martes, 12 de abril de 2011

La poesía de Pepe Barroeta, el gran festejo de la memoria.


la memoria no es sólo capacidad para el
recuerdo, sino instalación viva en el tiempo
Fernando Bárcena.


José Barroeta (Pampanito, 1942-2006) recupera, a través de la palabra poética, el paraíso perdido de la infancia en la comarca. Sus poemas nos hablan desde esa región que edifica la memoria con fragmentos de vivencias, anhelos y sensaciones; desde allí  la  figura  del padre ejerce una influencia fundamental; símbolo iniciático en el itinerario de la escritura, estará presente a lo largo de toda su obra. De su relación con el padre ha dicho el poeta: "¿soy acaso  el único a quien el padre enseñó a mirar y a designar  las cosas,  sobre  todo  las ilusorias e inexistentes  que  él  había descubierto  en la ruta, en sus tránsitos de trashumante por  los alucinantes  caminos  de  un país rural que el sol  y  la  lluvia poseían?"  (Barroeta,1992:20).  Esta privilegiada herencia espiritual marca el destino del poeta; de ahí que  la imagen del padre se proyecte, particularmente, como símbolo de la búsqueda de la trascendencia y de la repetición. El hablante busca apoderarse de los gestos del padre, ser su doble: 

Siendo yo adolescente, mi padre taló un sendero de robles
y los echó boca abajo al río. Desde entonces he vivido imitando
los ademanes de mi padre rural. Como él, tomaba el agua de la roca
pálida y me adentraba en los yerbazales. (Barroeta, 2001: 85)

Y para que el hijo pueda ocupar el sitial del padre es necesario que éste desaparezca de la escena. El renacimiento del hijo implica la muerte del padre, de ahí que el hablante proponga una muerte simbólica, a través de la palabra, que le permita liberarse del yugo de la ley y alcanzar  la emancipación:

Si no me amas mato a mi padre.
Lo dejaré caer escalones abajo y veré
cómo su cráneo añoso se descorre precipitado
entre los pequeños hilos.
Miraré lo que siempre he deseado, su memoria. Los conductos
que llevaban a su cabeza la vida y hacían de él un títere,
una máscara. Máscara terrible que amaba y me sometía al yugo.
(Barroeta, 2001:39)

El tiempo funciona como  generador de imágenes; la percepción y la memoria se mezclan en los textos logrando que los acontecimientos adquieran nuevos contornos y tonalidades.  Esa metafórica y espectral manera de retornar (Jankélévitch), que es el recuerdo, se combina con vivencias del presente del hablante,  en el espacio de la escritura:
Antiquísimo es el presente
y viejo lo inmediato. De esa casa que miras
de ese ventanal de ese huerto de pétalos y
dentelladas hay tanto de la muerte como nosotros
mismos. (Barroeta, 2001:298)

         En un verso del poema “Escalas”, primero del libro Todos han muerto (1971), José Barroeta dice: “Advierto que soy un iluminado” (Barroeta, 2001:34). Esta declaración del yo lírico nos remite irremediablemente a la concepción romántica del poeta como vidente, así como también a la figura de Rimbaud,  heredero de los epígonos del romanticismo;  y es que en la escritura de Barroeta percibimos una reinterpretación romántica del mundo, que a su vez dialoga con los procesos textuales del simbolismo y el surrealismo.  Poesía de la nostalgia y la melancolía, del amor y la muerte, el sueño, la locura y la ebriedad, que pone es escena las más intensas emociones de un hablante que nos relata sus aventuras e infortunios. En los textos se nos revela el alma de un hombre que se debate entre la tristeza y la felicidad de existir,  a sabiendas de que la muerte asecha implacable. Para vencer a la razón el poeta recurre al poder transfigurador de la poesía.

Noviembre es raudo.
Es imposible continuar desolados. ¡Oh! Errantes,
Cuánta verdad hemos hallado en el origen y cuántas en el presente.
¿Dónde vagan los himnos y las alabanzas mientras escanciamos a la luz
de la noche? (Barroeta, 2001:86)

Así como los simbolistas y los surrealistas recurrieron a la analogía y las correspondencias para relacionar elementos disímiles -cuerpo y alma, mundo y obra,  tiempo y eternidad- y, a partir de ellos,  edificar esa realidad simbólica llamada poema, también en la poesía de José Barroeta descubrimos un microcosmos textual en el que se lleva a cabo la reconciliación de los contrarios, el fluir de ritmos secretos y la  búsqueda de la consonancia universal. Esa alquimia de la palabra, tan ansiada por Rimbaud, pareciera percibirse en los versos de Barroeta; a través de ella el hablante busca liberarse de la conciencia juzgante y abrir nuevos rumbos hacia el delirante mundo de la alucinación:

Cuando abro ilusoriamente las llaves
de la nieve
una mujer de lámpara en el cuerpo
ocupa el sitio frondoso del cerezo.
Mi alma incesante despide un vaho de crecidas
Antiguas. (Barroeta, 2001: 181)

En sus textos la muerte se convierte en una presencia  obsesionante  que  conspira contra al hablante desde  los espacios  más íntimos de su existencia sembrando el desamparo. La muerte de los parientes más cercanos, el padre, la madre, las tías, los hermanos, el hijo, e incluso la posibilidad de su propia muerte, forman parte del drama personal de un yo que busca descifrar el enigma secreto de lo intemporal, a sabiendas de que ni siquiera él ha de escapar al inevitable destino.

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreí con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado.
No sé si Egé siguió la tradición de morir
o aún espera. (Barroeta, 2001: 96) 

La muerte es la presencia que confronta  al hablante y paradójicamente  le induce a festejar la vida, de ahí que en la poesía de Barroeta  la vida surja del fondo de la muerte. El amor, lo erótico y la muerte se encuentran entrelazados por un elemento común, la fuerza de los indisolubles lazos del parentesco. De ahí que la entonación de los versos  oscile entre el lamento y el canto celebratorio. :

mientras haya muerte viviré cantando,
                   errando en una onda de música desesperada. En los inviernos,
                   en cualquier estación, son muchos los que han muerto por mí.
                    ...
                   Mi deseo no es huir de la vida sino fijarla en lo que
                   arrebata. Esa luz de hoy nada cubre y sólo el sueño del cadáver
                   invita a viajar.
                   (Barroeta, 2001:111)

Las referencias a la cultura clásica son una constante en la poesía de Barroeta. En los poemarios se lleva a cabo un diálogo intertextual  con la mitología griega y las dos grandes epopeyas la Ilíada y la Odisea. Los míticos personajes y sus hazañas se re-actualizan en el entorno inmediato del autor:

Los vientos del mar, el tiempo de los inmortales
los truenos de junio
trajeron el fantasma de Aquiles a mi casa
a una región de montaña alta y verde
distinta a esa aridez de los caminos griegos
donde tanto caminó con su talón invulnerable
el semidios de la valentía y de la ira.
(Barroeta, 2001:332)
           
La presencia de Orfeo en la poesía de Barroeta nos remite al infortunio del hablante ante la imposibilidad de vencer la muerte. Símbolo del poder del canto y el desgarramiento ante  la pérdida, este arquetipo del poeta mago, que habla del mundo de los muertos y se lamenta acongojado  nos ofrece, a su vez,  una imagen gozosa del poder milagroso de la palabra:

Que música de orfeo
te cante y seas conmigo. Que la mesa sea servida
por pájaros.
Quede en mí la sonata
Que la muerte segura me cantaba en los bosques.
(Barroeta, 2001:108)


La  experiencia estética y la metafísica confluyen en la íntima relación  que se establece entre poiesis y  muerte. La evocación de los afectos tejida a escenas oníricas produce un efecto de irrealidad, desde ese espacio el hablante realiza  su acto expiatorio a través de la palabra.
El quehacer poético suele ir acompañado por la reflexión metapoética. Para José  Barroeta las palabras poseen materialidad: “palabras de agua”, “palabras de aire”, “palabras de sol” estos elementos encarnan la comunicación, la transmutación y la purificación, tres ejes hacia los que apunta su poesía. Palabras signos que circunscriben al ser en un universo simbólico que guarda su esencia:

Una palabra nos encierra.
El viento pule en ella. El fuego.
El mar también.
Sobra la palabra que gira alrededor
del sol
las cosas tambalean,
oscurecen o tornan en destello el cuerpo.
(Barroeta, 2001: 222)

            El hablante no sólo rememora el pasado, demuestra los afectos y celebra  la vida, sino que también vive, muerte y resucita en el poema. El texto se constituye en su morada:  “El poema sirve de guarida/ a mis escombros de espejo perverso”, su ley: “Estoy ordenando mi vida en el poema”, su paraíso perdido.
BIBLIOGRAFÍA:
BARROETA, José. 1992. El padre, imagen y retorno. Caracas: Monte Ávila.
______________.  2001. Obra poética. 1971-1996. Mérida: El otro el mismo, rectorado
           ULA.
JANKÉLÉVITCH, Vladimir. (1977) 2002. La muerte. Valencia: Pretextos.