domingo, 1 de febrero de 2026

Entre la voz y el silencio: El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch

 

 Texto publicado por LP5:

Entre la voz y el silencio: El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch




 


Querer escribir el amor es afrontar el embrollo del

lenguaje: esa región de enloquecimiento donde el

lenguaje es a la vez demasiado y demasiado poco,

excesivo (por la expansión ilimitada del yo, por la

sumersión   emotiva)  y  pobre   (por  los  códigos

sobre  los  que  el  amor  los doblega y lo aplana)

 

Roland Barthes

 

 

LP5 Editora publicó el año pasado El desierto que cruzamos, de Victoria Benaroch, un libro de poemas, en su mayoría muy breves, que  giran en torno al sentimiento amoroso, a la fugacidad del deseo, al anhelo de recuperar la ilusión que se diluye en el olvido.  Escritos con particular economía de lenguaje y  condensación de sentido, sus versos nos hablan del dolor, de la herida y de la tristeza que atraviesa un yo lírico y su deseo de crear un mundo nuevo en el que sea posible el reencuentro:

Cada silencio procura el vacío

el regreso

reconstruye

 

el amor que dejamos en la puerta  (25)

 

 

El poemario está dividido en cuatro partes cuyos títulos  aluden  a  vacíos, áridos, extensiones siderales: “El murmullo blanco de su rastro”, “El encuentro fortuito de las estrellas”, “Llenarme de tu silencio” y “El desierto que cruzamos”, este último, que da título al poemario, nos remite  al éxodo del pueblo judío por el desierto, pero también al exilio,  la migración y  el trauma compartido, no solo por los ancestros, sino también por las nuevas generaciones. Ese lugar  de prueba y purificación pero  también de transformación, se traslada a los versos de Benarroch, la autora cierra el poemario con un atisbo de esperanza:

En mis senos me entregas

tu agua

la libertad de tatuar

un mundo

 

en la tempestad del desierto(4)

 

 

La palabra, sobre la página en blanco, dialoga con las ausencias, con los ecos del pasado. De ese vínculo inseparable entre la voz y el silencio renace el aliento. Deseo y escritura conforman un binomio que intenta resguardar lo transitorio,  nombrar lo indecible,  redimir el sentimiento.   

La palabra poética hace hablar al amor, delinea la emoción y descifra el deseo.  El hablante poemático  busca “cobijarse del dolor del tiempo” (32) y recuperar al amado:

               Cuando mis versos derriben

tu muro

cuando tu muro sea un silencio que no duela

 

nos encontraremos de nuevo (51)

 

 

En el horizonte de sentidos en el que se instala la desgarradura del amor,  las sinestesias, los oxímoros y las paradojas, esas figuras que permiten decir lo imposible,  articulan la tensión entre ocultar y mostrar, hablar o hacer silencio. El lector siente el poema,  percibe la complejidad de la existencia, la inestabilidad de los sentimientos, la tensión entre recuerdo y olvido.

En el primer poema encontramos envolturas  que ocultan la verdadera esencia, esa  que solo puede percibirse como rastro olfativo, efímero, emocional. El velo, insuficiente, no logra ocultar o, tal vez,  no revela lo suficiente.  Los sentidos sugieren lo intangible. 

 “Un desnudo viste su ropaje

 no hay quien pueda ver

 el suave aroma que deja al pasar

 

parece que el velo no fue suficiente.”

 

En reiteradas ocasiones, las  imágenes que remiten a la aridez, a la imposibilidad  de alcanzar el consuelo:

“Ni una gota de arena

 nada apacigua

 sola” (14)

 

Deseo y poesía reflejan movimiento, tensión, espera; no se consumen, se expanden.  Solo la palabra logra trascender la fugacidad de la existencia y vencer al olvido.    La huella persiste y nos invita a atravesar el poema, a descifrar la letra:

 “…

   intento en los vocablos

  dibujar

  esa línea indeleble

    que nos une en el deseo” (36)

 

La  completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del  encuentro se traslada al texto poético y lo  sensitivo se hace significativo. La complicidad renace en la posibilidad de la satisfacción del impulso amoroso. El “espacio silencioso del amor” (54) permite al yo lírico encontrar la propia voz y ser luz.

Los cuatro elementos  constituyen el eje del universo simbólico de este discurso poético: tierra (grano de arena, desierto, piedras),  agua (mar, olas, río,  gota, lágrima), aire (cielo) y fuego, que pareciera consumirlo todo,  pero que encuentra en el poema una forma de aliento: 

Sobre la calma enciendo un poema

su llama

recoge el sonido de un muro

 

mi dolor reposa en un salmo(23)

 

 

y es también  encuentro:

 

Desborda la docilidad de tu fuego

en mi

procúrame adentro

repósalo en tu cuerpo

 

y me hallarás (46)

 

El amor amenazado, el porvenir cancelado, la soledad, la espera y  el sufrimiento son transfigurados a través de la palabra,  el deseo se torna lenguaje.

Casi al final del libro, un poema largo irrumpe en la dinámica de textos breves para hablarnos del kipur. Lo humano se conecta con  lo sagrado volviéndose plegaria y  testimonio. El yo da paso a un nosotros que habla del perdón:

Llueve  de vejez llueve

sigue lloviendo y cantamos

alabamos a DS que hace las montañas

 

La lluvia  persiste para mantener viva la voluntad,  la esperanza se enraíza  en la oración.  El sonido del shofar despierta la conciencia y pide  arrepentimiento.  Testimonio de la pérdida y la catástrofe, la plegaria hecha poema nos habla de un renacer colectivo: “el  mundo      se transforma en vientre” (78). Espacio primigenio en que cobija y nos permite volver a ser tras el duelo, cargar “la herida del desarraigo” (83), atreverse a amar, porque el amor es el principio creador, al igual que la poises.

Las piedras, objetos silentes que “custodian nuestras nostalgias” (78),  comparten con la palabra, la condición fundacional y ambas propicia la invocación amorosa que busca la perpetuidad del sentimiento, ese que vive “en la herida del desarraigo” (83).

Leer El desierto que cruzamos es acompañar al yo lírico en su dolorosa travesía, dar la bienvenida a “la nostalgia” que “es la tristeza de la memoria”(55), para luego fundar “otro espacio entre la humedad/ para rescatar la flor/ y volver a ser” (81).

 

martes, 27 de enero de 2026

 

 

Carmen Virginia Carrillo 


(Publicado en Papel literario  de El Nacional, el 14 de diciembre de 2025) 


La República del Este, la utópica nación de las artes y las letras


               Para entender esa “gran peña de la amistad”[1], llamada La República del Este, es necesario hacer un repaso de los grupos artísticos y literarios, formados por jóvenes con inquietudes artísticas e ideológicas, que surgieron en Venezuela a finales de los cincuenta: Sardio (1958) y Tabla Redonda (1959).  Los integrantes de Sardio, amantes de la bohemia, comenzaron a reunirse en  el café Iruña y luego abrieron una galería-librería que se convirtió en un espacio de reunión de escritores, artistas plásticos y gente de cine, allí daban rienda suelta a sus propuestas renovadoras y su espíritu libertario.  

