jueves, 9 de abril de 2026

Texto publicado en:

 ISSN 1405-6313, Nº. 128, 2025págs. 147-150




 

La poesía es un consuelo y una garantía
de persistencia más allá de la muerte.
Ovidio, Séptima elegía,
libro III de las Triestes.

 

 El tema de la extranjería en  la poesía venezolana escrita por mujeres  ha sido  objeto de mis proyectos de investigación, en la Universidad de los Andes, Venezuela. Entre las primeras obras elegidas para el análisis se encontraba Mustia memoria de Laura Cracco.  Un hermoso libro en el que la herencia extranjera está representada a partir de la relación del ser consigo mismo y con el otro.  Poética del estremecimiento y la interiorización del yo a partir de la vinculación con los orígenes.  

Cracco representa al extranjero en su condición de viajero cuya eterna travesía  está hecha de intervalos, obstáculos y pérdidas, de memorias y olvidos, pero sobre todo de una profunda nostalgia por lo que ya nunca más ha de ser igual. 

Hace un mes llegó a mis manos el nuevo poemario de Cracco, Exiliada[1]. En esta oportunidad, leo desde otro lugar. No con los ojos de la investigadora, sino  en  mi condición de extranjera que vive  la incertidumbre de no reconocerse en  los espacios, en las costumbre, en la lengua, que aun siendo la misma, me es ajena.

            El libro está dividido en dos partes: “Exiliada” y “Tijeras”. Las referencias a la cultura griega son constantes. Recordemos que para los griegos el extranjero es ese “otro” que se opone al “nosotros”, quien continuamente va en busca de la patria,  que anhela la conciliación en un mundo que le resulta ajeno. En las dos últimas décadas, este ha sido el destino de millones de venezolanos alrededor del mundo. Algunos huyen de persecución, otros vamos en busca de las condiciones de vida que ya no encontramos en la tierra natal.

Los poemas de Exiliada hablan de la experiencia de la autora, que es también la  de muchos venezolanos y de todos los que se han visto obligados a exiliarse y buscar un nuevo lugar para  convertirlo en el nuevo refugio.

            En el poemario reconocemos ciertos temas ya explorados por Cracco en su poemario anterior, entre ellos: la relación entre memoria y olvido, vida y muerte y, particularmente,  las experiencias del desarraigo y la soledad.

En los versos, de corte autobiográfico, el yo lírico describe  su experiencia del  exilio y, desde esa condición, rememora su tierra natal, la Venezuela secuestrada, torturada,  herida.  Si bien la dolorosa experiencia de la extranjería encuentra amparo en la poesía, denunciar el horror,  las torturas y desapariciones,  intenta exorcizar el miedo que lleva consigo la exiliada:

¿Desesperación? ¿Miedo? ¿Pereza?

Borrosos se funden a la perfección en la dictadura

que nos atenaza entre amenazas y risas,

el asesinato y la limosna;

en la comedia preñada de horror que banaliza

                                                            el llanto en carcajada. (p.55)      

 

El yo lírico rememora vivencias que quedaron atrás y percibe el  sobresalto que sigue adherido a la piel:

Aun así, el corazón se acelera: ¿y si el gallo no canta el día?

       ¿Si el gallo, el abrazo, las estrellas, engañosamente

                                       diáfanas, no ocurren aquí y ahora?

                                                                              

Porque ¿de qué huye la exiliada?

¿Acaso bastó alzar vuelo, espiar desde la ventanilla

                                            Con mueca de yo no fui?

                                                                             

¿De qué huyo?, pregunta la exiliada,

y la duda ya es condena. (pp. 15-17)

                                                                                 

            La dictadura te seguirá adondequiera que vayas,

diría el poeta,

hombro a hombro recorrerá contigo

                                          los suntuosos monumentos,

como si lo visto por primera vez hubiera envejecido

                                                             en la mazmorra

que jamás dejas atrás.          

(p. 20)

 

Conciencia desgarrada,  extrañamiento constante. El exilio vivido desde la carencia significativa y desde la nostalgia hace que el hablante se cuestione la existencia.  Si bien  nos relata  diversas travesías: Malta, Málaga. La memoria, siempre retorna a la Venezuela secuestrada, reprimida, silenciada:

 ……

miedo, cobardía,

el coraje acribillado a perdigones

el shhh shhh que cruje hasta los huesos,

el silencio que es la última palabra en un país

que no habito pero me habita. (p59)

 

 Su poema “La Tumba”, dedicado “A los muchachos que allí mueren en vida”, describe el horror del centro de torturas más temido del régimen:

La Tumba es helada y oscura

no se permite hablar ni rezar.

Los familiares buscan en vano.

Nadie sabe cuántos, quiénes, cuándo, dónde.

La Tumba está en el corazón de la ciudad.

El ascensor baja los cinco pisos y sube vacío.

