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lunes, 16 de mayo de 2022

Temporal, de Carmen Leonor Ferro. (Reseña)

 Carmen Virginia Carrillo

 



 

 

Temporal, de Carmen Leonor Ferro recién publicada por LP5editora,  reúne poemas ya publicados  y poemas de sus libros inéditos La caja, El ayunador, Fragmentos del espejo, Cinco noches.

En sus versos, Ferro rememora de las vivencias  migratorias de sus ancestros a tierras americanas, y las suyas hacia los orígenes, Italia. Nos habla de la incertidumbre, las dificultades de adaptación a otra cultura y otra lengua, del intento de preservar la identidad aun cuando las convicciones comienzan a cuestionarse y la identidad se resquebraja. 

 El acercamiento a la palabra se convierte en un ejercicio afectivo, imaginativo y liberador a través del cual el vacío y el desconsuelo ceden paso a la comprensión. El poemario abre con el viaje, que inicialmente surge como un sueño. El trayecto hacia el origen se configura a partir de la imagen de un libro regalado por los abuelos “que describía/ el mar de un pueblo/ pequeño y pobre/ del sur de Italia”. Travesía personal y poética cuyo escenario, “una bruma helada/ cayendo en el mar”, da cuenta de espacios familiares y objetos preciados, la casa, la mesa donde se comparte el alimento. Es el viaje al territorio de la memoria, a las profundidades del ser.  

En los poemas seleccionados de Acróbata, el sueño se representa como espacio de múltiples posibilidades, aterrador y magnífico. A través del sueño, el yo lírico viaja en el tiempo, es a la vez uno y otro, pleno o incompleto:

“y allí no había distancia

entre yo

 – solo, incólume, perfecto –

 y ambos

 – indiferenciados, poderosos, ciegos –”. 

 

Dar saltos, mostrar las habilidades, caminar por la cuerda floja, ejecutar prácticas gimnásticas, podría ser la metáfora de la vida del extranjero, pero ¿acaso no es también la escritura un ejercicio acrobático?  ¿Y la traducción esa cuerda floja sobre la que el traductor se desplaza con precario equilibrio?

La lengua configura y dirige el pensamiento, es determinante en la conformación de la identidad. La lengua materna nos relaciona con lo propio, nos conecta con los orígenes, con la infancia, y constituye la marca a la que siempre retornamos. El encuentro con otro idioma, de distinta sonoridad y tesitura, constituye una experiencia límite. La traducción marca la diferencia entre lo familiar y lo extraño, entre lo propio y lo ajeno.  Y de esto nos habla el yo lírico en los poemas de Subjuntivo.

El oficio no se limita al lenguaje, también las vivencias tenemos que traducirlas cuando decidimos compartirlas con los otros. Así dirá la autora:

 “Como las lenguas

 las historias personales se traducen

 al llevarlas a otros mundos

así tenemos que imaginarlas en claves diferentes

reestructurar el orden de las apariciones

 volver a plantear las etimologías

…”

 

Sin embargo, algo se escapa en la traslación, dejando entrever la dificultad de ser en otra lengua, de ahí la necesidad de “evadir la tarea de traducirlo todo”.   

Reflexión metapoética que establece analogías y diferencias entre las lenguas, la gramática, la poesía y la vida. El poema se convierte en el espacio ideal para pensar las posibilidades y las complejidades de la escritura y la traducción. Conjunción entre teoría y práctica, poesía y poética

En oportunidades, el silencio pareciera imponerse:

“una mudez que no busco

 signa mis encuentros y mi propósito de escribir

 y un vacío que no es inexpresión se impone

 a mi necesidad de ordenar”


Precarios nos habla de vidas anónimas y discontinuidades, de patrimonios perdidos, de la muerte, tema que aparece a lo largo del libro y que ocupa lugar central de La caja. La muerte de la hermana es descrita a partir del profundo vacío que deja la ausente. Las palabras intentan exorcizar el dolor de la pérdida. El silencio de la muerte, que es indecible e inspira temor y angustia, es superado por la palabra que rescata del olvido las memorias más preciadas. Para ello es necesario “imaginarlo todo de nuevo/ devolver la cinta/rehacer los diálogos/rescatar cada imagen del foso”

En El ayunador, los rituales domésticos, particularmente los de la comida, dan cuenta de la dinámica familiar. La rememoración permite reunir fragmentos del pasado en un intento de dar sentido a la existencia. El yo lírico se presenta como “espacio en blanco… intervalo entre formas… molde… ilusión de aparecer”

En La ruptura del espejo reaparecen las temáticas de la muerte y el sueño. Estos poemas, que hablan de los días del confinamiento, “eran días en que el orden suplantaba el deseo/ y contar los pasos que había entre la cocina y el pasillo”, metaforizan el resquebrajamiento del ser recluido en la imagen del espejo roto: “el cúmulo de trizas…. inquietantes agüeros”. 

La antología cierra con seis poemas del libro Cinco noches. A partir de anécdotas compartidas con Giuseppe, un alumno de español, la autora explora la palabra “despecho”, sus sonoridades, significados y diferencias entre el italiano y el español, para, desde ahí, hablar del desapego y del intento de echar raíces:

“me permito aburrirme

            en italiano

            que se convierte en casa

            y se cuela

            en los intersticios y en las enunciaciones

            en lo que no se ve”.

 

               Escritura autobiográfica, nostálgica, que rescata los pequeños espacios donde han quedado inscritos los más importantes recuerdos. Pérdidas, búsquedas, encuentros y desencuentros, añoranzas se van acumulando en este viaje espacial y temporal que recrea imaginariamente la historia familiar.  

Y, sobre todo, la experiencia de la extranjería, el vivir en otra lengua y ser a través de la traducción, condición en la que conviven la realidad y el sueño, la palabra y el silencio, la luz y la oscuridad, y en el medio de todas ellas, la frontera, esa línea, a veces invisible, que las separa.

 

 

viernes, 7 de septiembre de 2018

Algunas notas sobre la poesía amorosa de Eugenio Montejo




Carmen Virginia Carrillo




Ese daimon creador  que es el amor se encuentra presente en la poesía de Montejo, en particular en los textos reunidos en su libro Papiros amorosos (2002). El deseo,  los rituales de la seducción y  la ceremonia de los encuentros son transfigurados por la imaginación del poeta en lenguaje y ritmo, en metáfora y analogía. Los amantes aspiran a la felicidad y a la inmortalidad a través del acto erótico, por tanto el rito amoroso se convierte en un desafío; deseante y deseada fluctúan entre el anhelo de posesión y la necesidad del desprendimiento; a la vez que aspiran a la trascendencia a través de la  completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del encuentro y en el texto poético.
En estos poemas, la mujer amada es invocada a partir de la rememoración de lo vivido. Esa desconocida que el amante reconoce como su centro, su origen y fundamento, se vuelve  cuerpo-tiempo, nómada y furtivo; cuerpo en el que habitan otros cuerpos,  que alberga música, palabras, barcos, pájaros, dioses, gallos. El goce vivido, perdido y anhelado, renace en el poema y la palabra une a los amantes en un tiempo más allá de los tiempos:

Te desnudan, te visten las palabras,
con ellas vas al fondo de ti misma
cada vez que amorosa te enmudeces
y te vuelves jadeos, sollozos, lágrimas.

