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jueves, 9 de abril de 2026

Texto publicado en:

 ISSN 1405-6313, Nº. 128, 2025págs. 147-150




 

La poesía es un consuelo y una garantía
de persistencia más allá de la muerte.
Ovidio, Séptima elegía,
libro III de las Triestes.

 

 El tema de la extranjería en  la poesía venezolana escrita por mujeres  ha sido  objeto de mis proyectos de investigación, en la Universidad de los Andes, Venezuela. Entre las primeras obras elegidas para el análisis se encontraba Mustia memoria de Laura Cracco.  Un hermoso libro en el que la herencia extranjera está representada a partir de la relación del ser consigo mismo y con el otro.  Poética del estremecimiento y la interiorización del yo a partir de la vinculación con los orígenes.  

Cracco representa al extranjero en su condición de viajero cuya eterna travesía  está hecha de intervalos, obstáculos y pérdidas, de memorias y olvidos, pero sobre todo de una profunda nostalgia por lo que ya nunca más ha de ser igual. 

Hace un mes llegó a mis manos el nuevo poemario de Cracco, Exiliada[1]. En esta oportunidad, leo desde otro lugar. No con los ojos de la investigadora, sino  en  mi condición de extranjera que vive  la incertidumbre de no reconocerse en  los espacios, en las costumbre, en la lengua, que aun siendo la misma, me es ajena.

            El libro está dividido en dos partes: “Exiliada” y “Tijeras”. Las referencias a la cultura griega son constantes. Recordemos que para los griegos el extranjero es ese “otro” que se opone al “nosotros”, quien continuamente va en busca de la patria,  que anhela la conciliación en un mundo que le resulta ajeno. En las dos últimas décadas, este ha sido el destino de millones de venezolanos alrededor del mundo. Algunos huyen de persecución, otros vamos en busca de las condiciones de vida que ya no encontramos en la tierra natal.

Los poemas de Exiliada hablan de la experiencia de la autora, que es también la  de muchos venezolanos y de todos los que se han visto obligados a exiliarse y buscar un nuevo lugar para  convertirlo en el nuevo refugio.

            En el poemario reconocemos ciertos temas ya explorados por Cracco en su poemario anterior, entre ellos: la relación entre memoria y olvido, vida y muerte y, particularmente,  las experiencias del desarraigo y la soledad.

En los versos, de corte autobiográfico, el yo lírico describe  su experiencia del  exilio y, desde esa condición, rememora su tierra natal, la Venezuela secuestrada, torturada,  herida.  Si bien la dolorosa experiencia de la extranjería encuentra amparo en la poesía, denunciar el horror,  las torturas y desapariciones,  intenta exorcizar el miedo que lleva consigo la exiliada:

¿Desesperación? ¿Miedo? ¿Pereza?

Borrosos se funden a la perfección en la dictadura

que nos atenaza entre amenazas y risas,

el asesinato y la limosna;

en la comedia preñada de horror que banaliza

                                                            el llanto en carcajada. (p.55)      

 

El yo lírico rememora vivencias que quedaron atrás y percibe el  sobresalto que sigue adherido a la piel:

Aun así, el corazón se acelera: ¿y si el gallo no canta el día?

       ¿Si el gallo, el abrazo, las estrellas, engañosamente

                                       diáfanas, no ocurren aquí y ahora?

                                                                              

Porque ¿de qué huye la exiliada?

¿Acaso bastó alzar vuelo, espiar desde la ventanilla

                                            Con mueca de yo no fui?

                                                                             

¿De qué huyo?, pregunta la exiliada,

y la duda ya es condena. (pp. 15-17)

                                                                                 

            La dictadura te seguirá adondequiera que vayas,

diría el poeta,

hombro a hombro recorrerá contigo

                                          los suntuosos monumentos,

como si lo visto por primera vez hubiera envejecido

                                                             en la mazmorra

que jamás dejas atrás.          

(p. 20)

 

Conciencia desgarrada,  extrañamiento constante. El exilio vivido desde la carencia significativa y desde la nostalgia hace que el hablante se cuestione la existencia.  Si bien  nos relata  diversas travesías: Malta, Málaga. La memoria, siempre retorna a la Venezuela secuestrada, reprimida, silenciada:

 ……

miedo, cobardía,

el coraje acribillado a perdigones

el shhh shhh que cruje hasta los huesos,

el silencio que es la última palabra en un país

que no habito pero me habita. (p59)

 

 Su poema “La Tumba”, dedicado “A los muchachos que allí mueren en vida”, describe el horror del centro de torturas más temido del régimen:

La Tumba es helada y oscura

no se permite hablar ni rezar.

Los familiares buscan en vano.

Nadie sabe cuántos, quiénes, cuándo, dónde.

La Tumba está en el corazón de la ciudad.

El ascensor baja los cinco pisos y sube vacío.