 

Muerte blanca, tortura blanca, lo llaman,

            blancas como crestas en el mar que un presidiario

                                  evoca segundos antes de que la sirena

                          (ah, la sirena noche y día, un modo de decir

                           en un lugar donde no existen noche y día)

(pp. 41-42)                

 

             Cuando nos vemos forzados a huir, “mientras más lejos, mejor” (p.36), el exilio se vuelve tensión vital, pérdida del cobijo identitario. Si dejamos de reconocernos como parte del país que quedó atrás, ¿cuál es, entonces, el espacio del exiliado, la nueva locación geográfica,  el suelo nativo que habitamos en la memoria?  

            En esta primera parte del poemario, Cracco dialoga con Los cuadernos del destierro, de Rafael Cadenas, texto emblemático de la literatura venezolana que plantea la crisis de identidad provocada por el desarraigo,  el conflicto existencial de un yo escindido que busca encontrarse en la palabra poética.

La segunda parte de Exiliada  se titula “Tijeras” y está compuesta de 11 poemas. Los cinco primeros,  de corte narrativo,  relatan el intento de unos enfermeros de mantener viva a una mujer, en una ambulancia: ¡Corten las correas que me atan a la vida!, (p. 87) grita ella.   

¿Es acaso “el instrumento de dos hojas que giran alrededor de un eje que las traba” una metáfora de la existencia? Dos cuchillas que se complementan y forman un todo que: “corta el cordón que me hizo conocer el tiempo,” (p.93).  La historia concluye con la disolución: “las tijeras continúan deparando el brillo fugaz de la separación.” (p.88).

            La reflexión final se centra en la relación  entre vida y muerte.  El yo poemático se pregunta por el sentido de la existencia en este eterno nacer, sufrir, morir:

“la compleja terrible cuestión de por qué debo existir”  (p. 51)

“y el llanto con que anuncio mi llegada es también

                                                                  mi despedida,” (p. 85)

 

El círculo se cierra y se repite. Si la muerte es el silencio y la palabra es la vida que se prolonga más allá del  silencio, nuestro tránsito es un instante que se eterniza en el poema.

Exiliada  es el “compendio con pocas palabras” (p. 103) de la travesía, no solo física sino también emocional, de su autora.  Un repaso del devenir del país, de la migración  de sus ciudadanos,  la pesadumbre del exilio;  experiencias que conllevan  la necesidad de encontrar un asidero. Nosotros, lectores, revivimos las heridas hechas verso y hallamos, en sus palabras,  una suerte de amparo.

 

 

 



[1] Cracco, Laura, (2024),  La Exiliada, Madrid, Kálathos ediciones.


domingo, 1 de febrero de 2026

Entre la voz y el silencio: El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch

 

 Texto publicado por LP5:

Entre la voz y el silencio: El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch




 


Querer escribir el amor es afrontar el embrollo del

lenguaje: esa región de enloquecimiento donde el

lenguaje es a la vez demasiado y demasiado poco,

excesivo (por la expansión ilimitada del yo, por la

sumersión   emotiva)  y  pobre   (por  los  códigos

sobre  los  que  el  amor  los doblega y lo aplana)

 

Roland Barthes

 

 

LP5 Editora publicó el año pasado El desierto que cruzamos, de Victoria Benaroch, un libro de poemas, en su mayoría muy breves, que  giran en torno al sentimiento amoroso, a la fugacidad del deseo, al anhelo de recuperar la ilusión que se diluye en el olvido.  Escritos con particular economía de lenguaje y  condensación de sentido, sus versos nos hablan del dolor, de la herida y de la tristeza que atraviesa un yo lírico y su deseo de crear un mundo nuevo en el que sea posible el reencuentro:

Cada silencio procura el vacío

el regreso

reconstruye

 

el amor que dejamos en la puerta  (25)

 

 

El poemario está dividido en cuatro partes cuyos títulos  aluden  a  vacíos, áridos, extensiones siderales: “El murmullo blanco de su rastro”, “El encuentro fortuito de las estrellas”, “Llenarme de tu silencio” y “El desierto que cruzamos”, este último, que da título al poemario, nos remite  al éxodo del pueblo judío por el desierto, pero también al exilio,  la migración y  el trauma compartido, no solo por los ancestros, sino también por las nuevas generaciones. Ese lugar  de prueba y purificación pero  también de transformación, se traslada a los versos de Benarroch, la autora cierra el poemario con un atisbo de esperanza:

En mis senos me entregas

tu agua

la libertad de tatuar

un mundo

 

en la tempestad del desierto(4)

 

 

La palabra, sobre la página en blanco, dialoga con las ausencias, con los ecos del pasado. De ese vínculo inseparable entre la voz y el silencio renace el aliento. Deseo y escritura conforman un binomio que intenta resguardar lo transitorio,  nombrar lo indecible,  redimir el sentimiento.   

