domingo, 1 de febrero de 2026

Entre la voz y el silencio: El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch

 

 Texto publicado por LP5:

Entre la voz y el silencio: El desierto que cruzamos, de Victoria Benarroch




 


Querer escribir el amor es afrontar el embrollo del

lenguaje: esa región de enloquecimiento donde el

lenguaje es a la vez demasiado y demasiado poco,

excesivo (por la expansión ilimitada del yo, por la

sumersión   emotiva)  y  pobre   (por  los  códigos

sobre  los  que  el  amor  los doblega y lo aplana)

 

Roland Barthes

 

 

LP5 Editora publicó el año pasado El desierto que cruzamos, de Victoria Benaroch, un libro de poemas, en su mayoría muy breves, que  giran en torno al sentimiento amoroso, a la fugacidad del deseo, al anhelo de recuperar la ilusión que se diluye en el olvido.  Escritos con particular economía de lenguaje y  condensación de sentido, sus versos nos hablan del dolor, de la herida y de la tristeza que atraviesa un yo lírico y su deseo de crear un mundo nuevo en el que sea posible el reencuentro:

Cada silencio procura el vacío

el regreso

reconstruye

 

el amor que dejamos en la puerta  (25)

 

 

El poemario está dividido en cuatro partes cuyos títulos  aluden  a  vacíos, áridos, extensiones siderales: “El murmullo blanco de su rastro”, “El encuentro fortuito de las estrellas”, “Llenarme de tu silencio” y “El desierto que cruzamos”, este último, que da título al poemario, nos remite  al éxodo del pueblo judío por el desierto, pero también al exilio,  la migración y  el trauma compartido, no solo por los ancestros, sino también por las nuevas generaciones. Ese lugar  de prueba y purificación pero  también de transformación, se traslada a los versos de Benarroch, la autora cierra el poemario con un atisbo de esperanza:

En mis senos me entregas

tu agua

la libertad de tatuar

un mundo

 

en la tempestad del desierto(4)

 

 

La palabra, sobre la página en blanco, dialoga con las ausencias, con los ecos del pasado. De ese vínculo inseparable entre la voz y el silencio renace el aliento. Deseo y escritura conforman un binomio que intenta resguardar lo transitorio,  nombrar lo indecible,  redimir el sentimiento.   

La palabra poética hace hablar al amor, delinea la emoción y descifra el deseo.  El hablante poemático  busca “cobijarse del dolor del tiempo” (32) y recuperar al amado:

               Cuando mis versos derriben

tu muro

cuando tu muro sea un silencio que no duela

 

nos encontraremos de nuevo (51)

 

 

En el horizonte de sentidos en el que se instala la desgarradura del amor,  las sinestesias, los oxímoros y las paradojas, esas figuras que permiten decir lo imposible,  articulan la tensión entre ocultar y mostrar, hablar o hacer silencio. El lector siente el poema,  percibe la complejidad de la existencia, la inestabilidad de los sentimientos, la tensión entre recuerdo y olvido.

En el primer poema encontramos envolturas  que ocultan la verdadera esencia, esa  que solo puede percibirse como rastro olfativo, efímero, emocional. El velo, insuficiente, no logra ocultar o, tal vez,  no revela lo suficiente.  Los sentidos sugieren lo intangible. 

 “Un desnudo viste su ropaje

 no hay quien pueda ver

 el suave aroma que deja al pasar

 

parece que el velo no fue suficiente.”

 

En reiteradas ocasiones, las  imágenes que remiten a la aridez, a la imposibilidad  de alcanzar el consuelo:

“Ni una gota de arena

 nada apacigua

 sola” (14)

 

Deseo y poesía reflejan movimiento, tensión, espera; no se consumen, se expanden.  Solo la palabra logra trascender la fugacidad de la existencia y vencer al olvido.    La huella persiste y nos invita a atravesar el poema, a descifrar la letra:

 “…

   intento en los vocablos

  dibujar

  esa línea indeleble

    que nos une en el deseo” (36)

 

La  completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del  encuentro se traslada al texto poético y lo  sensitivo se hace significativo. La complicidad renace en la posibilidad de la satisfacción del impulso amoroso. El “espacio silencioso del amor” (54) permite al yo lírico encontrar la propia voz y ser luz.

Los cuatro elementos  constituyen el eje del universo simbólico de este discurso poético: tierra (grano de arena, desierto, piedras),  agua (mar, olas, río,  gota, lágrima), aire (cielo) y fuego, que pareciera consumirlo todo,  pero que encuentra en el poema una forma de aliento: 

Sobre la calma enciendo un poema

su llama

recoge el sonido de un muro

 

mi dolor reposa en un salmo(23)

 

 

y es también  encuentro:

 

Desborda la docilidad de tu fuego

en mi

procúrame adentro

repósalo en tu cuerpo

 

y me hallarás (46)

 

El amor amenazado, el porvenir cancelado, la soledad, la espera y  el sufrimiento son transfigurados a través de la palabra,  el deseo se torna lenguaje.

Casi al final del libro, un poema largo irrumpe en la dinámica de textos breves para hablarnos del kipur. Lo humano se conecta con  lo sagrado volviéndose plegaria y  testimonio. El yo da paso a un nosotros que habla del perdón:

Llueve  de vejez llueve

sigue lloviendo y cantamos

alabamos a DS que hace las montañas

 

La lluvia  persiste para mantener viva la voluntad,  la esperanza se enraíza  en la oración.  El sonido del shofar despierta la conciencia y pide  arrepentimiento.  Testimonio de la pérdida y la catástrofe, la plegaria hecha poema nos habla de un renacer colectivo: “el  mundo      se transforma en vientre” (78). Espacio primigenio en que cobija y nos permite volver a ser tras el duelo, cargar “la herida del desarraigo” (83), atreverse a amar, porque el amor es el principio creador, al igual que la poises.

Las piedras, objetos silentes que “custodian nuestras nostalgias” (78),  comparten con la palabra, la condición fundacional y ambas propicia la invocación amorosa que busca la perpetuidad del sentimiento, ese que vive “en la herida del desarraigo” (83).

Leer El desierto que cruzamos es acompañar al yo lírico en su dolorosa travesía, dar la bienvenida a “la nostalgia” que “es la tristeza de la memoria”(55), para luego fundar “otro espacio entre la humedad/ para rescatar la flor/ y volver a ser” (81).

 

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