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jueves, 9 de abril de 2026

Texto publicado en:

 ISSN 1405-6313, Nº. 128, 2025págs. 147-150




 

La poesía es un consuelo y una garantía
de persistencia más allá de la muerte.
Ovidio, Séptima elegía,
libro III de las Triestes.

 

 El tema de la extranjería en  la poesía venezolana escrita por mujeres  ha sido  objeto de mis proyectos de investigación, en la Universidad de los Andes, Venezuela. Entre las primeras obras elegidas para el análisis se encontraba Mustia memoria de Laura Cracco.  Un hermoso libro en el que la herencia extranjera está representada a partir de la relación del ser consigo mismo y con el otro.  Poética del estremecimiento y la interiorización del yo a partir de la vinculación con los orígenes.  

Cracco representa al extranjero en su condición de viajero cuya eterna travesía  está hecha de intervalos, obstáculos y pérdidas, de memorias y olvidos, pero sobre todo de una profunda nostalgia por lo que ya nunca más ha de ser igual. 

Hace un mes llegó a mis manos el nuevo poemario de Cracco, Exiliada[1]. En esta oportunidad, leo desde otro lugar. No con los ojos de la investigadora, sino  en  mi condición de extranjera que vive  la incertidumbre de no reconocerse en  los espacios, en las costumbre, en la lengua, que aun siendo la misma, me es ajena.

            El libro está dividido en dos partes: “Exiliada” y “Tijeras”. Las referencias a la cultura griega son constantes. Recordemos que para los griegos el extranjero es ese “otro” que se opone al “nosotros”, quien continuamente va en busca de la patria,  que anhela la conciliación en un mundo que le resulta ajeno. En las dos últimas décadas, este ha sido el destino de millones de venezolanos alrededor del mundo. Algunos huyen de persecución, otros vamos en busca de las condiciones de vida que ya no encontramos en la tierra natal.

Los poemas de Exiliada hablan de la experiencia de la autora, que es también la  de muchos venezolanos y de todos los que se han visto obligados a exiliarse y buscar un nuevo lugar para  convertirlo en el nuevo refugio.

            En el poemario reconocemos ciertos temas ya explorados por Cracco en su poemario anterior, entre ellos: la relación entre memoria y olvido, vida y muerte y, particularmente,  las experiencias del desarraigo y la soledad.

En los versos, de corte autobiográfico, el yo lírico describe  su experiencia del  exilio y, desde esa condición, rememora su tierra natal, la Venezuela secuestrada, torturada,  herida.  Si bien la dolorosa experiencia de la extranjería encuentra amparo en la poesía, denunciar el horror,  las torturas y desapariciones,  intenta exorcizar el miedo que lleva consigo la exiliada:

¿Desesperación? ¿Miedo? ¿Pereza?

Borrosos se funden a la perfección en la dictadura

que nos atenaza entre amenazas y risas,

el asesinato y la limosna;

en la comedia preñada de horror que banaliza

                                                            el llanto en carcajada. (p.55)      

 

El yo lírico rememora vivencias que quedaron atrás y percibe el  sobresalto que sigue adherido a la piel:

Aun así, el corazón se acelera: ¿y si el gallo no canta el día?

       ¿Si el gallo, el abrazo, las estrellas, engañosamente

                                       diáfanas, no ocurren aquí y ahora?

                                                                              

Porque ¿de qué huye la exiliada?

¿Acaso bastó alzar vuelo, espiar desde la ventanilla

                                            Con mueca de yo no fui?

                                                                             

¿De qué huyo?, pregunta la exiliada,

y la duda ya es condena. (pp. 15-17)

                                                                                 

            La dictadura te seguirá adondequiera que vayas,

diría el poeta,

hombro a hombro recorrerá contigo

                                          los suntuosos monumentos,

como si lo visto por primera vez hubiera envejecido

                                                             en la mazmorra

que jamás dejas atrás.          

(p. 20)

 

Conciencia desgarrada,  extrañamiento constante. El exilio vivido desde la carencia significativa y desde la nostalgia hace que el hablante se cuestione la existencia.  Si bien  nos relata  diversas travesías: Malta, Málaga. La memoria, siempre retorna a la Venezuela secuestrada, reprimida, silenciada:

 ……

miedo, cobardía,

el coraje acribillado a perdigones

el shhh shhh que cruje hasta los huesos,

el silencio que es la última palabra en un país

que no habito pero me habita. (p59)

 

 Su poema “La Tumba”, dedicado “A los muchachos que allí mueren en vida”, describe el horror del centro de torturas más temido del régimen:

La Tumba es helada y oscura

no se permite hablar ni rezar.

Los familiares buscan en vano.

Nadie sabe cuántos, quiénes, cuándo, dónde.

La Tumba está en el corazón de la ciudad.

El ascensor baja los cinco pisos y sube vacío.