En los sesenta se constituyeron otros grupos de carácter más polémico, integrado por  escritores y artistas que simpatizaban con la izquierda y mostraban una tendencia abiertamente subversiva: El techo de la ballena (1961) en Caracas, 40 grados a la sombra  en Maracaibo (1964) y Trópico uno (1964) en Puerto La Cruz.  Tenían como norte la  innovación y la transgresión, seguían los procedimientos surrealistas y dadaístas de creación  e insistían en la necesidad de un cambio drástico, tanto en las propuestas estéticas como en las sociales y políticas.  

Finalizando la década, que podría ser considerada la más fecunda en cuanto a grupos, revistas y polémicas se refiere, los grupos se disolvieron y algunos de sus integrantes emprendieron nuevos caminos. En la medida en que la disidencia iba cediendo, las instituciones culturales del Estado abrían espacios a intelectuales y artistas que pasaban a ocupar cargos en diversos organismos culturales  y universidades.  Muchos de los  que en su momento representaron la vanguardia insurgente  suavizaron el tono contestatario de sus obras, sin dejar de cuestionar la realidad que rechazaban. Arremetían contra las convenciones y desmitificaban  los grandes modelos de la vida pública a través de la ironía, la sátira y el humor.

Una izquierda fragmentada y derrotada que buscaba olvidar el descontento. Sus partidarios, inconformes con la situación política y añorando espacios para la  confluencia,  empezaron a  reunirse en torno a las barras de los bares y cafés, allí conversaban acompañados de tragos. Esa bohemia que fue tan celebrada y, a la vez,  criticada creó una dinámica  que, por más de una década, fue incorporando personajes ajenos al arte y la literatura. Políticos, empresarios, psiquiatras se unían a las tertulias y aplaudían los homenajes que se le hacían a ciertos personajes.

 

Al este de Caracas,  Sabana Grande

 

Los bares y cafés desempeñaron un papel fundamental en la formación de las vanguardias artísticas y literarias; en ellos, tanto creadores como pensadores se  reunían para  intercambiar ideas y, en oportunidades, manifestar  rivalidades. En estos entornos, propicios para la creatividad,  surgieron nuevas tendencias que rompían con las convenciones y proponían nuevas formas de expresión artística.  En ciudades como París, Viena, Londres, Madrid, Buenos Aires, Bogotá y Caracas, estos espacios llegaron a ser considerados centros de intercambio cultural cuyas  tertulias atraían no solo a los intelectuales bohemios, sino también a curiosos y entusiastas aspirantes de artistas.   

Desde los cincuenta, el crecimiento económico del país, fruto del ingreso petrolero, se hacía notar, especialmente en la capital. Caracas progresaba y se modernizaba.  En las décadas de los sesenta y setenta, el Boulevard de Sabana Grande se convirtió en  el área cosmopolita más atractiva de la ciudad, allí se encontraban los cafés, los bares, las terrazas y las librerías que, junto con los locales de   la avenida Francisco Solano, se convirtieron en los más famosos y concurridos de la ciudad. En sus espacios se reunían intelectuales, escritores,  artistas, periodistas, curiosos y mecenas para debatir ideas, acompañados de copas.  

Los encuentros solían llevarse a cabo en tres bares que  formaban el llamado “Triángulo de las Bermudas”: El Vecchio Moulino, Franco´s y el Camilo´s.  J.J. Armas Marcelo comenta que lo llamaban así “porque una vez dentro de un bar sólo se podía girar sobre los otros dos vértices.” [2] Después de pasar por la Librería Suma se iban al Juan Sebastián Bar a seguir conversando de política y literatura.

Muchos recuerdan a Adriano González León apoyado a la barra de El Vechhio Mulino, conversando con otros asiduos compañeros, luego  se le iban sumando colegas y admiradores que disfrutaban de las disertaciones. La angustia existencial y la provocación se alternaban con el hedonismo y talante festivo de la jornada.  

 

El gobierno de la república imaginaria

En octubre de 1968, la bohemia caraqueña, liderada por Caupolicán Ovalles, instituyó La República del Este, una república imaginaria y  utópica que surgió de la disconformidad de los intelectuales  y artistas con las políticas de los gobiernos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, aunada a la desilusión de los partidarios de la izquierda, quienes no habían logrado materializar su ideal político de orientación marxista y finalmente habían cedido  a  los procesos de pacificación política iniciados por el presidente Caldera. No constituían un grupo, eran “un conglomerado de gente representativa dentro de la sociedad venezolana, que decidió asumir una actitud lúdica ante el panorama que ofrecía la Venezuela de los años setenta”[3]

Cuenta Massiani que estaba reunido con Caupolicán Ovalles, Luis Camilo Guevara y Mario Abreu en el restaurante Paprika y “de pronto Caupolicán, con unos tragos encima, se montó sobre la mesa y dijo:  

En este momento se acaba de fundar la República del Este… Al día siguiente Caupolicán se presentó en el Chicken´s Bar con un maletín y con Luis Camilo Guevara al lado y Mario Abreu. Muy serio comenzó a dar un discurso: “Señores, me respetan de ahora en adelante, pues están ustedes frente al presidente de la República del Este”…fueron vaina de “Caupo””[4]

Otros recuerdan el día en que los asiduos compañeros de tertulia y tragos estaban reunidos en el restaurante El Viñedo, frente a la librería Ulises y  Caupolicán fue electo presidente,  Luis Camilo Guevara  Primer Ministro, el pintor Mario Abreu ministro de Defensa y el poeta argentino Javier Villafañe ministro de Educación.  

No redactaron ningún manifiesto, ni tenían un proyecto específico, tampoco elaboraron  lineamientos políticos o filosóficos, solo propuestas aisladas, contestarías o anarquistas.  La improvisación era la norma.  “Todo se resolvía en un juego inteligente, en desplantes audaces, burlas sangrientas, en una creatividad desbordada que pretendía enfrentar el burocratismo, la corrupción, las complicidades partidistas, las manipulaciones del poder y la hipocresía.” [5] El único requisito era: “la hermandad del compañerismo.”

Ovalles parodiaba a los políticos con su particular retórica locuaz y burlesca. Su gobierno proponía un universo anárquico y libertino en el que se desacralizaba  la política y se institucionalizaban diversas formas de transgresión.