Lo sensitivo se hace significativo y el cuerpo enigma se ofrece para ser  descifrado por otro cuerpo amado y amante. La inefable experiencia del encuentro erótico se convierte en una fuente de sugerencias semánticas y retóricas, origen de  sinestesias, alegorías y paradojas. En el poema, la invocación amorosa anhela alcanzar la perpetuidad del sentimiento a través de la cual el sujeto intenta superar la pulsión de la muerte:

Sigo la música que nace de tu cuerpo,                                                      trémulos senos, cadencias de caderas,
cóncavos ecos para sones convexos,
cánticos sólidos —audibles por el tacto.
El jazz deseante de noches solitarias
donde la lluvia va afinando sus gotas.
Música táctil de la tersa epidermis,
de notas que se palpan en el viento
cuando miro ondular tu cabellera.
Sones de pétalos que suben desde el vientre
y en las axilas levemente se doblan.
Tenues orquídeas de perfume parásito  
dándole vueltas a un sol desconocido.
Sigo la música que nace del deseo
con sus murmullos tonales y atonales,
de este errante deseo  que acompaña a la tierra
sin saber para qué, ni por quién, ni hasta cuándo…       

El amor,  paradoja de la existencia, en ocasiones se muestra con la apariencia engañosa del sueño,  otras veces como evidencia de la plenitud de la vida; siempre capaz de superar las limitaciones espacio-temporales y trascender la materialidad del ser. Rodeados de misterio, los amantes parecieran fluctuar de la luz a las sombras, de la abundancia a la carencia; estamos ante la presencia de la unión de los opuestos en una imagen totalizadora que condensa la aspiración más alta: vencer la separación. No obstante, la cercanía de los cuerpos no logra superar la barrera de la soledad existencial del ser y así “los enlazados cuerpos que zozobran/ bajo  una misma tormenta solitaria” naufragan uno en el otro:

El naufragio final contra la noche,
sin más allá del agua, sino el agua,
sin otro paraíso ni otro infierno
que el fugaz epitafio de la espuma
y la carne que muere en otra carne

Amor y muerte condensados en el fallido intento de la quimérica fusión. En oportunidades, el hablante describe la imposibilidad del encuentro de los amantes, y el deseo insatisfecho se hace palabra, se transfigura en metáforas que establecen correspondencias  entre el sujeto deseante y la pareja deseada:

 No alcanzo el tiempo de tu cuerpo,
 nací lejos, en un país que es aire, nube, noche,
 aunque me oigas tan cerca.
Nací a destiempo de tu risa, de tus ojos,
en otro meridiano
Nuestras vidas se alcanzan, se confunden,
intercambian sollozos, besos, sueños,
pero andamos a leguas uno de otro,
tal vez en siglos diferentes,
en dos planetas errantes que se buscan
cansados de no verse.

  En otros textos se revela la complicidad del firmamento para la inevitable reunión de los enamorados. La tierra se hace eco del deseo y se confabula para que la distante pareja se reúna alcanzando, de esta manera, la satisfacción del impulso amoroso:

La tierra giró para acercarnos,
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño,
como fue escrito en el Simposio.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.

Para Eugenio Montejo, el amor es misterioso y subversivo, “tan subversivo que atenta contra el yo, la piedra angular de la personalidad social”. Al igual que la poesía, el amor permite trascender el tiempo y la muerte.  “Un solo amor puede salvarlo todo,/ lo que se fue, lo que ha partido y ya no vuelve,” dice el autor, y  en sus versos el sentimiento amoroso se convierte en la vía para la comprensión del cosmos;  iluminación que se hace palabra para acariciar a la amada:

¿Y qué llevaron mis manos a tu cuerpo,
sino luz táctil, la luz con que trabajo?
Rectos halos de lámpara, destellos
que mis persianas recogieron
en los dorados pozos de la tarde.
Juntas alzaron la luz de mi deseo,
acarreando despacio sus copos
sobre tus senos, tus hombros y tatuajes.

Con esa luz palpé tu rostro,
Tejí sobre tu pecho una corola
De amor y de palabras.
Con esa luz besé tu vientre, tus cabellos,
Entré en tu noche que amo,
Vi las lentas estrellas en el fondo,
Las que pueblan tu carne.

Y asido a su fulgor, una por una,
conté mis horas hasta el alba,
cuando ya picoteaban a la puerta
los gallos y sus cantos.

            El hablante recorre el cuerpo deseado con su “luz táctil”, símbolo de conocimiento,  epifanía y fecundación. La amada se convierte en espacio semiótico, texto piel; interpretarlo es acceder al infinito, alcanzar la totalidad.
En los poemas de Eugenio Montejo la recurrente  imagen de la lámpara encendida en la noche remite a ese doble aspecto de luz y sombra que acompaña a Eros, pero también nos habla de la presencia divina que propicia la inspiración y la sabiduría en el poeta. 




sábado, 19 de septiembre de 2015

Alrededor de la palabra. Entrevista con Eugenio Montejo

Carmen Virginia Carrillo


Esta entrevista fue publicada en la revista Conciencia Activa 21. Ética y Valores en un mundo globalizado. Nº 15. Caracas. Enero 2007. Pp. 175-197.

Escritura

ALGUNA vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca


Eugenio Montejo



     Conocí a Eugenio Montejo en la década de los noventa. Había estado trabajando su poesía y me pidieron que lo presentara en una lectura poética a la que habían sido invitados Montejo y Luis Alberto Angulo. El evento se realizó en el Ateneo de Trujillo, organizado por la directiva de esa institución cultural y algunos profesores de  la Universidad de los Andes, núcleo Trujillo, Venezuela.  
     Tuve la oportunidad de conversar con el poeta sobre muchos temas, particularmente sobre la poesía y sobre su obra. De esa larga plática surgió la idea de formalizar una entrevista que llevamos a cabo poco tiempo después y ahora subo al blog.
              


Carmen Virginia Carrillo: Quisiera  comenzar preguntando qué es la poesía para Eugenio Montejo.
 Eugenio Montejo: A ver, se trata de una pregunta que nos vamos haciendo a lo largo de la vida y que, precisamente, la vamos respondiendo de modo distinto con el transcurso de los años.


CVC: Entonces, sería mejor preguntar: En este momento, ¿qué es  para Montejo la poesía?
 EM: Trataré de responderte valiéndome de algo que escribí hace poco. Decía entonces que  concebía la poesía como una oración -pero, atención, suprimiendo toda la connotación eclesiástica, correspondiente a la política de las iglesias-, una oración como diálogo desnudo del yo  frente al enigma del mundo. Añadía en ese texto, que el destinatario de esa oración es un Dios  que sólo existe mientras dura el acto de la oración, con lo cual venía a decir  que el poeta trabaja para que  los dioses existan un poco más. Con ello retomaba  también una idea insinuada en un  viejo poema mío (Labor), según la cual el trabajo del poeta  consiste en crear la cantidad de Dios que cada uno niega diariamente. Más tarde di con una observación de Juan Ramón Jiménez que me pareció afín a ésta: según el maestro andaluz, no hay que preguntarse tanto si Dios existe o no existe, si el mundo viene de Dios o no; lo importante, recalcaba él, es tener conciencia de que el mundo va hacia Dios , y para eso está  la poesía. Tal observación me pareció iluminante, porque corresponde  a la noción  de divinidad que generalmente  prevalece en la poesía, al llamado Dios de los poetas, algo, por cierto, muy presente en la obra de Juan Ramón Jiménez al final de sus días.