 

Muerte blanca, tortura blanca, lo llaman,

            blancas como crestas en el mar que un presidiario

                                  evoca segundos antes de que la sirena

                          (ah, la sirena noche y día, un modo de decir

                           en un lugar donde no existen noche y día)

(pp. 41-42)                

 

             Cuando nos vemos forzados a huir, “mientras más lejos, mejor” (p.36), el exilio se vuelve tensión vital, pérdida del cobijo identitario. Si dejamos de reconocernos como parte del país que quedó atrás, ¿cuál es, entonces, el espacio del exiliado, la nueva locación geográfica,  el suelo nativo que habitamos en la memoria?  

            En esta primera parte del poemario, Cracco dialoga con Los cuadernos del destierro, de Rafael Cadenas, texto emblemático de la literatura venezolana que plantea la crisis de identidad provocada por el desarraigo,  el conflicto existencial de un yo escindido que busca encontrarse en la palabra poética.

La segunda parte de Exiliada  se titula “Tijeras” y está compuesta de 11 poemas. Los cinco primeros,  de corte narrativo,  relatan el intento de unos enfermeros de mantener viva a una mujer, en una ambulancia: ¡Corten las correas que me atan a la vida!, (p. 87) grita ella.   

¿Es acaso “el instrumento de dos hojas que giran alrededor de un eje que las traba” una metáfora de la existencia? Dos cuchillas que se complementan y forman un todo que: “corta el cordón que me hizo conocer el tiempo,” (p.93).  La historia concluye con la disolución: “las tijeras continúan deparando el brillo fugaz de la separación.” (p.88).

            La reflexión final se centra en la relación  entre vida y muerte.  El yo poemático se pregunta por el sentido de la existencia en este eterno nacer, sufrir, morir:

“la compleja terrible cuestión de por qué debo existir”  (p. 51)

“y el llanto con que anuncio mi llegada es también

                                                                  mi despedida,” (p. 85)

 

El círculo se cierra y se repite. Si la muerte es el silencio y la palabra es la vida que se prolonga más allá del  silencio, nuestro tránsito es un instante que se eterniza en el poema.

Exiliada  es el “compendio con pocas palabras” (p. 103) de la travesía, no solo física sino también emocional, de su autora.  Un repaso del devenir del país, de la migración  de sus ciudadanos,  la pesadumbre del exilio;  experiencias que conllevan  la necesidad de encontrar un asidero. Nosotros, lectores, revivimos las heridas hechas verso y hallamos, en sus palabras,  una suerte de amparo.

 

 

 



[1] Cracco, Laura, (2024),  La Exiliada, Madrid, Kálathos ediciones.


lunes, 11 de noviembre de 2013

"Mustia memoria" de Laura Cracco, el discurso poético de la extranjería.



Carmen Virginia Carrillo

Laura Cracco nació en Barquisimeto. Es Licenciada en Filología clásica. Ejerció la docencia en la Universidad de Los Andes, Venezuela. Ha publicado los poemarios: Mustia memoria. (1985). Premio Municipal de Poesía de Mérida; Diario de una momia. (1989); Safari club. (1992). y Lenguas viperinas, bocas Chanel (2009).
En su primer libro, la ilusión inicial de que el tiempo transcurre hacia adelante es confrontada con la noción de  tiempo circular: “La historia mordiéndose la cola” (1983:14), el eterno repetirse de experiencias que no son más que nuevas versiones del pasado.
La vida es entendida  como un viaje hacia el destino final, que es la muerte; y en el trayecto, pérdidas, búsquedas, encuentros van acumulando memorias, mustias memorias, como apunta el título del libro, que tratan de preservar la verdad de otros tiempos, el pasado mítico de los dioses antiguos:

Nosotros apenas balbuceamos la verdad de otro tiempo
Hablamos de la verdad de otro tiempo, la única, decimos
y
hablamos del tiempo aquel en que los dioses no habían 
                                                          entrado  en disputa
Tiempos idos de armónicas palabra, de lunas invioladas
Tiempos idos en que la justicia ejercía hegemonía en los
                                                                           hombres.
(1983:9-10)


O como sueño de infinitas posibilidades, aunque al final siempre esté aguardando el inexorable destino:
A qué construir hermosos templos
apisonar la tierra con sangre de toros  
erigir túmulos macizos
urnas de oro cuidadosamente labradas
si existe un mar peor que lava
eternamente lejano
…..
si el tiempo pasa sobre mí y no se empoza
si al final cuando cerramos los ojos
solo quedan, una isla en el cerebro,
sus aguas peor que lava mordiendo las ciudades.
(1983:33)