En un artículo titulado  Crónicas y delirios | La República del Este, el poder de la desmesura,  Igor Delgado Senior reproduce la proclama presidencial:

“¡Soy Caupolicán Ovalles, el Padre de la Patria, y mi Patria es la República del Este! He dicho” Y los vítores continúan:   “¡Vivaaa el Padre de la nueva República del Este, brindemos, cantemos, caigamos en las mundanas tentaciones, la noche es propicia y larga, que los dioses y mecenas nos acompañen, y que Omar Khayyam se instale para siempre a nuestro lado!”.[6]

Entre los miembros más destacados se encontraban Adriano González León, Orlando Araujo, Víctor Valera Mora, Miyó Vestrini, Manuel Alfredo Rodríguez, Alfonso Montilla., Daniel González, David Alizo, Denzil Romero, Enrique Hernández D’Jesus, Elí Galindo, Héctor Myerston, la Negra Maggi, Luis Camilo Guevara, Luis Correa, Luis Salazar, Luis Sutherland, Manuel Alfredo Rodríguez, Manuel Matute, Mary Ferrero, Miyó Vestrini, Mateo Manaure, Orlando Araujo, Paco Benmamán, Pepe Luis Garrido, Rubén Osorio Canales, Salvador Garmendia, Ludovico Silva, Francisco Massiani, Baica Dávalos, Enver Cordido Marcelino Madriz y Víctor Valera Mora.

La mayoría venía de  los grupos ya disueltos, otros recién se unían a nuevas experiencias grupales como La pandilla de Lautremont, conformada por Caupolicán Ovalles,  Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Víctor Valera Mora, José Barroeta, Elí Galindo y Ángel Eduardo Acevedo. Sus integrantes privilegiaban la interacción social y los encuentros y, cuando La República del Este comienza a desmayar,  toman distancia.

En 1974, Manuel Alfredo Rodríguez promovió la constitucionalidad en la República y organizó elecciones en las que fue electo presidente  pero, muy pronto fue destituido por un golpe de estado  promovido por Ovalles. Las rebeliones, los golpes constituían una parte fundamental de la paródica República.

Entre las actividades  de La República del Este cabe destacar la edición de una revista semanal homónima, que asesoraban  Adriano Gonzáles León y Caupolicán Ovalles y  editaba  Elías Vallés, el empresario dueño de la Funeraria Vallés, quien era miembro y  mecenas del grupo.  Vallés ganó las elecciones de La República del Este en 1980, y como primer acto de gobierno, presentó la revista. La publicación pretendía ser objetiva e imparcial y enfocarse en los problemas del país. Una revista “libre de ataduras” que buscaba un juicio justo. La publicación tuvo problemas de financiamiento y distribución y solo salieron a la luz cinco números.

La actitud de los integrantes de esta República festiva, desenfadada e irreverente, que degradaba roles y jerarquías, propició muchas críticas, sin embargo,   para Francisco Massiani fue un “factor determinante en las literatura de las décadas siguientes”. Considera el autor que “toda la literatura venezolana posterior ha sido posible solo a partir de las obras de los republicanos” [7]

En 1973 la institucionalidad en La República del Este empezó a flaquear y se dieron varios  golpes de estado, los cuales habían sido legalizados por Ovalles al inicio de su mandato. Lo que había comenzado como un primer grupo de escritores e intelectuales  fue creciendo en la medida que se hacía conocida esta especie de peña. Con el paso de los años, algunos de sus integrantes pasaron a ocupar cargos públicos y personajes de la política de turno se iban haciendo asiduos.  Los escritores que formaron parte de La República del Este continuaron escribiendo y su trabajo  era publicado en las editoriales universitarias, en Monte Ávila, en las páginas literarias  y en revistas, aunque no funcionaban como grupo artístico literario, sino más bien como amigos de tragos que se reúnen a charlar.

El fin de la utopía

A principios de los ochenta  la agrupación se desvaneció.  Ya no hubo más elecciones ni presidentes. Entre los factores que, según los republicanos, contribuyeron a este final está la construcción del metro, que trajo como consecuencia la desaparición de los bares y restaurantes en los que solían  reunirse. El proceso de modernización de la Sabana Grande cambió no solo los espacio, sino también la clientela que empezó a visitar los negocios de la zona. Ya  Caupolicán Ovalles había vaticinado la muerte de la República del Este con la llegada del metro.

Por otro lado, los republicanos se quedaron en la crítica al sistema, pero no tomaron acciones ni produjeron eventos culturales, se limitaron a cuestionar lo establecido con humor agudo que, en oportunidades, llegaba a la sátira, pero no proponían  alternativas, ni tomaron iniciativas que propiciaran un cambio, más allá de las tertulias en los bares. No obstante, cabe destacar el acto de desagravio a Salvador Garmendia que llevaron a cabo ante la polémica que se desató la publicación de su cuento “El inquieto anacorebo”. 

Habían quedado atrás las publicaciones y exposiciones de Sardio y el Techo de la Ballena. La beligerancia de los artistas desapareció y las ofertas de cargos, becas, misiones diplomáticas fueron recibidas por algunos republicanos con regocijo. Otros, entre ellos Ludovico Silva, Salvador Garmendia y “La Negra” Maggi,  rechazaban la presencia de antiguos enemigos en las tertulias.

En ese “amoroso surtidor equilibrando los cristales de la agonía que no cesa”, como lo definió Orlando Araujo,[8] coincidieron amigos y advenedizos para celebrar la existencia y ahogar las penas y los fracasos  en borracheras compartidas. La actitud lúdica y  humorística fue siempre la consigna de estos intelectuales desilusionados.

 La proyección que promotores e integrantes de la República del Este alcanzaron en el contexto del arte, el pensamiento y la literatura nacional son innegables, al igual que el valor de las publicaciones y la influencia de sus miembros en el acontecer cultural de las siguientes décadas y en los grupos que se articularon después. 

  



[1]  como la definió Rubén Osorio Canales

[2] J.J. Armas Alfonzo, “República del Este”, en  El Español, 14 marzo, 2014. https://www.elespanol.com/el-cultural/opinion/20140314/republica/17748627_0.html

[3] De Abreu Gallego, Lissy y Dos Reis Albuja, Aline, op  cit.