La palabra poética hace hablar al amor, delinea la emoción y descifra el deseo.  El hablante poemático  busca “cobijarse del dolor del tiempo” (32) y recuperar al amado:

               Cuando mis versos derriben

tu muro

cuando tu muro sea un silencio que no duela

 

nos encontraremos de nuevo (51)

 

 

En el horizonte de sentidos en el que se instala la desgarradura del amor,  las sinestesias, los oxímoros y las paradojas, esas figuras que permiten decir lo imposible,  articulan la tensión entre ocultar y mostrar, hablar o hacer silencio. El lector siente el poema,  percibe la complejidad de la existencia, la inestabilidad de los sentimientos, la tensión entre recuerdo y olvido.

En el primer poema encontramos envolturas  que ocultan la verdadera esencia, esa  que solo puede percibirse como rastro olfativo, efímero, emocional. El velo, insuficiente, no logra ocultar o, tal vez,  no revela lo suficiente.  Los sentidos sugieren lo intangible. 

 “Un desnudo viste su ropaje

 no hay quien pueda ver

 el suave aroma que deja al pasar

 

parece que el velo no fue suficiente.”

 

En reiteradas ocasiones, las  imágenes que remiten a la aridez, a la imposibilidad  de alcanzar el consuelo:

“Ni una gota de arena

 nada apacigua

 sola” (14)

 

Deseo y poesía reflejan movimiento, tensión, espera; no se consumen, se expanden.  Solo la palabra logra trascender la fugacidad de la existencia y vencer al olvido.    La huella persiste y nos invita a atravesar el poema, a descifrar la letra:

 “…

   intento en los vocablos

  dibujar

  esa línea indeleble

    que nos une en el deseo” (36)

 

La  completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del  encuentro se traslada al texto poético y lo  sensitivo se hace significativo. La complicidad renace en la posibilidad de la satisfacción del impulso amoroso. El “espacio silencioso del amor” (54) permite al yo lírico encontrar la propia voz y ser luz.

Los cuatro elementos  constituyen el eje del universo simbólico de este discurso poético: tierra (grano de arena, desierto, piedras),  agua (mar, olas, río,  gota, lágrima), aire (cielo) y fuego, que pareciera consumirlo todo,  pero que encuentra en el poema una forma de aliento: 

Sobre la calma enciendo un poema

su llama

recoge el sonido de un muro

 

mi dolor reposa en un salmo(23)

 

 

y es también  encuentro:

 

Desborda la docilidad de tu fuego

en mi

procúrame adentro

repósalo en tu cuerpo

 

y me hallarás (46)

 

El amor amenazado, el porvenir cancelado, la soledad, la espera y  el sufrimiento son transfigurados a través de la palabra,  el deseo se torna lenguaje.

Casi al final del libro, un poema largo irrumpe en la dinámica de textos breves para hablarnos del kipur. Lo humano se conecta con  lo sagrado volviéndose plegaria y  testimonio. El yo da paso a un nosotros que habla del perdón:

Llueve  de vejez llueve

sigue lloviendo y cantamos

alabamos a DS que hace las montañas

 

La lluvia  persiste para mantener viva la voluntad,  la esperanza se enraíza  en la oración.  El sonido del shofar despierta la conciencia y pide  arrepentimiento.  Testimonio de la pérdida y la catástrofe, la plegaria hecha poema nos habla de un renacer colectivo: “el  mundo      se transforma en vientre” (78). Espacio primigenio en que cobija y nos permite volver a ser tras el duelo, cargar “la herida del desarraigo” (83), atreverse a amar, porque el amor es el principio creador, al igual que la poises.

Las piedras, objetos silentes que “custodian nuestras nostalgias” (78),  comparten con la palabra, la condición fundacional y ambas propicia la invocación amorosa que busca la perpetuidad del sentimiento, ese que vive “en la herida del desarraigo” (83).

Leer El desierto que cruzamos es acompañar al yo lírico en su dolorosa travesía, dar la bienvenida a “la nostalgia” que “es la tristeza de la memoria”(55), para luego fundar “otro espacio entre la humedad/ para rescatar la flor/ y volver a ser” (81).

 

martes, 27 de enero de 2026

 

 

Carmen Virginia Carrillo 


(Publicado en Papel literario  de El Nacional, el 14 de diciembre de 2025) 


La República del Este, la utópica nación de las artes y las letras


               Para entender esa “gran peña de la amistad”[1], llamada La República del Este, es necesario hacer un repaso de los grupos artísticos y literarios, formados por jóvenes con inquietudes artísticas e ideológicas, que surgieron en Venezuela a finales de los cincuenta: Sardio (1958) y Tabla Redonda (1959).  Los integrantes de Sardio, amantes de la bohemia, comenzaron a reunirse en  el café Iruña y luego abrieron una galería-librería que se convirtió en un espacio de reunión de escritores, artistas plásticos y gente de cine, allí daban rienda suelta a sus propuestas renovadoras y su espíritu libertario.  

En los sesenta se constituyeron otros grupos de carácter más polémico, integrado por  escritores y artistas que simpatizaban con la izquierda y mostraban una tendencia abiertamente subversiva: El techo de la ballena (1961) en Caracas, 40 grados a la sombra  en Maracaibo (1964) y Trópico uno (1964) en Puerto La Cruz.  Tenían como norte la  innovación y la transgresión, seguían los procedimientos surrealistas y dadaístas de creación  e insistían en la necesidad de un cambio drástico, tanto en las propuestas estéticas como en las sociales y políticas.  

