martes, 27 de enero de 2026

 

 

Carmen Virginia Carrillo 


(Publicado en Papel literario  de El Nacional, el 14 de diciembre de 2025) 


La República del Este, la utópica nación de las artes y las letras


               Para entender esa “gran peña de la amistad”[1], llamada La República del Este, es necesario hacer un repaso de los grupos artísticos y literarios, formados por jóvenes con inquietudes artísticas e ideológicas, que surgieron en Venezuela a finales de los cincuenta: Sardio (1958) y Tabla Redonda (1959).  Los integrantes de Sardio, amantes de la bohemia, comenzaron a reunirse en  el café Iruña y luego abrieron una galería-librería que se convirtió en un espacio de reunión de escritores, artistas plásticos y gente de cine, allí daban rienda suelta a sus propuestas renovadoras y su espíritu libertario.  

En los sesenta se constituyeron otros grupos de carácter más polémico, integrado por  escritores y artistas que simpatizaban con la izquierda y mostraban una tendencia abiertamente subversiva: El techo de la ballena (1961) en Caracas, 40 grados a la sombra  en Maracaibo (1964) y Trópico uno (1964) en Puerto La Cruz.  Tenían como norte la  innovación y la transgresión, seguían los procedimientos surrealistas y dadaístas de creación  e insistían en la necesidad de un cambio drástico, tanto en las propuestas estéticas como en las sociales y políticas.  

Finalizando la década, que podría ser considerada la más fecunda en cuanto a grupos, revistas y polémicas se refiere, los grupos se disolvieron y algunos de sus integrantes emprendieron nuevos caminos. En la medida en que la disidencia iba cediendo, las instituciones culturales del Estado abrían espacios a intelectuales y artistas que pasaban a ocupar cargos en diversos organismos culturales  y universidades.  Muchos de los  que en su momento representaron la vanguardia insurgente  suavizaron el tono contestatario de sus obras, sin dejar de cuestionar la realidad que rechazaban. Arremetían contra las convenciones y desmitificaban  los grandes modelos de la vida pública a través de la ironía, la sátira y el humor.

Una izquierda fragmentada y derrotada que buscaba olvidar el descontento. Sus partidarios, inconformes con la situación política y añorando espacios para la  confluencia,  empezaron a  reunirse en torno a las barras de los bares y cafés, allí conversaban acompañados de tragos. Esa bohemia que fue tan celebrada y, a la vez,  criticada creó una dinámica  que, por más de una década, fue incorporando personajes ajenos al arte y la literatura. Políticos, empresarios, psiquiatras se unían a las tertulias y aplaudían los homenajes que se le hacían a ciertos personajes.

 

Al este de Caracas,  Sabana Grande

 

Los bares y cafés desempeñaron un papel fundamental en la formación de las vanguardias artísticas y literarias; en ellos, tanto creadores como pensadores se  reunían para  intercambiar ideas y, en oportunidades, manifestar  rivalidades. En estos entornos, propicios para la creatividad,  surgieron nuevas tendencias que rompían con las convenciones y proponían nuevas formas de expresión artística.  En ciudades como París, Viena, Londres, Madrid, Buenos Aires, Bogotá y Caracas, estos espacios llegaron a ser considerados centros de intercambio cultural cuyas  tertulias atraían no solo a los intelectuales bohemios, sino también a curiosos y entusiastas aspirantes de artistas.   

Desde los cincuenta, el crecimiento económico del país, fruto del ingreso petrolero, se hacía notar, especialmente en la capital. Caracas progresaba y se modernizaba.  En las décadas de los sesenta y setenta, el Boulevard de Sabana Grande se convirtió en  el área cosmopolita más atractiva de la ciudad, allí se encontraban los cafés, los bares, las terrazas y las librerías que, junto con los locales de   la avenida Francisco Solano, se convirtieron en los más famosos y concurridos de la ciudad. En sus espacios se reunían intelectuales, escritores,  artistas, periodistas, curiosos y mecenas para debatir ideas, acompañados de copas.  

Los encuentros solían llevarse a cabo en tres bares que  formaban el llamado “Triángulo de las Bermudas”: El Vecchio Moulino, Franco´s y el Camilo´s.  J.J. Armas Marcelo comenta que lo llamaban así “porque una vez dentro de un bar sólo se podía girar sobre los otros dos vértices.” [2] Después de pasar por la Librería Suma se iban al Juan Sebastián Bar a seguir conversando de política y literatura.

Muchos recuerdan a Adriano González León apoyado a la barra de El Vechhio Mulino, conversando con otros asiduos compañeros, luego  se le iban sumando colegas y admiradores que disfrutaban de las disertaciones. La angustia existencial y la provocación se alternaban con el hedonismo y talante festivo de la jornada.  