 

Muerte blanca, tortura blanca, lo llaman,

            blancas como crestas en el mar que un presidiario

                                  evoca segundos antes de que la sirena

                          (ah, la sirena noche y día, un modo de decir

                           en un lugar donde no existen noche y día)

(pp. 41-42)                

 

             Cuando nos vemos forzados a huir, “mientras más lejos, mejor” (p.36), el exilio se vuelve tensión vital, pérdida del cobijo identitario. Si dejamos de reconocernos como parte del país que quedó atrás, ¿cuál es, entonces, el espacio del exiliado, la nueva locación geográfica,  el suelo nativo que habitamos en la memoria?  

            En esta primera parte del poemario, Cracco dialoga con Los cuadernos del destierro, de Rafael Cadenas, texto emblemático de la literatura venezolana que plantea la crisis de identidad provocada por el desarraigo,  el conflicto existencial de un yo escindido que busca encontrarse en la palabra poética.

La segunda parte de Exiliada  se titula “Tijeras” y está compuesta de 11 poemas. Los cinco primeros,  de corte narrativo,  relatan el intento de unos enfermeros de mantener viva a una mujer, en una ambulancia: ¡Corten las correas que me atan a la vida!, (p. 87) grita ella.   

¿Es acaso “el instrumento de dos hojas que giran alrededor de un eje que las traba” una metáfora de la existencia? Dos cuchillas que se complementan y forman un todo que: “corta el cordón que me hizo conocer el tiempo,” (p.93).  La historia concluye con la disolución: “las tijeras continúan deparando el brillo fugaz de la separación.” (p.88).

            La reflexión final se centra en la relación  entre vida y muerte.  El yo poemático se pregunta por el sentido de la existencia en este eterno nacer, sufrir, morir:

“la compleja terrible cuestión de por qué debo existir”  (p. 51)

“y el llanto con que anuncio mi llegada es también

                                                                  mi despedida,” (p. 85)

 

El círculo se cierra y se repite. Si la muerte es el silencio y la palabra es la vida que se prolonga más allá del  silencio, nuestro tránsito es un instante que se eterniza en el poema.

Exiliada  es el “compendio con pocas palabras” (p. 103) de la travesía, no solo física sino también emocional, de su autora.  Un repaso del devenir del país, de la migración  de sus ciudadanos,  la pesadumbre del exilio;  experiencias que conllevan  la necesidad de encontrar un asidero. Nosotros, lectores, revivimos las heridas hechas verso y hallamos, en sus palabras,  una suerte de amparo.

 

 

 



[1] Cracco, Laura, (2024),  La Exiliada, Madrid, Kálathos ediciones.


domingo, 27 de octubre de 2024

Ignea

 

Ignea.

 


Soy lava,

fuego

materia 

que corre lenta 

sobre la superficie doliente del planeta.


Río ardiente y espeso que serpentea buscando un rumbo.

¿A dónde voy?

Al mar, a enfriar mis entrañas,

a solidificar este ardor al contacto con el agua.

 

Me deslizo perezosa, no tengo apuro

abarco superficies, las transformo.

 

De mi corazón brota un volcán enorme, potente, irreverente.

Tiene premura, 

quiere encender todos los fuegos artificiales

que guarda en su cofre más preciado,

para llamar tu atención,

para que puedas ver dónde me escondo

para que escuches este grito que te reclama.

 

Ahora soy explosión que ilumina la oscuridad.

Humo negro que ciega y asfixia.

Salgo disparada en todas direcciones.

 

¿Hacia dónde me encamino?

 

Y me hago dragón verde, inmenso, esplendoroso.

Con mis alas enormes vuelo hacia el infinito.

De mi hocico salen llamaradas.

No te veo

te anhelo

te deseo.

 

Ahora soy dragón sideral,

índigo

platino

astral.

 

Asciendo, Andrómeda me llama.

¿Acaso estás allí?

Dos millones y medio de años luz

no son suficientes para separarnos.

 

Solo escucho tu voz que me pregunta:

-¿Tienes una hoja de ruta?

 

-Acompáñame

a Islandia,

quiero ver una Aurora Boreal.

 

Bajemos luego a Viena en busca de Klimt

pasemos a Praga a deleitarnos con los colores del otoño,

acerquémonos a Budapest y crucemos el Danubio,

en uno de sus puentes

escuché el susurro de tu voz

anunciando tu próxima llegada.


Esa noche imaginaba a Sisi, la atormentada y melancólica emperatriz.

 

Para despejar la tristeza sigamos a Italia,

recorramos la península de norte a sur.

En el camino,

comamos deliciosas pizzas

bebamos magníficos vinos

hagamos el amor en los verdes prados de la Toscana

y en una recóndita playa de Sicilia

Interpretemos nuestro eterno reencuentro

en el teatro romano de Taormina.

 

Demos un salto a la Polinesia,

algo desconocido me pide que la visitemos.

