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miércoles, 12 de febrero de 2025

 

Carmen Virginia Carrillo

 

Rafael Cadenas. Un largo y extraordinario recorrido 

(Publicado en El Papel Literario de El Nacional el 23 de abril de 2023)

             


  Uno sólo espera de los poetas

un óbolo que nos sirva para el trayecto

Rafael Cadenas

 

 

 

Rafael Cadenas ha sido galardonado con  el Premio Cervantes 2022, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte de España, es el primer autor venezolano en recibirlo. Además de ser considerado como uno de los poetas más importantes del país, Cadenas ha sido, también, un venezolano íntegro. Desde muy joven se ha manifestado abiertamente en contra del autoritarismo, las dictaduras o cualquier forma perversa de ejercicio del poder. No dudamos al decir que el poeta es una de las referencias más respetadas e inspiradoras de la Venezuela actual. A pocos días de la entrega, queremos sumarnos, con esta breve reseña de su obra poética, particularmente enfocada en sus primeros poemarios, al homenaje que el Papel Literario rinde al querido y siempre admirado poeta.

            Cadenas nació en Barquisimeto, allí pasó su infancia. Siendo adolescente, fue expulsado del estado Lara por razones políticas  y se mudó a Valencia donde terminó el bachillerato. Una vez graduado, se fue a  Caracas a estudiar derecho. Participó en la primera gran huelga universitaria  junto a Manuel Caballero y Guillermo Sucre, entre otros. Les encargaron  tomar la universidad y  por ello, los apresaron . Tras cinco  días en la cárcel del obispo, lo trasladaron a la cárcel modelo, donde lo retuvieron por cinco meses. Cuenta Cadenas, en una entrevista que le hizo Rafael Arraiz Lucca, que un día lo llevaron al aeropuerto y lo metieron en un avión. Corría el año 1952,  el poeta tuvo que abandonar el país rumbo al destierro, en la isla de Trinidad. Allí vivió cuatro  años y comenzó a escribir un segundo libro titulado Una isla que culminaría en Venezuela y cuya versión original circuló multigrafiada en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela en 1977.

Cae la dictadura de Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 y el poeta  regresa a Caracas, allí comienza a escribir artículos para periódicos y una columna sobre crítica de cine. Entra, luego, a la escuela de Letras donde ejerce la docencia hasta su jubilación.

A los dieciséis publicó Cantos iniciales (1946). Ya en sus primeros poemas se perfilaban algunos de los ejes temáticos que reaparecerán a lo largo de toda  su obra, entre ellos, la exploración del ser y del lenguaje.

En 1959 surge el grupo Tabla Redonda integrado por jóvenes intelectuales -en su mayoría poetas- militantes o simpatizantes del partido comunista, algunos de ellos recién llegados del exilio: Jesús Sanoja Hernández (fundador y principal animador),  Rafael Cadenas, Arnaldo Acosta Bello, Jesús Enrique Guédez, Ángel Eduardo Acevedo, Oswaldo Barreto, Samuel Villegas, Mateo Manaur be, José Fernández Doris, Manuel Caballero, Enrique Izaguirre y los pintores Darío Lancini y Ligia Olivieri.  Luego se incorporarían Irma Salas, Dacha Nazoa y José Barroeta. El grupo, consecuente con su ideario político, desarrolló un persistente trabajo de apoyo a quienes se oponían al gobierno de Betancourt, sin embargo, nunca supeditaron el trabajo artístico y literario a los planteamientos ideológicos, por el contrario, la obra de la mayoría se manifestó al margen de los postulados políticos que, en la práctica, defendían.

            Desde sus inicios, Tabla redonda rechazó y criticó  a las posturas estético-ideológicas del grupo Sardio por considerarlas reaccionarias. Esta pugna contribuyó con la radicalización de algunos de los miembros de Sardio hacia la izquierda y a la inevitable división del grupo, surge así El techo de la ballena. 

Al igual que en  Sardio y El techo de la ballena, los escritores de Tabla redonda desarrollaron una intensa actividad editorial. Publicaron una revista que anunciaba como una publicación de “artes y letras”,  de circulación mensual; sin embargo entre mayo y diciembre de 1959 sólo editaron cuatro números.  En el comité responsable del primer número se encontraban Arnaldo Acosta Bello, Rafael Cadenas, Manuel Caballero, Jesús Enrique Guédez, Jesús Sanoja Hernández y Darío Lancini.  

Además de la revista, bajo el sello editorial del grupo se publicaron libros de sus integrantes entre ellos,  Los cuadernos del destierro (1960) de Rafael Cadenas.

Los miembros de Tabla Redonda consideraban que  la revisión del pasado cultural era fundamental para lograr el cambio en la sociedad.

            Los planteamientos fundamentales del grupo se centraron en el compromiso de los intelectuales  y la desmitificación del escritor como demiurgo. A partir de estos dos núcleos de conflicto cuestionaron la tradición artística nacional; sin embargo, y a diferencia de Sardio y El techo de la ballena, no buscaban una ruptura drástica con la herencia cultural, por el contrario, reconocían la necesidad de la continuidad del trabajo artístico. Las divergencias de Tabla Redonda con  Sardio y con El techo de la ballena se convirtieron en una polémica pública.

             Las posiciones políticas eran determinantes en las valoraciones artísticas y generaban posiciones encontradas de las que pocos lograron escapar. La mayoría de los grupos poéticos que surgieron a finales de los cincuenta y durante los sesenta consideraban fundamental el compromiso político de los escritores;  muchos de ellos produjeron obras de marcado cariz contestatario, como Caupolicán Ovalles y Víctor Valera Mora. Otros, entre ellos  Rafael Cadenas, lograron diferenciar la postura  política de la creación poética. 