A pesar de que los emigrantes intentan conservar su pasado  a través de la memoria, el presente va borrando las huellas, de ahí que su identidad pase a ser un devenir, y su condición un modo de estar en el mundo.
En los poemas “Éxodo” y “Extranjera” se sintetiza la problemática que nos atañe. Si bien a lo largo de todo el libro se lleva a cabo un diálogo intertextual con el mundo clásico grecolatino, a través de la presencia de personajes que se caracterizan por su  condición de extranjeros y de viajeros, entre ellos Edipo, Circe y Odiseo, es en estos dos textos donde encontramos una referencia puntual al concepto griego del extranjero como ese “otro” que se presenta en oposición al “nosotros”.
Los ciudadanos, aquellos que comparten un mismo idioma y un espacio, que tienen los mismos derechos y toman las decisiones de la polis, se contraponen a los que vienen de fuera, los que balbucean, porque no hablan la lengua. Esos “otros” podían ser considerados “xénos”, sujetos con derechos a los que se les brindaba la hospitalidad; o “héteros” aquellos que portaban la otredad más radical representada en el bárbaro, el esclavo, el enemigo.
No obstante, como apunta Martínez de la Escalera, “se podía ser griego, es decir hombre, y al mismo tiempo, otro, un extraño, un exilado privado de sus derechos de ciudadanía” (Martínez de la Escalera, 2005: 78).
El concepto del extranjero que pareciera perfilarse en los textos poéticos de Laura Cracco está más cerca del “hétero”: “extranjeros los hombres que nunca podrán ser más que bagazos de una caña rota” (1983: 41).
En los poemas mencionados, la extranjería es percibida como condición irrenunciable. El extranjero vive en una perenne y fallida búsqueda de una patria que pueda considerar como suya, sin embargo, no logra  la conciliación en un mundo que le es ajeno, y vive en la incertidumbre de no reconocerse en  los espacios, en la lengua, en las costumbre y en las cosas.

Porque no hay lugar para el regreso
no volveré a ver mi ciudad teñida de siena
en las tardes 
“Extranjero serás hasta el fin de tus días
y aún después de ellos.
Extranjero serás porque has nacido.
Esa es tu condición
nunca patria alguna será tuya
ni encontrarás puesto para ti bajo estos cielos.
Vete y no descanses de buscar
lo que nunca hallarás.”
(1983:45)

El largo poema “Extranjera” está escrito en un discurso poético de corte narrativo, un yo poético relata el periplo de la extranjera en su viaje hacia el destierro. En oportunidades, la mujer toma la palabra para replicar,  mostrando el desconsuelo que le causa su condición:

“La vida pasó a mi lado y me llamó extranjera
en el sol, en las estrellas, en los ríos
en tu propia tierra
extranjera serás en la arcilla que te modeló
extranjeros serán tus dioses
que llevas como un saco vacío a tu espalda
extranjera la muerte que no encontrará en ti
más que un adelanto de sí:
huesos en vez de carne
nada en vez de alma” 
(1983:43)

El desarraigo y el extrañamiento son la consecuencia de la pérdida de la relación con lo permanente y lo estable.  A su vez, el mar, símbolo de la dinámica de la vida; lugar de nacimientos, transformaciones y renacimientos (Chevalier/Gheerbrant,1995: 689) aparece en algunos de los poemas como espejo y espejismo. Espacio del viaje, de la profunda soledad del viajero, pero también, esperanza de un futuro mejor, puerta a la vida:

Surca ese mar porque mañana solo habrá veneno
peces muertos en la orilla
y las ciudades donde alguna vez estuvimos
creyendo haber encontrado templos eternos
pronto no serán sino ruinas
piedras amontonadas en el recuerdo.
Antes de partir, sus murallas nos parecían más duras que
                                                                             el tiempo
(1983:18)

Al compararse con el mar, el yo lírico  del poema “Ícaro”, elabora una metáfora del ser del extranjero: “ser como el mar que sin dejar de ser él mismo es siempre otro” (1983: 8)
            El emigrante vive en el afuera y su condición es el tránsito. Si bien anhela regresar, en el fondo reconoce la imposibilidad del deseo, pues el lugar del origen ya no es el mismo:
Éxodo

Porque tu vida es un largo caminar
un eterno periplo que no conoce cansancios ni nostalgias
me has dicho que debes continuar
adelante hay rutas insinuantes
ciudades grandes como mundos
(1983:24)


En el poemario Mustia memoria de Laura Cracco, el extranjero está representado en su condición de viajero cuya eterna travesía  está hecha de intervalos, interrupciones y pérdidas, de memorias y olvidos, pero sobre todo de una profunda nostalgia por lo que ya nunca más ha de ser igual. 
En su obra encontramos el desarrollo de una poética de la interiorización del yo, del estremecimiento, el desenmascaramiento y del autoconocimiento a partir de la vinculación con los orígenes. En la poesía de Cracco la herencia extranjera se plasma en el discurso poético para dar cuenta de la relación del ser consigo mismo y con el otro.

Referencias bibliográficas:     

CRACCO, Laura. 1983. Mustia memoria. Mérida: Universidad de los Andes.
MARTÍNEZ DE LA ESCALERA, Ana María. “El extraño: metáfora de la situación
      humana”. En Esther Cohen; Ana María Martínez de la Escalera (coordinadoras)
      Lecciones de extranjería. Una mirada a la diferencia. México, siglo XXI, 2005.