CVC: Digamos que, de alguna manera, es una  concepción que se emparenta con la visión heideggeriana de la poesía.
EM: Sí, tal vez.

CVC: Aunque pareciera que el sentido fuese inverso. En vez del poeta ser el traductor de los dioses, un  nexo con los dioses o un pequeño dios  --como en Heidegger--, aquí el poeta lleva  esa necesidad de trascendencia  desde  los hombres  hacia Dios, a través de la palabra poética.
 EM: Si, el pensamiento de Heidegger es tan significativo en ese sentido y ha influido tanto en la visión de la poesía contemporánea.  Mi afirmación, sin embargo, era en el sentido de haber llegado después de los dioses, como  ha sido visto después de  Nietzsche. De acuerdo con ello, la labor del poeta procuraría,  aunque sólo fuese momentáneamente, que esas formas divinas existan. Y ¿cómo existen? Pues mediante  la creación artística, mediante  la duración del encuentro de un hombre con un poema, una pieza musical, una obra de arte.
     Me referí así mismo  en esa oportunidad  a que asistimos en este fin de milenio a una curiosa  radicalización: es como si mucha gente se estuviese tomando en nuestros días muy seriamente, como única religión verdadera, la religión del dinero. Y no es que lo crematístico no haya importado en otras épocas, sino que en nuestro tiempo se asiste a una radicalización, a cierto fundamentalismo del dinero. Frente a eso, ¿qué se puede oponer? Lo único que podemos oponer a la religión del dinero es la religión del arte,  solamente el arte  como fundamento de algo más  valedero y profundo. Y añadía entonces, por vía de ejemplo,  que no por dinero se han creado ciertas obras, se han escrito ciertos poemas de Shakespeare o de W.B. Yeats; no por dinero se esculpió la Pietá de Miguel Ángel; no por dinero se escribió la Pasión según San Mateo de Bach...Existe, pues, algo más, y ese algo más es lo único que podemos oponer a la  radicalización  del dinero, tan presente en nuestros días. Es verdad que en las eras pasadas todo ello tuvo su presencia  --lo hallamos documentado en la literatura, en la historia de la cultura--, pero es como si ahora   comprobáramos su grado máximo, su culmen, después de lo cual  sólo podría venir en el futuro formas de vida más espiritualizadas, dicho sea para tratar de verlo  todo con alguna esperanza.

CVC: En ese sentido podríamos decir que la poesía sería una esperanza para cambiar un  poco ese mundo materialista, deshumanizado...
EM: Sí, la poesía siempre va ligada a la vida, a la vida del hombre sobre la tierra, y la vida no se puede entender sino en términos de esperanza, pues donde no hay esperanza no hay vida. El caso es que la vida  en todo tiempo es fundación de esperanza, y la poesía, como lenguaje de la vida, siempre propone ese llamado a lo esencial.

CVC: ¿Considera Vd. que la palabra  es un instrumento confiable para representar el mundo, o constituye la gran ilusión del hombre?

EM: Bueno, esta pregunta remite a un asunto bastante complicado. Tiene que ver con la validez del lenguaje como instrumento de todo pensamiento. Aristóteles decía  que lo que diferencia al hombre del animal es el lenguaje y la risa. Tal vez haya algo de ilusión en el hecho lingüístico, pero es  el gran instrumento de que disponemos, el más indispensable de los medios expresivos a nuestro alcance. Con todo lo ilusorio que pueda resultar, se trataría  de una ilusión que va cambiando a través del tiempo, pero  no por esto deja de sernos indispensable. Sabemos que la palabra cuenta mucho en todas las circunstancias; constituye, además, la característica antropológica por excelencia para diferenciarnos del resto de las  especies. De modo que si tomamos en cuenta que donde está la palabra en su más alta expresión es en la poesía, tenemos que convenir en que la poesía cumple una función suprema. Y es que, como escribió Joseph Brodsky, “si lo que distingue al hombre del resto de lo creado  es su capacidad de hablar, la poesía, que es la forma suprema de la elocuencia humana, constituye nuestro fin antropológico genético”.

CVC: En su poema “Los árboles” el hablante nos revela su  incapacidad para escuchar y descifrar las voces de la naturaleza; a partir de esta declaración de impotencia  se nos muestra la conciencia  desgarrada  del poeta,  quien no  alcanzar el objeto de su deseo:” que las palabras les den justa cuenta a la vida”. Esta dificultad de transcribir  lleva a la esterilidad creativa que  conduce a una forma de silencio, el fin del poema. ¿Qué significa para Eugenio Montejo el silencio en relación a la palabra poética?

EM: El silencio es el fundamento de la palabra, el vacío que rodea a la palabra, dentro del cual la palabra existe. Pero en el caso que citas especialmente  se introduce una noción que me parece en cierto modo resaltante dentro de lo que trato de hacer. Me refiero a la idea de simplemente anotar las cosas y las  situaciones. El no  asumir la condición vanidosa de decir esto es así, sino que se procura  ahondar  para tratar de anotar poéticamente cuanto se pueda. Tal idea se relaciona con la visión renacentista de representarse el mundo como un  vasto y complicado alfabeto que el hombre tiende a  descifrar. Se procede como a tientas, sin certezas definitivas; siempre resulta imposible nombrar todas las cosas, la palabra es imperfecta, como sabemos,   --para nombrar los colores disponemos de unos ocho o  diez sustantivos, y la variedad de éstos es casi infinita—, de ahí la necesaria modestia de asumir esa imperfección, esas limitaciones naturales del lenguaje, aspirando solamente  a anotar hasta donde nos sea posible. En el poema a que te refieres se dice: “no sé cómo anotarlo”, cómo anotar en poesía el grito de un tordo. Debo aclarar que no  se trataba de un tordo realmente, ni los árboles a que  alude el poema eran los árboles nuestros, pues el poema no fue escrito aquí en nuestro país. Me encontraba de paso en Londres, en una pequeña casa frontera a un parque abierto que debía atravesar todos los días al salir. No lejos de allí quedaba un parque cercado  donde, por las tardes, se escuchaba el grito de una corneja. El grito de la corneja es ríspido y extraño, al menos para mí que no estaba familiarizado con esta clase de pájaros grandes y gritones. Además, me parecía poco natural, como de un exotismo buscado adrede, el hecho de incluir  una corneja en un  poema mío; tenía, pues, que cambiarlo por algún pájaro  nuestro de los más familiares, y fue así como escogí a un pájaro al que le tengo particular cariño  --aunque quiero mucho a los pájaros en general—  escogí al tordo.  ¿Por qué al tordo? Porque  este pequeño pájaro negro se queda en las ciudades, disputándole  al hombre su territorio cotidiano; los otros pájaros de más llamativos colores se van, huyen del hombre, como es notorio en Caracas, donde casi nunca se los ve pues se refugian en el Ávila. El tordito no, el tordito le disputa al hombre las migas del pan, vuela entre los taxis, anida en los árboles que encuentra y hasta  suele arrancarle alguna hebra de cabello a las mujeres cuando está  fabricando su nido...Quise, pues, nombrarlo en el poema, tratando de contagiar el afecto que tengo por este pájaro, cuya compañía  se ha  hecho tan común como la del gorrión en las ciudades europeas. Claro está que todo este proceso que aquí menciono se cumplió sin demasiado cálculo previo, casi por simple reflejo afectivo.

