martes, 8 de septiembre de 2015

Amor y muerte en la poesía de Gonzalo Rojas

Carmen Virginia Carrillo






 Acrílico Gustavo Reyes       

  
Gonzalo Rojas (1917) una de las voces poéticas  fundamentales de la literatura latinoamericana, publica su primer poemario La miseria del hombre el año de 1948. En 1964, la editorial universitaria de Santiago edita su segundo libro Contra la muerte,  que obtuvo el Premio Municipal de Literatura de la Ilustre Municipalidad de Santiago, y el Premio Atenea de la Universidad de Concepción. Luego vendrán  Del relámpago (1981), El alumbrando  (1986); Materia de testamento 1988; Desocupado lector (1990). Zumbido (1991); Las hermosas. Poesías de amor (1994); La miseria del hombre (1995).  En 1996 Río turbio fue publicado simultáneamente en Chile, México y España. El año 2000 se edita ¿Qué se ama cuando se ama?, a estos títulos habría que agregar las numerosas antologías de su obra que han sido editadas.
Rojas ha sido ganador de los más importantes premios de poesía y  literatura, no sólo de su país, sino de los países de habla hispana, entre ellos el Premio Cervantes del 2003, galardón que hoy conmemoramos con este congreso en torno a su obra.
 La palabra poética de Gonzalo Rojas  celebra  la belleza femenina y la posibilidad del amor; aclama un erotismo exacerbado y a veces desbordado;  reflexiona sobre el problema del tiempo y sobre el propio acto de poetizar; desafía la muerte y busca trascender lo efímero de las vivencias por medio de una memoria imaginativa que le permite traer al  presente su pasado.
En este trabajo me referiré a dos de los ejes temáticos fundamentales en la poesía de su poesía: el amor y la muerte. El amor se nos presenta como la más gozosa manifestación del hablante, a través del amor se combate el horror a la muerte. En la obra del poeta chileno encontramos una constante referencia a la mujer, al goce que el hablante experimenta al apreciar el caudal de belleza del cuerpo femenino y el placer que le produce poseerlo.
El amor es el principio creador, poiesis. Este sentimiento induce al hombre a crear analogías, símiles y metáforas que le permiten expresar sus intuiciones a través de la imaginación:

Por mucho que la mano se me llene de ti
para escribirte, para acariciarte
como cuando te quise
arrancar esos pezones que fueron mi obsesión en la terraza
donde no había nadie sino tú con tu cuerpo,
tú con tu corazón y tu hermosura,
y con tu sangre adentro que te salía blanca
reseca, por el polvo del deseo,
(Rojas, 2004:250)

En Rojas erotismo y escritura forman parte de un mismo proceso vital a través del cual el ser finito del hombre alcanza el infinito, la perpetuidad. Percibimos en su obra una relación entre erotismo  y poesía que dialoga con la apreciación de Octavio Paz:  “el primero es una poética corporal y  la segunda es una erótica verbal” (Paz, 1995:10).
Tanto la procreación como la poesía  son formas de vencer a la muerte, de ahí que el hablante insista en la imagen de lo seminal:

No con semen de eyacular sino con semen de escribir
le digo a la paloma: -ábreme, paloma, y
se abre; -recíbeme,
y me recibe, erecto
y pertinaz; ahí mismo volamos
inacabables hasta más allá del Génesis
(Rojas, 2004:282)

El  sentimiento amoroso en los poemas de Rojas se expresa de múltiples formas; debatiéndose entre lo profano y lo sagrado, va del amor carnal,  el deseo, la vivencia erótica y la sexualidad, a ratos explícita, a  experiencias de amor sublime. Las mujeres, objeto del deseo amoroso del hablante, en ocasiones representan la seducción, en otras la perversidad, o la vía para alcanzar lo sublime. Ellas son la “hembra”, la “individua”, la “personaja”, la “animala” y cada parte del cuerpo femenino es descrito con minucioso detalle y apasionado afán. El mismo Rojas, en una entrevista  que le hiciera Jacobo Sefamí calificó su escritura como “poesía del cuerpo” (Rojas, en Sefamí, 1996:39). Cuerpos que obsesionan al hablante, depositarios de su simiente, fuente eterna de inspiración poética. Sus poemas se nutren de un lenguaje que posee una gran carga sensorial:

La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la
     palabra placer
cayendo del destello de tu nuca, fluyendo
blanquísima por lo vertiginoso oloroso de
tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas
de cuyo arco pende el Mundo, cómo lo
músico vino a ser marmóreo en la
esplendidez de tus piernas si antes hubo
dos piernas amorosas así considerando
claro el encantamiento de los tobillos que son
goznes que son aire que son
partícipes de los pies de Isadora
Duncan la que bailó en la playa
abierta para Serguei
Iesenin, cómo
eras eso y más para mí, la
danza, la contradanza, el gozo
de olerte ahí tendida recostada en tu ámbar contra
el espejo súbito de la Especie cuando te vi
de golpe, ¡con lo lascivo
de mis dedos te vi!, la
arruga errónea, por decirlo, trizada en
lo simultáneo de la serpiente palpándote
(Rojas, 2004:254)

En estos versos observamos cómo los encabalgamientos producen un ritmo de lectura que incrementa la fuerza de la emoción expresada, a la vez que recrean  la danza erótica. Al no poder realizar la pausa del verso, las palabras se encadenan como los cuerpos de los amantes. El uso reiterado de la sinestesia, al amplificar el campo de percepción del hablante, intenta dar cuenta de un  éxtasis que pareciera no poderse nombrar.
Existe un diálogo intertextual muy estrecho en la obra de Gonzalo Rojas con los poetas místicos españoles Santa Teresa, a quien llama “mi santa tan amada” (Rojas en Sefamí, 1996:43) y San Juan de la Cruz, poetas cuya obra  da testimonio de una entrega amorosa y una  pasividad gozosa que busca alcanzar la unión íntima con Dios. Estos autores recurren a expresiones de amor humano para expresar el amor divino. Ese éxtasis contemplativo que en ocasiones es descrito con metáforas cargadas de pasión, podemos encontrarlo en la poesía de Rojas con referencia a algunas mujeres que se convierte en visión sublime ante los ojos del poeta, o en poemas como “¿Qué se ama cuando se ama?” texto en que se plantea una reflexión sobre la naturaleza del amor humano en relación con el amor divino:

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas,
       sus volcanes,
o ese sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir  y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
(Rojas, 2004:222)

En la poesía de Rojas encontrarla reiteradamente imágenes que caracterizan la escritura de los místicos españoles, tales como la “mariposa” y la “noche oscura”.
            En la celebración de la mujer se reconoce la herencia surrealista y romántica; el propio autor ha dicho: “La mujer para mí, es un absoluto. Soy un romántico, no lo niego, y la mujer es un absoluto: mi vida eterna” (Rojas, en Sefamí, 1996:64). La filiación de Rojas con el surrealismo comienza en el grupo de la revista  Madrágora, al que perteneció desde el año 1938.
El poeta chileno llegó incluso a escribir poemas en honor al fundador del surrealismo: “A la salud de Breton” y  “André Breton cumple cien años y está bien”, en los cuales menciona a Najda,  gran arquetipo femenino del surrealismo.  
Si el amor y el erotismo dan sentido a la  vida, la muerte pareciera ser el sinsentido de la existencia, sin embargo, los seres vivos estamos condicionados por la muerte; ese acontecimiento por el que dejamos de ser se proyecta sobre nosotros desde el instante mismo en que nacemos, y un incontrolable deseo de inmortalidad nos guía hacia la creación de obras que nos permitan pervivir en la memoria de los otros.
A lo largo de la vida nos enfrentamos a la inseparable dualidad de  la presencia y la ausencia, luz y oscuridad.Nacer, crecer, llegar a la plenitud y morir es el ineludible destino de todos, en el ciclo vital, tan presente en la poesía de Gonzalo Rojas, cobra fundamental importancia la imagen de lo seminal, la semilla o el semen como instrumento regenerador de vida que  permite al hablante  proyectarse más allá de la muerte.
La noche relacionada a su vez  la muerte, con el sueño y lo inconsciente representa  el tiempo de la  gestación  y  del renacer de la luz y  la vida, de ahí que en su poema “Transtierro” diga el poeta:

         comeré tierra
de la Tierra bajo tablas
del cemento, me haré ojo,
oleaje me haré

           3
              parado
en la roca de la identidad, este
hueso y no otro me haré, esta
música mía córnea
                4
                   por hueca.
                                      Parto
soy, parto  seré.
Parto, parto, parto.
(Rojas, 2004:354)         

La idea de partir se relaciona con el parir de una nueva vida que de continuidad al ser que deja de ser.
Cuando sobrevivimos a la muerte de los otros, emociones, experiencias y conjeturas se unen al vacío y a las ausencias, por lo que se siente la necesidad de dar voz a lo que ha dejado de ser. El yo lírico se resiste a aceptar que la muerte es el fin de los que amamos o admiramos, la duda  le asalta, se encuentra ante el inefable silencio con el que también habla la poesía. Si la muerte es silencio, la palabra es resurrección y vida, síntesis del mundo,  lenguaje que anuncia la continuidad  del ser.
Rojas ha escrito una serie poemas con tono elegíaco  a ciertos personajes como Alfredo  Lefebvre, Jorge Teillier, Jorge Cáceres, entre otros, en ellos, y en otros poemas, el asunto Heideggeriano de que “el hombre es un ser para la muerte” se hace presente para luego, en forma desafiante y en oportunidades con una dosis de humor,  conjurar la muerte a través de la palabra poética:

Pasa que uno muere, eso pasa, quedan por ahí
hijos, algunas tablas; arrepiéntete le
dice a uno el cáncer; ¿arrepiéntete de qué? ¡Tu madre
se arrepienta de haber parido miedo! De Rokha
hablaba de átomos desesperados que nos hicieron hombres.
No sé.
Diáfano viene uno.
(Rojas, 2004: 69)

La voz de la poesía entabla un  dialogo con el silencio, fuente primigenia de toda creación. El silencio funciona como el principio generador del lenguaje. La capacidad expresiva de éste sólo es posible a partir de la relación que el hablante entabla con  el vacío, con la ausencia, con la muerte. La palabra se inscribe en la vastedad del silencio que le precede, que está allí para ser  llenado:
                       
Al silencio
Oh voz, única voz: todo el huevo del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
 no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera,
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
(Rojas, 2004: 146)

La  posibilidad de ser a través de la palabra sólo se entiende  a partir de su carencia: el silencio. La plenitud del poema se logra a partir de la construcción de ese universo simbólico que está representado por los vacíos y las ausencias. Las voces, los ritmos y las armonías descansan sobre  el silencio, que a su vez se relaciona con  el tiempo, con la soledad del hombre, con la noche, con la muerte y lo divino. 

Ya sé que el sol de la muerte me está haciendo girar en un eterno
      proceso
de rotación y traslación llamado falsamente Poesía.
A veces, como hoy, esta aparente confusión me hace reír, me hace
Reír.
(Rojas, 2004: 103)

El tiempo es percibido como disolución de la vida; la marcada conciencia de lo pasajero se pone de manifiesto en la angustia del hablante y en el deseo de transgredir el ineludible destino para alcanzar la inmortalidad.
Más allá del tiempo situacional, del encadenamiento de recuerdos o emociones que renacen en la palabra poética, el horizonte temporal del texto poético implica la relativización del tiempo cronológico.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.
(Rojas, 2004: 149)