Finalizando la década, que podría ser considerada la más fecunda en cuanto a grupos, revistas y polémicas se refiere, los grupos se disolvieron y algunos de sus integrantes emprendieron nuevos caminos. En la medida en que la disidencia iba cediendo, las instituciones culturales del Estado abrían espacios a intelectuales y artistas que pasaban a ocupar cargos en diversos organismos culturales  y universidades.  Muchos de los  que en su momento representaron la vanguardia insurgente  suavizaron el tono contestatario de sus obras, sin dejar de cuestionar la realidad que rechazaban. Arremetían contra las convenciones y desmitificaban  los grandes modelos de la vida pública a través de la ironía, la sátira y el humor.

Una izquierda fragmentada y derrotada que buscaba olvidar el descontento. Sus partidarios, inconformes con la situación política y añorando espacios para la  confluencia,  empezaron a  reunirse en torno a las barras de los bares y cafés, allí conversaban acompañados de tragos. Esa bohemia que fue tan celebrada y, a la vez,  criticada creó una dinámica  que, por más de una década, fue incorporando personajes ajenos al arte y la literatura. Políticos, empresarios, psiquiatras se unían a las tertulias y aplaudían los homenajes que se le hacían a ciertos personajes.

 

Al este de Caracas,  Sabana Grande

 

Los bares y cafés desempeñaron un papel fundamental en la formación de las vanguardias artísticas y literarias; en ellos, tanto creadores como pensadores se  reunían para  intercambiar ideas y, en oportunidades, manifestar  rivalidades. En estos entornos, propicios para la creatividad,  surgieron nuevas tendencias que rompían con las convenciones y proponían nuevas formas de expresión artística.  En ciudades como París, Viena, Londres, Madrid, Buenos Aires, Bogotá y Caracas, estos espacios llegaron a ser considerados centros de intercambio cultural cuyas  tertulias atraían no solo a los intelectuales bohemios, sino también a curiosos y entusiastas aspirantes de artistas.   

Desde los cincuenta, el crecimiento económico del país, fruto del ingreso petrolero, se hacía notar, especialmente en la capital. Caracas progresaba y se modernizaba.  En las décadas de los sesenta y setenta, el Boulevard de Sabana Grande se convirtió en  el área cosmopolita más atractiva de la ciudad, allí se encontraban los cafés, los bares, las terrazas y las librerías que, junto con los locales de   la avenida Francisco Solano, se convirtieron en los más famosos y concurridos de la ciudad. En sus espacios se reunían intelectuales, escritores,  artistas, periodistas, curiosos y mecenas para debatir ideas, acompañados de copas.  

Los encuentros solían llevarse a cabo en tres bares que  formaban el llamado “Triángulo de las Bermudas”: El Vecchio Moulino, Franco´s y el Camilo´s.  J.J. Armas Marcelo comenta que lo llamaban así “porque una vez dentro de un bar sólo se podía girar sobre los otros dos vértices.” [2] Después de pasar por la Librería Suma se iban al Juan Sebastián Bar a seguir conversando de política y literatura.

Muchos recuerdan a Adriano González León apoyado a la barra de El Vechhio Mulino, conversando con otros asiduos compañeros, luego  se le iban sumando colegas y admiradores que disfrutaban de las disertaciones. La angustia existencial y la provocación se alternaban con el hedonismo y talante festivo de la jornada.  

 

El gobierno de la república imaginaria

En octubre de 1968, la bohemia caraqueña, liderada por Caupolicán Ovalles, instituyó La República del Este, una república imaginaria y  utópica que surgió de la disconformidad de los intelectuales  y artistas con las políticas de los gobiernos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, aunada a la desilusión de los partidarios de la izquierda, quienes no habían logrado materializar su ideal político de orientación marxista y finalmente habían cedido  a  los procesos de pacificación política iniciados por el presidente Caldera. No constituían un grupo, eran “un conglomerado de gente representativa dentro de la sociedad venezolana, que decidió asumir una actitud lúdica ante el panorama que ofrecía la Venezuela de los años setenta”[3]

Cuenta Massiani que estaba reunido con Caupolicán Ovalles, Luis Camilo Guevara y Mario Abreu en el restaurante Paprika y “de pronto Caupolicán, con unos tragos encima, se montó sobre la mesa y dijo:  

En este momento se acaba de fundar la República del Este… Al día siguiente Caupolicán se presentó en el Chicken´s Bar con un maletín y con Luis Camilo Guevara al lado y Mario Abreu. Muy serio comenzó a dar un discurso: “Señores, me respetan de ahora en adelante, pues están ustedes frente al presidente de la República del Este”…fueron vaina de “Caupo””[4]

Otros recuerdan el día en que los asiduos compañeros de tertulia y tragos estaban reunidos en el restaurante El Viñedo, frente a la librería Ulises y  Caupolicán fue electo presidente,  Luis Camilo Guevara  Primer Ministro, el pintor Mario Abreu ministro de Defensa y el poeta argentino Javier Villafañe ministro de Educación.  