CVC: La noción de viaje, recorrido y reconocimiento de ciudades y lugares  diferentes está muy presente en su poesía.
EM: Sí, es verdad. Se mencionan los desplazamientos, el recorrido por otros lugares o la impresión que éstos dejan en el ánimo, pero siempre ocurre, al menos en mi caso, como si el paisaje nuestro lo llevase plegado y guardado en la valija, como si el paisaje fuese también parte de la sombra que nos acompaña por donde vamos.  

CVC: A propósito de esta idea del “paisaje que uno  lleva en la valija”, parece que hay un vínculo entre ese paisaje nativo y la herencia familiar,  el legado de los ancestros está siempre presente ¿Qué relación encuentra Ud. entre esa memoria que se recibe de los ancestros y la creación poética?

EM: En mi caso es muy determinante. Se trata indudablemente de referencias personales, de nociones intransferibles. Otros pueden responder de acuerdo con su particular experiencia. En cuanto a mí, las referencias ancestrales  son importantes. Yo pertenezco a una generación que es hija de la Venezuela agraria. Nací en 1938, no mucho después del famoso reventón  del primer pozo petrolero. El petróleo va a ser en verdad determinante  a finales de la primera mitad de siglo, de ahí en adelante se cumple la transformación del pequeño país agrario en el país minero, con todos los cambios y deformaciones que ello apareja. La memoria que  encuentro en casa, la de mi padre y demás familiares, y no sólo la de ellos sino también la de la gente que nos rodea, es la de un país agrario que está en despedida. El crepúsculo de ese país agrario acompaña a la gente de mi generación. Comienza otro país, el de las migraciones a las ciudades, el de la incipiente industrialización, el del crecimiento anómalo de las ciudades, con todo lo que implica de variación y transformación. Ello se aprecia particularmente en los atroces cambios que sufren  nuestras principales ciudades. Una ciudad como Valencia, donde viví mi juventud, fue derrumbada, se  devastó y se  abandonó  su zona antigua, al tiempo que han crecido varias   urbanizaciones construidas un poco sin ton ni son. Alguna vez tendremos que detenernos a pensar de dónde procede el poco o ningún apego que  nuestros comportamientos manifiestan. ¿De dónde viene la necesidad de destruirlo todo para  comenzar a cada vez?   Pues bien, ese país agrario que conocimos los hombre de mi edad  puedo representármelo simbólicamente en el canto del gallo. En mi poesía, aunque no se nombre, siempre se escucha un gallo, me son inseparables sus cantos y los recuerdos de mis primeros días. De niño  --ya lo he contado antes—  me asombraba el canto nocturno de los gallos. Pensaba que debía ser sumamente aburrido para las demás aves dormir al lado de uno de estos animales que, de pronto, sorpresivamente, se despierta, pega un inmenso grito secundado por  varios aletazos, y luego vuelve  a dormirse como si nada. Como todos los niños de vivencias campestres me hacía la misma pregunta que se hicieron ya en su tiempo  los presocráticos: ¿por qué cantan los gallos? Y esa pregunta me la hacía porque me acompañaba el canto del animal, la hermosa presencia del animal.  Tiendo a ver el gallo, la presencia del gallo como  una marca que separa  la población antigua de la ciudad nueva, la ciudad que nace donde termina el canto del gallo. Si de niño  llegaba a preguntarme en  ciertas madrugadas por qué cantan los gallos, ahora ya adulto, rodeado de mil  ruidos distintos,  el recuerdo del país antiguo me invierte la pregunta  ¿por qué no cantan los gallos? ...

CVC: Eso sería a nivel del espacio físico. Ahora, en cuanto a la formación, a la visión del mundo, ¿cuál es el espacio de la herencia familiar en la obra de Eugenio Montejo?

EM: Tiene mucho, ciertamente. Me he referido a ello en un breve ensayo, El taller blanco,  que es también  una evocación   de la panadería de mi padre, una panadería  con los procedimientos y rituales propios de las épocas pasadas, muy distintas de las que hoy conocemos. La presencia de mi padre es central allí, pero en la constelación familiar hay otras figuras que marcaron hondamente mi vida. Y más que figuras, debería hablar de  una cultura mestiza, que incorpora rasgos y comportamientos donde la  vida se percibe en un continuum que se refleja en una memoria circular,  en vez de la lineal que nos legaron los europeos.  De acuerdo con esta memoria circular,  el tiempo pasado  no se va nunca del todo, sino  que vuelve a cada instante, en lo que hacemos y  en la presencia de  quienes  encarnaron  ante nuestros ojos  ese tiempo. En cuanto al taller blanco, a la cuadra de panadería que presidía mi padre, nada más atractivo para un muchacho que asomarse al ritual de esos hombres que desde la hora de la pega, es decir, desde el comienzo de la faena, lo que siempre ocurría al principio de la noche, se entregaban a la responsabilidad del  oficio. El pan era como un extraño jeroglífico cuyo significado sólo mucho más tarde, cuando escribí  el ensayo de que hablo, pude desentrañar. Sólo entonces descubrí que en mi acercamiento a la poesía me valía de formas y comportamientos allí aprendidos.

CVC: Podría decirnos cómo es su proceso creador, ¿cuándo escribe? ¿Qué es necesario para que surja un poema? Una vez escrito, ¿quién lo lee?

EM: Bueno, son varias preguntas. Voy a ir por partes.
     Lo primero es que suelo escribir de noche, pues  me acostumbré a escribir de noche, tal vez por efecto de la canícula. De muchacho solía quedarme hasta la madrugada, leyendo o trabajando. Ahora ya no me quedo hasta muy tarde, trato de contrariar el ritmo nocturno y disponerme a trabajar en las mañanas. Es curioso, cuando he vivido fuera, por ejemplo en Europa, el hábito del trabajo nocturno me ha obligado a esperar la noche,  aun tratándose  de los días de   invierno, lo que resulta un poco absurdo. Con la edad, sin embargo, ya no  suelo abusar del trasnocho, y  trato de  mudar mis hábitos. Eso en cuanto al ritmo.
     Por lo demás,  siempre anoto en una carpeta de apuntes las imágenes o sugestiones que se me ocurren. En esas frases  hay siempre un núcleo central que nos llama, como el temblor  del hilo llama al pescador; algo  no muy preciso, que conviene desarrollar y  guardar para revisarlo más tarde en perspectiva. Es el llamado protopoema, la nuez de algo que no sabemos cómo resulte en definitiva. La experiencia aconseja   desconfiar del entusiasmo de  ese primer borrador, pues muchas veces somos presa del capricho, de nuestro capricho por una palabra, por un tono o por una expresión. Lo conveniente es guardarlo y verlo más tarde, cuando ya  es posible leerlo casi como si fuera un escrito ajeno. Es entonces cuando podemos sorprendernos, pues a veces ciertos versos  que nos entusiasmaron no sólo ya  no nos satisfacen, sino que no atinamos a saber por qué  antes los apreciamos.        También ocurre lo contrario: versos a los que no les dimos mayor importancia, al releerlos nos llaman de nuevo. ¿Cómo nace? Yo diría  que como una especie de niebla donde entrevemos cierta imagen que no es exactamente verbal. Puede llegar también con cierto ritmo, pero lo esencial es una imagen, a partir de la cual uno trata de asir algo, y ese algo busca su palabra. Diría además que existen momentos de mayor felicidad creadora, algo que seguramente corroboran quienes están  familiarizados con la escritura. Momentos en que, para decirlo con la viejas nociones  románticas, la inspiración, o algo parecido a la inspiración, se manifiesta. O bien, si preferimos  las nociones de nuestros días, diríamos que se trata de instantes en que el lenguaje nos habla, en que  más que los dueños, somos los siervos del lenguaje. Pasternak  define bien esos momentos cuando dice que en ellos las respuestas nacen antes que las preguntas. Por su parte, W.B.Yeats, dice en un poema: “Sentí que en ese instante podía bendecir”.       