El tiempo vivido en la simultaneidad de la existencia, posibilidad de conjugar presente y pasado en un instante poético. Tal como lo refiere Gastón Bachelard: “el poeta destruye la continuidad simple del tiempo encadenado para construir un instante complejo, para unir sobre ese instante numerosas simultaneidades.” (Bachelard, 1975: 115). El instante poético concebido desde una perspectiva metafísica como “conciencia de la ambivalencia” (116).
En el poema “Del relámpago”, la imagen de la luz resplandeciente y fugaz funciona como símbolo de una simultaneidad de percepciones,  situaciones e información en un instante que sólo puede suceder en la escritura, una suerte  de Aleph poético:

Prácticamente todo estará hecho de especulaciones
y eyaculaciones, la libertad,
esa rosa que arde ahí, la
misma Nada en sus pétalos,
la memoria de quién, el libro de aire
de los cielos, esta música
oída antes, el esperma de David
que engendró al otro, y ese otro
al otro como en el jazz, diamantino
el clarinete del fulgor largo, nueve
el número de nacer, más allá de los meses
imposible y faraónico, y el otro
al otro
lo
aullante del círculo
(Rojas, 2004:141)



El recuerdo de lo vivido prevalece  gracias a la escritura. En la palabra poética, la vivencia íntima del tiempo está reflejada de tal forma que trasciende las instancias del orden cronológico. 
    Entre las memorias que Gonzalo Rojas recupera en su obra se encuentran las imágenes de su pueblo natal Lebu, la minas de carbón, la figura del padre y de la madre.  El padre representa el eje de una temporalidad y una espacialidad englobantes,   tiempo hecho de multiplicidad de tiempos, de sueño y memoria. Un hipotético encuentro propone  un mundo de infinitas posibilidades en las que padre e hijo se relacionan a partir de la acción vivificante de la palabra.

Es él. Está lloviendo.
Es él. Mi padre viene mojado. Es su olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río.
No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
como mina inundada, y un rayo la estremece.
(…)
Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
de roble, que tu mismo construiste. Adelante:
te he venido a esperar, yo soy el séptimo
de tus hijos. No importa
que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
porque tú y ella estáis multiplicados. No
importa que la noche nos haya sido negra
por igual a los dos.
                                  -Pasa, no estés ahí
mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.
 (Rojas, 2002: 54-55)

En el poema, la imagen del padre está relacionada con el caballo y adquiere las connotaciones simbólicas de éste: la memoria del mundo y del tiempo  asociado a las tinieblas, criatura de la noche y del misterio. Portador de muerte y vida, abandona la oscuridad para alcanzar la luz. (Chevalier, 1995:208). El caballo se convertirá en una de los animales emblemáticos de la poesía de Gonzalo Rojas, al igual que la mariposa cuya simbología está relacionada con la idea de la muerte y resurrección.
El poeta busca la trascendencia a  la vez que celebra la materialidad del ser. Si el olvido es una forma de la muerte, el poeta anhela la perpetuidad y por eso recurre a la escritura, en ella deposita los recuerdos que desea inmortalizar, huellas que ha de dejar grabadas en el texto poético para el resto de la eternidad.

 Referencias bibliográficas:
BACHELARD, Gaston. (1939) 1973. La intuición del instante. Buenos Aires: Siglo
   Veinte.
CHEVALIER, Jean; GHEERBRANT, Alain. 1995. Diccionario de los          símbolos. Barcelona: Herder.
PAZ, Octavio. 1995. La llama doble. Barcelona: Seix Barral.
ROJAS, Gonzalo. (1964) 2002. Contra la muerte. Santiago de Chile: Editorial universitaria.
_____________. 2004. Concierto. Antología poética (1935-2003). Barcelona: Círculo de lectores/Galaxia Gutenberg.
SEFAMÍ, Jacobo. 1996. De la imaginación poética. Conversaciones con Gonzalo Rojas, Olga Orozco, Alvaro Mutis  y José Kozer. Caracas: Monte Ávila latinoamericana.

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