Una vez descubierto el misterio, volemos a Japón.

En Tokio cerraremos el anillo de fuego y nos fusionaremos para siempre.

 

Somos UNO.

Esta vez, hemos reencarnado para amarnos con final feliz.

lunes, 16 de mayo de 2022

Temporal, de Carmen Leonor Ferro. (Reseña)

 Carmen Virginia Carrillo

 



 

 

Temporal, de Carmen Leonor Ferro recién publicada por LP5editora,  reúne poemas ya publicados  y poemas de sus libros inéditos La caja, El ayunador, Fragmentos del espejo, Cinco noches.

En sus versos, Ferro rememora de las vivencias  migratorias de sus ancestros a tierras americanas, y las suyas hacia los orígenes, Italia. Nos habla de la incertidumbre, las dificultades de adaptación a otra cultura y otra lengua, del intento de preservar la identidad aun cuando las convicciones comienzan a cuestionarse y la identidad se resquebraja. 

 El acercamiento a la palabra se convierte en un ejercicio afectivo, imaginativo y liberador a través del cual el vacío y el desconsuelo ceden paso a la comprensión. El poemario abre con el viaje, que inicialmente surge como un sueño. El trayecto hacia el origen se configura a partir de la imagen de un libro regalado por los abuelos “que describía/ el mar de un pueblo/ pequeño y pobre/ del sur de Italia”. Travesía personal y poética cuyo escenario, “una bruma helada/ cayendo en el mar”, da cuenta de espacios familiares y objetos preciados, la casa, la mesa donde se comparte el alimento. Es el viaje al territorio de la memoria, a las profundidades del ser.  

En los poemas seleccionados de Acróbata, el sueño se representa como espacio de múltiples posibilidades, aterrador y magnífico. A través del sueño, el yo lírico viaja en el tiempo, es a la vez uno y otro, pleno o incompleto:

“y allí no había distancia

entre yo

 – solo, incólume, perfecto –

 y ambos

 – indiferenciados, poderosos, ciegos –”. 

 

Dar saltos, mostrar las habilidades, caminar por la cuerda floja, ejecutar prácticas gimnásticas, podría ser la metáfora de la vida del extranjero, pero ¿acaso no es también la escritura un ejercicio acrobático?  ¿Y la traducción esa cuerda floja sobre la que el traductor se desplaza con precario equilibrio?

La lengua configura y dirige el pensamiento, es determinante en la conformación de la identidad. La lengua materna nos relaciona con lo propio, nos conecta con los orígenes, con la infancia, y constituye la marca a la que siempre retornamos. El encuentro con otro idioma, de distinta sonoridad y tesitura, constituye una experiencia límite. La traducción marca la diferencia entre lo familiar y lo extraño, entre lo propio y lo ajeno.  Y de esto nos habla el yo lírico en los poemas de Subjuntivo.

El oficio no se limita al lenguaje, también las vivencias tenemos que traducirlas cuando decidimos compartirlas con los otros. Así dirá la autora:

 “Como las lenguas

 las historias personales se traducen

 al llevarlas a otros mundos

así tenemos que imaginarlas en claves diferentes

reestructurar el orden de las apariciones

 volver a plantear las etimologías

…”

 

Sin embargo, algo se escapa en la traslación, dejando entrever la dificultad de ser en otra lengua, de ahí la necesidad de “evadir la tarea de traducirlo todo”.   

Reflexión metapoética que establece analogías y diferencias entre las lenguas, la gramática, la poesía y la vida. El poema se convierte en el espacio ideal para pensar las posibilidades y las complejidades de la escritura y la traducción. Conjunción entre teoría y práctica, poesía y poética

En oportunidades, el silencio pareciera imponerse:

“una mudez que no busco

 signa mis encuentros y mi propósito de escribir

 y un vacío que no es inexpresión se impone

 a mi necesidad de ordenar”


Precarios nos habla de vidas anónimas y discontinuidades, de patrimonios perdidos, de la muerte, tema que aparece a lo largo del libro y que ocupa lugar central de La caja. La muerte de la hermana es descrita a partir del profundo vacío que deja la ausente. Las palabras intentan exorcizar el dolor de la pérdida. El silencio de la muerte, que es indecible e inspira temor y angustia, es superado por la palabra que rescata del olvido las memorias más preciadas. Para ello es necesario “imaginarlo todo de nuevo/ devolver la cinta/rehacer los diálogos/rescatar cada imagen del foso”

En El ayunador, los rituales domésticos, particularmente los de la comida, dan cuenta de la dinámica familiar. La rememoración permite reunir fragmentos del pasado en un intento de dar sentido a la existencia. El yo lírico se presenta como “espacio en blanco… intervalo entre formas… molde… ilusión de aparecer”

En La ruptura del espejo reaparecen las temáticas de la muerte y el sueño. Estos poemas, que hablan de los días del confinamiento, “eran días en que el orden suplantaba el deseo/ y contar los pasos que había entre la cocina y el pasillo”, metaforizan el resquebrajamiento del ser recluido en la imagen del espejo roto: “el cúmulo de trizas…. inquietantes agüeros”. 