No redactaron ningún manifiesto, ni tenían un proyecto específico, tampoco elaboraron  lineamientos políticos o filosóficos, solo propuestas aisladas, contestarías o anarquistas.  La improvisación era la norma.  “Todo se resolvía en un juego inteligente, en desplantes audaces, burlas sangrientas, en una creatividad desbordada que pretendía enfrentar el burocratismo, la corrupción, las complicidades partidistas, las manipulaciones del poder y la hipocresía.” [5] El único requisito era: “la hermandad del compañerismo.”

Ovalles parodiaba a los políticos con su particular retórica locuaz y burlesca. Su gobierno proponía un universo anárquico y libertino en el que se desacralizaba  la política y se institucionalizaban diversas formas de transgresión.

En un artículo titulado  Crónicas y delirios | La República del Este, el poder de la desmesura,  Igor Delgado Senior reproduce la proclama presidencial:

“¡Soy Caupolicán Ovalles, el Padre de la Patria, y mi Patria es la República del Este! He dicho” Y los vítores continúan:   “¡Vivaaa el Padre de la nueva República del Este, brindemos, cantemos, caigamos en las mundanas tentaciones, la noche es propicia y larga, que los dioses y mecenas nos acompañen, y que Omar Khayyam se instale para siempre a nuestro lado!”.[6]

Entre los miembros más destacados se encontraban Adriano González León, Orlando Araujo, Víctor Valera Mora, Miyó Vestrini, Manuel Alfredo Rodríguez, Alfonso Montilla., Daniel González, David Alizo, Denzil Romero, Enrique Hernández D’Jesus, Elí Galindo, Héctor Myerston, la Negra Maggi, Luis Camilo Guevara, Luis Correa, Luis Salazar, Luis Sutherland, Manuel Alfredo Rodríguez, Manuel Matute, Mary Ferrero, Miyó Vestrini, Mateo Manaure, Orlando Araujo, Paco Benmamán, Pepe Luis Garrido, Rubén Osorio Canales, Salvador Garmendia, Ludovico Silva, Francisco Massiani, Baica Dávalos, Enver Cordido Marcelino Madriz y Víctor Valera Mora.

La mayoría venía de  los grupos ya disueltos, otros recién se unían a nuevas experiencias grupales como La pandilla de Lautremont, conformada por Caupolicán Ovalles,  Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Víctor Valera Mora, José Barroeta, Elí Galindo y Ángel Eduardo Acevedo. Sus integrantes privilegiaban la interacción social y los encuentros y, cuando La República del Este comienza a desmayar,  toman distancia.

En 1974, Manuel Alfredo Rodríguez promovió la constitucionalidad en la República y organizó elecciones en las que fue electo presidente  pero, muy pronto fue destituido por un golpe de estado  promovido por Ovalles. Las rebeliones, los golpes constituían una parte fundamental de la paródica República.

Entre las actividades  de La República del Este cabe destacar la edición de una revista semanal homónima, que asesoraban  Adriano Gonzáles León y Caupolicán Ovalles y  editaba  Elías Vallés, el empresario dueño de la Funeraria Vallés, quien era miembro y  mecenas del grupo.  Vallés ganó las elecciones de La República del Este en 1980, y como primer acto de gobierno, presentó la revista. La publicación pretendía ser objetiva e imparcial y enfocarse en los problemas del país. Una revista “libre de ataduras” que buscaba un juicio justo. La publicación tuvo problemas de financiamiento y distribución y solo salieron a la luz cinco números.

La actitud de los integrantes de esta República festiva, desenfadada e irreverente, que degradaba roles y jerarquías, propició muchas críticas, sin embargo,   para Francisco Massiani fue un “factor determinante en las literatura de las décadas siguientes”. Considera el autor que “toda la literatura venezolana posterior ha sido posible solo a partir de las obras de los republicanos” [7]

En 1973 la institucionalidad en La República del Este empezó a flaquear y se dieron varios  golpes de estado, los cuales habían sido legalizados por Ovalles al inicio de su mandato. Lo que había comenzado como un primer grupo de escritores e intelectuales  fue creciendo en la medida que se hacía conocida esta especie de peña. Con el paso de los años, algunos de sus integrantes pasaron a ocupar cargos públicos y personajes de la política de turno se iban haciendo asiduos.  Los escritores que formaron parte de La República del Este continuaron escribiendo y su trabajo  era publicado en las editoriales universitarias, en Monte Ávila, en las páginas literarias  y en revistas, aunque no funcionaban como grupo artístico literario, sino más bien como amigos de tragos que se reúnen a charlar.

