañas, soy incapaz de remendar la tela y siempre debo hacer borrón y cuenta nueva. (21) 

Tanto en la novela, como en La Colombeia, Miranda intenta desesperadamente legar una versión de su historia que restituya la razón de su existencia: “En unas horas necesito tener una historia que pueda legar a la posteridad” (18),  “inventar mi propio destino como inventé mis pasados, reconstruyéndome incesantemente, abominando de la cronología.” (147) Frente a las posibilidades de que la palabra dicha llegue a malinterpretarse o a desaparecer, la escritura luce  como una versión perdurable. Es así como el personaje ve asegurado su destino en la permanencia de  esos papeles que, con tanto celo, ha guardado a lo largo de su existencia real y novelesca.

siempre expresamos por escrito tanto nuestra pureza como nuestras buenas intenciones. Es nuestra malicia lo que sigue siendo oral. Mejor eliminarlas de nuestra historia y que nuestros documentos terminen convirtiéndose en nuestras leyendas. (56)

            La selección que hace el autor de los episodios de la vida de Miranda y la forma en que los organiza dentro del texto permiten establecer  cierta distancia entre lo que  ha dicho la historia y lo que la novela propone, y diseñar un personaje signado por la fatalidad de su origen. Una última conjetura se asoma, la rivalidad de Bolívar y Miranda, representantes de los dos grupos sociales con mayores aspiraciones y derechos políticos en la colonia.
En las páginas finales, el protagonista imagina al lector virtual  en su intento por reconstruir el pasado y justifica la imposibilidad de comprobar el por qué de su fatal decisión:

Un futuro historiador se rascará la cabeza pensando que no había justificación alguna para el abandono de la Sapphire. (Aunque estoy seguro que encontrará una explicación plausible. Es la misión de todo historiador poner orden en el desatino).  Pero si el abandono parece caprichoso, lo que está por ocurrir le dará el sello de lo inevitable. ¿Se le ocurrirá a alguien resolver este misterio? ¿Por qué el general Miranda decidió abandonar la protección de la bandera inglesa para aceptar retornar a una fortaleza que se permutó en prisión? ¿Desandará algún historiador los pasos que me llevaron de la fortaleza de la Sapphire, y de la Sapphire nuevamente  a tierra firme? Es imposible, pues la única prueba ha sido quemada. (170)


Miranda,  produjo  y organizó  La Colombeia, para que diera cuenta de su vida, con la clara consciencia de que la palabra escrita era su pasaporte a la trascendencia. Los documentos históricos que Grisanti recopiló, en diálogo alterno con ese primer texto, permiten reconstruir y completar el perfil de este hombre legendario  y controversial, para quien la producción de la evidencia escrita llegó a ser una obsesión; del lado de la ficción, la novela de Szichman  se apropia de las memorias del otro y de los otros para ofrecer una interpretación distinta de la historia, con la intención de construir una verdad posible desde ese espacio de la libertad y de la subjetividad que es la literatura.

Referencias Bibliohemerográficas:
Bohórquez, Carmen L. 2006. Francisco de Miranda. Precursor de las independencias                                                 
     de la América Latina. Caracas: El perro y la rana.
 “Francisco de Miranda”, en Historia de Venezuela para todos, Fundación polar,
        http://www.fundacionempresaspolar.org/nosotros/historia/mirandafrnc.html
Grisanti, Ángel, 1954, Miranda juzgado por los funcionarios españoles de su tiempo,       
     Caracas, Jesús E. Grisanti.
Kadir, Djelal, 1984, “Historia y novela: tramatización de la palabra”, en Roberto
     González Echeverría (compilador), Historia y ficción en la narrativa Hispano-     
      americana, Caracas, Monteávila, pp. 297-307.
Miranda de, Francisco, Colombeia, (en línea),
      http://franciscodemiranda.org/colombeia/
_______________, Diario de Moscú y San Petersburgo
Szichman, Mario, 2000, Los papeles de Miranda, Caracas, El Centauro.




[1] Los archivos de Miranda contienen reflexiones, certificados personales, proclamas, proyectos, planes de gobierno, propuestas de constituciones, documentos para  negociaciones, estrategias de guerra, registro de traiciones e intrigas, diarios de viajes, crónicas de guerra, correspondencias, mapas, entre otros papeles. En 1812 se extraviaron después de que Miranda fuera hecho prisionero en La Guaira, más tarde fueron embarcados por Antoine Leleux en un navío inglés. Después de haber estado dos años en Curaçao  finalmente fueron enviados a Inglaterra,  allí permanecieron en manos de la familia del Precursor hasta 1926 (Bohorquez, 2006, 17); desde 1927 estuvieron bajo la custodia de la Academia Nacional de la Historia hasta  el 5 de junio de 2010, fecha en que fueron trasladados al Archivo General de la Nación, por decreto presidencial del 13 de abril del mismo año. Del total de los sesenta y tres volúmenes, han sido publicados veinticuatro. 

[2] El conde de Aranda, en carta a Floridablanca comenta acerca de Miranda: “No sé las causas de su desvio ó desgracia, que pueden ser de las que no admiten compostura; pero si fuesen suceptibles, el ser Criollo, el tener travesura, el poseer las lenguas principales de Europa, el haversela viajada como hace, y hecho conocimientos, serían consideraciones para ver de recogerlo a buenas no pudiendo a malas.” (En Grisanti, 185)

[3] Archivada como la N° VIII, correspondiente al N° 3, en consecuencia de la Conferencia tenida en Hollwood el 14 de febrero de 1790 en la Colombeia (versión en línea).
[4] Para Carmen Bohorquez, el problema de la identidad americana comienza a precisarse y a tomar dimensiones políticas con Miranda, quien se ve “obligado a definirse a sí mismo respecto a la realidad que quiere construir y que a su vez lo construye” (16) En este sentido, cabe destacar el peso que, sobre los procesos independentistas de los países hispanoamericanos, tuvo el maltrato al que eran sometidos los criollos y las diferencias sociales y raciales, elementos que crearon el ambiente propicio  para que germinaran las ideas emancipadoras. 

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