domingo, 9 de enero de 2011

La experiencia de la extranjería y el bilingüismo en la poesía de Margara Russotto y Miyó Vestrini

                     
                                                                        
Lo propio del ser humano –Dasein- es no estar en casa –Un zuhause-, es vivir en la extranjería –Unheimlichkeit-; el hombre reside en el mundo pero como extranjero, como extraño
Fullati Genís
     Cuando el ser humano se moviliza más allá de los límites de su colectividad, de su país, y permanece fuera de su entorno se convierte en un extraño; ajeno a las condiciones socio-culturales e históricas del nuevo territorio, vive la experiencia de la otredad. La presencia del extranjero pareciera amenazar, con sus diferencias, la normalidad del espacio que por razones diversas –migraciones, exilio, turismo, peregrinación, representaciones diplomáticas– ocupa. Para considerarle merecedor de la acogida, se le exige que aprenda la lengua y adopte los hábitos del grupo o nación al que ingresa ya que, como representante de los ´otros`  constituye un peligro a la identidad del ´nosotros`[1], ello implica que, para no ser excluido, debe intentar borrar sus diferencias.
Los griegos diferenciaban  la condición de xenos –extranjero, forastero, huésped, etc– considerado como un sujeto de derecho que pacta con hombres de su tipo obligaciones precisas que se transmiten a su descendencia,  de la condición de  héteros     –el otro absoluto, el bárbaro, el salvaje excluido y heterogéneo–[2]. De ellos, sólo el primero tenía derecho a la hospitalidad.  
Inmanuel Kant, en la segunda sección de su  ensayo La paz perpetua, propone un  “tercer artículo definitivo de la paz perpetua” en el cual refiere que el derecho de ciudadanía mundial debe limitarse a las condiciones de una universal hospitalidad[3]  Para Kant, este derecho no implica  que al recién llegado tenga que dársele trato de huésped, sino que se le permita presentarse en una sociedad determinada como visitante, y tolerarlo sin agredirlo, “ya que originariamente nadie tiene mejor derecho que otro a estar en determinado lugar del planeta.”[4]. La relación de hospitalidad que debe establecerse entre el extranjero y su anfitrión, llámese éste estado, nación, dueño de casa, ha de sostenerse sobre el derecho que aquel tiene a no ser tratado con hostilidad.
Jacques Derridá  retoma el derecho a la hospitalidad enunciado por Kant  y explica cómo todo  extranjero debe demostrar su identidad y asumir su  responsabilidad ante la ley, para que sea considerado merecedor de la hospitalidad. Sin embargo, se le exige que, para ejercer su defensa, traduzca su propia lengua a la nuestra y ésta es la primera violencia a la que se le somete, ya que la lengua materna constituye, junto al lugar donde reposan sus  muertos, el último anhelo del extranjero.
Para el autor, ya desde los griegos, el extranjero se convierte en  quien pregunta y “sacude el dogmatismo amenazante del logos paterno: el ser que es, y el no-ser que no es. Como si el Extranjero debiera comenzar por refutar la autoridad del jefe, del padre, del amo de la familia, del <dueño de casa>, del poder de hospitalidad”[5]