El fin de la utopía

A principios de los ochenta  la agrupación se desvaneció.  Ya no hubo más elecciones ni presidentes. Entre los factores que, según los republicanos, contribuyeron a este final está la construcción del metro, que trajo como consecuencia la desaparición de los bares y restaurantes en los que solían  reunirse. El proceso de modernización de la Sabana Grande cambió no solo los espacio, sino también la clientela que empezó a visitar los negocios de la zona. Ya  Caupolicán Ovalles había vaticinado la muerte de la República del Este con la llegada del metro.

Por otro lado, los republicanos se quedaron en la crítica al sistema, pero no tomaron acciones ni produjeron eventos culturales, se limitaron a cuestionar lo establecido con humor agudo que, en oportunidades, llegaba a la sátira, pero no proponían  alternativas, ni tomaron iniciativas que propiciaran un cambio, más allá de las tertulias en los bares. No obstante, cabe destacar el acto de desagravio a Salvador Garmendia que llevaron a cabo ante la polémica que se desató la publicación de su cuento “El inquieto anacorebo”. 

Habían quedado atrás las publicaciones y exposiciones de Sardio y el Techo de la Ballena. La beligerancia de los artistas desapareció y las ofertas de cargos, becas, misiones diplomáticas fueron recibidas por algunos republicanos con regocijo. Otros, entre ellos Ludovico Silva, Salvador Garmendia y “La Negra” Maggi,  rechazaban la presencia de antiguos enemigos en las tertulias.

En ese “amoroso surtidor equilibrando los cristales de la agonía que no cesa”, como lo definió Orlando Araujo,[8] coincidieron amigos y advenedizos para celebrar la existencia y ahogar las penas y los fracasos  en borracheras compartidas. La actitud lúdica y  humorística fue siempre la consigna de estos intelectuales desilusionados.

 La proyección que promotores e integrantes de la República del Este alcanzaron en el contexto del arte, el pensamiento y la literatura nacional son innegables, al igual que el valor de las publicaciones y la influencia de sus miembros en el acontecer cultural de las siguientes décadas y en los grupos que se articularon después. 

  



[1]  como la definió Rubén Osorio Canales

[2] J.J. Armas Alfonzo, “República del Este”, en  El Español, 14 marzo, 2014. https://www.elespanol.com/el-cultural/opinion/20140314/republica/17748627_0.html

[3] De Abreu Gallego, Lissy y Dos Reis Albuja, Aline, op  cit.

[4] Francisco Massiani entrevistado por Verónica V Rodríguez G. y  Carla V. Valero  en Una Rayuela que se borra  y se vuelve a dibujar cada día. Semblanza de lugar sobre la transformación urbanística y cultura de Sabana Grande.  http://biblioteca2.ucab.edu.ve/anexos/biblioteca/marc/texto/AAS3970.pdf

[5] Caupolicán Ovalles entrevistado por Carmen Virginia Carrillo https://www.youtube.com/watch?v=4CpEUV10DyE&ab_channel=ManuelOvalles

[6] https://www.ciudadccs.info/publicacion/2857-0

[7] Rodríguez, Verónica,  Valero, Carla: República de las artes y las letras. En:

https://www.hableconmigo.com/2018/01/21/republica-de-las-artes-y-las-letras/

 

[8] Orlando Araujo citado por De Abreu Gallego, Lissy y Dos Reis Albuja, Aline, op.  cit. P. 53

domingo, 14 de diciembre de 2025

  Texto publicado en El Papel Literario de  EL NACIONAL el domingo 21 de enero de 2024




Carmen Virginia Carrillo

 

RODOLFO IZAGUIRRE, UNA AVENTURA QUE COMIENZA

EN LOS AÑOS CINCUENTA

Conocí a Rodolfo Izaguirre en la década de los noventa, en Trujillo,  lo había invitado el cine club Tiempos Modernos, del Ateneo de Trujillo, al estreno de Bolívar, ese soy yo, de Edmundo Aray. En aquella época, estas instituciones mantenían una cartelera de actividades culturales amplia y variada. Era constante la presencia de personalidades destacadas del ámbito nacional e internacional. Varias veces nos visitó Izaguirre, en la Universidad de los Andes, Núcleo Trujillo. Con su talante  siempre ameno, lleno de anécdotas e información valiosísima, cautivaba a profesores,  estudiantes y cinéfilos. 

Recién comenzaba mi investigación sobre  la poesía venezolana de los sesenta, así que aproveché sus visitas para entrevistarlo. Rodolfo había participado en los grupos artístico-literarios más importantes de aquella época: Sardio y El Techo de la Ballena, su testimonio y su visión de los acontecimientos eran de gran valor para mi proyecto. Recuerdo que me llamó la atención su humor inteligente, su capacidad de asombro, su entusiasmo por el cine y la literatura, su  juicio crítico y su memoria enciclopédica.

Me habló de su juventud, de su pasión por el cine, de Sardio y El techo de la ballena, del país. Este año cumple 93 años y celebramos su vida agradeciéndole su inmenso aporte al cine y la cultura venezolana.