             Si bien Tabla Redonda fue el grupo más radicalizado políticamente, sus integrantes no utilizaron la poesía como instrumento de adoctrinamiento, ni como arma de combate. En esta década violenta, como ha sido denominada por la historiografía, unos optaron por llevar al arte la agresividad  y  la iracundia que vivían, otros prefirieron separar el compromiso vital de la obra literaria y centrarse en la reflexión ontológica y  la exploración estética.

El año de 1965 desaparece Tabla Redonda, sus integrantes continuaron con su trabajo intelectual alcanzando, algunos, reconocimiento internacional, tal es el caso de nuestro laureado poeta, Rafael Cadenas.

             Tres años después de la publicación del largo poema en prosa, Los cuadernos del destierro, apareció el poema más conocido de Cadenas, “Derrota”, texto que plasma la crisis existencial de  una generación que se sintió traicionada. En 1966, la Universidad Central publicó Falsas maniobras, libro que  agudiza la problematización del yo poético, que ya se anunciaba en los textos anteriores.

La obra de Cadenas dialoga con la cultura oriental, particularmente con el pensamiento vedántico, el taoísmo y  el zen. De Occidente encontramos en Cadenas los ecos de Arthur Rimbaud, Walt Whitman, Rainer Maria Rilke, D. H. Lawrence, Fernando Pessoa, Giuseppe Ungaretti, Czeslaw Milosz, Henri Michaux, Carl G. Jung, Alan Watts, entre otros.

Ya en Una isla (1958), poemario cuyos ejes temáticos son el amor y el destierro, muestra Cadenas su interés por la indagación sobre el lenguaje y su relación con la realidad:

SOLA,

Insegura,

Apremiante

Palabra,

Casa Sin extravíos.

 

Para ella desearía

la fuerza

de los árboles.

(2022,50)

 

En Los cuadernos del destierro (1960) destaca la reflexión sobre la identidad del ser y la palabra poética. El hablante se define por su condición de desterrado e intenta fundar un mundo mítico en el cual reconocerse. El desarraigo genera una  crisis de identidad  que el texto poético busca restablecer, relato fundacional  que tiene como marco de fondo el espacio insular de Trinidad. Entre las características más resaltantes del texto se encuentran la fragmentariedad y la ruptura de la lógica del discurso.

Este largo  poema en prosa se enlaza con toda una tradición de poesía narrativa que se inicia en el siglo XIX con los románticos, continúa en Baudelaire y que en América Latina alcanza con Azul de Rubén Darío su concepción más moderna.

La relación del  libro de Cadenas  con Una temporada en el infierno de Rimbaud se percibe desde las primeras líneas. Al igual que el poeta francés, Cadenas inicia el texto estableciendo el origen  ancestral y  mítico del hablante:

Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor.

Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben –o lo suponen- quienes se ocupan en leer signos no expresamente manifestados que su austeridad tenía carácter proverbial. (7).

            Una vez determinada la genealogía, el hablante se describe a sí mismo “Soy desaliñado, camino lentamente y balanceándome por los hombros y adelantando, no torpe, más si con moroso movimiento” y anuncia el propósito del texto: “relataré no sin fabulaciones mi transcurso por tierra de ignominias y dulzuras, ruptura y reuniones,…” (8), rescatar del olvido las vivencias del destierro, y poner en evidencia la intervención de la imaginación en la construcción del poema. La fabulación constituye un ingrediente complementario del texto a través del cual el poeta, en un permanente oscilar de un extremo a otro, se muestra y se enmascara.

El hablante, escindido, se pierde en una multiplicidad de rostros, “un día comenzó la mudanza de los rostros. Uno suplantaba a otro, sin cese. Tal día fueron cien, tal otro mil; todos escenificaban un danza de posesos sobre mis hombros” (9); la representación de un yo dividido plasma los  enigmas de un sujeto que ha perdido su unidad y que puede llegar a la disolución total de sí. Ese yo fragmentado reitera su fidelidad a la memoria:

Hice mis particiones.

Aguas en la memoria, absolutas como los de-

siertos, solamente el silencio del otro en el fo-

llaje puede compararse con vuestro espíritu.

(11).

 

            Y así continúa enumerando imágenes, situaciones, lugares, sonidos, frases de terceros, objetos. Palabra que nombra y al nombrar da nueva vida a los recuerdos, palabra génesis del exiliado que se desborda en imágenes surrealizantes:

Por entre árboles morados ángeles negros tocan la noche

de cuero de cocodrilo. El  cielo  se  pega  a  la  costra  de

los  vegetales. Un  pueblo  aplastado  por  las pezuñas de

la luna  desentierra  voces sepultadas  por  marejadas  de

exilio. (15).

 

            El olvido es una amenaza permanente, en la medida en que los acontecimientos pasados se van borrando de la memoria,  el individuo  va perdiendo  su identidad. En el poema, el hablante lamenta la pérdida de los recuerdos “De aquel idioma raro y de mis pasos por la tierra dicha no existe imagen alguna que no esté hoy extinguida” (16). Todo el texto representa un intento por rescatar las memorias de ese tiempo vivido en el exilio, de la lengua hablada en el país extranjero. 

La alteridad se ofrece como posibilidad para el rescate de la identidad perdida: “Me refiero a la casa meridional del agua donde el olvido recobra sus espejos azules” (18). La presencia del sol, el mar, la luz, se reitera a lo largo del poema; aguas resplandecientes que reflejan las emociones de un yo que se debate en la duda “Mi único caudal eran los botines arrancados al miedo” (19). Comienza entonces la larga lista de inseguridades:

Yo nunca supe si fui escogido para trasladar revelaciones.

Yo nunca estuve seguro de mi cuerpo.

Yo jamás pude precisar si tenía dos manos, dos piernas,

un rostro, una historia.

Yo ignoraba todo lo concerniente a mí y a mis ancestros.