 La condición de extranjero puede convertirse en un privilegio o en una desventaja. Privilegio en tanto que el sujeto se abre a un universo de nuevas posibilidades y relaciones con el mundo y los saberes, que le permite expandir sus horizontes hacia dimensiones universales.  En este sentido, Walter Kohan considera que la extranjeridad constituye: “una potencia de oportunidades y libertad; las potencias de percibir lo que no se percibe en la «tierra patria» de la lengua materna, de pensar lo que allí no se piensa, de valorar lo que en la propia lengua no se valora, de respirar otros aires, en fin, de poder ser de otra manera que en casa.”[6]. Desventaja por cuanto la extrañeza con la cual sus particularidades son recibidas producen rechazo, y ello lleva a que  se le impongan normas y modos de relación propios de la comunidad que lo acoge. Estos nuevos modos  ponen en peligro sus propias creencias y tradiciones; en su condición de ajenidad, el sujeto ve amenazado su sistema de convenciones, de ahí que se esfuerce por convertir lo ajeno en habitual, intentando, a su vez, preservar su otredad.
La pérdida de la casa, los paisajes familiares y la ciudad constituye una carencia significativa que el sujeto intenta subsanar rememorando el pasado vivido en el espacio nativo, a la vez que  construye una nueva morada en el espacio ajeno.  
Al emigrante se le hace imperioso aprender la nueva lengua —o las variantes dialectales de la propia lengua— y el nuevo sistema de signos que  la cultura de acogida  le ofrece, ya que sólo de esta manera,  podrá superar la extrañeza y hacer propios los nuevos supuestos semióticos.  
            En el siglo XX, la guerra civil española (1936-1939) y la segunda guerra mundial (1939-1945) fueron episodios determinantes para provocar el éxodo de miles de europeos hacia América. El triunfo del fascismo y su posterior derrota; el arribo de Oliveira Salazar al poder en Portugal (1932), así como  Francisco Franco en España (1936), y el horror nazi produjeron una situación de amenaza a los derechos políticos y una fragilidad financiera que condujo al exilio a españoles republicanos, judíos de diversas nacionalidades; del mismo modo que a portugueses e italianos, deprimidos económicamente por la debacle de la postguerra. Esa diáspora arrojó hacia tierras americanas un caudal humano donde intelectuales, creadores, artesanos y científicos aportaron lo mejor de si. Augusto Pi Suñer, Pablo Casals, Juan Ramón Jiménez —por citar una mínima muestra—son algunos de ellos. México, Puerto Rico, Argentina, Brasil y Venezuela fueron los principales destinos. Todos venían en busca de un mundo mejor. Los extranjeros y sus descendientes se integraron a los diversos ámbitos de la vida social y cultural de los países que los acogieron, y con su experiencia contribuyeron al proceso de transculturización de nuestro continente.
. Los emigrantes llevan consigo costumbres, valores, manifestaciones culturales y sus respectivas visiones del mundo. Para salvaguardar su idiosincrasia, recurren a la exaltación de sus particularidades socio-culturales; no obstante,  las diferencias de hábitos, creencias y convenciones se imponen en el acontecer cotidiano, particularmente entre los miembros más jóvenes del grupo familiar, generando confrontaciones entre éstos y los adultos,  quienes sienten el deber de preservar las raíces.  Ese debatirse entre dos visiones de mundo hace que en unos se refuerce la condición de extranjeros, la cual busca afianzar la consciencia de pertenencia a una tradición ancestral foránea, y en otros se acentúe el deseo de borrar los orígenes para integrarse al país que los hospeda.