[4] Francisco Massiani entrevistado por Verónica V Rodríguez G. y  Carla V. Valero  en Una Rayuela que se borra  y se vuelve a dibujar cada día. Semblanza de lugar sobre la transformación urbanística y cultura de Sabana Grande.  http://biblioteca2.ucab.edu.ve/anexos/biblioteca/marc/texto/AAS3970.pdf

[5] Caupolicán Ovalles entrevistado por Carmen Virginia Carrillo https://www.youtube.com/watch?v=4CpEUV10DyE&ab_channel=ManuelOvalles

[6] https://www.ciudadccs.info/publicacion/2857-0

[7] Rodríguez, Verónica,  Valero, Carla: República de las artes y las letras. En:

https://www.hableconmigo.com/2018/01/21/republica-de-las-artes-y-las-letras/

 

[8] Orlando Araujo citado por De Abreu Gallego, Lissy y Dos Reis Albuja, Aline, op.  cit. P. 53

domingo, 14 de diciembre de 2025

  Texto publicado en El Papel Literario de  EL NACIONAL el domingo 21 de enero de 2024




Carmen Virginia Carrillo

 

RODOLFO IZAGUIRRE, UNA AVENTURA QUE COMIENZA

EN LOS AÑOS CINCUENTA

Conocí a Rodolfo Izaguirre en la década de los noventa, en Trujillo,  lo había invitado el cine club Tiempos Modernos, del Ateneo de Trujillo, al estreno de Bolívar, ese soy yo, de Edmundo Aray. En aquella época, estas instituciones mantenían una cartelera de actividades culturales amplia y variada. Era constante la presencia de personalidades destacadas del ámbito nacional e internacional. Varias veces nos visitó Izaguirre, en la Universidad de los Andes, Núcleo Trujillo. Con su talante  siempre ameno, lleno de anécdotas e información valiosísima, cautivaba a profesores,  estudiantes y cinéfilos. 

Recién comenzaba mi investigación sobre  la poesía venezolana de los sesenta, así que aproveché sus visitas para entrevistarlo. Rodolfo había participado en los grupos artístico-literarios más importantes de aquella época: Sardio y El Techo de la Ballena, su testimonio y su visión de los acontecimientos eran de gran valor para mi proyecto. Recuerdo que me llamó la atención su humor inteligente, su capacidad de asombro, su entusiasmo por el cine y la literatura, su  juicio crítico y su memoria enciclopédica.

Me habló de su juventud, de su pasión por el cine, de Sardio y El techo de la ballena, del país. Este año cumple 93 años y celebramos su vida agradeciéndole su inmenso aporte al cine y la cultura venezolana.

De esa gran  aventura  que ha sido la vida de Rodolfo Izaguirre queremos recordar algunos momentos:

París, La Sorbona y la cinemateca

Izaguirre viajó a París para estudiar derecho en la Universidad de la Sorbona, llevaba el entusiasmo de todos esos jóvenes latinoamericanos que sentían que París era el centro cultural  del mundo. Sin embargo, el ambiente universitario le resultó anticuado, “medieval” y autoritario, las clases y el entorno, poco estimulante.  En el trayecto que realizaba a diario desde su residencia hasta el aula de clase, pasaba por la cinemateca francesa, y esto cambió su destino.

Así recuerda su primera incursión en lo que sería su lugar favorito de la capital francesa:

  Un día —es lo que se llama torcer el rumbo de una vida—, en lugar de seguir hacia la universidad me metí a la cinemateca.  Friedrich  Rosif —quien luego va a ser un gran cineasta— era portero allí.  Cuando uno llegaba allí veía las maquetas que había construido George Melié para sus Viaje a la luna y Los elenitas, veía en aquellas películas una cultura pura, alemana, francesa, danesa y aquello fue para mí una verdadera fulguración, una revelación de algo realmente insólito.  Me quedé allí, no volví más a la universidad —sin saber que años más tarde me iba a tocar dirigir una cinemateca aquí en Venezuela.  Desde ese momento no volví nunca a salir de una sala oscura de películas, y mucho menos del cine.”

 A su regreso al país,  sintió la necesidad de desaprender todo lo aprendido en Europa, de conocer su propia historia, su cultura, y descubrir lo mágica, sorprendente y enigmática que era su tierra. Sin embargo, el bagaje cultural que traía consigo no solo no se perdió, sino que  le permitió entender los procesos sociopolíticos que se vivían en el país y hacer aportes importantes a nivel cultural, particularmente en el ámbito cinematográfico.

Jóvenes rebeldes con Sardio

A mediados de los años cincuenta, comienzan a llegar a Caracas jóvenes de todas las regiones del país, iban a cursar el último año de bachillerato, ya que éste solo se podía estudiar en los liceos de Caracas. Coincidieron en el liceo Fermín Toro y también en la Universidad Central, entre otros,  Adriano González León, Luis García Morales, Carlos Contramaestre, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre Figueredo, Gonzalo Castellanos, Elisa Lerner y Rodolfo Izaguirre, el caraqueño del grupo. Eran los años de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez, la censura dominaba, pero los unían  inquietudes literarias, artísticas e ideológicas y el gusto por la bohemia. El café Iruña se convirtió en el lugar de encuentros; más adelante, conformaron un grupo a partir de sus afinidades en gustos e intereses. En 1957, abrieron una galería-librería donde realizaban exposiciones y conferencias. En este espacio se reunían artistas plásticos, escritores y gente del cine. Sardio auspiciaba la integración de las artes.

Las ideas del filósofo francés Jean Paul Sartre fueron fundamentales para la concepción ideológica del grupo. Los sardianos se consideraban afiliados a un humanismo político de izquierda y demostraban su compromiso activo con la cultura. Los guiaba el deseo de cambiar al país, de modernizarlo.  

Para Izaguirre, “Sardio fue una expresión natural de la insurgencia de muchos jóvenes contra la situación política y el mundo literario de entonces”. Impugnaban la tradición, particularmente la literatura costumbrista, incluyendo a Gallegos. Estaban deslumbrados por la literatura europea, a la que consideraban más universal, y abogaban por la libertad que era considerada el más importante de los valores, tanto en lo artístico como en el político y lo económico. Para los sardianos no había arte auténtico sin libertad.

Al igual que sus compañeros, Izaguirre mantuvo la postura crítica, polémica y cuestionadora que caracterizaba a esta nueva generación artistas y escritores.  Su mayor aporte a Sardio lo constituyen los ejercicios de crítica cinematográfica.  En reiteradas oportunidades ha comentado que se hizo escritor para explicar con palabras la maravilla de las imágenes cinematográficas. Dominar la lengua, afinar el discurso, dibujar con palabras, continúan siendo, más que su oficio, su pasión. El cine le interesaba particularmente en tanto forma de arte que permite “crear una ilusión de realidad a veces mucho más densa y más corpórea que la propia realidad”.

Los sardianos se consideraban hijos de Rimbaud, leían a Saint-John Perse, Tristán Tzara, Durremat, realizaban juegos surrealistas, cadáveres exquisitos. Realizaron traducciones de escritores franceses y las publicaron. La influencia francesa era  muy mal vista por la militancia política de ese momento, particularmente por la juventud comunista los acusaba de afrancesados.

Izaguirre participó en el primer comité de dirección de la revista Sardio. Tres años más tarde, fue uno de los redactores  del octavo, polémico y último número de la revista, en el cual se divulga el pre-manifiesto de El techo de la ballena, que marcaría la escisión del grupo. Los integrantes más cercanos a la izquierda pasaron al grupo que recién se anunciaba.

En junio de 1961, Sardio se disuelve y los que pasan a conformar El techo de la ballena, se radicalizan. El nuevo grupo es más contestatario, cuestiona los cánones culturales existentes y propone una ruptura drástica con las estructuras de dominio.