(21).

 

El texto está organizado a partir de dos tiempos, un  presente que se vive añorando, un pasado que se ha ido. Del pasado se conservan sucesos, separaciones, contradicciones, encuentros, pérdidas y reparos. El país del destierro frente  al país natal;  la muerte aparece como  la estación final de las  trajinadas mudanzas de la vida.

El hablante se muestra decepcionado y derrotado y nos  dice “Arqueado sobre mi memoria como un ángel despojado de su candidez… Yo desconfío” (29). La representación que el poeta hace de sí mismo oscila entre el polo mítico y el  realista; por un lado tenemos al vate que se reconoce en los orígenes míticos, por el otro la autoreferencia. En uno se oculta y en el otro se revela, llega incluso a manifestarlo de forma explícita: “He resuelto mis vínculos. Ya soy uno” (10), luego “Estoy aquí” (22), y más adelante “Voy a ocultarme de nuevo” (55), para finalizar diciendo “Ahora he regresado. Mi razón ha vuelto a su sitio y a él se ajusta como a la almendra su máscara… He recuperado mi nombre” y de nuevo el ser fragmentado que intenta recuperar su unidad “¡Oh!, tu mi enemigo, dentro de mí, entrégame las llaves definitivas para abrir el más claro aire, las arcas transparentes.” (58-59). El constante debatirse de un ser dividido entre dos realidades se reitera en este fragmento en que el yo interpela a su alter ego:

Con mi voz de calcinado expósito y rodeado de lo preterido, saludo. Calma. Saludo de frente como un ahogado. Calma. Saludo de frente como un réprobo. Calma. Saludo de frente como un ladrón. Clama. –Rafael ¿me oyes? ¿Estás ahí? –Sí, te oigo. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. (41).

 

Al nombrarse se identifica y a la vez se distancia, esta marca de sí mismo es a la vez una extrañeza.  Este sujeto no es solamente un desterrado político, es también un “desterrado de sí, a pesar de sí” (115).  

Las dos pasiones ante las que el hablante claudica son un ´tú` femenino a la que dedica parte de estas memorias y el lenguaje “Así como sucumbo a vocablos pudiera sujetarme a tu mirada” (48).

En Los cuadernos del destierro conviven los contrarios, magia y logos, sonido y silencio, presencia y ausencia del hablante, en una lucha por superar el límite del lenguaje mismo.

Mi palabra tiene acento de oración porque el término  del  amor   que   es   destrucción  ha  traído también el deceso de la sed.

Por eso mi palabra tiene ritmo de teoría solemne de contristados y acongojada recorre los cauces graves del logos.

Sin embargo, he aquí que hoy me desnudo y salgo a revocar mis devastaciones.

 (…) (51-52).

 

El hablante plantea la incapacidad del lenguaje para nombrar la realidad, para revivir el pasado y para expresar los estados de ánimo. Esa “amorosa hostilidad hacia el lenguaje” de la que habla Steiner, ese intento de traspasar las fronteras de su lenguaje, se percibe en estos versos de Cadenas:

Mientras caminaba el trecho que marca mi derrota me desesperaba la insuficiencia de mi idioma. Consultaba los inabarcables cursos del verbo, inquiría de las tablas de la dicción sus secretos trasvasables. (54)

 

            La realidad se diluye en las aguas de la imaginación y las fronteras entre uno y otro mundo se borran, al punto en que el poeta se pregunta: ¿He recorrido en verdad los caminos que nombro? (55).

            Un yo lírico que se dibuja desde un imaginario mítico alterna con un yo autobiográfico que se asoma a ratos, ofreciendo pinceladas de la historia personal de Cadenas. Las vidas de estos dos ´yoes` es narrada entrecruzadamente  a lo largo del poema.

El poema “Derrota” (1963) puede considerarse una muestra fundamental de la poesía conversacional en nuestro país. En un  lenguaje en apariencia directo, despojado de artificios, el poeta reitera la sensación de fracaso que ya había anunciado en Los cuadernos del destierro

Yo que no he tenido nunca un oficio

que ante todo competidor me he sentido débil

que aprendí los mejores títulos para la vida

que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo

    que mudarme es una solución)

que he sido negado anticipadamente y escarnecido

   por los más aptos

que me arrimo a las paredes para no caer del todo

que soy objeto de risa para mí mismo

 (1979:111-113) 

            El hablante, en una actitud autocrítica exacerbada, se va describiendo en función de la enumeración detallada de sus carencias, negaciones  e insuficiencias. El poema se articula a partir de la repetición anafórica de la conjunción “que” con la variante “que no” y termina con una conclusión que pareciera volver al principio del acto expiatorio. Construcción de una autoimagen pública en negativo; burla y juicio crítico de sí mismo que lleva implícito un cuestionamiento de la sociedad en general.

            En “Derrota” percibimos un diálogo intertextual con el poema de Fernando Pessoa, -en la voz de su heterónimo Alvaro de Campos-,  “Tabacaria”. Visión pesimista de un mundo que pareciera cerrar todas las posibilidades de integración al hablante, quien se representa en una completa y total disyunción con el entorno social.

En Falsas maniobras (1966) Cadenas da un cambio significativo de estilo. Si bien encontramos algunos de los asuntos de los que ya habían ocupado en Los cuadernos del destierro, tales como la problemática del exilio, la presencia del doble, la reflexión sobre el lenguaje, el cuestionamiento de la identidad de un yo poético conflictivo y desadaptado;  incluso el paisaje, que en algunos momentos se convierte en el eje de los poemas, es el mismo. Sin embargo el lenguaje es otro, en este  poemario Cadenas se despoja de la metáfora surrealista, del discurso poético ambiguo y polisémico, alquimia verbal. La concepción estético-filosófica ha cambiado, ahora la escritura quiere ser un acto de revelación y busca en el Oriente, en el budismo Zen la iluminación. 

