jueves, 10 de abril de 2014

Sara (relato breve)

Carmen Virginia Carrillo

Sara

Cuando Silvia  tenía ocho años  iba al colegio en el transporte de la señora Milagros.  Ella era de las primeras niñas que recogían, porque vivía cerca del estacionamiento donde guardaban el autobús. Luego  pasaban de casa en casa por el resto de las niñas. Silvia era menudita, y se veía más flaca todavía con el jumper de cuadros rojos y grises, y la camisa blanca. Le encantaban sus zapatos de charol negros y las medias hasta la rodilla. Siempre esperaba el transporte sentada en el jardín delantero,  con sueño y frotándome las manos por el frío de la mañana.
Un día, suena la corneta, Silvia corre al autobús, entra con desgano. La ruta avanza. Van subiendo otras niñas,  ríen, hacen juegos, repasan las lecciones. Sara es la  última niña que recoge la señora Milagros antes de enfilar hacia el colegio de las monjas, donde estudian. Ella es una de las amigas favoritas de Silvia. Es muy divertida, siempre se está riendo y hace chistes de todo. Su papá es enfermero en el hospital y casi siempre trabaja de noche, así que Sara lo ve poco porque en el día siempre está durmiendo.
 La señora Milagros para frente a la casa de Sara y toca la corneta, pero Sara no sale,  se escuchan gritos y portazos dentro de la casa, Silvia la llama desde la ventana del autobús: “Sara, apúrate que vamos a llegar tarde por tu culpa”, en eso se abre la puerta, la madre de su amiga viene tapándose la mitad de la cara con un pañuelo; lleva de la mano a su hija, corre hacia la camioneta dejando la puerta de la casa abierta, entra en el asiento delantero y le pide a la señora Milagros que arranque, que corra. Se queda mirando hacia la casa con desesperación, hasta  que  finalmente la pierden de vista, y la señora se echa a llorar. Aparta el pañuelo del lado de la cara que trae tapado, tiene un inmenso morado en el ojo y sus labios sangran. Dice con voz de pánico:
-Me quería matar, él me quería matar, estaba buscando la pistola para matarme.
— ¿Quién la quería matar, doña Luisa?—le pregunta la señora Milagros
    Juan me quería matar.
—Pero, ¿por qué? Pregunta asustada.
—Le descubrí una amante— dice ella y por eso me quiere matar.
Entre sollozos contaba:
—Me di cuenta de que había algo raro y comencé a seguirlo, sabía que se veía con una mujer, pero no quién era. Esa mujer tenía el atrevimiento de llamar a mi casa, ¡se imagina! ¡A mi propia casa! para hablar con  mi marido. Un día los vi. ¡No lo podía creer! Pero, sí, era ella, no había duda. Con una excusa logré que las monjas me dieran su número y la llamé, le dije roba maridos, y todas esas cosas horribles que decimos las mujeres cuando estamos heridas. Ella no dijo nada. Anoche Juan salió a la guardia en el hospital tranquilo, sonriente, pero esta mañana, cuando regresó a las seis, venía hecho un demonio, me gritaba, me insultaba, me reclamaba, me golpeaba con furia. De pronto, cuando estaba tirada en el piso y Sara lloraba junto a mí desesperada  salió hacia el cuarto gritando:
-“Te voy a matar, voy a buscar la pistola y te mato, ¿cómo te atreviste? ¿Quién te has creído?”  En eso escuché su corneta y salí corriendo y aquí me tiene-. Decía entre sollozos la madre de Sara.
Llegaron al colegio y la señora Luisa se quedó con las monjas, que la auxiliaron, la curaron y la escondieron hasta que, en la tarde, un familiar fue a buscar a Sara y a la madre. Durante tres semanas las niñas no supieron nada de Sara. Para empeorar las cosas, por esos días les cambiaron la maestra por una gorda antipática y regañona a la que nadie quería. No entendían qué pasaba. Las niñas querían a su maestra Nuria. Cuando preguntaban por ella, los mayores evadían la respuesta.
La señora de la limpieza les desveló el misterio. Comenzó diciéndoles: -Ustedes saben que el papá de Sara tiene una amante  y no es solo eso, sino que la amante del señor Juan es su querida maestra Nuria-. Todas quedaron paralizadas, no entendían nada.
Un lunes, la señora Milagros retomó la ruta de la casa de Sara y tocó la corneta. Ella salió muy seria, se diría que triste, entró en el autobús y se sentó en el último asiento. Sus amiguitas no sabían qué decir. Así llegaron al colegio, todas en silencio. Sin embargo, ya en el recreo ella estaba de nuevo riendo, saltando y así se fueron olvidando de aquel terrible episodio.
A la madre de Sara no se la vio nunca más. De vez en cuando Sara entraba al transporte con los ojos rojos de tanto llorar. Nadie le hacía preguntas y todas intentaban hacer que recuperara la alegría. Pero Sara fue perdiendo el entusiasmo.
Un viernes, la señora Milagros se enfermó y envió a su hijo Azrael a que manejara el transporte. A Silvia no le gustaba ir en el autobús cuando él lo manejaba, porque  regañaba mucho a las niñas, pero tuvo que subirse al transporte. Cuando llegaron a la esquina de la casa de Sara se escuchaban sirenas de ambulancias y se veían luces de policías iluminando la mañana. Una cinta amarilla cerraba el paso. Azrael se paró y se bajó amenazándolas para que se quedaran quietas dentro del autobús y fue a preguntar qué sucedía.
Silvia se asomó por la ventana y vio cuando sacaban de la casa de Sara tres camillas con tres cuerpos tapados con sábanas blancas. Azrael regresó. Sin decir ni una palabra dio la vuelta y se dirigió al colegio.
Al señor Juan lo llevaron a enterrar a su pueblo natal. La familia de Sara se había negado a que los velaran juntos. Al día siguiente las monjas llevaron a todas las alumnas a la iglesia, donde se hacía la misa del funeral de Sara y de su mamá. 
Dicen que la maestra Nuria estaba en la parte de atrás de la iglesia, escondida detrás de una columna y lloraba. Pero nadie asegura haberla visto. Después nos contaron que se mudó a Caracas y allí se casó con un hombre muy mayor y nunca tuvo hijos.


Aquella tarde, a las compañeritas de Sara se pusieron alrededor de las urnas a cantar: “Mi alma espera en el Señor, mi alma espera en su palabra, mi alma alaba al Señor porque en él está la salvación.” Aún hoy, cuando Silvia va a  la iglesia y entonan ese canto recuerda la primera vez que Sara y su mamá entraron al transporte asustadas por la amenaza del padre.

1 comentario:

Mario Szichman dijo...

Carmen Virginia: en un tono cercano al susurro, has ido incorporando a tu blog una serie de relatos de gran calidad, de hermosa humanidad.
Has eludido la tentación del regionalismo, has ido creando personajes en los que muchos lectores se pueden identificar. Además, con escasos detalles, estás recreando un mundo.
Esa cultura de la violencia que hoy aterra a Venezuela necesita ser explicada usando el tono de tus cuentos, sin alharacas. La muerte se cierne sobre los protagonistas como si preludiara futuras muertes. No hay que hacer un ensayo sociológico para entender ciertas cosas que están ocurriendo. Esa es la función del gran narrador. En el cuento "Sara" surgen varias pistas para explicar lo inexplicable.