Si bien Rodolfo se mantuvo vinculado a los balleneros, no lo hizo desde la dirigencia, ni con gran protagonismo, pero si participó en los juegos irónicos que crearon los balleneros, entre otros,  los denominados falsarios, una forma de  subversión que  ponía en cuestión la noción de autor: creaban pequeñas  trampas a los lectores: inventaban escritores, libros, como el supuesto Libro Cuarto de la Hechicería. Iban en contra de la autoría, desacralizaban el valor que se le solía dar al escritor, restándole importancia. Imitaban los estilos de otros con la intención de demostrar que la persona no es tan determinante para su producción artística.

Entre muchos de los textos de falsa autoría, es famoso un artículo sobre Juan Rulfo que fue publicado, en Sardio nº 8, como de Rómulo Aranguibel, quien estaba en ese momento en París, y en realidad había sido redactado por  Rodolfo Izaguirre y Salvador Garmendia. Esa osadía molestó considerablemente a Aranguibel.  

A través de esta actitud lúdica demostraban su rebeldía, cuestionaban y se burlaban de todo, incluyéndose a sí mismos La provocación fue otra de las estrategias utilizadas por los balleneros, también utilizada por otros movimientos neovanguardistas del continente.

En 1966 publicó el libro de ensayo El cine venezolano y la novela de ficción urbana, Alacranes que sería galardonada con el premio José Rafael Pocaterra, de la Universidad de Carabobo en 1968.  De Alacranes ha dicho Edilio Peña:

Lo novedoso de la novela es que la memoria no es tratada como un sembradío de recuerdos para rescatar del olvido, o recomponerlos para que no se extravíen. (…) La novela es una pieza de horror, tratada con una exquisita prosa. El horror del mal es purificado por la estática armoniosa del narrador. Paradójicamente, la novela Alacranes se convierte en obra emblemática de los desvaríos mentales, en los que ha sucumbido tanto la Venezuela de ayer, como la del presente. Cundida de alacranes.

La Cinemateca Nacional de Venezuela

En 1966, Margot Benacerraf fundó la Cinemateca Nacional de Venezuela y, dos años después, Rodolfo Izaguirre fue nombrado director, allí llevó a cabo una extraordinaria labor como gerente cultural realizando un extraordinario trabajo, no solo de difusión, proyectando películas nacionales y extrajeras a un público muy variado, sino también  una labor pedagógica cuya repercusión llega hasta nuestros días. Apoyó y  defendió el cine venezolano dentro y fuera del país.

Durante treinta años nos deleitó con su microprogama de difusión cinematográfica: El cine, mitología de lo cotidiano, en la Radio Nacional de Venezuela. En el año 2020 le fue otorgado el muy merecido Premio de Honor de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Venezuela, como reconocimiento a su labor. Han pasado seis décadas desde que el joven caraqueño se enamoró del cine, incursionó en la literatura para hablarnos del  séptimo arte y nos enseñó su valor.

 

La columna de los domingos.

En la actualidad, y desde hace ya unos cuantos años, Rodolfo Izaguirre escribe los domingos en El Nacional. Su posición crítica ante la realidad venezolana sigue presente.  Si bien sus textos mantienen incómodos a ciertos sectores, resultan un verdadero deleite para sus asiduos lectores, quienes lo esperan con fervor y admiración. En su prosa cargada de fina ironía, cada detalle o acontecimiento cotidiano da pie a la reflexión. Su  actitud comprometida, su humor sostenido y su inmensa capacidad imaginativa convierten las anécdotas y los recuerdos en textos extraordinarios en los cuales la memoria sirve de pretexto para cuestionar el presente. Así, nos habla de Belén, de los helechos de su jardín, de los hijos, de las viejas amistades, de poesía, de la actualidad política, o de cualquier hallazgo fortuito.

Recientemente publicó el libro Lo que queda en el aire,  un poema de amor en el que revive la vida conyugal y familiar con Belén Lobo. Un nuevo proyecto lo anima: escribir sobre su vida.

Estas palabras, que cierran un artículo suyo titulado “Mi propia naturaleza”, nos retratan las virtudes de este gran venezolano, que nos sigue cautivando con su verbo:

“Me distancio y rechazo a quienes se degradan a sí mismos al abrazarse a la ignominia o pervertirse en el autoritarismo; adoro a mis amigos que igualmente me valoran y estiman y por fortuna supe a tiempo que el arte no solo es un sálvese quien pueda sino una gran mentira que se transforma en la única verdad que reconoce mi propia naturaleza.

¡No sé qué es la felicidad, pero conozco el camino que lleva hacia ella!”

Este es Rodolfo Izaguirre, un intelectual de gran altura, ciudadano de firmes convicciones democráticas, un hombre noble.

              


miércoles, 12 de febrero de 2025

 

Carmen Virginia Carrillo

 

Rafael Cadenas. Un largo y extraordinario recorrido 

(Publicado en El Papel Literario de El Nacional el 23 de abril de 2023)

             


  Uno sólo espera de los poetas

un óbolo que nos sirva para el trayecto

Rafael Cadenas

 

 

 

Rafael Cadenas ha sido galardonado con  el Premio Cervantes 2022, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte de España, es el primer autor venezolano en recibirlo. Además de ser considerado como uno de los poetas más importantes del país, Cadenas ha sido, también, un venezolano íntegro. Desde muy joven se ha manifestado abiertamente en contra del autoritarismo, las dictaduras o cualquier forma perversa de ejercicio del poder. No dudamos al decir que el poeta es una de las referencias más respetadas e inspiradoras de la Venezuela actual. A pocos días de la entrega, queremos sumarnos, con esta breve reseña de su obra poética, particularmente enfocada en sus primeros poemarios, al homenaje que el Papel Literario rinde al querido y siempre admirado poeta.

            Cadenas nació en Barquisimeto, allí pasó su infancia. Siendo adolescente, fue expulsado del estado Lara por razones políticas  y se mudó a Valencia donde terminó el bachillerato. Una vez graduado, se fue a  Caracas a estudiar derecho. Participó en la primera gran huelga universitaria  junto a Manuel Caballero y Guillermo Sucre, entre otros. Les encargaron  tomar la universidad y  por ello, los apresaron . Tras cinco  días en la cárcel del obispo, lo trasladaron a la cárcel modelo, donde lo retuvieron por cinco meses. Cuenta Cadenas, en una entrevista que le hizo Rafael Arraiz Lucca, que un día lo llevaron al aeropuerto y lo metieron en un avión. Corría el año 1952,  el poeta tuvo que abandonar el país rumbo al destierro, en la isla de Trinidad. Allí vivió cuatro  años y comenzó a escribir un segundo libro titulado Una isla que culminaría en Venezuela y cuya versión original circuló multigrafiada en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela en 1977.