 

El gobierno de la república imaginaria

En octubre de 1968, la bohemia caraqueña, liderada por Caupolicán Ovalles, instituyó La República del Este, una república imaginaria y  utópica que surgió de la disconformidad de los intelectuales  y artistas con las políticas de los gobiernos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, aunada a la desilusión de los partidarios de la izquierda, quienes no habían logrado materializar su ideal político de orientación marxista y finalmente habían cedido  a  los procesos de pacificación política iniciados por el presidente Caldera. No constituían un grupo, eran “un conglomerado de gente representativa dentro de la sociedad venezolana, que decidió asumir una actitud lúdica ante el panorama que ofrecía la Venezuela de los años setenta”[3]

Cuenta Massiani que estaba reunido con Caupolicán Ovalles, Luis Camilo Guevara y Mario Abreu en el restaurante Paprika y “de pronto Caupolicán, con unos tragos encima, se montó sobre la mesa y dijo:  

En este momento se acaba de fundar la República del Este… Al día siguiente Caupolicán se presentó en el Chicken´s Bar con un maletín y con Luis Camilo Guevara al lado y Mario Abreu. Muy serio comenzó a dar un discurso: “Señores, me respetan de ahora en adelante, pues están ustedes frente al presidente de la República del Este”…fueron vaina de “Caupo””[4]

Otros recuerdan el día en que los asiduos compañeros de tertulia y tragos estaban reunidos en el restaurante El Viñedo, frente a la librería Ulises y  Caupolicán fue electo presidente,  Luis Camilo Guevara  Primer Ministro, el pintor Mario Abreu ministro de Defensa y el poeta argentino Javier Villafañe ministro de Educación.  

No redactaron ningún manifiesto, ni tenían un proyecto específico, tampoco elaboraron  lineamientos políticos o filosóficos, solo propuestas aisladas, contestarías o anarquistas.  La improvisación era la norma.  “Todo se resolvía en un juego inteligente, en desplantes audaces, burlas sangrientas, en una creatividad desbordada que pretendía enfrentar el burocratismo, la corrupción, las complicidades partidistas, las manipulaciones del poder y la hipocresía.” [5] El único requisito era: “la hermandad del compañerismo.”

Ovalles parodiaba a los políticos con su particular retórica locuaz y burlesca. Su gobierno proponía un universo anárquico y libertino en el que se desacralizaba  la política y se institucionalizaban diversas formas de transgresión.

En un artículo titulado  Crónicas y delirios | La República del Este, el poder de la desmesura,  Igor Delgado Senior reproduce la proclama presidencial:

“¡Soy Caupolicán Ovalles, el Padre de la Patria, y mi Patria es la República del Este! He dicho” Y los vítores continúan:   “¡Vivaaa el Padre de la nueva República del Este, brindemos, cantemos, caigamos en las mundanas tentaciones, la noche es propicia y larga, que los dioses y mecenas nos acompañen, y que Omar Khayyam se instale para siempre a nuestro lado!”.[6]

Entre los miembros más destacados se encontraban Adriano González León, Orlando Araujo, Víctor Valera Mora, Miyó Vestrini, Manuel Alfredo Rodríguez, Alfonso Montilla., Daniel González, David Alizo, Denzil Romero, Enrique Hernández D’Jesus, Elí Galindo, Héctor Myerston, la Negra Maggi, Luis Camilo Guevara, Luis Correa, Luis Salazar, Luis Sutherland, Manuel Alfredo Rodríguez, Manuel Matute, Mary Ferrero, Miyó Vestrini, Mateo Manaure, Orlando Araujo, Paco Benmamán, Pepe Luis Garrido, Rubén Osorio Canales, Salvador Garmendia, Ludovico Silva, Francisco Massiani, Baica Dávalos, Enver Cordido Marcelino Madriz y Víctor Valera Mora.

La mayoría venía de  los grupos ya disueltos, otros recién se unían a nuevas experiencias grupales como La pandilla de Lautremont, conformada por Caupolicán Ovalles,  Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Víctor Valera Mora, José Barroeta, Elí Galindo y Ángel Eduardo Acevedo. Sus integrantes privilegiaban la interacción social y los encuentros y, cuando La República del Este comienza a desmayar,  toman distancia.

En 1974, Manuel Alfredo Rodríguez promovió la constitucionalidad en la República y organizó elecciones en las que fue electo presidente  pero, muy pronto fue destituido por un golpe de estado  promovido por Ovalles. Las rebeliones, los golpes constituían una parte fundamental de la paródica República.

Entre las actividades  de La República del Este cabe destacar la edición de una revista semanal homónima, que asesoraban  Adriano Gonzáles León y Caupolicán Ovalles y  editaba  Elías Vallés, el empresario dueño de la Funeraria Vallés, quien era miembro y  mecenas del grupo.  Vallés ganó las elecciones de La República del Este en 1980, y como primer acto de gobierno, presentó la revista. La publicación pretendía ser objetiva e imparcial y enfocarse en los problemas del país. Una revista “libre de ataduras” que buscaba un juicio justo. La publicación tuvo problemas de financiamiento y distribución y solo salieron a la luz cinco números.