La antología cierra con seis poemas del libro Cinco noches. A partir de anécdotas compartidas con Giuseppe, un alumno de español, la autora explora la palabra “despecho”, sus sonoridades, significados y diferencias entre el italiano y el español, para, desde ahí, hablar del desapego y del intento de echar raíces:

“me permito aburrirme

            en italiano

            que se convierte en casa

            y se cuela

            en los intersticios y en las enunciaciones

            en lo que no se ve”.

 

               Escritura autobiográfica, nostálgica, que rescata los pequeños espacios donde han quedado inscritos los más importantes recuerdos. Pérdidas, búsquedas, encuentros y desencuentros, añoranzas se van acumulando en este viaje espacial y temporal que recrea imaginariamente la historia familiar.  

Y, sobre todo, la experiencia de la extranjería, el vivir en otra lengua y ser a través de la traducción, condición en la que conviven la realidad y el sueño, la palabra y el silencio, la luz y la oscuridad, y en el medio de todas ellas, la frontera, esa línea, a veces invisible, que las separa.

 

 

miércoles, 17 de abril de 2019

CÓMO DAR A LEER LA POESÍA



Carmen Virginia Carrillo


“Así, el poeta, en su poema crea
una unidad con la palabra, esas palabras,
que tratan de apresar lo más tenue, lo
más alado, lo más distinto a cada cosa,
de cada instante.”

“Entonces la poesía es huida y busca,
requerimientos y espanto; un ir y volver,
un llamar para rehuir; una angustia sin
límites y un amor extendido.”
 María Zambrano