La ausencia de los seres queridos,  los espacios familiares y los objetos apreciados genera sentimientos de nostalgia y melancolía en el sujeto. Estas carencias, a su vez, propician  acercamientos, bien sea para alcanzar el reconocimiento de la propia identidad entre los habitantes del nuevo territorio, o para mimetizarse y, de esta manera, tratar de borrar las diferencias. La necesidad de acceder al otro impulsa al extranjero a tender potenciales puentes; a explorar los nuevos espacios e ir descubriendo diferentes maneras de incorporarse a ellos y a sus habitantes; así se van estableciendo mecanismos propios de agregación, a la vez que se busca aportar parte de si al nuevo entorno. Sin embargo, tal como plantea Mariflor Aguilar, existe la posibilidad “de que nunca se puedan abandonar los puentes, … [y] nos quedemos siempre en el camino hacia el otro o la otra sin nunca tener realmente acceso a él.”[7], haciendo de la extranjería una experiencia de la no-memoria y del no- lugar. [8].  
La lengua configura y dirige el pensamiento,  constituye un aspecto determinante en la conformación de la identidad, impone valores que aglutinan a la comunidad, llegándose a convertir en requisito fundamental para la supervivencia de un grupo y de un modelo de una cultura particular. Para Joshua Fishman es “un referente de lealtades y animosidades, (...) así como un gran escenario impregnado de valores de interacción que tipifican toda comunidad lingüística.”[9]  Dependiendo de la posición desde donde se enuncie, lo extraño y lo conocido se trastocan, de ahí que lo habitual para un grupo social resulte inquietante para otro, ya que amenaza los símbolos culturales propios.
La lengua materna nos conecta con los orígenes, con la infancia, con las profundidades del ser; ella constituye una marca a la que siempre se regresa. Así lo refiere la escritora búlgara Julia Kristeva radicada en Francia, quien reconoce que parte de sí se extinguía a medida que iba sustituyendo una  lengua por otra. Para Kristeva  el abandono de una lengua original  constituye  matricidio[10].  Por su parte, el filósofo francés nacido en Argelia, Jacques Derrida, considera que cuando se vive en calidad de extranjero, la lengua materna constituye la primera y la última condición de la pertenencia, que a su vez se convierte en  experiencia de expropiación.[11]
A propósito de la lengua materna, Derrida se pregunta:
¿No representa el propio-hogar que jamás nos abandona? ¿Lo propio o la propiedad, la fantasía al menos de propiedad que, lo más cerca posible de nuestro cuerpo, y ahí volveremos siempre, daría lugar al lugar más inalienable, a una especie de hábitat móvil, una vestimenta o una carpa?…, ¿no sería una especie de segunda piel que se lleva sobre uno, un propio-hogar móvil? ¿Pero también un propio-hogar inamovible puesto que se desplaza con nosotros?[12]