Cae la dictadura de Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 y el poeta  regresa a Caracas, allí comienza a escribir artículos para periódicos y una columna sobre crítica de cine. Entra, luego, a la escuela de Letras donde ejerce la docencia hasta su jubilación.

A los dieciséis publicó Cantos iniciales (1946). Ya en sus primeros poemas se perfilaban algunos de los ejes temáticos que reaparecerán a lo largo de toda  su obra, entre ellos, la exploración del ser y del lenguaje.

En 1959 surge el grupo Tabla Redonda integrado por jóvenes intelectuales -en su mayoría poetas- militantes o simpatizantes del partido comunista, algunos de ellos recién llegados del exilio: Jesús Sanoja Hernández (fundador y principal animador),  Rafael Cadenas, Arnaldo Acosta Bello, Jesús Enrique Guédez, Ángel Eduardo Acevedo, Oswaldo Barreto, Samuel Villegas, Mateo Manaur be, José Fernández Doris, Manuel Caballero, Enrique Izaguirre y los pintores Darío Lancini y Ligia Olivieri.  Luego se incorporarían Irma Salas, Dacha Nazoa y José Barroeta. El grupo, consecuente con su ideario político, desarrolló un persistente trabajo de apoyo a quienes se oponían al gobierno de Betancourt, sin embargo, nunca supeditaron el trabajo artístico y literario a los planteamientos ideológicos, por el contrario, la obra de la mayoría se manifestó al margen de los postulados políticos que, en la práctica, defendían.

            Desde sus inicios, Tabla redonda rechazó y criticó  a las posturas estético-ideológicas del grupo Sardio por considerarlas reaccionarias. Esta pugna contribuyó con la radicalización de algunos de los miembros de Sardio hacia la izquierda y a la inevitable división del grupo, surge así El techo de la ballena. 

Al igual que en  Sardio y El techo de la ballena, los escritores de Tabla redonda desarrollaron una intensa actividad editorial. Publicaron una revista que anunciaba como una publicación de “artes y letras”,  de circulación mensual; sin embargo entre mayo y diciembre de 1959 sólo editaron cuatro números.  En el comité responsable del primer número se encontraban Arnaldo Acosta Bello, Rafael Cadenas, Manuel Caballero, Jesús Enrique Guédez, Jesús Sanoja Hernández y Darío Lancini.  

Además de la revista, bajo el sello editorial del grupo se publicaron libros de sus integrantes entre ellos,  Los cuadernos del destierro (1960) de Rafael Cadenas.

Los miembros de Tabla Redonda consideraban que  la revisión del pasado cultural era fundamental para lograr el cambio en la sociedad.

            Los planteamientos fundamentales del grupo se centraron en el compromiso de los intelectuales  y la desmitificación del escritor como demiurgo. A partir de estos dos núcleos de conflicto cuestionaron la tradición artística nacional; sin embargo, y a diferencia de Sardio y El techo de la ballena, no buscaban una ruptura drástica con la herencia cultural, por el contrario, reconocían la necesidad de la continuidad del trabajo artístico. Las divergencias de Tabla Redonda con  Sardio y con El techo de la ballena se convirtieron en una polémica pública.

             Las posiciones políticas eran determinantes en las valoraciones artísticas y generaban posiciones encontradas de las que pocos lograron escapar. La mayoría de los grupos poéticos que surgieron a finales de los cincuenta y durante los sesenta consideraban fundamental el compromiso político de los escritores;  muchos de ellos produjeron obras de marcado cariz contestatario, como Caupolicán Ovalles y Víctor Valera Mora. Otros, entre ellos  Rafael Cadenas, lograron diferenciar la postura  política de la creación poética. 

             Si bien Tabla Redonda fue el grupo más radicalizado políticamente, sus integrantes no utilizaron la poesía como instrumento de adoctrinamiento, ni como arma de combate. En esta década violenta, como ha sido denominada por la historiografía, unos optaron por llevar al arte la agresividad  y  la iracundia que vivían, otros prefirieron separar el compromiso vital de la obra literaria y centrarse en la reflexión ontológica y  la exploración estética.

El año de 1965 desaparece Tabla Redonda, sus integrantes continuaron con su trabajo intelectual alcanzando, algunos, reconocimiento internacional, tal es el caso de nuestro laureado poeta, Rafael Cadenas.

             Tres años después de la publicación del largo poema en prosa, Los cuadernos del destierro, apareció el poema más conocido de Cadenas, “Derrota”, texto que plasma la crisis existencial de  una generación que se sintió traicionada. En 1966, la Universidad Central publicó Falsas maniobras, libro que  agudiza la problematización del yo poético, que ya se anunciaba en los textos anteriores.

La obra de Cadenas dialoga con la cultura oriental, particularmente con el pensamiento vedántico, el taoísmo y  el zen. De Occidente encontramos en Cadenas los ecos de Arthur Rimbaud, Walt Whitman, Rainer Maria Rilke, D. H. Lawrence, Fernando Pessoa, Giuseppe Ungaretti, Czeslaw Milosz, Henri Michaux, Carl G. Jung, Alan Watts, entre otros.

Ya en Una isla (1958), poemario cuyos ejes temáticos son el amor y el destierro, muestra Cadenas su interés por la indagación sobre el lenguaje y su relación con la realidad:

SOLA,

Insegura,

Apremiante

Palabra,

Casa Sin extravíos.

 

Para ella desearía

la fuerza

de los árboles.

(2022,50)

 

En Los cuadernos del destierro (1960) destaca la reflexión sobre la identidad del ser y la palabra poética. El hablante se define por su condición de desterrado e intenta fundar un mundo mítico en el cual reconocerse. El desarraigo genera una  crisis de identidad  que el texto poético busca restablecer, relato fundacional  que tiene como marco de fondo el espacio insular de Trinidad. Entre las características más resaltantes del texto se encuentran la fragmentariedad y la ruptura de la lógica del discurso.

Este largo  poema en prosa se enlaza con toda una tradición de poesía narrativa que se inicia en el siglo XIX con los románticos, continúa en Baudelaire y que en América Latina alcanza con Azul de Rubén Darío su concepción más moderna.

La relación del  libro de Cadenas  con Una temporada en el infierno de Rimbaud se percibe desde las primeras líneas. Al igual que el poeta francés, Cadenas inicia el texto estableciendo el origen  ancestral y  mítico del hablante:

Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor.

Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben –o lo suponen- quienes se ocupan en leer signos no expresamente manifestados que su austeridad tenía carácter proverbial. (7).

            Una vez determinada la genealogía, el hablante se describe a sí mismo “Soy desaliñado, camino lentamente y balanceándome por los hombros y adelantando, no torpe, más si con moroso movimiento” y anuncia el propósito del texto: “relataré no sin fabulaciones mi transcurso por tierra de ignominias y dulzuras, ruptura y reuniones,…” (8), rescatar del olvido las vivencias del destierro, y poner en evidencia la intervención de la imaginación en la construcción del poema. La fabulación constituye un ingrediente complementario del texto a través del cual el poeta, en un permanente oscilar de un extremo a otro, se muestra y se enmascara.