En Falsas maniobras el hablante lucha consigo mismo y con un entorno al que percibe hostil; conciencia desgarrada que realiza un ejercicio de autoacusación. El conflicto existencial se despliega en los desdoblamientos y la vacilación del hablante frente a las demandas del entorno social.  Ya en el primer poema nos encontramos con un yo fragmentado, escindido que se debate entre complacer las demandas de los otros o permanecer fiel a sí mismo. Este conflicto se acentúa en poemas como “Monstruo” en el cual el hablante poético se desplaza; trasladado a una tercera persona da paso a la objetivación del sí mismo. Este ´él` cuyas huellas autobiográficas podemos perseguir, da lugar a  un distanciamiento crítico que le permite al poeta hablar de sí mismo como si fuera un  ´otro` externo y distante:

El hombre sin piel se levanta tarde, evita los

comunes tropiezos, rehúye toda relación.

 (77)

En el poema “El que es” el yo se desdobla en un ser exterior que está en contacto con el entorno y un yo interior que permanece al margen, aislado e incomunicado y a salvo de las agresiones del mundo: “Si alguien me toca, sólo me toca a mí, a ese mí orgulloso, ese mí que no deja franquear su claustro, y no a ese otro alguien, informe, vasto, neutro, que hace gestiones en la oscuridad” (1979:105). Sin embargo en “Rutina” el hablante busca su unidad, nos habla de su habilidad para reconstruirse “Sé reunirme pacientemente, usando rudos métodos de ensamblaje./ Conozco mil fórmulas de reparación. Reajustes, atornillamientos, tirones, las manejo todas” (104). El  sujeto poético se define en su condición de outsider, del ser que se debate entre aceptarse tal como es o rechazarse, adaptarse o  mantenerse al margen. “(No se trata de rearmar un monstruo, eso es fácil, / sino de devolverle a alguien las proporciones)” (104).

Nos encontramos con un lenguaje decantado que tiende a la economía verbal. El autor declaró explícitamente la intención de cambiar su escritura a partir de la nueva visión de la realidad heredada de las filosofías orientales. En  “Reconocimiento” señala:

Me veo frente a este paisaje parecido al que protejo.

No soy el mismo. Debo comprenderlo de una vez.

He de encajar en mi molde.

 

He acechado la aceptación súbita de mi realidad.

 

Despedí la poesía que se cuelga de brazos.

 (96)

 

            Cadenas propone una nueva poética más auténtica y comprometida, a la vez que nos deja entrever la tendencia orientalista de sus planteamientos metapoéticos. La búsqueda de la iluminación a través del Budismo Zen se hace más explícita en los poemas “Mirar” y “Satori”.

El poeta insiste en la reflexión metapoética sobre la capacidad nominadora del lenguaje y  de la poesía.  Vida y escritura congregadas en la página en blanco. La poesía da nombre a los objetos y al nombrar entra en contacto con el ser de las cosas; el poema es el mundo, la experiencia del hablante, sus carencias. Es por ello que  Cadenas se afana  en la búsqueda de la exactitud del lenguaje.

En su siguiente libro, Intemperie (1977), formado por poemas en verso y en prosa, Cadenas cambia el tono de su escritura, de la celebración pasa a la queja. El hablante describe sus flaquezas:

Se hunde uno,

se atasca, Se desoye

y vuelve a unirse. Un pantano.

…(2022, 191)

 

El libro cierra con el Ars poética del autor: “Que cada palabra lleve lo que dice./ Que sea como el temblor que la sostiene…” (195).

 Luego vendrá Memorial (1977), que reúne los poemas de “Zonas” (1970), “Notaciones” (1973) y “Nupcias” (1975).  Poemas breves, escritos en verso y en prosa, reflexión  fragmentaria sobre la cotidianidad y el amor.

En los años ochenta publica Amante (1983). En este poemario, un yo lírico se dirige a una parte de sí mismo que parece ajena, el amante que existe dentro de él; sin embargo, actúa como un visitante o un extraño. Estamos ante a puesta en escena de la dualidad: “No soy lo que soy ni lo que no soy”, dirá el poeta. La presencia del “otro” como proyección negativa del “yo”,  plasma el desconcierto de un sujeto en crisis que asume nuevos modos de representación de sí mismo.

 Gestiones (1992) nos muestra  un yo fragmentado que busca la “honradez” en la escritura.  Además de la temática amorosa, insiste el autor en la problemática del lenguaje y  la autorreflexión del sujeto poético, un yo que se desdobla e intenta construir una imagen de sí, evitando el fingimiento y la palabrería vacua. Poesía escueta,  de tono reflexivo, escritura aforística,  que da cuenta del compromiso del poeta con el lenguaje.

En Cadenas, la búsqueda de la identidad no es solamente la búsqueda del ser, sino la búsqueda de la lengua y su materialización en el ejercicio poético. A lo largo de sus textos, reflexiona sobre la capacidad nominadora el lenguaje y  los procedimientos a través de los cuales el poema se convierte en un generador de mundos.

Bibliografía del autor:

 

CADENAS, Rafael. 1966.  Falsas maniobras.  Caracas: UCV.

