La República del Este, la utópica nación de las artes y las letras
Para
entender esa “gran peña de la
amistad”[1], llamada
La República del Este, es necesario
hacer un repaso de los grupos artísticos y literarios, formados por jóvenes con inquietudes
artísticas e ideológicas, que surgieron en Venezuela a finales de los cincuenta: Sardio (1958) y Tabla Redonda (1959).
Los integrantes de Sardio, amantes de la bohemia, comenzaron a reunirse en el café Iruña y luego abrieron una
galería-librería que se convirtió en un espacio de reunión de escritores,
artistas plásticos y gente de cine, allí daban rienda suelta a sus propuestas renovadoras y su espíritu
libertario.
En los sesenta se
constituyeron otros grupos de carácter más polémico, integrado por escritores y artistas que simpatizaban con la
izquierda y mostraban una tendencia abiertamente subversiva: El techo de la
ballena (1961) en Caracas, 40 grados a la sombra en Maracaibo (1964) y Trópico uno (1964)
en Puerto La Cruz. Tenían como norte la innovación
y la transgresión, seguían los procedimientos surrealistas y dadaístas
de creación e insistían en la necesidad
de un cambio drástico, tanto en las propuestas estéticas como en las sociales y
políticas.
Finalizando la década, que podría ser considerada la más fecunda en cuanto a grupos, revistas y
polémicas se refiere, los grupos se
disolvieron y algunos de sus integrantes emprendieron nuevos caminos. En la medida en que la
disidencia iba cediendo, las instituciones culturales del Estado abrían
espacios a intelectuales y artistas que pasaban a ocupar cargos en diversos
organismos culturales y universidades.
Muchos de los que en su momento
representaron la vanguardia insurgente
suavizaron el tono contestatario de sus obras, sin dejar de cuestionar
la realidad que rechazaban. Arremetían contra las convenciones y desmitificaban
los grandes modelos de la vida pública a
través de la ironía, la sátira y el humor.
Una izquierda
fragmentada y derrotada que buscaba olvidar el descontento. Sus partidarios, inconformes
con la situación política y añorando espacios para la confluencia,
empezaron a reunirse en torno a
las barras de los bares y cafés, allí conversaban acompañados de tragos. Esa
bohemia que fue tan celebrada y, a la vez,
criticada creó una dinámica que,
por más de una década, fue incorporando personajes ajenos al arte y la
literatura. Políticos, empresarios, psiquiatras se unían a las tertulias y
aplaudían los homenajes que se le hacían a ciertos personajes.
Al este de Caracas, Sabana Grande
Los bares y cafés desempeñaron un papel fundamental en la formación de
las vanguardias artísticas y literarias; en ellos, tanto creadores como pensadores
se reunían para intercambiar ideas y, en oportunidades,
manifestar rivalidades. En estos
entornos, propicios para la creatividad,
surgieron nuevas tendencias que rompían con las convenciones y proponían
nuevas formas de expresión artística. En ciudades como París, Viena,
Londres, Madrid, Buenos Aires, Bogotá y Caracas, estos espacios llegaron a ser
considerados centros de intercambio cultural cuyas tertulias atraían no solo a los intelectuales
bohemios, sino también a curiosos y entusiastas aspirantes de artistas.
Desde los cincuenta, el crecimiento económico del país, fruto del ingreso
petrolero, se hacía notar, especialmente en la capital. Caracas progresaba y se
modernizaba. En las décadas de los
sesenta y setenta, el Boulevard de Sabana Grande se convirtió en el área cosmopolita más atractiva de la ciudad,
allí se encontraban los cafés, los bares, las terrazas y las librerías que,
junto con los locales de la avenida Francisco Solano, se convirtieron
en los más famosos y concurridos de la ciudad. En sus espacios se reunían
intelectuales, escritores, artistas,
periodistas, curiosos y mecenas para debatir ideas, acompañados de copas.
Los encuentros solían llevarse a cabo en tres bares que formaban el llamado “Triángulo de las Bermudas”:
El Vecchio Moulino, Franco´s y el
Camilo´s. J.J. Armas Marcelo comenta que
lo llamaban así “porque una vez dentro de un bar sólo se podía girar sobre los
otros dos vértices.” [2] Después
de pasar por la Librería Suma se iban al Juan Sebastián Bar a seguir
conversando de política y literatura.
Muchos recuerdan a Adriano González León apoyado a la barra de El Vechhio Mulino, conversando con otros
asiduos compañeros, luego se le iban
sumando colegas y admiradores que disfrutaban de las disertaciones. La angustia
existencial y la provocación se alternaban con el hedonismo y talante festivo
de la jornada.