El hablante, escindido, se pierde en una multiplicidad de rostros, “un día comenzó la mudanza de los rostros. Uno suplantaba a otro, sin cese. Tal día fueron cien, tal otro mil; todos escenificaban un danza de posesos sobre mis hombros” (9); la representación de un yo dividido plasma los  enigmas de un sujeto que ha perdido su unidad y que puede llegar a la disolución total de sí. Ese yo fragmentado reitera su fidelidad a la memoria:

Hice mis particiones.

Aguas en la memoria, absolutas como los de-

siertos, solamente el silencio del otro en el fo-

llaje puede compararse con vuestro espíritu.

(11).

 

            Y así continúa enumerando imágenes, situaciones, lugares, sonidos, frases de terceros, objetos. Palabra que nombra y al nombrar da nueva vida a los recuerdos, palabra génesis del exiliado que se desborda en imágenes surrealizantes:

Por entre árboles morados ángeles negros tocan la noche

de cuero de cocodrilo. El  cielo  se  pega  a  la  costra  de

los  vegetales. Un  pueblo  aplastado  por  las pezuñas de

la luna  desentierra  voces sepultadas  por  marejadas  de

exilio. (15).

 

            El olvido es una amenaza permanente, en la medida en que los acontecimientos pasados se van borrando de la memoria,  el individuo  va perdiendo  su identidad. En el poema, el hablante lamenta la pérdida de los recuerdos “De aquel idioma raro y de mis pasos por la tierra dicha no existe imagen alguna que no esté hoy extinguida” (16). Todo el texto representa un intento por rescatar las memorias de ese tiempo vivido en el exilio, de la lengua hablada en el país extranjero. 

La alteridad se ofrece como posibilidad para el rescate de la identidad perdida: “Me refiero a la casa meridional del agua donde el olvido recobra sus espejos azules” (18). La presencia del sol, el mar, la luz, se reitera a lo largo del poema; aguas resplandecientes que reflejan las emociones de un yo que se debate en la duda “Mi único caudal eran los botines arrancados al miedo” (19). Comienza entonces la larga lista de inseguridades:

Yo nunca supe si fui escogido para trasladar revelaciones.

Yo nunca estuve seguro de mi cuerpo.

Yo jamás pude precisar si tenía dos manos, dos piernas,

un rostro, una historia.

Yo ignoraba todo lo concerniente a mí y a mis ancestros.

(21).

 

El texto está organizado a partir de dos tiempos, un  presente que se vive añorando, un pasado que se ha ido. Del pasado se conservan sucesos, separaciones, contradicciones, encuentros, pérdidas y reparos. El país del destierro frente  al país natal;  la muerte aparece como  la estación final de las  trajinadas mudanzas de la vida.

El hablante se muestra decepcionado y derrotado y nos  dice “Arqueado sobre mi memoria como un ángel despojado de su candidez… Yo desconfío” (29). La representación que el poeta hace de sí mismo oscila entre el polo mítico y el  realista; por un lado tenemos al vate que se reconoce en los orígenes míticos, por el otro la autoreferencia. En uno se oculta y en el otro se revela, llega incluso a manifestarlo de forma explícita: “He resuelto mis vínculos. Ya soy uno” (10), luego “Estoy aquí” (22), y más adelante “Voy a ocultarme de nuevo” (55), para finalizar diciendo “Ahora he regresado. Mi razón ha vuelto a su sitio y a él se ajusta como a la almendra su máscara… He recuperado mi nombre” y de nuevo el ser fragmentado que intenta recuperar su unidad “¡Oh!, tu mi enemigo, dentro de mí, entrégame las llaves definitivas para abrir el más claro aire, las arcas transparentes.” (58-59). El constante debatirse de un ser dividido entre dos realidades se reitera en este fragmento en que el yo interpela a su alter ego:

Con mi voz de calcinado expósito y rodeado de lo preterido, saludo. Calma. Saludo de frente como un ahogado. Calma. Saludo de frente como un réprobo. Calma. Saludo de frente como un ladrón. Clama. –Rafael ¿me oyes? ¿Estás ahí? –Sí, te oigo. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. (41).

 

Al nombrarse se identifica y a la vez se distancia, esta marca de sí mismo es a la vez una extrañeza.  Este sujeto no es solamente un desterrado político, es también un “desterrado de sí, a pesar de sí” (115).  

Las dos pasiones ante las que el hablante claudica son un ´tú` femenino a la que dedica parte de estas memorias y el lenguaje “Así como sucumbo a vocablos pudiera sujetarme a tu mirada” (48).

En Los cuadernos del destierro conviven los contrarios, magia y logos, sonido y silencio, presencia y ausencia del hablante, en una lucha por superar el límite del lenguaje mismo.

Mi palabra tiene acento de oración porque el término  del  amor   que   es   destrucción  ha  traído también el deceso de la sed.

Por eso mi palabra tiene ritmo de teoría solemne de contristados y acongojada recorre los cauces graves del logos.

Sin embargo, he aquí que hoy me desnudo y salgo a revocar mis devastaciones.

 (…) (51-52).

 

El hablante plantea la incapacidad del lenguaje para nombrar la realidad, para revivir el pasado y para expresar los estados de ánimo. Esa “amorosa hostilidad hacia el lenguaje” de la que habla Steiner, ese intento de traspasar las fronteras de su lenguaje, se percibe en estos versos de Cadenas:

Mientras caminaba el trecho que marca mi derrota me desesperaba la insuficiencia de mi idioma. Consultaba los inabarcables cursos del verbo, inquiría de las tablas de la dicción sus secretos trasvasables. (54)

 

            La realidad se diluye en las aguas de la imaginación y las fronteras entre uno y otro mundo se borran, al punto en que el poeta se pregunta: ¿He recorrido en verdad los caminos que nombro? (55).

            Un yo lírico que se dibuja desde un imaginario mítico alterna con un yo autobiográfico que se asoma a ratos, ofreciendo pinceladas de la historia personal de Cadenas. Las vidas de estos dos ´yoes` es narrada entrecruzadamente  a lo largo del poema.

El poema “Derrota” (1963) puede considerarse una muestra fundamental de la poesía conversacional en nuestro país. En un  lenguaje en apariencia directo, despojado de artificios, el poeta reitera la sensación de fracaso que ya había anunciado en Los cuadernos del destierro

Yo que no he tenido nunca un oficio

que ante todo competidor me he sentido débil

que aprendí los mejores títulos para la vida

que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo

    que mudarme es una solución)

que he sido negado anticipadamente y escarnecido

   por los más aptos

que me arrimo a las paredes para no caer del todo

que soy objeto de risa para mí mismo

 (1979:111-113) 

            El hablante, en una actitud autocrítica exacerbada, se va describiendo en función de la enumeración detallada de sus carencias, negaciones  e insuficiencias. El poema se articula a partir de la repetición anafórica de la conjunción “que” con la variante “que no” y termina con una conclusión que pareciera volver al principio del acto expiatorio. Construcción de una autoimagen pública en negativo; burla y juicio crítico de sí mismo que lleva implícito un cuestionamiento de la sociedad en general.

