Cracco representa al extranjero en su condición de
viajero cuya eterna travesía está hecha
de intervalos, obstáculos y pérdidas, de memorias y olvidos, pero sobre todo de
una profunda nostalgia por lo que ya nunca más ha de ser igual.
Hace un mes llegó a mis manos el nuevo poemario de
Cracco, Exiliada[1].
En esta oportunidad, leo desde otro lugar. No con los ojos de la investigadora,
sino en
mi condición de extranjera que vive la incertidumbre de no
reconocerse en los espacios, en las
costumbre, en la lengua, que aun siendo la misma, me es ajena.
El
libro está dividido en dos partes: “Exiliada” y “Tijeras”. Las referencias a la
cultura griega son constantes. Recordemos que para los griegos el extranjero es
ese “otro” que se opone al “nosotros”, quien continuamente va en busca de la
patria, que anhela la conciliación en un
mundo que le resulta ajeno. En las dos últimas décadas, este ha sido el destino
de millones de venezolanos alrededor del mundo. Algunos huyen de persecución,
otros vamos en busca de las condiciones de vida que ya no encontramos en la
tierra natal.
Los poemas de Exiliada hablan de la experiencia de la
autora, que es también la de muchos
venezolanos y de todos los que se han visto obligados a exiliarse y buscar un nuevo
lugar para convertirlo en el nuevo
refugio.
En el poemario reconocemos ciertos
temas ya explorados por Cracco en su poemario anterior, entre ellos: la
relación entre memoria y olvido, vida y muerte y, particularmente, las experiencias del desarraigo y la soledad.
En los versos,
de corte autobiográfico, el yo lírico describe su experiencia del exilio y, desde esa condición, rememora su
tierra natal, la Venezuela secuestrada, torturada, herida.
Si bien la dolorosa experiencia de la extranjería encuentra amparo en la
poesía, denunciar el horror, las torturas
y desapariciones, intenta exorcizar el
miedo que lleva consigo la exiliada:
¿Desesperación? ¿Miedo?
¿Pereza?
Borrosos se funden a la
perfección en la dictadura
que nos atenaza entre amenazas
y risas,
el asesinato y la limosna;
en la comedia preñada de
horror que banaliza
el llanto en carcajada. (p.55)
El yo lírico rememora
vivencias que quedaron atrás y percibe el
sobresalto que sigue adherido a la piel:
Aun
así, el corazón se acelera: ¿y si el gallo no canta el día?
¿Si el gallo, el abrazo, las estrellas,
engañosamente
diáfanas,
no ocurren aquí y ahora?
…
Porque
¿de qué huye la exiliada?
¿Acaso
bastó alzar vuelo, espiar desde la ventanilla
Con mueca de yo no fui?
…
¿De
qué huyo?, pregunta la exiliada,
y
la duda ya es condena. (pp. 15-17)
…
diría
el poeta,
hombro
a hombro recorrerá contigo
los
suntuosos monumentos,
como
si lo visto por primera vez hubiera envejecido
en la mazmorra
que
jamás dejas atrás.
(p.
20)
Conciencia desgarrada, extrañamiento constante. El
exilio vivido desde la carencia significativa y desde la nostalgia hace que el
hablante se cuestione la existencia. Si
bien nos relata diversas travesías: Malta, Málaga. La memoria,
siempre retorna a la Venezuela secuestrada, reprimida, silenciada:
……
miedo, cobardía,
el coraje acribillado a perdigones
el shhh shhh que cruje hasta los huesos,
el silencio que es la última palabra en un
país
que no habito pero me habita. (p59)
Su poema “La Tumba”, dedicado “A los muchachos que allí mueren en vida”, describe el horror del centro de torturas más temido del régimen:
La Tumba es helada y oscura
no se permite hablar ni rezar.
Los familiares buscan en vano.
Nadie sabe cuántos, quiénes, cuándo, dónde.
La Tumba está en el corazón de la ciudad.
El ascensor baja los cinco pisos y sube
vacío.
Muerte blanca,
tortura blanca, lo
llaman,
blancas como crestas en el mar que un presidiario
evoca segundos antes de que la
sirena
(ah, la sirena noche y día, un modo de
decir
en un lugar donde no existen noche y
día)
(pp. 41-42)
En
esta primera parte del poemario, Cracco dialoga con Los cuadernos del destierro, de Rafael Cadenas, texto emblemático
de la literatura venezolana que plantea la crisis de identidad provocada por el
desarraigo, el conflicto existencial de
un yo escindido que busca encontrarse en la palabra poética.
La segunda parte de Exiliada se titula “Tijeras” y está compuesta de 11
poemas. Los cinco primeros, de corte
narrativo, relatan el intento de unos
enfermeros de mantener viva a una mujer, en una ambulancia: ¡Corten las correas que me atan a la vida!, (p.
87) grita ella.
¿Es acaso “el
instrumento de dos hojas que giran alrededor de un eje que las traba” una
metáfora de la existencia? Dos cuchillas que se complementan y forman un todo
que: “corta el cordón que me hizo conocer el tiempo,” (p.93). La historia concluye con la disolución: “las
tijeras continúan deparando el brillo fugaz de la separación.” (p.88).
La
reflexión final se centra en la relación
entre vida y muerte. El yo
poemático se pregunta por el sentido de la existencia en este eterno nacer,
sufrir, morir:
“la compleja terrible cuestión de por qué
debo existir” (p. 51)
“y
el llanto con que anuncio mi llegada es también
mi
despedida,” (p. 85)
El círculo se cierra y se
repite. Si la muerte es el silencio y la palabra es la vida que se prolonga más
allá del silencio, nuestro tránsito es
un instante que se eterniza en el poema.
Exiliada es el “compendio con pocas palabras” (p. 103)
de la travesía, no solo física sino también emocional, de su autora. Un repaso del devenir del país, de la
migración de sus ciudadanos, la pesadumbre del exilio; experiencias que conllevan la necesidad de encontrar un asidero.
Nosotros, lectores, revivimos las heridas hechas verso y hallamos, en sus
palabras, una suerte de amparo.
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