El gobierno de la república
imaginaria
En octubre de 1968, la bohemia caraqueña, liderada por Caupolicán
Ovalles, instituyó La República del Este,
una república imaginaria y utópica que
surgió de la disconformidad de los intelectuales y artistas con las políticas de los gobiernos
de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, aunada a la desilusión de los partidarios de
la izquierda, quienes no habían logrado materializar su ideal político de
orientación marxista y finalmente habían cedido
a los procesos de pacificación
política iniciados por el presidente Caldera. No constituían un grupo, eran “un
conglomerado de gente representativa dentro de la sociedad venezolana, que
decidió asumir una actitud lúdica ante el panorama que ofrecía la Venezuela de
los años setenta”[3]
Cuenta Massiani que estaba reunido con Caupolicán Ovalles, Luis Camilo
Guevara y Mario Abreu en el restaurante Paprika y “de pronto Caupolicán, con
unos tragos encima, se montó sobre la mesa y dijo:
En este momento se acaba de fundar la República del Este… Al día
siguiente Caupolicán se presentó en el Chicken´s Bar con un maletín y con Luis
Camilo Guevara al lado y Mario Abreu. Muy serio comenzó a dar un discurso:
“Señores, me respetan de ahora en adelante, pues están ustedes frente al presidente
de la República del Este”…fueron vaina de “Caupo””[4]
Otros recuerdan el día en que los asiduos compañeros de tertulia y tragos
estaban reunidos en el restaurante El Viñedo, frente a la librería Ulises
y Caupolicán fue electo presidente, Luis Camilo Guevara Primer Ministro, el pintor Mario Abreu
ministro de Defensa y el poeta argentino Javier Villafañe ministro de Educación.
No redactaron ningún manifiesto, ni tenían un proyecto específico,
tampoco elaboraron lineamientos
políticos o filosóficos, solo propuestas aisladas, contestarías o anarquistas. La improvisación era la norma. “Todo se resolvía en un juego inteligente, en
desplantes audaces, burlas sangrientas, en una creatividad desbordada que
pretendía enfrentar el burocratismo, la corrupción, las complicidades
partidistas, las manipulaciones del poder y la hipocresía.” [5]
El único requisito era: “la hermandad del compañerismo.”
Ovalles parodiaba a los políticos con su particular retórica locuaz y
burlesca. Su gobierno proponía un universo anárquico y libertino en el que se
desacralizaba la política y se
institucionalizaban diversas formas de transgresión.
En un artículo titulado Crónicas y delirios | La República del Este,
el poder de la desmesura, Igor
Delgado Senior reproduce la proclama presidencial:
“¡Soy Caupolicán Ovalles, el Padre de la Patria, y mi Patria es la
República del Este! He dicho” Y los vítores continúan: “¡Vivaaa el Padre de la nueva República del
Este, brindemos, cantemos, caigamos en las mundanas tentaciones, la noche es
propicia y larga, que los dioses y mecenas nos acompañen, y que Omar Khayyam se
instale para siempre a nuestro lado!”.[6]
Entre los miembros más destacados se encontraban Adriano González León,
Orlando Araujo, Víctor Valera Mora, Miyó Vestrini, Manuel Alfredo Rodríguez,
Alfonso Montilla., Daniel González, David Alizo, Denzil Romero, Enrique
Hernández D’Jesus, Elí Galindo, Héctor Myerston, la Negra Maggi, Luis Camilo
Guevara, Luis Correa, Luis Salazar, Luis Sutherland, Manuel Alfredo Rodríguez,
Manuel Matute, Mary Ferrero, Miyó Vestrini, Mateo Manaure, Orlando Araujo, Paco
Benmamán, Pepe Luis Garrido, Rubén Osorio Canales, Salvador Garmendia, Ludovico
Silva, Francisco Massiani, Baica Dávalos, Enver Cordido Marcelino Madriz y
Víctor Valera Mora.
La mayoría venía de los grupos ya
disueltos, otros recién se unían a nuevas experiencias grupales como La pandilla de Lautremont, conformada
por Caupolicán Ovalles, Luis Camilo
Guevara, Mario Abreu, Víctor Valera Mora, José Barroeta, Elí Galindo y Ángel
Eduardo Acevedo. Sus integrantes privilegiaban la interacción social y los
encuentros y, cuando La República del Este
comienza a desmayar, toman
distancia.
En 1974, Manuel Alfredo Rodríguez promovió la constitucionalidad en la
República y organizó elecciones en las que fue electo presidente pero, muy pronto fue destituido por un golpe
de estado promovido por Ovalles. Las
rebeliones, los golpes constituían una parte fundamental de la paródica
República.
Entre las actividades de La República del Este cabe destacar la edición de una revista semanal
homónima, que asesoraban Adriano
Gonzáles León y Caupolicán Ovalles y editaba
Elías Vallés, el empresario dueño de la Funeraria Vallés, quien era
miembro y mecenas del grupo. Vallés ganó las elecciones de La República del Este en 1980, y como primer
acto de gobierno, presentó la revista. La publicación pretendía ser objetiva e imparcial
y enfocarse en los problemas del país. Una revista “libre de ataduras” que
buscaba un juicio justo. La publicación tuvo problemas de financiamiento y
distribución y solo salieron a la luz cinco números.