CVC: ¿Podríamos decir que  ciertos poemas  son una especie de bendición, que realmente se ha logrado alcanzar una expresión máxima de una idea, de  una imagen?

EM: Preferiría hablar más bien de hallazgo. Y aclarar que  he mencionado  a  W.B. Yeats y a Pasternak  sólo  por vía de ejemplo, guardando la distancia con esos excepcionales poetas. Recordemos que Lukács  afirmaba que una de las fallas de El doctor Zhivago, algo que impedía que como novela fuese creíble, era precisamente la última parte, el conjunto de poemas que, al decir de Lukács, eran demasiado logrados para atribuírselos al personaje. Ahora, volviendo a nuestro comentario, a la expresión máxima de una idea, no sé si convenga emplear el superlativo, porque es propio del arte un atributo perfectible, un deseo inagotable de llegar a más. Una conocida observación de  Paul Valéry, a propósito de este deseo de perfectibilidad interminable,  subraya que “no existen en verdad poemas acabados sino abandonados”, dejando entrever que nunca se extingue del todo la tentación de retomar el trabajo del poema, cualquiera sea su estado final,  que siempre  hay la tendencia a perseguir   su mejoramiento.

CVC: ¿Cuáles serían las   lecturas que más han influido en su carrera literaria?

 EM: Cuando visito los talleres literarios y me hacen esta pregunta, aprovecho la oportunidad para llamar la atención de los jóvenes acerca de la  antigüedad de nuestra lengua, de la necesidad de conocer lo mejor que podamos la tradición de sus mil años de existencia para beber en ella y afirmar nuestras propias raíces. Fue nada menos que Colón quien la trajo a nuestra tierra en el tercero de sus viajes. Llegó hace quinientos años, cuando ella misma contaba entonces quinientos años, y aquí recibió a lo largo del tiempo  las aportaciones de las lenguas indígenas, de las otras  venidas de África, hasta llegar a ser la que hoy hablamos. Tiene, pues, entre nosotros la misma antigüedad que tenía para los misioneros en la época en que vivieron a enseñarla; lingüística y emotivamente hablando, es hoy tan nuestra como entonces era de ellos.
     Colón es el primer europeo  que en esta lengua  nombra a nuestra tierra. La llama, como sabemos, “esta tierra de gracia”; es también el primer europeo que se lleva una palabra indígena, la palabra que escucha a los nativos cuando trata de indagar el nombre del suelo que pisa: Paria, y pocos días después, en una relación al Rey escrita desde La Española, al darle cuenta de  su encuentro cerca de la desembocadura del Orinoco, menciona ese vocablo. Y no es una mención  puramente ocasional, porque años más tarde, en uno de los borradores de su testamento, escribe: “de Paria no me acuerdo sin que llore”. Son palabras que, si respetásemos más nuestra memoria histórica, tendríamos grabadas en alguna parte. Pues bien, Colón  se refiere a una tierra de gracia, y a una tierra así, paradisial, tal como él la vio, sólo puede corresponder una lengua de gracia. En la búsqueda de esa lengua de gracia se halla  nuestra poesía por lo menos desde los tiempos de Bello hasta el presente. Todos los que encaran la escritura de un poema entre nosotros se suman de algún modo a ese empeño denodado, a la búsqueda de  una lengua poética que, a partir de nuestro castellano mestizo, reproduzca algunas sílabas de esa lengua de gracia, que viene a ser como la lengua mítica de El Dorado.
     Suelo hacer hincapié, sobre todo al hablar a los jóvenes poetas, en que es indispensable el conocimiento de esos mil años de  tradición de nuestra lengua. Hay que remontarse a las fuentes y comenzar despacio. A veces se incomodan cuando, en vez de  recomendarles lecturas recientes, se les dice que lean el Romancero, que traten de indagar por qué el  verso de ocho sílabas de que se vale el romance ha resultado  tan  indispensable durante tantos siglos,  que reparen en que es el mismo verso. De nuestra copla popular y de todas las formas de canto popular  de quienes se expresan en nuestro idioma.
     En fin, volviendo a tu pregunta, diría que  mediante el conocimiento de esa tradición milenaria uno va identificando sus afinidades, los tonos y procedimientos que  resultan más próximos a su sensibilidad. En cuanto a mí, señalaría a Fray Luis de León, y a Quevedo,  quien por cierto es el que   redescubre  la obra de Fray Luis y la prologa. En Hispanoamérica me inclino por la prolongación de esa misma línea: por Vallejo, en  cuanto acoge y transforma  los ecos de Quevedo. Digamos al margen que resulta curioso que dos escritores  tan importantes de nuestro continente, y tan diferentes entre sí, como Vallejo y Borges, acusen el influjo de la obra de Quevedo: en el caso de César Vallejo, es verdad que  se advierte la influencia de Darío en sus comienzos, pero también, y acaso de modo más determinante, la de Quevedo, que luego le permite un desarrollo   personal, muy suyo. En cuanto a Borges, pasó muchos años    --más de cinco, le oí decir a José Bianco-- en una relectura minuciosa de Quevedo, hizo además una antología de la obra del maestro español. Mucho de la célebre concisión de la prosa de Borges no procede, como se ha creído, de sus lecturas inglesas, sino de la latinizada concisión quevediana. Pues bien, en mi caso, he procurado  partir de esta línea que me es más afín, siempre mediante la búsqueda de una entonación hispanoamericana y, tanto como puedo, específicamente venezolana. Una última cosa: diría que en  cuanto a  la entonación poética son muy importantes las contribuciones brasileñas. Me atrevo a suscribir lo que acaso para algunos lectores  españoles pueda resultar una herejía: sin negar la valía de la famosa generación poética de 1927,  recomendaría como de mayor  proyección, de mayor adueñamiento verbal, a la generación poética brasileña de 1922. Nombres como los de Murilo Mendes, Drummond de Andrade, Manuel Bandeira, Mario de Andrade, Cecilia  Meireles y Cassiano Ricardo, entre otros, son de una solidez impresionante. Los suecos tuvieron que hacerse aún  más suecos para, durante años, dejar de tomar en cuenta  a la hora de conceder su Premio Nobel a estos grandes creadores. Que aún en nuestros días se desconozcan entre nosotros  las aportaciones teóricas  sobre  poética del paulista  Cassiano Ricardo, que no estén traducidos sus libros, dice bastante de nuestra falta de curiosidad para situarnos, de la incompetencia de nuestra brújula.

CVC: Su obra comienza a ser publicada en la década del sesenta. Los movimientos literarios  de los años  sesenta tienen unas características muy  particulares, tienden  hacia dos polos, por un lado  un lenguaje marcadamente surrealista, y por otro un lenguaje que se acerca  a lo comunicacional ¿Cómo dialoga  su obra con esas tendencias? ¿Se considera Usted un integrante de la generación?