El encuentro con la lengua extranjera, tal como señala Gadamer, constituye una experiencia límite en tanto que, “en lo más profundo del alma, el hablante individual probablemente nunca llegará a convencerse del todo de que otras lenguas nombren de forma distinta cosas que a él le son muy familiares.”[13], sin embargo el bilingüismo al que es sometido el extranjero le permite acceder a nuevas visiones del mundo y relacionarse con puntos de vista diferentes al suyo.
En los procesos migratorios hacia países con otras lenguas, este elemento de identificación cultural se ve amenazado ante la necesidad de la traducción, sin embargo lo que para algunos supone una traición, para otros es una posibilidad de expansión de universos de referencias y percepciones. Si entendemos las lenguas como formas de comprender la realidad, las experiencias del bilingüismo constituyen un proceso de aprendizaje de visiones del mundo diferentes. Claudio Guillén incluso va más allá al considerar que  la condición bilingüe amplía la conciencia del lenguaje y el compromiso con la verdad y con la literatura[14].  
A pesar de que los espacios de bilingüismo garantizan un permanente contacto semiótico entre los dos mundos que se hallan en relación, ciertos elementos de la semiosfera identitaria no son traducibles. En estos universos semióticos, algunos procesos de significación se presentan como cerrados respecto a los otros, lo que  genera un espacio de incertidumbre en las relaciones interculturales.[15]
En medio de este estado de extrañamiento frente a la otredad  espacial,  cultural y lingüística, el extranjero encuentra en la poesía el consuelo y la compensación a la desgarradura de si.
La experiencia de la extranjería y el bilingüismo conforman isotopías recurrentes en el discurso poético de las escritoras venezolanas de origen foráneo, entre ellas cabe mencionar a Márgara Russotto, Miyó Vestrini, Blanca Strepponi, Laura Cracco, Jaqueline Goldberg, Verónica Jaffé, Carmen Leonor Ferro. En sus textos encontramos la rememoración de las vivencias de la emigración y del proceso de incorporación a otra cultura y a otra lengua, en quienes buscan preservar su identidad, a la vez que se intentan integrarse al país de acogida, mientras se debaten entre dos visiones de mundo.
Centraré la atención en las obras de Margara Russotto (1946) y Miyó Vestrini (1938-1991). Nacidas en Italia y Francia respectivamente; ambas escritoras llegaron a Venezuela siendo niñas y crecieron a la sombra de una educación familiar de marcada tradición europea, signadas por la lengua materna y las huellas de la cultura nativa; de ahí que el proceso de construcción de la identidad implique, en ellas,  una conciencia de la otredad y un oscilar entre el deseo de integración y el sentimiento de separación, que se contraponen y complementan. A través de un lenguaje poético comprometido con lo autobiográfico,  Russotto y Vestrini poetizan su condición de mujeres y extranjeras  en un país y un continente que  han de hacer suyos, no sólo a través de la experiencia de vida, sino también a través de la palabra.
Esta doble exclusión será representada a partir de la rememoración de  anécdotas  ocurridas a lo largo de sus vidas —infancia, adolescencia, madurez—   y que ponen en cuestión las marcas de identidad heredadas y actualizadas en el hogar,  que a su vez son permanentemente confrontadas con la diversidad del nuevo entorno. Todo ello  articula una hibridez que enriquece los procesos de simbolización de la auto-representación como mujer  extranjera en una sociedad excluyente.
Margara Russotto nació en Palermo, Italia, en 1946. En 1958 emigra con su familia a Venezuela, se instala en Caracas donde cursa estudios de bachillerato y universitarios. Su proceso de formación  marcado por el bilingüismo supone una experiencia de vida en la cual el “diálogo de culturas que se extrañan, se traducen y rectifican mutuamente sin llegar a ninguna verdad”[16] constituye el gran pilar de  su formación como persona y como escritora.
En una entrevista con Roland Forgues,  Russotto se refiere a la condición de emigrante y la experiencia de la extranjería en los siguientes términos:
Tal vez los emigrantes sean los héroes de este tiempo inasible que nos tocó, los que han aprendido a vivir en muchas casas, porque las verdaderas casas no se pueden poseer. Tal vez esté surgiendo un nuevo género humano, neo-renacentista, políglota, tolerante a las diferencias, desprovisto de cualquier posesión. No sé. Un género capaz de superar fronteras, amándolas al mismo tiempo con el respeto del huésped o visitante. Ciertamente las fronteras nos defienden de lo ininteligible, pero deben considerarse algo provisional y perecedero. Somos los dueños de la tierra, como dice un verso de Hölderlin, porque sabemos que somos nadie. Ser nadie es el sentido más hondo de cualquier identidad. Durante mucho tiempo, la «extranjeridad» significó una escisión dolorosa para mí, un no lugar, y muchos poemas son testigos de ese conflicto.[17]

