sábado, 15 de noviembre de 2014

Mi general Hilario (relato breve)



Carmen Virginia Carrillo







 

            Pedro  José  había  ido a visitar a  su  viejo  amigo Hilario  Briceño días después de su regreso. Lo encontró  solo, sentado  en  el  portal, con el sombrero en  las  piernas,  medio adormecido, muy decaído.

         -La  vida se hizo para llevar vainas,  y si no que  lo diga el compadre, que duras la pasó en la cárcel.

          -¿No   es  así don  Pedro?

          - Don  Hilario, usted tiene que cuidarse,  mire  que  si  no le pone empeño se va  a  enfermarse  de verdad.

          - Míreme don Pedro,  después de tanto bregar y  bregar, aquí me tiene,  todo cojo y arrastrado, sin que nadie me asista.  

El general esperaba todas las tardes el regreso  de  su hija.

- Mi niña Isabel, qué será de ella, solita por esa mentada ciudad  de París.

–Verá que cumple con el encargo– le aseguró Pedro José.

-Será que todavía no ha encontrado los remedios que  me  fue a buscar?.  No debió irse al otro lado  del  océano, total  yo el reuma lo controlo con el guarapo de hierbas  que  me hace misia Ana.

–Siempre hay contratiempos en un viaje, mi general. Pero Isabel va a regresar.



          Nada parecía animar al viejo,  ni siquiera las antiguas historias  que Pedro José solía narrarle años  atrás,  cuando  el  espíritu de aquel inmenso hombre de barbas espesas, se alimentaba de las heroicas hazañas de sus antepasados.

          Don Hilario ofreció a su visitante licor de la casa. Pedro José y el viejo Hilario ingresaron al comedor para beber el licor. Como toda la casa el comedor estaba tapiado de oscuridad para aplacar el bochorno del sol. El comedor  olía a vejez y a los remedios de la vejez.

La sirvienta resuelta le entregó al invitado la copa y cuando estaba a punto de retirarse, el general Briceño le dijo:

          -Misia  Ana,  cuando  llegue la niña Isabel me la  pasa a  su  cuarto a que deje el equipaje,  que se asee y  venga  a pedirme la bendición.

          -Pero  don Hilario,  usted no se da cuenta que ya  hace veinte años que se fue la niña y que no va a volver.

       -Usted obedezca misia Ana.

          La  criada  se retiró preocupada y el silencio  invadió los pasillos,  se posesionó de los patios y las habitaciones,  de toda aquella inmensidad de tierra, del monte, del cielo.

          Don  Pedro se quedó pasmado,  no sabía qué  hacer  para consolar a su amigo. Apuró la copa y se despidió del general.

Pedro José retornó a su casa entre sombras y silencio. Cuando  los  últimos  trotes  del  caballo  dejaron  de escucharse,  don  Hilario  se  levantó  parsimoniosamente  de  la mecedora, cogió su bastón y se dirigió hacia el pasillo.

          El último cuarto a la derecha estaba siempre con llave, sólo el general podía entrar allí. Él mismo se ocupaba de limpiar y mantener aseado aquel lugar,  en esa habitación guardaba su más preciado  tesoro:  quince máuseres que le sirvieron para  hacerle frente  al  general Araujo,  dos revólveres recién traídos de  la capital,  la  última  novedad,  una  espada  de  hierro  fundido, herencia  familiar y varios machetes y puñales. Allí pasaba  horas limpiando, puliendo y acariciando las armas como sólo había hecho en su vida a una mujer: su perfecta Isabel María,  esa  virginal criatura  que  hizo suya cuando le despertaban los  encantos,  el mismo día que cumplió catorce años.

          Muchas  otras  mujeres pasaron por  su  camastro;  para ellas no hubo caricias, sólo deseo, violencia animal.  El recuerdo de Isabel María estaba impregnado de olor a pólvora, pólvora de fuegos artificiales que se lanzaron el día de la  boda,  del revólver que disparó esa noche  cuando ella  le  esperaba  en la cama,  para  advertirle  que  así  como destrozaba  la  jarra  de  agua  de  un  tiro  certero,  así  la destrozaría  si  le  faltaba  alguna  vez.  Pólvora  de  las  dos revoluciones  en que participó mientras  ella vivía.  Pólvora  de las  salvas que se lanzaron cuando nació Isabel,  horas antes  de que la madre muriera a consecuencia del difícil parto.