 

______________.1960.  Los cuadernos del destierro. Caracas: Tabla Redonda.

 

______________. 1979. Los cuadernos del destierro. Falsas maniobras. Derrota. Caracas.

______________.2022. Obra entera. España: Pretextos.

 

 

martes, 12 de abril de 2011

Una aproximación a la palabra poética como expresión de lo inefable


La experiencia de los poetas
es  privilegiada: nos  entrega
silenciosamente el sentido de
las  palabras  en  la Palabra.
Ramón Xirau
 
En nuestra cultura, el silencio ha sido vinculado a la  sabiduría y a la contemplación, pero también a la esterilidad creativa  y  a la muerte. Estas dos sendas, por las que puede transitar el hombre, han de  conducirle a la inspiración o al  desconsuelo.  
Si bien la palabra y el silencio parecieran excluirse, ambos se contienen mutuamente, “la palabra entraña silencio y el silencio palabra; solamente podemos dejar de hablar si antes, después, aun y, acaso sobre todo, durante el proceso de hablar estamos habitados por silencio”[1] dice Xirau  y es que ese “animal dotado de palabra”[2]  que es el  hombre supera  la materia silente y se asemeja a los dioses a través del poder creador del verbo. El silencio esencial del que nos habla Xirau habita en la palabra misma, es parte de ella y  le da sentido.
En su libro La muerte, Vladimir Jankélévitch nos habla de dos formas diferentes de silencio: el silencio indecible y el inefable, el primero corresponde al silencio de la muerte y provoca en nosotros angustia;  el segundo corresponde al silencio de Dios, por tanto remite a lo sublime. Para el autor, la muerte es indecible porque no hay nada que decir de ella y el temor que nos produce conduce a un mutismo concluyente[3];  ella es negación  del ser, por tanto es el no-sentido y es anti-divina,  absurda  e ininteligible;  representa la inconsistencia de lo humano[4]. En cambio el silencio de Dios es inefable, místico, exterior y superior, inspira al poeta y le otorga “el poder lírico del verbo”[5] Ese imperceptible y confuso rumor de voces y armonías invisibles que pueblan el universo y que inspira múltiples discursos en el hombre que está atento a sus murmullos, forma parte del sublime silencio de Dios.
El poeta, en su rol de demiurgo, rescata las voces que desde el silencio le hablan y las traduce al lenguaje de los hombres. En su afán de alcanzar lo incognoscible, de conocer “el misterio que sólo puede dar sentido a lo inteligible”[6] persigue la palabra fundamental,  esa que es anterior a todas y que no tiene límites, ya que sólo ella es capaz de otorgar unicidad a la multiplicidad.
La conciencia de la muerte hace que el hombre establezca una relación  atormentada con el tiempo. Todo muere, sólo la memoria de lo vivido puede prevalecer  a través de la escritura. Steiner ha  insistido en  la “íntima relación de la poiesis y la muerte, de la individuación del acto estético y metafísico y de la soledad de la extinción personal”[7];  para el autor, aproximarse a la creación implica un aislamiento ontológico igual al que vivimos con la muerte.
En la palabra poética, la vivencia íntima del tiempo está reflejada de tal forma que trasciende las instancias del orden cronológico. A través de la poesía podemos volver sobre los recuerdos, de esta manera,  lo indecible de la muerte cede paso a la inspiración de lo inefable y el hombre alcanza la inmortalidad a través de  la creación artística. La poesía infunde la esperanza de un futuro abierto a la eternidad y la inspiración poética se convierte en “insuflación del soplo vital”[8].  
La inspiración de lo inefable es sublime e intransferible, permite al hombre  responder a sus dudas y celebrar la vida, aunque a menudo pareciera desbordar la capacidad expresiva de las  palabras. Lo inefable otorga  la facultad del canto a los poetas; también el amor, como principio creador, es poiesis y es inefable en tanto que induce al hombre a crear analogías, similitudes y metáforas.
El silencio forma parte del poema y  hace posible su productividad semiótica, precede a la escritura y a su vez es el fin último de la experiencia poética, su esplendor, de ahí que voz y silencio conformen un vínculo inseparable. Para Eduardo Chirinos  el poema alberga y da sentido al silencio[9].
En oportunidades el silencio irrumpe en el texto como materialidad que  participa en la configuración de los versos a través de los espacios en blanco, las pausas, los puntos suspensivos, etc., recalcando, de esta manera, la presencia de ese fondo vacío sobre el que brotan las palabras; en otras, los autores  utilizan  el discurso metapoético para reflexionar sobre este binomio causa y efecto del poema. 
El poeta se convierte en escucha y voyeur, el gran contemplador que entra en los territorios del silencio y desde ahí comienza a verbalizar. El acto de creación  es un acontecimiento que se realiza en solitario, al igual  que la muerte. Esta aproximación a la palabra se lleva a cabo en un recogimiento a través del cual el escritor avizora lo inefable y lo indecible.   
Para María Zambrano, la poesía es “un oír en el silencio y un ver en la oscuridad”[10]. En este sentido,  es en el vacío donde se lleva a cabo el milagro de la creación, el espacio donde se alcanza el absoluto; a decir de la filósofa española,  ese absoluto que se evidencia a través de la palabra poética conduce a la plenitud  del ser, y ese ser enamorado del mundo, que es el poeta,  ahonda en su origen a través del olvido de sí[11] para, de esta manera, designar lo inexpresable. La carencia resulta ser lo más verdadero ya que se convierte en lo imborrable y esencial[12].  
Olvido, silencio, ausencia, sólo se conciben en función de sus opuestos: recuerdo, palabra, presencia; cada uno de estos pares representa una variante del binomio vida-muerte,  lo más opuesto y más próximo que podemos concebir, según Marc Augé, y que inevitablemente nos remite  “a la imposibilidad de decir la última palabra, de no poder pronunciar jamás la palabra final.” [13]
A partir de la Modernidad, los poetas están conscientes de que la esencia de la poesía es la esencia del lenguaje; la preocupación por la palabra les conduce inevitablemente a suprivación, y es así como el silencio se convierte en  “experiencia purificadora  … exigencia de totalidad que se vuelve sobre si misma y se hace crítica … nostalgia de la Palabra”[14].
Rimbaud y Mallarmé problematizan al lenguaje y aspiran a convertir la poesía en una práctica de silencio; es así como el poema pasa a ser  el espacio de representación del acto de la escritura y su imposibilidad.
En Latinoamérica, la relación entre la palabra y el silencio ha sido tema de reflexión metapoética; para algunos autores el silencio da cuenta de la imposibilidad de congregar las voces, es vacío y esterilidad,  para otros es la esencia misma de la palabra fundacional.
Entre las poetisas y los poetas contemporáneos, que en el siglo pasado se ocuparon del tema, cabe destacar a Olga Orozco  y Alejandra Pizarnik en Argentina, Emilio Adolfo Westphalen y Javier Sologuren  en Perú, Gonzalo Rojas  en Chile y Cintio Vitier en Cuba. Las obras de estos autores dialogan con la vasta tradición que invoca al silencio desde la literatura y que convierte al poema en su espacio privilegiado.
En la poesía venezolana de la segunda mitad del siglo XX encontramos, al igual que en el resto del continente, autores preocupados por esta temática, entre ellos, Eugenio Montejo y Rafael Cadenas, de cuyas obras nos ocuparemos en este trabajo. En sus textos percibimos la necesidad de ahondar en los abismos de la creación, de recorrer sus fronteras; para ello han de entrar en contacto con ese espacio vacío que es anterior y posterior al verbo, de esta manera se acercan al silencio, fuente primigenia de la palabra.
A lo largo de la obra poética de Eugenio Montejo encontramos una serie de  reflexiones metapoéticas que giran en torno a la conciencia del lenguaje y su relación con el silencio. En sus versos se pone de manifiesto la angustia del hablante frente a la muerte y el deseo de alcanzar la inmortalidad a través de la  palabra. Leer lo ilegible, traducir lo indescifrable para luego volverlo verbo agradecido que celebra la vida y la regala al lector, quien ha de continuar la interminable cadena de interpretaciones posibles.
En su texto “Guarda silencio ante el poema”,  propone una concepción del silencio como vía para la interpretación  de los signos, presagio de lo indecible que se anticipa con la irrupción del canto del gallo.  Grito o pregón, este canto funciona como metáfora de la palabra poética:

Guarda silencio ante el poema,
circula entre sus versos, no interrumpas el paso.
Es casi una oración atea, pero es una oración.
Desde que nace los hombres se congregan
y repiten en sueño sus palabras.
Es como si quedara algo sagrado
Sobre la tierra todavía,
el  misterio los junta a cada instante.
Tal vez rechaces tanta ceremonia
O te colme el ritual que los convoca,
da lo mismo. No hables.
Descifra despacio cada letra
como quien oye un gallo a medianoche
y siente que su canto, en vez de gritos,
es el pregón de un obituario.
Indaga si tu nombre acaso se menciona,
Si para ti también ya cantó el gallo.[15]

            El sentido místico que el hablante otorga al acto de leer el poema nos hace pensar en la cualidad purificadora que se le adjudica al silencio, su sentido iluminador. En este caso el silencio del lector y el del autor han de entrar en sintonía como una forma de plenitud creativa que pareciera conectarse con la posibilidad de la muerte. El canto del gallo, en medio de la noche, es un diálogo con el silencio que  refuerza las dicotomías presencia – ausencia; vida – muerte.
            En el metapoema “La poesía”, Montejo nos ofrece su reflexión a partir de la personificación de lo poético y de su relación con lo real. La relación palabra y silencio  se establece como un acto mágico en el cual se  involucra el lector haciéndolo partícipe de ese resplandor que es la materialización de lo inefable.

  La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
-ni siquiera palabras.

Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
Tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
Una flor o un guijarro, algo secreto,
Pero tan intenso que el corazón palpita
Demasiado veloz. Y despertamos.[16]

         
La  transformación que se lleva a cabo cuando  somos tocados por la palabra poética permite expresar lo inexpresable, convierte lo ajeno en  propio y transporta al ser “hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo”[17]. La vivencia onírica que  describe  el texto nos asoma a la Palabra esencial. La poesía se revela como anterior a la palabra y el poema como el espacio en el cual se instala el silencio y se consagra el lenguaje.
El silencio del que habla el poema está, a su vez, representado en la configuración del texto; la disposición gráfica, los espacios en blanco y el guión intensifican la pausa y dejan ver la conciencia privilegiada del poeta en relación a la palabra y su ausencia. El lector debe reconstruir y decodificar estas señales para dar significado a lo  no dicho.
Un tercer poema de Montejo nos amplía la reflexión sobre la palabra y el silencio en función del acto creador y de  la correspondencia que existe entre la realidad y su referente verbal.


    Práctica del mundo


Escribe claro, Dios no tiene anteojos.
No traduzcas tu música profunda
a números y claves,
las palabras nacen por el tacto.
El mar que ves corre delante de sus olas,
¿para qué alcanzarlo?
Escúchalo en el coro de las palmas.
Lo que es visible en la flor, en la mujer,
reposa en lo invisible,
lo que gira en los astros quiere detenerse.
Prefiere tu silencio y déjate rodar,
la teoría de la piedra es la más práctica.
Relata el sueño de tu vida
con las lentas vocales de las nubes
que van y vienen dibujando el mundo
sin añadir ni una línea más de sombra
a su misterio natural.[18]

El hablante propone una poética de la inmediatez; el escritor ha de convertirse en un intermediario a través de cuya voz se manifiesta el mundo, para ello es fundamental acatar una actitud silenciosa y dejar que la naturaleza registre sus propios signos en el poema.
¿Es acaso la escritura poética el espacio por excelencia para el desciframiento del misterio de la vida? Escuchar, interpretar, escribir, transmitir…,  esa cadena infinita de actos de comunicación apunta a  una poética que busca la palabra luminosa, plena  de referencias y alusiones, que da cuenta de la existencia y sus misterios y permite al lector  ampliar su mundo de percepciones.
En Montejo, la escritura persigue lo que el autor denomina la terredad, que, como bien  describió Guillermo Sucre, supone “una busca de inmediatez anímica con el mundo”[19]; el hablante de estos poemas desea integrarse al mundo, escuchar su ritmo, inmortalizar su heredad:

             Escritura
ALGUNA vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.[20]

Ese objeto silente, que es la piedra, se presenta en el texto como opuesto a la palabra, no obstante, la condición fundacional de ambas se relaciona con la energía creadora y la escritura. El hablante se percibe como constructor de lo perdurable, de ahí su afán de escribir con piedras. Producto de la intervención humana sobre lo natural, la piedra labrada ofrece los signos silenciosos que nombran al mundo y al ser. Por su parte, el poema es palabra que cartografía el pensamiento y la percepción.
En Eugenio Montejo el silencio se presenta como telón de fondo para la comprensión de lo poético y  manifestación de  la imposibilidad de reproducir las voces del mundo, de articular la palabra fundamental. El poeta otorga una cualidad casi mítica al silencio y lo presenta como manifestación de lo inefable. No obstante, en los poemas que tienen a la muerte por tema, Montejo ofrece la  expresión indecible del silencio, esa nada que la palabra busca trascender. No en balde la presencia de Orfeo en su poesía. El canto del poeta ha de inmortalizar la memoria de lo vivido poniéndolo a salvo del vacío de la muerte.

       A lo largo  de  su obra poética y ensayística, Rafael Cadenas reflexiona sobre el lenguaje.  Si bien es sabido que la función del mismo es nombrar lo real, el autor pareciera mostrarnos  la dificultad que se le presenta para lograr tal empresa.  En este sentido Cadenas, al igual que Eugenio Montejo,  se inscribe en la tradición moderna que alude a la  toma de conciencia de los poetas sobre la incapacidad nominadora del lenguaje.  En su poemario Gestiones dice Cadenas:

Sólo cuento con tus joyas
idioma ajeno
mío.

Soy
apenas
un hombre que trata de respirar
por los poros del lenguaje.
Un estigma,
a veces un intruso,
en todo caso alguien fuera de papel.

Ahora sabes
por qué debo sentarme solo.[21]

            Esta íntima y difícil relación que el poeta  entabla con el lenguaje, para poder acceder a lo inefable y traducirlo en palabras, se lleva a cabo en el más absoluto aislamiento, sólo así puede experimentarse la palabra silenciosa, esa que “nos devuelve tanto la inmediatez como el misterio de la realidad”[22]

Palabras muy solas
de quien las pone
frente a la nada
que las pesa
y se las deshace
y se las arroja al rostro
para que las rehaga, firmes,
las reviva en su arder,
las llene.

Están probadas
con la terrible piedra.
Han de sostenerse
Como si esperaran. [23]

El poeta emprende la búsqueda de la palabra elemental, aquella que posee la capacidad de concentrar el significado y el sentir del mundo, que se despoja de artificios y excesos y  propicia una aproximación a la realidad desde la inmediatez.
En su libro Anotaciones, Cadenas ofrece textos metapoéticos escritos en prosa en los cuales la realidad y la palabra son interpretadas por un hablante que demuestra su preocupación frente al lenguaje y la escritura.  En este libro, el discurso poético del autor se aleja de la retórica y asume un tono más directo que llega incluso a lo conversacional haciéndose, de esta manera, más acorde con los planteamientos de orden ético que acompañan las reflexiones de índole estético.  

La poesía tiene  que  ver esencialmente  con  la
vida, con ese hecho inefable, y es extraña como
ella que siendo lo más inmediato o sin distancia,
pues la somos, es también lo menos nuestro.[24]


              Angustiosa demanda de lo imposible? decepción ante la dificultad de nombrar lo propio?, fracaso del acto creador?, o la rigurosa aceptación de los límites de la experiencia humana frente al misterio de la existencia. Tal vez no sea la palabra el vehículo adecuado para develar el misterio, de ahí que al final sólo quede el silencio inefable que inspira al hombre hacia nuevos y utópicos intentos de conocer el mundo y conocerse a sí mismo.

Nota, apunte, registro.
A veces trozo, fragmento, triza.
A veces nada –desgarrón, harapo, silencio.”[25]


La idea del poema como representación de la imposibilidad de escribir, como segmento de un deseo inconcluso  es una variante de la conciencia desgarrada del poeta frente a la crisis del lenguaje.  George Steiner expresa esta incapacidad de poseer la realidad a través del lenguaje con estas palabras: “Paralizado por el vacío de las palabras, por el hiato que hay entre la percepción individual y las generalidades del habla, el escritor cae en el silencio”[26],  es en la ausencia de la palabra que el ser reconoce lo efímero de su existencia, el vacío indecible de la muerte, su inminente final.

No hago diferencia entre vida, realidad, misterio,
religión,   ser,   alma,    poesía.   Son    palabras   para
designar lo indesignable. Lo poético es la vivencia de
todo eso, el sentir lo que esas palabras tratan de decir.[27]

La palabra sustituye lo real, es la alquimia del verbo que lo transforma todo. Esta escritura fragmentaria que da cuenta de los conflictos del ser  moderno, pone en evidencia la precariedad del lenguaje. Para Aníbal Rodríguez “es en la lucha con las palabras en donde el poeta descubre que a pesar de su situación de indigencia el único y absoluto lugar que tiene en el universo es en las palabras”[28], de ahí que Cadenas se empeñe en reclamar la exactitud de la palabra y para ello ha de liberarla de ambigüedades y dualidades.