     Su poemario Viola d'Amore comienza con una sección que  lleva por título “La extranjera”, a su vez,  Épica mínima, está dedicado “A mis padres que lo olvidaron todo. Y a sus amigos sicilianos que aún recuerdan en vano” En su primera parte, titulada “Dibujo de emigrantes”, encontramos el poema “Caracas 1958” Escrito en tono epistolar, el texto reproduce la simbiosis que se lleva a cabo entre la lengua materna y  la lengua de adopción, que en oportunidades se ha convertido en una especie de dialecto intermedio. Se demarcan explícitamente las fronteras que separan el nosotros del ellos, el aquí  del allá,  así como también las diferencias en las prácticas sociales, los saberes y los valores:
Caro figlio  mio adorato.
Tutti bene. Questo país é una vaina.
Tuo padre se fue con una negra asquerosa.
Pero volverá.
Aquí no falta el dinero
ma  el agua sabe a petróleo.
Tu tranquilo figlio mío,
que lí, al nostro paese,
tu devi crecer
estudiar.
Porque aquí no hay futuro
y las muchachas
no te digo que son
por rispetto
di questa muchachita que me hace la caridadd
de escribirme la carta.[18]

      No en balde el afán que tenían la mayoría de los emigrantes europeos de enviar a sus hijos a estudiar en sus países de origen.
     En el poema “Términos de comparación”, se aprecia la oposición entre la idiosincrasia de la primera y la segunda generación de emigrantes:
Mientras mi padre
embotellaba salsa de tomate
para todo el año y se dispone a salar
sardinas
sicilianas de La Guaira
          dos para Sara
          dos para Enzo
           una para I´araba de enfrente
           otra que alguien vendrá
           pidiendo siempre
yo escribo un libro
sobre las mujeres
que no salan sardinas
y escriben otros libros
sobre los libros
que serán refutados y vindicados
en el humo asignificante
de las academias.

Con reverencia de vez en cuando
       por no dejar
me voy a mordisquear sus ácidas anchoas
rubias aceitunas
con la obscena intención
de alimentar nuevas teorías.
[19] 

      Llama la atención el tono irónico a través del cual este texto poético pone en escena toda una confrontación de experiencias y motivaciones.
      El escepticismo atraviesa el texto, al final, pareciera que ni el ritual culinario, ni la escritura pueden constituirse en testimonios fieles de la irrepetible experiencia vital, de ahí que el poema cierre con los siguientes versos:
Y libro tras libro entre sardinas
y tomates
se ensombrece la escena originaria:
amos solícitos
se esfuma su fervor
si bien resiste un poco
en la actitud inclinada
de cum grano salis
y ya no es seguro que midan
con sus frágiles dedos
el equilibrio de cada sabor y cosa.
Es apenas residuo
       como mis libros
el polvillo efímero
y tenaz
de aquella perdida
       alada
              experiencia.[20]

Marie-Jose FauvellesMiyó Vestrini—, nació en Francia en 1938  y emigró a Venezuela con su madre, su hermana y su padrastro, el escultor italiano Renzo Vestrini, en 1947.  La familia vivió primero en Betijoque, estado Trujillo y luego se trasladó a Maracaibo. Allí formó parte de los grupos artístico-literarios Apocalipsis y Cuarenta Grados a la sombra, finalmente se traslada a Caracas, donde desarrolló una intensa actividad periodística, en la que cabe destacar la dirección de la página de arte de El nacional y la revista Criticarte.
En poemario, Las historias de Giovanna, la hablante se afana en la búsqueda de auto-reconocimiento. El primer poema comienza con la rememoración de la infancia. Una vuelta al origen en busca de la identidad, a partir de la descripción de escenas familiares desarrolladas en un tono narrativo:
                  Los pétalos marchitos de la tía,
                  el impermeable del abuelo en la perchera,
                  fantasmas acorralándote en los espejos,
                  memoria de baratijas,
                  todavía dices estar triste por eso,
                  sueño descomunal de una infancia
                  que va y viene
                  como pájaro de mal agüero.[21]
                 
El deseo de sintonizar con un mundo que se ofrece hostil e inarmónico; se presenta en oposición a la conducta de la madre cuyo sentimiento de desarraigo y de no pertenencia, de rechazo  a todo lo que la rodea persiste a lo largo de los textos. Esa madre que “tuerce la boca cuando el sol en el patio la enloquece, que llora de desconsuelo cada vez que abre el baúl”[22]: asume un rechazo radical e irreductible: “En las postales que todos los días lleva al Correo, la madre escribe “aquí hace mucho calor”  y sigue llorando muy fuerte durante semanas, hasta que el padre le promete un viaje a la capital y un crucero por el Caribe.”[23]
La madre desprecia el espacio foráneo que le repugna y resulta execrable y salvaje:

En el autobús, Giovanna ha visto el gesto del anciano cuando escupe una gruesa y roja saliva en un vaso de  cartón   y  trata  de vaciarlo por la ventana. El viento abate sobre Giovanna el líquido viscoso que ahora resbala en su brazo. La madre grita furiosa mientras limpia a Giovanna un pañuelo blanco y agua de colonia. El viejo se voltea para mirarlas: Giovanna se ríe con él, sucio y desdentado, con ese azul impreciso que tienen los ojos de los viejos. Llegan. La madre le cuenta todo al padre y termina llorando, preguntando otra vez cuándo nos iremos de aquí, cuándo regresaremos a Europa a celebrar la Pascua Florida. Desde la plaza los muchachos silban a Giovanna, de nuevo, y ella los mira, riendo y haciendo gestos. Giovanna llora y se pasa la lengua, allí donde el viejo la había escupido.[24]

En el poema, el territorio foráneo constituye una otredad amenazante que en ningún momento llega a considerarse como propio. La madre en todo momento se representa como desencajada y negada a toda posibilidad de integración. Esta rigidez es rechazada por la enunciante, quien pareciera utilizar la semiosis poética para tratar de entender la postura de la progenitora  y entenderse a si misma en función de ella:
Aprendí al mismo tiempo La Marsellesa
 y el Himno al árbol.
Tuve que leer a Rimbaud y a Andrés Eloy.
Tomé scotch y beaujolais,
Con tequeños y caracoles y borgoña.
Alguien descubrió el mundo para mí
y me dejó tirada a mitad camino
entre el sol
y la niebla.
Mis hijos fueron blancos
y los hombres que amé,
negros.
(…)
Me leen a Víctor Hugo en voz alta
para que aprenda francés
 y todavía no sé quién es Ismael Rivera
y Luis Alfonzo Larrain.
(…)[25]

           La misión que la madre se impone es evitar que la descendencia cambie la lengua  materna por otra ajena. De forma intuitiva, o con clara consciencia del poder de la palabra, entiende que, de ser así, la nueva lengua ha de borrar las resonancias y las conexiones significativas, que  constituyen el fundamento de la identidad.
La simbiosis entre la cultura francesa, impuesta por la madre en el hogar, y la venezolana, recibida del contexto, permite a la hablante familiarizarse con lo extraño, a la vez que preserva su alteridad.
En la escritura de Russotto  y Vestrini, la dimensión simbólica de la extranjería se constituye a partir de las marcas de la separación, el extrañamiento y  la ajenidad que la figura materna proyecta respecto al lugar que se habita. Los desplazamientos conducen el desarraigo y el espacio de lo familiar es invadido por lo foráneo.
Con un discurso irónico, irreverente y de marcado tono narrativo, ambas escritoras muestran la angustia que genera en las hablantes la condición de hijas de emigrantes, el cuestionamiento de sí mismas, de sus diferencias con respecto a los otros y la extrañeza respecto al entorno.
En los poemas de ambas autoras, el bilingüismo y la transculturalidad[26] constituyen  núcleos semánticos fundamentales, que a su vez tejen una trama dialógica con consideraciones sobre el ser  femenino —en tanto conciencia de género que reclama un rol protagónico y un espacio social propio en la sociedad patriarcal— y la reflexión metapoética.   
            BIBLIOGRAFÍA

AGUILAR RIVERO, Mariflor. Diálogo y alteridad. Trazos de la hermenéutica       

       de Gadamer. México, Paideia, 2008.

DERRIDA, Jacques; DUFOURMANTELLE, Anne. La hospitalidad. Buenos
        
       Aires, Ediciones de la flor, 2008.