EM: Debo considerarme así, como un integrante, un poco a la zaga, de la llamada generación de 1958, el año que da nombre a  esta  generación,  por ser el año de la recuperación democrática, cualquiera sea nuestra apreciación sobre ese período. Luego de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez  se vive un tiempo de exaltación, de fe en la recomposición de  muchos  valores, como no se ha conocido otro después. Todos los integrantes de esa generación son  o fueron mis amigos. Es verdad que me demoré en publicar  un libro  hasta 1967 --salvo un cuadernillo publicado en 1959 que no reconozco, pues se trata de otra cosa--, pero publico en revistas, en suplementos literarios y participo en los encuentros y festivales de la época. Creo que el tiempo  de la guerrilla, que se inició poco después de ese período de exaltación a que me he referido, me produjo un hondo  suspenso emocional, tanto mayor cuanto me sentía cerca, si no ideológicamente, sí por lo menos afectivamente, de los perseguidos, de los que  creían posible entre nosotros un triunfo como el cubano. Pero escribía, como dije, en revistas: fundé en Valencia, donde vivía por entonces, la revista Separata, que salía aneja al Boletín Universitario. Allí  dimos a conocer a  Ángel Rama, a principios de lo sesenta  --casi tres lustros antes de que viniera a residenciarse en Venezuela--, dimos a conocer al grupo Poesía-Buenos Aires, con constantes colaboraciones de Raúl Gustavo Aguirre, Rodolfo Alonso, Francisco Madariaga, etc. Otros colaboradores de renombre fueron, por ejemplo, el  profesor José Gaos, el filósofo hispano-mexicano, así como un  sabio arcángel catalán, maestro de todos nosotros, que había llegado a Venezuela a principios de los cincuenta y  residía, para nuestra felicidad, en Valencia: el maestro José Solanes. En esa revista publiqué, en 1960, una recensión del  poemario El Reino, de Ramón Palomares, un libro icónico de aquellos años, aparecido bajo el sello de Sardio. Por cierto que Juan Sánchez Peláez,  a la sazón recién llegado de Francia, fue a vivir por un año a Valencia, donde  se desempeñó como director del Departamento de Publicaciones, en tanto que yo era su asistente. De esa época data el concurso de poesía  “José Rafael Pocaterra”, de cuyo Jurado fue miembro el mismo Juan, y que tuvo mucha repercusión   en aquellos años por los libros en definitiva seleccionados, obras de Francisco Pérez Perdomo, que resultó ganador, seguido por Rafael Cadenas, Luis Alberto  Crespo y Jesús Sanoja Hernández.
     De un modo general, como Usted dice, predominaba  una  estética  marcada por el surrealismo, que luego recibiría el influjo del poema llamado conversacional, o bien la poesía  de protesta, también la poesía beat norteamericana, etc.  De casi todas estas intenciones  me sentía  algo distante, pero nadie elige su tiempo, ni las preferencias de su tiempo. Me interesaba mucho más la intimidad de la poesía italiana, presente en las obras de  Saba, Ungaretti, Montale y los demás. Así mismo,  la obra de Jules Supervielle y  las de algunos portugueses y brasileños como los que ya he mencionado. Recuerdo el  descubrimiento de Pessoa, a cuya obra me llevó el lisboeta Rui de Carvalho, que por entonces estudiaba un posgrado de Psiquiatría en Valencia. Gracias a ese descubrimiento, viajé varias veces a Lisboa, mucho antes de residir como diplomático en la vieja capital lusitana.    Finalmente,  me interesé también desde entonces por  otros poetas  menos canónicos, cuya lectura  tuvo mucho significado para mí: la del checo Vladimir Holan, la del rumano Lucian Blaga o la del sueco Gunnar Ekeloff.  Fue el tiempo de nuestra juventud, un tiempo exaltado y difícil, pero también un tiempo hermoso, porque la juventud, cuando es verdadera, suele embellecer todo lo que toca.


lunes, 8 de agosto de 2011

La sátira en la poesía venezolana de la década del setenta. Algunos autores.






Carmen Virginia Carrillo


Publicado en: En América Cahiers du CRICCAL. La satire en Amérique latine formes et fonctions.  Volume 2. La satire contemporaine. Nª 38.  Paris: Presses de la Sorbonne Nouvelle. 2008. Pp. 27-33.
En los años setenta, en Venezuela se vive la consolidación democrática del país. La década se inicia con la materialización de los procesos de pacificación de la guerrilla alcanzada por el gobierno de Rafael Caldera. Durante la  primera  presidencia de Carlos Andrés Pérez el país vive  unos años de calma gracias a la bonanza alcanzada por al aumento de los precios del petróleo. 
En la medida en que la disidencia fue cediendo  y las instituciones culturales del Estado abrieron sus puertas a los artistas y escritores disidentes, éstos  pasaron a ocupar cargos en los diversos organismos culturales, editoriales, programas de televisión, revistas y universidades, talleres y becas. Muchos de aquellos artistas y escritores,  que en su momento representaron la insurgente vanguardia literaria,  alcanzaron lugares destacados dentro del campo literario.  
Algunos  de los poetas que se consolidaron en los años setenta habían comenzado a publicar sus trabajos en la década anterior y continuaban en la misma línea discursiva, sin embargo, aquellos que habían optado por el discurso subversivo  suavizaron el tono político y contestatario de sus versos, sin dejar de cuestionar las instituciones, pero haciendo uso de procedimientos textuales como de la ironía,  a través de los cuales demostraban su desacuerdo con los acontecimientos que ocurrían en el país, de una forma menos directa. Muchos de ellos alcanzaron la madurez de su escritura en las décadas posteriores.
Ya desde los años sesenta, tanto en Venezuela como en el resto de América, la poesía había adquirido fuertes vínculos con la historia contemporánea,  las vivencias inmediatas,  la ciudad y la cotidianidad en general. A su vez, algunos escritores, entre ellos los poetas, buscaban evaluar  la historia nacional y el acontecer socio-político arremetiendo contra ciertos vicios de la sociedad. A través de un humor a veces corrosivo, se enjuicia las convenciones de diversa índole, y se desmitifica a los grandes íconos de la vida pública nacional. 
En algunas de las manifestaciones de la poesía de los años setenta encontramos una marcada tendencia hacia el esteticismo, la poesía breve, elaborada y reflexiva. Nombres como el de Alfredo Silva Estrada, Eugenio Montejo, María Fernanda Palacios dan cuenta de estas tendencias. El gusto por el orientalismo tiene en Rafael Cadenas uno de sus más extraordinarios exponentes. Poesía intimista opuesta al exteriorismo de los años  sesenta, que todavía prosperaban entre algunos escritores cercanos al grupo artístico-literario El Techo de la Ballena.  Javier Lasarte le adjudica los siguientes rasgos: “Imagen del imposible fulgor, los cielos negados, la exclusión, la nocturnidad, la inmovilidad, la perplejidad, la intemperie, la paradoja, la palabra sintética en  y desde el silencio crispado. (Lasarte, 1999:277).
Como contrapunto de esta poética del lirismo interior, dominante de la década,  se escriben una serie de textos de marcado carácter satírico cuya intención es ridiculizar a las instituciones y sus representantes, a la par que  ponen en evidencia  la descomposición moral de las élites que conformaban el poder. Entre los escritores  que apuntaron hacia esta tendencia se encuentran Caupolicán Ovalles(1936-2001) y Víctor Valera Mora ,(1935-1984) de cuyas obras nos ocuparemos en esta oportunidad. 
Caupolicán Ovalles y Víctor Valera Mora pertenecieron, junto a Luis Camilo Guevara, José Barroeta, y Ángel Eduardo Acevedo a un grupo que se hacía llamar “la Pandilla de Lautréamont”; los  unía la amistad, el gusto por la bohemia y el deseo de prolongar, en  su ejercicio literario,  la inflexión iconoclasta característica de El techo de la ballena.  
Los textos  de Ovalles y Valera Mora atacan con severidad las normas que rigen a la sociedad y que, en la práctica, resultan injustas para un sector de la sociedad que no tiene acceso al poder y  sus beneficios.  El humor, la presencia de lo grotesco y el absurdo les permiten desenmascarar la realidad abyecta que se esconde tras la máscara de la rectitud y la coherencia oficiales. 
Como sabemos, el discurso satírico moderno, recurre a la utilización del sentido figurado para elaborar de su juicio, por lo que demanda una mayor participación del lector, quien debe revelar los sentidos ocultos. El texto satírico, al igual que el irónico, evita  la posibilidad de la  identificación entre el lector y el objeto que se pretende ridiculizar o la situación cuestionada y, de esta manera, logra que el sentido de la crítica sea más drástico. Por su parte la ironía establece, en el discurso poético, una oscilación entre lo íntimo (lo uno) y lo ajeno (lo disperso) (Abuín, 1998: 121).
Copa de huesos (1972) de Caupolicán Ovalles, obtuvo el Premio Nacional de Literatura, en el género Poesía, en el año de 1973.  El libro reúne  poemas escritos en la década anterior, entre ellos  “Elegía a la muerte de Guatimocín, mi padre, alias el globo”, que ya había sido publicado por El techo de la ballena y textos inéditos, como el  que da nombre al libro. Algunos de estos textos siguen  la línea del tan cuestionado poema ¿Duerme Ud. Señor presidente? de 1962,  en el que Ovalles ridiculiza la figura del entonces presidente de Venezuela,  Rómulo Betancourt;   texto en el que se percibe una manifiesta intención de degradar el poder representado en la figura del presidente; discurso contra-hegemónico que da cuenta del conflicto socio- político reinante en los inicios de la democracia venezolana;  pone en duda la legitimidad de la moral y las leyes representadas en la figura del presidente y  escandaliza a través del sarcasmo y la burla directa:
El Presidente vive gozando en su palacio,
come más que todos los nacionales juntos
y engorda menos
               por ser elegante y traidor.
Sus muelas están en perfectas condiciones;
no obstante, una úlcera
le come la parte bondadosa del corazón
y por eso sonríe cuando duerme.
Como es elegido por voluntad de todos
los mayoritarios dueños de inmensas riquezas
es un perro que manda,
es un perro que obedece a sus amos,
es un perro que menea la cola,
es un perro que besa las botas
y ruñe los huesos que le tira cualquiera
             de caché.
Su barriga y su pensamiento
es lo que llaman water de urgencia.
Por su boca
corren las aguas malas
de todas las ciudades.
Con sus manos destripa virgos
                y
como una vieja puta
es débil y orgulloso de sus coqueterías.
         Se cree el más joven
y es un asesino de cuidado.
 (1972:61-64).