Barrio de las letras, Madrid. Foto: Pedro Miguel Carrillo 


El título de este texto, “Cómo dar a leer la poesía”, surge de la lectura de un texto de Jorge Larrosa (2008) en el cual el autor se  pregunta: “¿Qué es entonces “dar la palabra”, o “dar a leer”? ¿No será algo así como hacer que las palabras digan, cada vez, cosas distintas? ¿No será algo así como abrir la pluralidad de la palabra, el infinito de la lectura?” (p. 39), interrogantes que el autor desarrollado en varios de sus artículos y que indiscutiblemente están en sintonía con mi interés por la lectura en general, y muy particularmente, la lectura del texto poético.
Quiero referirme a una anécdota que marcó mi relación con la poesía. Hace ya muchos años, el filósofo venezolano José Manuel Briceño Guerrero vino a esta, nuestra casa de estudios, a darnos unas charlas sobre filosofía y poesía. Tras  la sesión final, en el lapso de las intervenciones, alguien del público le preguntó qué creía él que podía transformar al hombre. Ante el asombro de todos, dijo: “Lo único que puede salvar al hombre es la poesía” La reacción del  público fue una prolongada carcajada, a lo que replicó el pensador: “No se rían, que hablo en serio, lo único que puede salvarnos es la poesía.”  Se refería Briceño Guerrero a la capacidad que tiene el discurso poético de desarrollar la sensibilidad, no solo artística, sino humana.  
El lenguaje poético tiene la capacidad de desautomatizar nuestra relación con el mundo. Cuando nos acercamos a él sin convencionalismos, y nos distanciamos del juicio preconcebido, comenzamos a percibir el lenguaje, los objetos, las personas y los acontecimientos de otra manera. Un mundo nuevo se ofrece ante nuestra asombrada mirada y nos transforma.
Siendo el lenguaje el aspecto fundamental del ser y estar en el mundo,   intrínseco a la condición humana, toda actividad relacionada con el mismo tiene que ver con la experiencia del hablante. Por esta razón, el acercamiento a la palabra llega a ser un ejercicio afectivo, imaginativo y liberador.
 Pasemos a la realidad de nuestras aulas. Cuántas veces nos hemos encontrado, tanto en el bachillerato como en la universidad,  alumnos que no muestran ningún interés por los textos poéticos. Incluso, maestros en ejercicio para quienes un poema es simplemente un conjunto de líneas que riman, y que son difíciles de entender.  En oportunidades, no solo la poesía sino la literatura, en general, es vista con indiferencia,  aversión, rechazo e incluso desprecio. Muchos educadores se ven forzados a seguir programas rígidos que han sido elaborados con una intencionalidad que, en muchas oportunidades, va más allá de la calidad pedagógica. Estos programas suelen imponer, como lecturas obligatorias, textos muy poco atractivos para el estudiantado y, en muchas oportunidades, totalmente ajenos a sus realidades. Los sistemas educativos han construido pasillos estrechos por los que debe transitar el alumno repitiendo información, sin que se le ofrezca la posibilidad de participar, proponer o elegir  algún aspecto de su proceso de formación.
Muy pocos contamos con la suerte de poder elegir qué damos a leer a nuestros alumnos. Y digo “dar a leer” y no “mandar a leer”, porque el sentido del verbo dar me remite a la noción de ofrecer. Ofrezco a mis alumnos textos que considero pueden despertar su sensibilidad, no pretendo imponer lecturas. Si en mis talleres algún texto de los  elegidos no logra despertar el interés del grupo, se buscan otras opciones que resuenen en ellos y que estén en consonancia  con el ejercicio que estén realizando.
Tras treinta años de experiencia como profesora de literatura me he convencido de que el gran reto que tenemos, los que  nos ocupamos de formar en el arte de la palabra, es el de despertar en nuestros estudiantes el interés y la pasión por los textos literarios. Más allá de enseñar los conocimientos adquiridos a lo largo de una trayectoria de estudios  e investigación, hoy día intento transmitir a mis alumnos lo que me conmueve, lo que me hace experimentar goce estético, o aquello que me produce terror. En mi caso, la poesía es el territorio privilegiado en el cual estas emociones se muestran en su estado más sublime. 
Semestre tras semestre leemos poemas, algunos los he leído con muchos grupos. Sin embargo, cada vez esos mismos textos siempre parecieran decir algo distinto. Los alumnos son otros, y en cierta medida, yo también. La capacidad polisémica de los textos poéticos se confabula con nuestras subjetividades, y yo voy sumando infinidad de lecturas.
Larrosa (2004) explica en sus trabajos cómo la literatura contribuye, de modo excepcional, a la experiencia de formación, y se refiere a la necesidad de que el docente logre despertar en sí mismo el gusto por la lectura. Dice el autor: “El maestro de lectura es el que quiere dar a leer lo que él mismo ha recibido como el don de la lectura.” (2003:30). Para poder despertar el deseo de leer poesía y “avivar el gusto por las palabras” (Víctor Moreno. 1998, p. 16) es  necesario haberlo sentido, haberlo vivido y haberlo experimentado.
Si bien algunos países de Europa (Finlandia) y Norte América (Canadá) han comenzado a desestructurar la escuela, dando un rol fundamental al desarrollo de la sensibilidad a través de unidades curriculares que privilegian las materias del área humanística, y haciendo particular énfasis en las artes, en nuestros países está casi todo por hacer.  