Casi siempre al ponerme a escribir, balbuceo;
eso es mi literatura últimamente, y no me siento
mal en el seno de esta pobreza.
            En cuanto a hablar, je suis si lent, Mis pausas
son largas, imposibles para los rápidos. No podemos
conversar.[29]

El silencio inefable remite a la plenitud, el silencio indecible al vacío de la muerte. Muchos poetas  se han sentido interpelados por algunos de estos dos polos que  conducen o bien a la creatividad o a la esterilidad. En medio del silencio, la palabra permite al ser manifestarse, nombrar lo real; no obstante la crisis de la era moderna ha conducido al escritor hacia el cuestionamiento de las posibilidades del lenguaje, de su concreción. Este diálogo permanente entre la palabra y el silencio es el fondo sobre el que el escritor cuestiona  la realidad, la vida, la muerte, la trascendencia.
En Rafael Cadenas el silencio es vacío que se complementa con la plenitud de la palabra; es el último estado alcanzable ante la dificultad del lenguaje por nombrar lo real. Para el autor ese decir fragmentado sobre el oficio de la escritura encuentra en el silencio su máximo resplandor.

El lenguaje de  la  poesía  mira  al misterio, lo
tiene presente; es lo que lo hace esencial. Los otros
lenguajes no lo advierten, no le dan cabida, operan
a sus espaldas; muchos de ellos son seguros, afir-
mativos, sapientes; están llenos de suficiencia; re-
zuman autoridad.  Si  algo  tiene  que  ver  con  la
poesía  es la ignorancia fundamental, el no saber,
sobre el cual está erigido el mundo del hombre.
       De ahí lo inconcluyente de la poesía. Se mueve
en un borde donde no cabe certidumbres rotundas.
Esta es su fuerza desconcertante.[30]

            Para Cadenas el lenguaje poético desgarra las convicciones e instaura la sospecha sobre las capacidades nominativas del lenguaje. En los textos analizados el hablante ofrece una visión fragmentaria y siempre asombrada del lenguaje y de la poesía. Silenciosa comunión con el mundo que se traslada a la  palabra sencilla, a la palabra exacta.
Tanto en la poesía de Eugenio Montejo, como en la de Rafael Cadenas, encontramos la palabra que calla para propiciar una relación más directa del hombre con el mundo. Es el silencio inefable que permite develar los misterios de la existencia, donde lo inasible, devenido en acto creador, se hace presente.

           
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
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CADENAS, Rafael. (1983). Anotaciones. Caracas: Fundarte.
_______________. (1992). Gestiones. Caracas: Pomaire.
CHIRINOS, Eduardo. (1998). La morada del silencio. Lima: Fondo de Cultura
             Económica.
SUCRE, Guillermo. (1990). La máscara y la transparencia. Ensayos sobre poesía
                 hispanoamericana. México: Fondo de Cultura Económica.
JANKÉLÉVITCH, Vladimir. (2002). La muerte. Valencia: Pretextos.
MONTEJO, Eugenio. (2000). Adios al siglo XX. Bogotá: Brevedad.
_________________. (2007). La terredad de todo. El otro el mismo: Mérida.
RODRÍGUEZ, Aníbal. (1999). El poema como imposible. Mérida: CDCHT-ULA.
STEINER, George.  (1981). Después de Babel (Aspectos del lenguaje y la Traducción)
                 México: Fondo de Cultura Económica.
_______________. (2001). Gramática de la creación. Barcelona: Círculo de Lectores.
XIRAU, Ramón. (1993).  Palabra y silencio. México: Siglo XXI.
ZAMBRANO, María. (1969). Filosofía y poesía. México: Fondo de Cultura Económico.


[1] Xirau,  Ramón. (1993).  Palabra y silencio. México: Siglo XXI, p. 144.
[2] Aristóteles.
[3] Jankélévitch, Vladimir. (2002). La muerte. Valencia: Pretextos, p. 88.

[4] Id., p. 75.
[5] Id., p.88
[6] Id., p. 92.
[7] Steiner, George. (2001). Gramática de la creación. Barcelona: Círculo de Lectores, p. 221.

[8] Jankélévitch, Vladimir.  Op. Cit., p. 88.

[9] Chirinos, Eduardo. (1998). La morada del silencio. Lima: Fondo de Cultura Económica, p. 18.

[10] Zambrano, María. (1969). Filosofía y poesía. México: Fondo de Cultura Económico, p.110.

[11] Id., p. 112.
[12] Id., p. 120.
[13] Augé, Marc. (1998). Las formas del olvido.  Barcelona: Gedisa, p. 19.

[14] Sucre, Guillermo. (1990). La máscara y la transparencia. Ensayos sobre poesía hispanoamericana. México: Fondo de Cultura Económica, p. 294.
[15] Montejo, Eugenio. 2000. Adios al siglo XX. Bogotá: Brevedad, p. 30.

[16] Id., p. 163.
[17] Zambrano, María. Op. Cit., p. 110.
[18] Montejo, Eugenio. Op. Cit., p. 112.
[19] Sucre, Guillermo. Op. Cit., p. 311.
[20] Montejo, Eugenio. (2007). La terredad de todo. El otro el mismo: Mérida, p. 85.
[21] Cadenas, Rafael. (1992). Gestiones. Caracas: Pomaire, p. 75.

[22] Guillermo Sucre. Op. Cit., p. 306.
[23] Id., p. 89.
[24] Cadenas, Rafael. (1983). Anotaciones. Caracas: Fundarte, p. 33.



[26] Steiner, George. 1981. Después de Babel (Aspectos del lenguaje y la Traducción) México: Fondo de Cultura Económica, p. 213.
[27] Cadenas, Rafael. Op. Cit., p. 83.
[28] Rodríguez, Aníbal. (1999). El poema como imposible. Mérida: CDCHT-ULA, p. 54.

[29] Cadenas, Rafael. Op. Cit., p. 76.
[30] Id., p. 30.