FORGUES, Roland. “Entrevista a Márgara Russotto”. En Casa de la poesía.  2006.
FULLATI GENÍS, Octavi. Valores y narrativa. Axiología educativa de Occidente.
         Barcelona: Universidad de Barcelona.
GADAMER, Hans-Georg. Arte y verdad de la palabra. Barcelona, Paidós, 1998. 
GUILLÉN, Claudio. Múltiples moradas. Ensayo de literatura comparada. Barcelona,
      Tusquets, 1998.
KANT, Inmanuel.  La paz perpetua; (traducción de F. .Rivera Pastor) edición digital
     basada en la edición de Madrid, Espasa Calpe, 1979.
KOHAN, Walter. Infancia, política y pensamiento. Ensayos de filosofía y educación.
       Buenos Aires, Del estante, 2007.
LOTMAN, Yuri. La Semiosfera I, semiótica de la cultura y del texto. Madrid,
      Cátedra, 1996.
MARTÍNEZ DE LA ESCALERA, Ana María. “El extraño: metáfora de la situación
       humana”. En Esther Cohen; Ana María Martínez de la Escalera (coordinadoras)
       Lecciones de extranjería. Una mirada a la diferencia. México, siglo XXI, 2005
RUSSOTTO, Márgara. Obra poética. Mérida, El otro el mismo, 2005.
VESTRINI, Miyó. Todos los poemas. Caracas, Monte Ávila, 1994.


[1] El pronombre ``nosotros´´ sintetiza el conflicto de identificación/exclusión, ya que éste depende de la posición enunciativa y no de una condición absoluta.  Ana María Martínez de la Escalera. “El extraño: metáfora de la situación humana”. En Esther Cohen; Ana María Martínez de la Escalera (coordinadoras) Lecciones de extranjería. Una mirada a la diferencia. México, siglo XXI, 2005. P. 81.
[2] DERRIDA, Jacques; DUFOURMANTELLE, Anne. La hospitalidad. Buenos Aires, Ediciones de la flor, 2008. P. 27.
[3] Inmanuel Kant.  La paz perpetua; (traducción de F. .Rivera Pastor) edición digital basada en la edición de Madrid, Espasa Calpe, 1979.
 [4] Ibden.
[5] DERRIDA, Jacques; DUFOURMANTELLE, Op. Cit., P. 13.
[6] KOHAN, Walter. Infancia, política y pensamiento. Ensayos de filosofía y educación. Buenos Aires,  Del estante, 2007. P. 12.
[7] AGUILAR RIVERO, Mariflor. Diálogo y alteridad. Trazos de la hermenéutica de Gadamer. México, Paideia, 2008.  P. 105.
[8] Marc Augé. Los no lugares, espacios del anonimato: Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona, Gedisa, 1993. P. 85.
[9] FISHMAN, Joshua. Sociología del lenguaje. Madrid: Cátedra. 1988. P. 35.
[10] Kristeva, Julia. “¿Qué idioma?”. En La Jornada Semanal,  6 de junio de 1999. http://www.jornada.unam.mx/1999/06/06/sem-julia.html (06/04/2010)
[11] DERRIDA, Jacques; DUFOURMANTELLE, Op. Cit. P. 93
[12] Ibden.
[13] GADAMER, Hans-Georg. Arte y verdad de la palabra. Barcelona, Paidós, 1998.  P. 147.
[14] Guillén, Claudio. Múltiples moradas. Ensayo de literatura comparada.  Barcelona, Tusquets, 1998. P. 76.

[15] Lotman, Yuri. La Semiosfera I, semiótica de la cultura y del texto. Madrid, Cátedra, 1996.

[16] Russotto entrevistada por Forgues: Casa de la poesía. 2006. http://www.casadellapoesia.org/altreinfo/114/margara-russotto

[17] Ibden.

[18] Russotto, Márgara. Obra poética 1969-2002. Mérida, El otro el mism,. 2005. P. 172.
[19] Id., p. 183
[20] Id., p. 184.
[21] Vestrini, Miyó. Todos los poemas. Caracas, Monte Ávila, 1993. P.21
[22] Id. P. 39
[23] Ibden.
[24] Vestrini, Miyó. Todos los poemas. Caracas, Monte Ávila, 1993. P.41
[25] Id., p. 120.
[26] La noción de transculturalidad  entendida no solo en cuanto transmisión de imaginarios, sino también en tanto  intercambio entre dos sistemas culturales.