            En “Derrota” percibimos un diálogo intertextual con el poema de Fernando Pessoa, -en la voz de su heterónimo Alvaro de Campos-,  “Tabacaria”. Visión pesimista de un mundo que pareciera cerrar todas las posibilidades de integración al hablante, quien se representa en una completa y total disyunción con el entorno social.

En Falsas maniobras (1966) Cadenas da un cambio significativo de estilo. Si bien encontramos algunos de los asuntos de los que ya habían ocupado en Los cuadernos del destierro, tales como la problemática del exilio, la presencia del doble, la reflexión sobre el lenguaje, el cuestionamiento de la identidad de un yo poético conflictivo y desadaptado;  incluso el paisaje, que en algunos momentos se convierte en el eje de los poemas, es el mismo. Sin embargo el lenguaje es otro, en este  poemario Cadenas se despoja de la metáfora surrealista, del discurso poético ambiguo y polisémico, alquimia verbal. La concepción estético-filosófica ha cambiado, ahora la escritura quiere ser un acto de revelación y busca en el Oriente, en el budismo Zen la iluminación. 

En Falsas maniobras el hablante lucha consigo mismo y con un entorno al que percibe hostil; conciencia desgarrada que realiza un ejercicio de autoacusación. El conflicto existencial se despliega en los desdoblamientos y la vacilación del hablante frente a las demandas del entorno social.  Ya en el primer poema nos encontramos con un yo fragmentado, escindido que se debate entre complacer las demandas de los otros o permanecer fiel a sí mismo. Este conflicto se acentúa en poemas como “Monstruo” en el cual el hablante poético se desplaza; trasladado a una tercera persona da paso a la objetivación del sí mismo. Este ´él` cuyas huellas autobiográficas podemos perseguir, da lugar a  un distanciamiento crítico que le permite al poeta hablar de sí mismo como si fuera un  ´otro` externo y distante:

El hombre sin piel se levanta tarde, evita los

comunes tropiezos, rehúye toda relación.

 (77)

En el poema “El que es” el yo se desdobla en un ser exterior que está en contacto con el entorno y un yo interior que permanece al margen, aislado e incomunicado y a salvo de las agresiones del mundo: “Si alguien me toca, sólo me toca a mí, a ese mí orgulloso, ese mí que no deja franquear su claustro, y no a ese otro alguien, informe, vasto, neutro, que hace gestiones en la oscuridad” (1979:105). Sin embargo en “Rutina” el hablante busca su unidad, nos habla de su habilidad para reconstruirse “Sé reunirme pacientemente, usando rudos métodos de ensamblaje./ Conozco mil fórmulas de reparación. Reajustes, atornillamientos, tirones, las manejo todas” (104). El  sujeto poético se define en su condición de outsider, del ser que se debate entre aceptarse tal como es o rechazarse, adaptarse o  mantenerse al margen. “(No se trata de rearmar un monstruo, eso es fácil, / sino de devolverle a alguien las proporciones)” (104).

Nos encontramos con un lenguaje decantado que tiende a la economía verbal. El autor declaró explícitamente la intención de cambiar su escritura a partir de la nueva visión de la realidad heredada de las filosofías orientales. En  “Reconocimiento” señala:

Me veo frente a este paisaje parecido al que protejo.

No soy el mismo. Debo comprenderlo de una vez.

He de encajar en mi molde.

 

He acechado la aceptación súbita de mi realidad.

 

Despedí la poesía que se cuelga de brazos.

 (96)

 

            Cadenas propone una nueva poética más auténtica y comprometida, a la vez que nos deja entrever la tendencia orientalista de sus planteamientos metapoéticos. La búsqueda de la iluminación a través del Budismo Zen se hace más explícita en los poemas “Mirar” y “Satori”.

El poeta insiste en la reflexión metapoética sobre la capacidad nominadora del lenguaje y  de la poesía.  Vida y escritura congregadas en la página en blanco. La poesía da nombre a los objetos y al nombrar entra en contacto con el ser de las cosas; el poema es el mundo, la experiencia del hablante, sus carencias. Es por ello que  Cadenas se afana  en la búsqueda de la exactitud del lenguaje.

En su siguiente libro, Intemperie (1977), formado por poemas en verso y en prosa, Cadenas cambia el tono de su escritura, de la celebración pasa a la queja. El hablante describe sus flaquezas:

Se hunde uno,

se atasca, Se desoye

y vuelve a unirse. Un pantano.

…(2022, 191)

 

El libro cierra con el Ars poética del autor: “Que cada palabra lleve lo que dice./ Que sea como el temblor que la sostiene…” (195).

 Luego vendrá Memorial (1977), que reúne los poemas de “Zonas” (1970), “Notaciones” (1973) y “Nupcias” (1975).  Poemas breves, escritos en verso y en prosa, reflexión  fragmentaria sobre la cotidianidad y el amor.

En los años ochenta publica Amante (1983). En este poemario, un yo lírico se dirige a una parte de sí mismo que parece ajena, el amante que existe dentro de él; sin embargo, actúa como un visitante o un extraño. Estamos ante a puesta en escena de la dualidad: “No soy lo que soy ni lo que no soy”, dirá el poeta. La presencia del “otro” como proyección negativa del “yo”,  plasma el desconcierto de un sujeto en crisis que asume nuevos modos de representación de sí mismo.

 Gestiones (1992) nos muestra  un yo fragmentado que busca la “honradez” en la escritura.  Además de la temática amorosa, insiste el autor en la problemática del lenguaje y  la autorreflexión del sujeto poético, un yo que se desdobla e intenta construir una imagen de sí, evitando el fingimiento y la palabrería vacua. Poesía escueta,  de tono reflexivo, escritura aforística,  que da cuenta del compromiso del poeta con el lenguaje.

En Cadenas, la búsqueda de la identidad no es solamente la búsqueda del ser, sino la búsqueda de la lengua y su materialización en el ejercicio poético. A lo largo de sus textos, reflexiona sobre la capacidad nominadora el lenguaje y  los procedimientos a través de los cuales el poema se convierte en un generador de mundos.

Bibliografía del autor:

 

CADENAS, Rafael. 1966.  Falsas maniobras.  Caracas: UCV.

 

______________.1960.  Los cuadernos del destierro. Caracas: Tabla Redonda.

 

______________. 1979. Los cuadernos del destierro. Falsas maniobras. Derrota. Caracas.

______________.2022. Obra entera. España: Pretextos.