La actitud de los integrantes de esta República festiva, desenfadada e irreverente, que degradaba roles y jerarquías, propició muchas críticas, sin embargo,   para Francisco Massiani fue un “factor determinante en las literatura de las décadas siguientes”. Considera el autor que “toda la literatura venezolana posterior ha sido posible solo a partir de las obras de los republicanos” [7]

En 1973 la institucionalidad en La República del Este empezó a flaquear y se dieron varios  golpes de estado, los cuales habían sido legalizados por Ovalles al inicio de su mandato. Lo que había comenzado como un primer grupo de escritores e intelectuales  fue creciendo en la medida que se hacía conocida esta especie de peña. Con el paso de los años, algunos de sus integrantes pasaron a ocupar cargos públicos y personajes de la política de turno se iban haciendo asiduos.  Los escritores que formaron parte de La República del Este continuaron escribiendo y su trabajo  era publicado en las editoriales universitarias, en Monte Ávila, en las páginas literarias  y en revistas, aunque no funcionaban como grupo artístico literario, sino más bien como amigos de tragos que se reúnen a charlar.

El fin de la utopía

A principios de los ochenta  la agrupación se desvaneció.  Ya no hubo más elecciones ni presidentes. Entre los factores que, según los republicanos, contribuyeron a este final está la construcción del metro, que trajo como consecuencia la desaparición de los bares y restaurantes en los que solían  reunirse. El proceso de modernización de la Sabana Grande cambió no solo los espacio, sino también la clientela que empezó a visitar los negocios de la zona. Ya  Caupolicán Ovalles había vaticinado la muerte de la República del Este con la llegada del metro.

Por otro lado, los republicanos se quedaron en la crítica al sistema, pero no tomaron acciones ni produjeron eventos culturales, se limitaron a cuestionar lo establecido con humor agudo que, en oportunidades, llegaba a la sátira, pero no proponían  alternativas, ni tomaron iniciativas que propiciaran un cambio, más allá de las tertulias en los bares. No obstante, cabe destacar el acto de desagravio a Salvador Garmendia que llevaron a cabo ante la polémica que se desató la publicación de su cuento “El inquieto anacorebo”. 

Habían quedado atrás las publicaciones y exposiciones de Sardio y el Techo de la Ballena. La beligerancia de los artistas desapareció y las ofertas de cargos, becas, misiones diplomáticas fueron recibidas por algunos republicanos con regocijo. Otros, entre ellos Ludovico Silva, Salvador Garmendia y “La Negra” Maggi,  rechazaban la presencia de antiguos enemigos en las tertulias.

En ese “amoroso surtidor equilibrando los cristales de la agonía que no cesa”, como lo definió Orlando Araujo,[8] coincidieron amigos y advenedizos para celebrar la existencia y ahogar las penas y los fracasos  en borracheras compartidas. La actitud lúdica y  humorística fue siempre la consigna de estos intelectuales desilusionados.

 La proyección que promotores e integrantes de la República del Este alcanzaron en el contexto del arte, el pensamiento y la literatura nacional son innegables, al igual que el valor de las publicaciones y la influencia de sus miembros en el acontecer cultural de las siguientes décadas y en los grupos que se articularon después. 

  



[1]  como la definió Rubén Osorio Canales

[2] J.J. Armas Alfonzo, “República del Este”, en  El Español, 14 marzo, 2014. https://www.elespanol.com/el-cultural/opinion/20140314/republica/17748627_0.html

[3] De Abreu Gallego, Lissy y Dos Reis Albuja, Aline, op  cit.

[4] Francisco Massiani entrevistado por Verónica V Rodríguez G. y  Carla V. Valero  en Una Rayuela que se borra  y se vuelve a dibujar cada día. Semblanza de lugar sobre la transformación urbanística y cultura de Sabana Grande.  http://biblioteca2.ucab.edu.ve/anexos/biblioteca/marc/texto/AAS3970.pdf

[5] Caupolicán Ovalles entrevistado por Carmen Virginia Carrillo https://www.youtube.com/watch?v=4CpEUV10DyE&ab_channel=ManuelOvalles

[6] https://www.ciudadccs.info/publicacion/2857-0

[7] Rodríguez, Verónica,  Valero, Carla: República de las artes y las letras. En:

https://www.hableconmigo.com/2018/01/21/republica-de-las-artes-y-las-letras/

 

[8] Orlando Araujo citado por De Abreu Gallego, Lissy y Dos Reis Albuja, Aline, op.  cit. P. 53

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