Desde el Laboratorio de Investigación “Arte y poética” hemos desarrollado, a lo largo de los años, un proyecto de promoción de la lectura y la escritura, a través talleres  para diversos grupos etarios. Han participado niños de los últimos grados de primaria, jóvenes liceístas, estudiantes universitarios y maestros de escuela. Estos incipientes lectores se convierten en los protagonistas de  encuentros  en el que  se intenta motivar y destacar, de un modo especial, su capacidad creativa. Las actividades que involucran el lenguaje son fundamentales para la formación integral de los alumnos. En este sentido, el arte, y particularmente la literatura, se han convertido en un material de extraordinario valor, dada su naturaleza imaginativa, creativa y fundamentalmente humana. Un eje de este trabajo es el acercamiento sensible al lenguaje, cuya naturaleza vital impide tratarlo como un objeto ajeno a la experiencia de lo humano. Toda actividad relacionada con el lenguaje tiene que ver con la propia experiencia, con las necesidades y el  modo de incorporarse y ser en el mundo.
Barrio de las letras. Madrid. Foto:PEdro Miguel Carrillo
A lo largo de mi experiencia como docente, tallerista o facilitadora de actividades relacionadas con la lectura y escritura poética, las aproximaciones a los textos poéticos pueden motivar identificación o rechazo, mas nunca indiferencia. Reiteradamente los participantes establecen lazos de conexión entre el texto y su realidad, el texto y su experiencia personal.
Mis sesiones de trabajo giran en torno a lo poético. Es en estos espacios de mayor libertad pedagógica donde hemos podido constatar que sí se puede  despertar la sensibilidad artística y desarrollar el gusto por la poesía con estrategias adecuadas y abordajes diferentes.
Partimos de una sesión de exploración de la experiencia lectora de los participantes, de un acercamiento sensible al lenguaje,  ya que solo después de conocer sus gustos e intereses podremos hacer la selección de los textos que se van a dar a leer. Esta selección ha de ser flexible y, si es necesario, variarla en el transcurso de las actividades.
El estudiante, a medida que va leyendo va descubriendo por sí mismo qué es lo que diferencia el lenguaje poético de los otros lenguajes. La experiencia de enfrentarse a  otra lógica, a otra sensibilidad.
La lectura de  textos desde la intuición propicia el encuentro entre la sensibilidad del autor y la del lector. En nuestras actividades intentamos que, a partir de los poemas interpretados, surjan pautas para ejercicios de escritura que realizan los participantes y luego son leídos y comentados por el grupo. En  estos diálogos surgen  reflexiones que dejan ver las conexiones que se produjeron entre lo que los participantes leyeron y lo que escribieron.
Indiscutiblemente, el poema es el espacio ideal para pensar el lenguaje y sus posibilidades. “La operación poética es inseparable de la palabra”, nos dice Paz (1986), para quien “poetizar consiste, en primer término, en nombrar.” “Al nombrar, al crear con palabras, creamos eso mismo que nombramos y que antes no existía sino como amenaza, vacío y caos” (p. 167).
Poemas que ofrecen la oportunidad de entrar en contacto no solo con los juegos del lenguaje, sino también con ciertos aspectos formales tales como sonido y sentido de una forma amena.
Hacer de la lectura una experiencia lúdica permite distanciarla del estatus académico. El juego de las anticipaciones resulta uno de las estrategias  más productivas para involucrar a los lectores en el proceso imaginativo que esta actividad implica.
Relacionar  poemas con otras expresiones artísticas tales como la plástica, la música, el cine y la danza es fundamental en este tipo de trabajo. De esta manera, los procesos de percepción sensible amplían las apreciaciones kinestésicas, auditivas y visuales, lo que repercute positivamente en el desarrollo de las habilidades creadoras y simbólicas. Pintar un poema, escribir unos versos a partir de la contemplación de un cuadro, traducir en palabras una melodía, expresar con el cuerpo un sentimiento contenido en un texto poético, musicalizar unos versos, danzar mientras alguien recita, son algunos de los ejercicios que solemos realizar.
Resulta conveniente que, en el ambiente académico, estos acercamientos a los textos de creación  puedan ser reforzados con ciertos  materiales teóricos que permitan explorar diversas  aproximaciones a tres conceptos básicos: lo poético, la poesía, el poema. A partir de las definiciones dadas por algunos poetas y teóricos, tratamos de ofrecer un abanico de opciones que propicien la reflexión y la discusión, sin recargarlos de aspectos teóricos. Menciono a continuación los ejemplos de Octavio Paz y Josu Landa, dos extremos desde los que se puede valorar el tema en cuestión:
Para Paz (1986), la poesía es “conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo,… ejercicio espiritual,… un método de liberación interior.” (p.13) Lo poético “es poesía en estado amorfo”, y el poema “lugar de encuentro entre la poesía y el hombre” (p. 14)
Por su parte, Josu Landa (1996) expone el fundamento ontológico de lo poético (todo ente que se presente y aspire a darse como poema). “Establecer cómo, en qué condiciones y a partir de qué factores y elementos acontece y se ofrece el poema equivale a poder decidir si un texto dado tiene o no un carácter poético.” (p. 34) En este sentido, lo poético designaría una realidad integrada por textos con intención poética, producidos en un espacio cultural determinado, bajo unas normas dadas y con unos valores estéticos establecidos por una comunidad calificada para ello.
            Nuestra finalidad, motivar a los participantes  a descubrir que la lectura y la escritura de la poesía pueden convertirse en acontecimientos extraordinarios, en los que la sensibilidad, la manifestación subjetiva o emotiva del ser humano son un espacio fértil y auténtico para la creación y con ello comprender que la lectura y la escritura les pertenecen, cuentan cosas que les acontecen, que los conmueven y les permiten ver el mundo desde una perspectiva que trasciende el ámbito de lo circunstancial y de lo ajeno.