En uso de razón  (1963) es un  extenso poema de este libro, que nos permite ver cómo la poesía de Ovalles  busca cuestionar, a través de la sátira, la situación  que vive el país. Está escrito en catorce partes, trece de ellas subtituladas con la frase que da nombre al libro “EN USO DE RAZÓN”;  en algunas oportunidades ampliado como por ejemplo: “EN USO DE RAZÓN SE AVECINAN COSAS EXTRAÑAS”, “EN USO DE RAZÓN SE AVECINA EL CÁDILAC” y una última sección titulada: “TOCO BOTELLA PUES SOY AGUARDIENTOSO”.   En el texto se arremete, de forma agresiva e irreverente, contra las instituciones sociales representadas en personajes como  sacerdotes, monjas, capitanes, tenientes, doctores, ingenieros y diputados.
Si bien el tono sarcástico y la abyección son los predominantes, en algunos momentos el humor se apodera de la escena. La propuesta estética, fundamentada en la irreverencia y la perversión, quebranta los fundamentos éticos tradicionales, construye una nueva identidad personal, colectiva y nacional sobre las bases de la conciencia desbordada. La ironía constituye el procedimiento textual predominante.   La escritura de Caupolicán Ovalles transgrede la formalidad de la cultura institucionalizada,  a través de la ironía, el sarcasmo y el humor. Poesía contestataria que arremete contra  el poder y las instituciones. Escritura que hace uso de la oralidad, del discurso coloquial, con sus rupturas sintácticas y semánticas, que tiende a la narratividad.   El  tratamiento que Ovalles da a los temas históricos se adscribe a la actitud transgresora y subversiva de su poética, en tanto que utiliza  personajes que representan el poder hegemónico, para parodiarlos y cuestionar la verdad de los acontecimientos que la Historia ha institucionalizado. A través de la ironía[1] se degradan el poder,  las instituciones, la moral y las leyes.   
Los textos de Ovalles construyen un universo anárquico y libertino en el que se hacen presentes diversas formas de trasgresión. El poeta busca desacralizar el universo poético al distanciarse de los temas consagrados por la tradición y acercarse a lo marginal y lo sórdido con sarcasmo.

En las bodegas de fúnebres sombreros mean las cajas
         de cartón las cajas mujeres-de-fieltro
en su cosa mujeres-cielos-rasos sus sexos bombillas
         disparadas por el centro y cuelgan
además mujeres entre dientes de libidinosos perros
         manchados cuelgan además bodegas
(Ovalles, 1972: 57).

Copa de huesos, el poemario que cierra y da nombre al libro,  sigue la línea de los anteriores -poemas largos que juegan con la disposición tipográfica-  sin embargo, en esta oportunidad éstos van precedidos de textos muy cortos escritos en prosa. La novedad que este conjunto ofrece radica en los  textos  en prosa y en el diálogo que se establece entre los dos grupos de textos. En lo que respecta a los cortos, nos encontramos ante la presencia de un  discurso cuya retórica  simula una ´crónica de indias`, en ellos se construye un universo imaginario fundacional que comienza marcando sus fronteras: “Confina por el Norte con los países incógnitos” (Ovalles, 1972:192) luego describe la zona: “El aire es húmedo en la costa, pero sutil, puro y ligero conforme se acerca a las montañas. El temple es de primavera y del otoño es el más feliz; el invierno tiene días de un frío excesivo,  y el verano de un calor mortal. Lo que es menos tolerable es la plaga asombrosa de insectos asquerosos” (Ovalles, 1972:194).
Contrastando con el mundo descrito en los textos cortos,  los poemas largos, escritos en verso, muestran un mundo desarticulado, fragmentado y anárquico en el cual el absurdo de la muerte invade las escenas.  Como parte de esa compleja visión del mundo, en los poemas largos se establece una relación intertextual con la historia de España y con el proceso de la conquista y colonización de América. El hablante trastoca el orden de los acontecimientos y yuxtapone los tiempos -el pasado bajo el mando de la corona y el presente bajo la sumisión al imperialismo norteamericano- para cuestionar una  situación de dominio que se rechaza:
Será que nos estamos metiendo el dedo en la nariz
       todo el tiempo que desean
              los amansa cadáveres del norte?
              o será que ROCO FELLER es el Rey
               de España
               y tiene derecho y dominios sobre
               nuestro bello país?
¿He beisbeis?