De esa gran  aventura  que ha sido la vida de Rodolfo Izaguirre queremos recordar algunos momentos:

París, La Sorbona y la cinemateca

Izaguirre viajó a París para estudiar derecho en la Universidad de la Sorbona, llevaba el entusiasmo de todos esos jóvenes latinoamericanos que sentían que París era el centro cultural  del mundo. Sin embargo, el ambiente universitario le resultó anticuado, “medieval” y autoritario, las clases y el entorno, poco estimulante.  En el trayecto que realizaba a diario desde su residencia hasta el aula de clase, pasaba por la cinemateca francesa, y esto cambió su destino.

Así recuerda su primera incursión en lo que sería su lugar favorito de la capital francesa:

  Un día —es lo que se llama torcer el rumbo de una vida—, en lugar de seguir hacia la universidad me metí a la cinemateca.  Friedrich  Rosif —quien luego va a ser un gran cineasta— era portero allí.  Cuando uno llegaba allí veía las maquetas que había construido George Melié para sus Viaje a la luna y Los elenitas, veía en aquellas películas una cultura pura, alemana, francesa, danesa y aquello fue para mí una verdadera fulguración, una revelación de algo realmente insólito.  Me quedé allí, no volví más a la universidad —sin saber que años más tarde me iba a tocar dirigir una cinemateca aquí en Venezuela.  Desde ese momento no volví nunca a salir de una sala oscura de películas, y mucho menos del cine.”

 A su regreso al país,  sintió la necesidad de desaprender todo lo aprendido en Europa, de conocer su propia historia, su cultura, y descubrir lo mágica, sorprendente y enigmática que era su tierra. Sin embargo, el bagaje cultural que traía consigo no solo no se perdió, sino que  le permitió entender los procesos sociopolíticos que se vivían en el país y hacer aportes importantes a nivel cultural, particularmente en el ámbito cinematográfico.

Jóvenes rebeldes con Sardio

A mediados de los años cincuenta, comienzan a llegar a Caracas jóvenes de todas las regiones del país, iban a cursar el último año de bachillerato, ya que éste solo se podía estudiar en los liceos de Caracas. Coincidieron en el liceo Fermín Toro y también en la Universidad Central, entre otros,  Adriano González León, Luis García Morales, Carlos Contramaestre, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre Figueredo, Gonzalo Castellanos, Elisa Lerner y Rodolfo Izaguirre, el caraqueño del grupo. Eran los años de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez, la censura dominaba, pero los unían  inquietudes literarias, artísticas e ideológicas y el gusto por la bohemia. El café Iruña se convirtió en el lugar de encuentros; más adelante, conformaron un grupo a partir de sus afinidades en gustos e intereses. En 1957, abrieron una galería-librería donde realizaban exposiciones y conferencias. En este espacio se reunían artistas plásticos, escritores y gente del cine. Sardio auspiciaba la integración de las artes.

Las ideas del filósofo francés Jean Paul Sartre fueron fundamentales para la concepción ideológica del grupo. Los sardianos se consideraban afiliados a un humanismo político de izquierda y demostraban su compromiso activo con la cultura. Los guiaba el deseo de cambiar al país, de modernizarlo.  

Para Izaguirre, “Sardio fue una expresión natural de la insurgencia de muchos jóvenes contra la situación política y el mundo literario de entonces”. Impugnaban la tradición, particularmente la literatura costumbrista, incluyendo a Gallegos. Estaban deslumbrados por la literatura europea, a la que consideraban más universal, y abogaban por la libertad que era considerada el más importante de los valores, tanto en lo artístico como en el político y lo económico. Para los sardianos no había arte auténtico sin libertad.

Al igual que sus compañeros, Izaguirre mantuvo la postura crítica, polémica y cuestionadora que caracterizaba a esta nueva generación artistas y escritores.  Su mayor aporte a Sardio lo constituyen los ejercicios de crítica cinematográfica.  En reiteradas oportunidades ha comentado que se hizo escritor para explicar con palabras la maravilla de las imágenes cinematográficas. Dominar la lengua, afinar el discurso, dibujar con palabras, continúan siendo, más que su oficio, su pasión. El cine le interesaba particularmente en tanto forma de arte que permite “crear una ilusión de realidad a veces mucho más densa y más corpórea que la propia realidad”.

Los sardianos se consideraban hijos de Rimbaud, leían a Saint-John Perse, Tristán Tzara, Durremat, realizaban juegos surrealistas, cadáveres exquisitos. Realizaron traducciones de escritores franceses y las publicaron. La influencia francesa era  muy mal vista por la militancia política de ese momento, particularmente por la juventud comunista los acusaba de afrancesados.

Izaguirre participó en el primer comité de dirección de la revista Sardio. Tres años más tarde, fue uno de los redactores  del octavo, polémico y último número de la revista, en el cual se divulga el pre-manifiesto de El techo de la ballena, que marcaría la escisión del grupo. Los integrantes más cercanos a la izquierda pasaron al grupo que recién se anunciaba.