La actitud de los integrantes de esta República
festiva, desenfadada e irreverente, que degradaba roles y jerarquías, propició
muchas críticas, sin embargo, para Francisco Massiani fue un “factor
determinante en las literatura de las décadas siguientes”. Considera el autor
que “toda la literatura venezolana posterior ha sido posible solo a partir de
las obras de los republicanos” [7]
En 1973 la institucionalidad en La
República del Este empezó a flaquear y se dieron varios golpes de estado, los cuales habían sido
legalizados por Ovalles al inicio de su mandato. Lo que había comenzado como un
primer grupo de escritores e intelectuales
fue creciendo en la medida que se hacía conocida esta especie de peña.
Con el paso de los años, algunos de sus integrantes pasaron a ocupar cargos
públicos y personajes de la política de turno se iban haciendo asiduos. Los escritores que formaron parte de La República del Este continuaron escribiendo
y su trabajo era publicado en las
editoriales universitarias, en Monte Ávila, en las páginas literarias y en revistas, aunque no funcionaban como
grupo artístico literario, sino más bien como amigos de tragos que se reúnen a
charlar.
El fin de la utopía
A principios de los ochenta la
agrupación se desvaneció. Ya no hubo más
elecciones ni presidentes. Entre los
factores que, según los republicanos, contribuyeron a este final está la
construcción del metro, que trajo como consecuencia la desaparición de los
bares y restaurantes en los que solían
reunirse. El proceso de modernización de la Sabana Grande cambió no solo
los espacio, sino también la clientela que empezó a visitar los negocios de la
zona. Ya Caupolicán Ovalles había
vaticinado la muerte de la República del
Este con la llegada del metro.
Por otro lado, los republicanos se quedaron en la crítica al sistema, pero
no tomaron acciones ni produjeron eventos culturales, se limitaron a cuestionar
lo establecido con humor agudo que, en oportunidades, llegaba a la sátira, pero
no proponían alternativas, ni tomaron iniciativas
que propiciaran un cambio, más allá de las tertulias en los bares. No obstante,
cabe destacar el acto de desagravio a Salvador Garmendia que llevaron a cabo
ante la polémica que se desató la publicación de su cuento “El inquieto
anacorebo”.
Habían quedado atrás las publicaciones y exposiciones de Sardio y el Techo de la Ballena. La
beligerancia de los artistas desapareció y las ofertas de cargos, becas, misiones
diplomáticas fueron recibidas por algunos republicanos con regocijo. Otros,
entre ellos Ludovico Silva, Salvador Garmendia y “La Negra” Maggi, rechazaban la presencia de antiguos enemigos
en las tertulias.
En ese “amoroso surtidor equilibrando los cristales de la agonía que no
cesa”, como lo definió Orlando Araujo,[8]
coincidieron amigos y advenedizos para celebrar la existencia y ahogar las
penas y los fracasos en borracheras
compartidas. La actitud lúdica y
humorística fue siempre la consigna de estos intelectuales
desilusionados.
La proyección que promotores e
integrantes de la República del Este alcanzaron en el contexto del arte, el pensamiento
y la literatura nacional son innegables, al igual que el valor de las
publicaciones y la influencia de sus miembros en el acontecer cultural de las
siguientes décadas y en los grupos que se articularon después.
[1] como
la definió Rubén Osorio Canales
[2] J.J.
Armas Alfonzo, “República del Este”, en El
Español, 14 marzo, 2014. https://www.elespanol.com/el-cultural/opinion/20140314/republica/17748627_0.html
[3] De
Abreu Gallego, Lissy y Dos Reis Albuja, Aline, op cit.
[4] Francisco
Massiani entrevistado por Verónica V Rodríguez G. y Carla V. Valero en Una
Rayuela que se borra y se vuelve a
dibujar cada día. Semblanza de lugar sobre la transformación urbanística y
cultura de Sabana Grande.
http://biblioteca2.ucab.edu.ve/anexos/biblioteca/marc/texto/AAS3970.pdf
[5] Caupolicán
Ovalles entrevistado por Carmen Virginia Carrillo
https://www.youtube.com/watch?v=4CpEUV10DyE&ab_channel=ManuelOvalles
[6] https://www.ciudadccs.info/publicacion/2857-0
[7] Rodríguez, Verónica, Valero, Carla: República de las artes y las letras. En:
https://www.hableconmigo.com/2018/01/21/republica-de-las-artes-y-las-letras/
[8]
Orlando Araujo citado por De Abreu Gallego, Lissy y Dos Reis Albuja, Aline, op. cit. P. 53
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