         Por  las  noches se quedaba dormido sobre una  silla  de caoba negra que hacía juego con un escritorio del mismo material. En  el  rincón había una mesa sobre la cual se desparramaban  las partes  del  arma en turno.  Cada día una  diferente.  Por  orden estricto  las iba bajando de la enorme estantería que cubría  las paredes de lado a lado.  Sólo  despertaba cuando el gallo del corral lanzaba  su primer canto a las 3,30; a esa hora terminaba su labor, regresaba el arma a su lugar, recogía la lámpara de Kerosén y se encaminaba a  su  habitación,  se quitaba la chaqueta y se tiraba  sobre  la cama,  aun a sabiendas de que no dormiría más, que contaría una a una  las campanadas lejanas de la catedral hasta las 5,30  cuando el olor a café colado le avisaría que ya podía levantarse. En ese momento se incorporaba, alisaba el ajado cobertor, se arrodillaba en el reclinatorio que tenía frente al Corazón de Jesús y  rezaba por el alma de su Isabel María.

          Año  tras  año la misma rutina,  la misma  soledad,  el mismo anhelo.  Ya no podía montar a caballo,  y para recorrer sus tierras  utilizaba una carreta que el mismo había diseñado y cuya construcción inspeccionó paso a paso.

            A la mañana siguiente don Pedro se alistaba para montar en su alazán favorito y recorrer las plantaciones de café, cuando entró corriendo y gritando un peón del general Hilario:

- Don Pedro, don Pedro, dónde está don Pedro? Misia Ana lo manda a llamar de urgencia.

- Qué sucede muchacho? Le salió al paso Pedro José.

      - El general no responde, misia Ana le toca la puerta una y otra y otra vez y nada, ella está muy asustada.

      - Adelántate, ya yo te alcanzo. Terminó de montar a Chirere, el caballo más fuerte de la Represa, y se dirigió al Capataz, le dio unas órdenes y salió al galope hacia la hacienda de Briceño.

            - El general tampoco contestaba a sus llamados, así que Pedro José decidió tirar la puerta y entrar a la fuerza. Encontró al viejo Hilario tirado en el piso,  con la foto de Isabel María vestida de novia entre las manos. Seguramente la muerte lo alcanzó antes de que llegara al reclinatorio.

1 comentario:

Mario Szichman dijo...

El comedor del viejo Hilario "olía a vejez y a los remedios de la vejez". En esa frase, en otras similares, se instala el relato de Carmen Virginia Carrillo "Mi general Hilario".
Faulkner decía que solo perduran las narraciones en que se elimina el tiempo como factor. Hay relatos que envejecen, y otros que surgen flamantes cuando los releemos. (Solo la relectura garantiza su permanencia). Leer "Mi general Hilario" es recuperar una época de la historia venezolana imposible de soslayar, difícil de olvidar. Las situaciones brotan de esa tierra roja y heroica donde todo es factible. Se trata de un espacio histórico donde nadie sobrevive, todos perduran. Es un lugar habitado por hombres bravíos y mujeres intrépidas. En esa época no existía resignación, la muerte era un accidente, que se asentaba en el libro del debe y el haber.
Me he asomado a otros relatos de la profesora Carrillo, siempre con sigilo, e invariablemente he tropezado con la misma sorpresa. Sus seres parecen conocidos de antiguo, aunque siempre son capaces de enrostrarnos algo inesperado. Ella es una especie de memorista de la tribu, su pluma se ha dedicado, con seguro trazo, a registrar el paso de sus antepasados por esta tierra.
No es necesario ser grandilocuente para adquirir grandeza. Todos sus personajes son "bigger than life." Cada una de las situaciones emerge de la fantasmagoría de episodios lejanos y se encarna en seres reales. El resultado quita el aliento.