En junio de 1961, Sardio se disuelve y los que pasan a conformar El techo de la ballena, se radicalizan. El nuevo grupo es más contestatario, cuestiona los cánones culturales existentes y propone una ruptura drástica con las estructuras de dominio.

Si bien Rodolfo se mantuvo vinculado a los balleneros, no lo hizo desde la dirigencia, ni con gran protagonismo, pero si participó en los juegos irónicos que crearon los balleneros, entre otros,  los denominados falsarios, una forma de  subversión que  ponía en cuestión la noción de autor: creaban pequeñas  trampas a los lectores: inventaban escritores, libros, como el supuesto Libro Cuarto de la Hechicería. Iban en contra de la autoría, desacralizaban el valor que se le solía dar al escritor, restándole importancia. Imitaban los estilos de otros con la intención de demostrar que la persona no es tan determinante para su producción artística.

Entre muchos de los textos de falsa autoría, es famoso un artículo sobre Juan Rulfo que fue publicado, en Sardio nº 8, como de Rómulo Aranguibel, quien estaba en ese momento en París, y en realidad había sido redactado por  Rodolfo Izaguirre y Salvador Garmendia. Esa osadía molestó considerablemente a Aranguibel.  

A través de esta actitud lúdica demostraban su rebeldía, cuestionaban y se burlaban de todo, incluyéndose a sí mismos La provocación fue otra de las estrategias utilizadas por los balleneros, también utilizada por otros movimientos neovanguardistas del continente.

En 1966 publicó el libro de ensayo El cine venezolano y la novela de ficción urbana, Alacranes que sería galardonada con el premio José Rafael Pocaterra, de la Universidad de Carabobo en 1968.  De Alacranes ha dicho Edilio Peña:

Lo novedoso de la novela es que la memoria no es tratada como un sembradío de recuerdos para rescatar del olvido, o recomponerlos para que no se extravíen. (…) La novela es una pieza de horror, tratada con una exquisita prosa. El horror del mal es purificado por la estática armoniosa del narrador. Paradójicamente, la novela Alacranes se convierte en obra emblemática de los desvaríos mentales, en los que ha sucumbido tanto la Venezuela de ayer, como la del presente. Cundida de alacranes.

La Cinemateca Nacional de Venezuela

En 1966, Margot Benacerraf fundó la Cinemateca Nacional de Venezuela y, dos años después, Rodolfo Izaguirre fue nombrado director, allí llevó a cabo una extraordinaria labor como gerente cultural realizando un extraordinario trabajo, no solo de difusión, proyectando películas nacionales y extrajeras a un público muy variado, sino también  una labor pedagógica cuya repercusión llega hasta nuestros días. Apoyó y  defendió el cine venezolano dentro y fuera del país.

Durante treinta años nos deleitó con su microprogama de difusión cinematográfica: El cine, mitología de lo cotidiano, en la Radio Nacional de Venezuela. En el año 2020 le fue otorgado el muy merecido Premio de Honor de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Venezuela, como reconocimiento a su labor. Han pasado seis décadas desde que el joven caraqueño se enamoró del cine, incursionó en la literatura para hablarnos del  séptimo arte y nos enseñó su valor.

 

La columna de los domingos.

En la actualidad, y desde hace ya unos cuantos años, Rodolfo Izaguirre escribe los domingos en El Nacional. Su posición crítica ante la realidad venezolana sigue presente.  Si bien sus textos mantienen incómodos a ciertos sectores, resultan un verdadero deleite para sus asiduos lectores, quienes lo esperan con fervor y admiración. En su prosa cargada de fina ironía, cada detalle o acontecimiento cotidiano da pie a la reflexión. Su  actitud comprometida, su humor sostenido y su inmensa capacidad imaginativa convierten las anécdotas y los recuerdos en textos extraordinarios en los cuales la memoria sirve de pretexto para cuestionar el presente. Así, nos habla de Belén, de los helechos de su jardín, de los hijos, de las viejas amistades, de poesía, de la actualidad política, o de cualquier hallazgo fortuito.

Recientemente publicó el libro Lo que queda en el aire,  un poema de amor en el que revive la vida conyugal y familiar con Belén Lobo. Un nuevo proyecto lo anima: escribir sobre su vida.

Estas palabras, que cierran un artículo suyo titulado “Mi propia naturaleza”, nos retratan las virtudes de este gran venezolano, que nos sigue cautivando con su verbo:

“Me distancio y rechazo a quienes se degradan a sí mismos al abrazarse a la ignominia o pervertirse en el autoritarismo; adoro a mis amigos que igualmente me valoran y estiman y por fortuna supe a tiempo que el arte no solo es un sálvese quien pueda sino una gran mentira que se transforma en la única verdad que reconoce mi propia naturaleza.

¡No sé qué es la felicidad, pero conozco el camino que lleva hacia ella!”

Este es Rodolfo Izaguirre, un intelectual de gran altura, ciudadano de firmes convicciones democráticas, un hombre noble.