Referencias bibliográficas

Landa, Josu. 1996. Más allá de la palabra. Para la topología del poema. México: Facultad de Filosofía y Letras. UNAM.

Larrosa, Jorge. 2008. “Leer (y enseñar a leer) entre las lenguas. Veinte fragmentos (y
muchas preguntas) sobre lectura y pluralidad.” En: Lectura, ciudadanía y educación.
Miradas desde la diferencia. Caracas: El perro y la rana. Pp. 29-47.

Moreno, Víctor. 1998. Va de poesía. Propuestas para despertar el deseo de leer y escribir  poesías. Navarra: Erel.

Paz, Octavio. 1986. El arco y la lira. México: Fondo de cultura económica.





La investigación realizada para la elaboración de este texto ha sido posible gracias al financiamiento del CDCHT de la Universidad de Los Andes, Venezuela. Proyecto código NURR-H-553-14-04-A

lunes, 12 de noviembre de 2018

Milagros Mendoza publica su primera novela "Amacoy fantasmas del viento"


Carmen Virginia Carrillo




 “Ignoro cómo ha hecho Milagros Mendoza para desdoblarse en ese personaje, “la mujer elemento”, que nos cuenta sus dramas, sus triunfos, sus fracasos, su desesperación, siempre a viva voz. Y con una autenticidad que demuele todas las objeciones. Esquivando lo trillado, lo previsible, lo encasillado.” 
                                             Mario Szichman 



Milagros Mendoza es comunicadora social, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, Venezuela. Por muchos años, incursionó exitosamente en la televisión, como productora y presentadora.   Su pasión por la tierra que la vio nacer y su sensibilidad social la llevan a crear varias fundaciones para atender las necesidades de las etnias indígenas, llegando incluso a incursionar en la política como representante ante el Congreso de la República por su estado natal, el Delta Amacuro. Fue creadora y presidenta de la Fundación Campesina e Indígena, organización para la atención y defensa de las etnias autóctonas de Venezuela, y colaboradora permanente de los médicos de la selva, con ellos participó en jornadas de salud y asistencia a los indígenas.
Milagros nació en Tucupita, la capital de estado Delta Amacuro, en Venezuela.  Ciudad, caliente y húmeda, situada en la costa oriental del caño Mánamo, dentro del delta del río Orinoco. En esta extensión de tierra pantanosa, rodeada de caños que anhelan llegar al mar, están asentados los  indios waraos, una de las etnias más antiguas del país.
Tres grandes de la literatura venezolana son oriundos de Delta Amacuro: José Balza,  Humberto Mata y Luis Camilo Guevara, este último conocido como “el bardo de Tucupita”. En las obras de los escritores mencionados,  como en la novela de Mendoza,  las particularidades de la geografía natal, con su intrincado laberinto de caños y la presencia del agua, constituyen una influencia fundamental.
Para Balza: nacer en el Delta es un privilegio. “Qué decir del caudal de los ríos, de los pájaros, de los peces, de los indígenas, del verdor.”  Por su parte, Mata comentó en una entrevista: “El Delta Amacuro es el centro de mi vida”. 
La novela Amacoy fantasmas del viento surge a partir de las vivencias de la autora en esta región selvática y exuberante, de ríos y palafitos, de waraos, hombres blancos y mestizos, donde se conjugan lo racional y lo mágico mítico en una simbiosis única.
Así dirá la protagonista:

Desde muy niña, me absorbió ese mundo mágico warao. Ese mundo circular, rodeado de agua llamado Hobahi, poblado de entidades sobrenaturales, seres inmateriales: los Hebus, que habitan y controlan las aguas, los Nabarao las tormentas, o Hebu Kaunasa los árboles. El principal y más poderoso de todos, era  el Hebu a Kanobo, nuestro abuelo, que reside en la piedra sagrada custodiada por los wisiratu o chamanes más importantes.


El desconsuelo teje historias pasadas con un presente de dolor y enfermedad. La niña rubia con alma de indígena que ha viajado por diversos países de Occidente anhelando siempre el encuentro definitivo con la Selva Amazónica, regresa para entregarse a lo desconocido.
 El intercambio con los waraos constituye la primera de muchas experiencias multiculturales de Mía, cuya historia de pérdidas, despedidas, mudanzas y melancolía estará siempre rodeada de intuiciones, premoniciones y voces fantasmales.
Esa vida marcada por la tragedia está punto de extinguirse;  inesperadamente, la protagonista recibe un mensaje de los Amacoy, seres inmateriales que la conducen hacia mundos  desconocidos. Tras la experiencia mística, Mía regresa con un mensaje de esperanza para ella y  para la humanidad.     
En Amacoy fantasmas del viento, Milagros ficcionaliza sus experiencias para ofrecernos una novela llena de aventuras, sufrimiento y esperanza.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Algunas notas sobre la poesía amorosa de Eugenio Montejo




Carmen Virginia Carrillo




Ese daimon creador  que es el amor se encuentra presente en la poesía de Montejo, en particular en los textos reunidos en su libro Papiros amorosos (2002). El deseo,  los rituales de la seducción y  la ceremonia de los encuentros son transfigurados por la imaginación del poeta en lenguaje y ritmo, en metáfora y analogía. Los amantes aspiran a la felicidad y a la inmortalidad a través del acto erótico, por tanto el rito amoroso se convierte en un desafío; deseante y deseada fluctúan entre el anhelo de posesión y la necesidad del desprendimiento; a la vez que aspiran a la trascendencia a través de la  completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del encuentro y en el texto poético.
En estos poemas, la mujer amada es invocada a partir de la rememoración de lo vivido. Esa desconocida que el amante reconoce como su centro, su origen y fundamento, se vuelve  cuerpo-tiempo, nómada y furtivo; cuerpo en el que habitan otros cuerpos,  que alberga música, palabras, barcos, pájaros, dioses, gallos. El goce vivido, perdido y anhelado, renace en el poema y la palabra une a los amantes en un tiempo más allá de los tiempos:

Te desnudan, te visten las palabras,
con ellas vas al fondo de ti misma
cada vez que amorosa te enmudeces
y te vuelves jadeos, sollozos, lágrimas.