¿IS O NO IS?
¿YULAIQUE?
     O
SERA QUE
DOÑA JUANA, POR LA GRACIA DE DIOS
REYNA DE CASTILLA, DE LEÓN,
DE GRANADA, DE TOLEDO, DE GALICIA,
DE SEVILLA, DE CÓRDOBA, DE MURCIA,
DE JAEN, DE LOS ALGARBES,
DE ALGECIRAS, DE GIBRALTAR, Y DE LAS
ISLAS DE CANARIAS, Y DE LAS INDIAS,  
ISLAS Y TIERRA FIRME DEL MAR OCÉANO

            ¿ESTÁ LOCA?
            y le ha dado de pleno derecho
            el disfrute
de todo
esto
a RICO FELLER?
 (Ovalle, 1972:209-210).           


El  tratamiento que Ovalles da a los temas históricos se adscribe a la actitud transgresora y subversiva de su poética, en tanto que utiliza  personajes que representan el poder hegemónico, para parodiarlos y cuestionar la verdad de los acontecimientos que la Historia ha institucionalizado.
La gloria de tener un tío Coronel
casi
casi todo se lo tiene resuelto
y algún contrabando también

¡TODO!

Esto si usted tiene la suerte de tener un tío
Coronel
Se multiplica
CUANDO ES JEFE DE LA FUERZA
O EL QUERIDO coronel

La vida o la patria nos lo llevan
A
NADA MENOS
         QUE
               CAPITÁN
                GE
                   NE
                       RAL
(Ovalles, 1972 :285)

Víctor Valera Mora (Valera, 1935-1984), el Chino Valera, estudió en la Universidad Central de Venezuela en los años en que comenzaban a organizarse los movimientos subversivos. En 1961 se graduó de  sociólogo; ese mismo año  se incorporó a la célula de guerrilla urbana y publicó su primer poemario, Canción del soldado justo; una década más tarde apareció Amanecí de bala,  luego vendrían Con un pie en el  estribo (1972) y 70 poemas stalinistas  (1979) que obtuvo el premio CONAC de Poesía en 1980. Poesía lúdica que desmitifica a los grandes íconos de la vida pública nacional, que se ubica en la periferia de la institucionalidad y desde ahí arremete contra los valores tradicionales, se burla de ciertos mitos y convenciones sociales para luego proponer un nuevo orden, el de la Revolución.
Al igual que Ovalles, Valera Mora, desacredita ciertos valores  sociales y políticos a través de la sátira. En sus textos se cuestiona y ridiculiza  la actuación de los grandes jerarcas de la Iglesia  y de la política y se pone en evidencia  el contraste entre las clases. La imagen del antihéroe que encontramos en “Amanecí de bala”, texto que da nombre al  poemario, pone en evidencia el giro que da  la escritura de Valera Mora de una a otra década:

Amanecí de bala
amanecí bien magníficamente bien todo arisco
hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja
mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer
alta y rubia cuando vaya a la Facultad de Farmacia se lo diré
seguro que se lo diré asunto mío amanecer así
(Valera Mora, (1971) 1994:177).


El entusiasmo revolucionario cede paso al escepticismo cuestionador, sin que por ello abandone la actitud comprometida. La ironía y el sarcasmo serán, en su segundo libro, los instrumentos filosos de la denuncia. Para ese entonces,  Valera Mora se había distanciado del partido comunista venezolano, que había abandonado la lucha armada, y se había adherido al movimiento que se mantenía  en el combate:  el Partido de la Revolución Venezolana y las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (PRV-FALN),  fundado por Douglas Bravo, Fabricio Ojeda y Francisco Prada en 1966.
Su poesía,  mezcla de  irreverencia y militancia, quería llegar a un público amplio y variado, de ahí el uso de un lenguaje directo, con predominio del tono narrativo, escrito en oportunidades en versos largos que muchas veces adquieren un ritmo recitativo o en versos muy cortos. Sus poemas rompen con el tono grandilocuente característico de la poesía política y construyen un universo discursivo en el cual los ideales revolucionarios se articulan desde lo cotidiano y lo inmediato. Así dirá en El Apocalipsis según san Eduardo Gorila Frei” :
Bienaventurados los que lavan las manos manchadas con la sangre
de los patriotas chilenos
           para tener derecho al árbol de los crímenes
y entrar por la puerta que da acceso al reino de las escatologías.

Fuera obreros, campesinos, estudiantes, artistas, sabios
           y todos los que aman y practican la verdad.
(Valera Mora, 1994:271)

En la poesía de Valera Mora  se parodian distintas formas discursivas, entre ellas, la historia, la tradición literaria, el discurso tecnológico,  el western y el discuros político.
Encontramos también ciertos juegos de lenguaje en los que la intertextualidad paródica da cuenta de una tradición cultural de la que el autor se ha apropiado para re-figurarla  en un contexto propio, como ocurre con estos versos que parodian el famoso poema de Mallarme “Un golpe de dados”:  “Un golpe de chigüire en el azar/jamás podrá abolir el codillo” (Valera, 1994:241).
En el caso de Valera Mora la ironía y el sarcasmo dan cuenta de una postura ética que se niega a abandonar los ideales revolucionarios y rechaza la postura no comprometida de los escritores e intelectuales, tal como puede verse en estos poemas:
Juego Limpio
Los escritores que le viven
Buscando cuatro patas
Al triángulo y luego dicen
Que no les importa la política
Deberían cortarse los cojones
Y echárselos a los cochinos
(Valera, 1994: 275)

Ciencia triste
Ciertos economistas venezolanos
Se rebanan los sesos
Hablando del producto nacional bruto
Esos pobre diablos lenguas de palo
Deberían de una vez por todas
Hablar del producto colonial inteligente
Y empatarse en una de liberación.
(Valera, 1994:268)
El carácter irreverente y desenfadado del discurso poético de estos dos integrantes de La pandilla de Lautrémont enfatiza la actitud cuestionadora del hablante frente a unas estructuras de poder que se rechazan. En los textos, a través de la parodia y la sátira, se  ponen en entredicho los valores consagrados y  se degradan roles, figuras, jerarquías. 


BIBLIOGRAFÍA:

ABUÍN GONZÁLEZ Ángel. 1998. “El poeta como homo duplex: Ironía romántica y
      multiplicidad enunciativa”. En  Fernando Cabo  Aseguinolaza,  Germán Guillón
     (Eds.): Teoría del poema: la enunciación lírica. Ámsterdam: Rodopi. Pp. 111-158.

LASARTE, Javier. 1999. “Trayecto de la poesía venezolana de los ochenta: de la noche a
      la calle y vuelta a la noche”. En Kart Kohud (ed.) Literatura venezolana hoy. Historia
      nacional y presente urbano. Madrid: Iberoamericana. Pp. 277-291.

NOGUEROL, Francisca. 1995. La trampa en la sonrisa. Sátira en la narrativa de
       Augusto Monterroso. Salamanca: Universidad de Sevilla.

OVALLES, Caupolicán.  1972. Copa de huesos. Caracas: La gran papelería del mundo.

VALERA MORA, Víctor. 1994. Obras completas. Caracas: Fundarte




[1] Pierre Schoentjes  explica la concepción que tiene Schaerer de la ironía en tanto mecanismo de desdoblamiento. Considera Schoentjes que para Schaerer el dualismo es fundamental  ya que a través del mismo  “busca encontrar las implicaciones examinando los juegos de inversión que conducen a la paradoja y al equívoco.” (Schoentjes, (2001) 2003:40).

         
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