Lo sensitivo se hace significativo y el cuerpo enigma se ofrece para ser  descifrado por otro cuerpo amado y amante. La inefable experiencia del encuentro erótico se convierte en una fuente de sugerencias semánticas y retóricas, origen de  sinestesias, alegorías y paradojas. En el poema, la invocación amorosa anhela alcanzar la perpetuidad del sentimiento a través de la cual el sujeto intenta superar la pulsión de la muerte:

Sigo la música que nace de tu cuerpo,                                                      trémulos senos, cadencias de caderas,
cóncavos ecos para sones convexos,
cánticos sólidos —audibles por el tacto.
El jazz deseante de noches solitarias
donde la lluvia va afinando sus gotas.
Música táctil de la tersa epidermis,
de notas que se palpan en el viento
cuando miro ondular tu cabellera.
Sones de pétalos que suben desde el vientre
y en las axilas levemente se doblan.
Tenues orquídeas de perfume parásito  
dándole vueltas a un sol desconocido.
Sigo la música que nace del deseo
con sus murmullos tonales y atonales,
de este errante deseo  que acompaña a la tierra
sin saber para qué, ni por quién, ni hasta cuándo…       

El amor,  paradoja de la existencia, en ocasiones se muestra con la apariencia engañosa del sueño,  otras veces como evidencia de la plenitud de la vida; siempre capaz de superar las limitaciones espacio-temporales y trascender la materialidad del ser. Rodeados de misterio, los amantes parecieran fluctuar de la luz a las sombras, de la abundancia a la carencia; estamos ante la presencia de la unión de los opuestos en una imagen totalizadora que condensa la aspiración más alta: vencer la separación. No obstante, la cercanía de los cuerpos no logra superar la barrera de la soledad existencial del ser y así “los enlazados cuerpos que zozobran/ bajo  una misma tormenta solitaria” naufragan uno en el otro:

El naufragio final contra la noche,
sin más allá del agua, sino el agua,
sin otro paraíso ni otro infierno
que el fugaz epitafio de la espuma
y la carne que muere en otra carne

Amor y muerte condensados en el fallido intento de la quimérica fusión. En oportunidades, el hablante describe la imposibilidad del encuentro de los amantes, y el deseo insatisfecho se hace palabra, se transfigura en metáforas que establecen correspondencias  entre el sujeto deseante y la pareja deseada:

 No alcanzo el tiempo de tu cuerpo,
 nací lejos, en un país que es aire, nube, noche,
 aunque me oigas tan cerca.
Nací a destiempo de tu risa, de tus ojos,
en otro meridiano
Nuestras vidas se alcanzan, se confunden,
intercambian sollozos, besos, sueños,
pero andamos a leguas uno de otro,
tal vez en siglos diferentes,
en dos planetas errantes que se buscan
cansados de no verse.

  En otros textos se revela la complicidad del firmamento para la inevitable reunión de los enamorados. La tierra se hace eco del deseo y se confabula para que la distante pareja se reúna alcanzando, de esta manera, la satisfacción del impulso amoroso:

La tierra giró para acercarnos,
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño,
como fue escrito en el Simposio.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.

Para Eugenio Montejo, el amor es misterioso y subversivo, “tan subversivo que atenta contra el yo, la piedra angular de la personalidad social”. Al igual que la poesía, el amor permite trascender el tiempo y la muerte.  “Un solo amor puede salvarlo todo,/ lo que se fue, lo que ha partido y ya no vuelve,” dice el autor, y  en sus versos el sentimiento amoroso se convierte en la vía para la comprensión del cosmos;  iluminación que se hace palabra para acariciar a la amada:

¿Y qué llevaron mis manos a tu cuerpo,
sino luz táctil, la luz con que trabajo?
Rectos halos de lámpara, destellos
que mis persianas recogieron
en los dorados pozos de la tarde.
Juntas alzaron la luz de mi deseo,
acarreando despacio sus copos
sobre tus senos, tus hombros y tatuajes.

Con esa luz palpé tu rostro,
Tejí sobre tu pecho una corola
De amor y de palabras.
Con esa luz besé tu vientre, tus cabellos,
Entré en tu noche que amo,
Vi las lentas estrellas en el fondo,
Las que pueblan tu carne.

Y asido a su fulgor, una por una,
conté mis horas hasta el alba,
cuando ya picoteaban a la puerta
los gallos y sus cantos.

            El hablante recorre el cuerpo deseado con su “luz táctil”, símbolo de conocimiento,  epifanía y fecundación. La amada se convierte en espacio semiótico, texto piel; interpretarlo es acceder al infinito, alcanzar la totalidad.
En los poemas de Eugenio Montejo la recurrente  imagen de la lámpara encendida en la noche remite a ese doble aspecto de luz y sombra que acompaña a Eros, pero también nos habla de la presencia divina que propicia la inspiración y la sabiduría en el poeta.