miércoles, 17 de abril de 2019

CÓMO DAR A LEER LA POESÍA



Carmen Virginia Carrillo


“Así, el poeta, en su poema crea
una unidad con la palabra, esas palabras,
que tratan de apresar lo más tenue, lo
más alado, lo más distinto a cada cosa,
de cada instante.”

“Entonces la poesía es huida y busca,
requerimientos y espanto; un ir y volver,
un llamar para rehuir; una angustia sin
límites y un amor extendido.”
 María Zambrano

Barrio de las letras, Madrid. Foto: Pedro Miguel Carrillo 


El título de este texto, “Cómo dar a leer la poesía”, surge de la lectura de un texto de Jorge Larrosa (2008) en el cual el autor se  pregunta: “¿Qué es entonces “dar la palabra”, o “dar a leer”? ¿No será algo así como hacer que las palabras digan, cada vez, cosas distintas? ¿No será algo así como abrir la pluralidad de la palabra, el infinito de la lectura?” (p. 39), interrogantes que el autor desarrollado en varios de sus artículos y que indiscutiblemente están en sintonía con mi interés por la lectura en general, y muy particularmente, la lectura del texto poético.
Quiero referirme a una anécdota que marcó mi relación con la poesía. Hace ya muchos años, el filósofo venezolano José Manuel Briceño Guerrero vino a esta, nuestra casa de estudios, a darnos unas charlas sobre filosofía y poesía. Tras  la sesión final, en el lapso de las intervenciones, alguien del público le preguntó qué creía él que podía transformar al hombre. Ante el asombro de todos, dijo: “Lo único que puede salvar al hombre es la poesía” La reacción del  público fue una prolongada carcajada, a lo que replicó el pensador: “No se rían, que hablo en serio, lo único que puede salvarnos es la poesía.”  Se refería Briceño Guerrero a la capacidad que tiene el discurso poético de desarrollar la sensibilidad, no solo artística, sino humana.  
El lenguaje poético tiene la capacidad de desautomatizar nuestra relación con el mundo. Cuando nos acercamos a él sin convencionalismos, y nos distanciamos del juicio preconcebido, comenzamos a percibir el lenguaje, los objetos, las personas y los acontecimientos de otra manera. Un mundo nuevo se ofrece ante nuestra asombrada mirada y nos transforma.
Siendo el lenguaje el aspecto fundamental del ser y estar en el mundo,   intrínseco a la condición humana, toda actividad relacionada con el mismo tiene que ver con la experiencia del hablante. Por esta razón, el acercamiento a la palabra llega a ser un ejercicio afectivo, imaginativo y liberador.
 Pasemos a la realidad de nuestras aulas. Cuántas veces nos hemos encontrado, tanto en el bachillerato como en la universidad,  alumnos que no muestran ningún interés por los textos poéticos. Incluso, maestros en ejercicio para quienes un poema es simplemente un conjunto de líneas que riman, y que son difíciles de entender.  En oportunidades, no solo la poesía sino la literatura, en general, es vista con indiferencia,  aversión, rechazo e incluso desprecio. Muchos educadores se ven forzados a seguir programas rígidos que han sido elaborados con una intencionalidad que, en muchas oportunidades, va más allá de la calidad pedagógica. Estos programas suelen imponer, como lecturas obligatorias, textos muy poco atractivos para el estudiantado y, en muchas oportunidades, totalmente ajenos a sus realidades. Los sistemas educativos han construido pasillos estrechos por los que debe transitar el alumno repitiendo información, sin que se le ofrezca la posibilidad de participar, proponer o elegir  algún aspecto de su proceso de formación.
Muy pocos contamos con la suerte de poder elegir qué damos a leer a nuestros alumnos. Y digo “dar a leer” y no “mandar a leer”, porque el sentido del verbo dar me remite a la noción de ofrecer. Ofrezco a mis alumnos textos que considero pueden despertar su sensibilidad, no pretendo imponer lecturas. Si en mis talleres algún texto de los  elegidos no logra despertar el interés del grupo, se buscan otras opciones que resuenen en ellos y que estén en consonancia  con el ejercicio que estén realizando.
Tras treinta años de experiencia como profesora de literatura me he convencido de que el gran reto que tenemos, los que  nos ocupamos de formar en el arte de la palabra, es el de despertar en nuestros estudiantes el interés y la pasión por los textos literarios. Más allá de enseñar los conocimientos adquiridos a lo largo de una trayectoria de estudios  e investigación, hoy día intento transmitir a mis alumnos lo que me conmueve, lo que me hace experimentar goce estético, o aquello que me produce terror. En mi caso, la poesía es el territorio privilegiado en el cual estas emociones se muestran en su estado más sublime. 
Semestre tras semestre leemos poemas, algunos los he leído con muchos grupos. Sin embargo, cada vez esos mismos textos siempre parecieran decir algo distinto. Los alumnos son otros, y en cierta medida, yo también. La capacidad polisémica de los textos poéticos se confabula con nuestras subjetividades, y yo voy sumando infinidad de lecturas.
Larrosa (2004) explica en sus trabajos cómo la literatura contribuye, de modo excepcional, a la experiencia de formación, y se refiere a la necesidad de que el docente logre despertar en sí mismo el gusto por la lectura. Dice el autor: “El maestro de lectura es el que quiere dar a leer lo que él mismo ha recibido como el don de la lectura.” (2003:30). Para poder despertar el deseo de leer poesía y “avivar el gusto por las palabras” (Víctor Moreno. 1998, p. 16) es  necesario haberlo sentido, haberlo vivido y haberlo experimentado.
Si bien algunos países de Europa (Finlandia) y Norte América (Canadá) han comenzado a desestructurar la escuela, dando un rol fundamental al desarrollo de la sensibilidad a través de unidades curriculares que privilegian las materias del área humanística, y haciendo particular énfasis en las artes, en nuestros países está casi todo por hacer.  
Desde el Laboratorio de Investigación “Arte y poética” hemos desarrollado, a lo largo de los años, un proyecto de promoción de la lectura y la escritura, a través talleres  para diversos grupos etarios. Han participado niños de los últimos grados de primaria, jóvenes liceístas, estudiantes universitarios y maestros de escuela. Estos incipientes lectores se convierten en los protagonistas de  encuentros  en el que  se intenta motivar y destacar, de un modo especial, su capacidad creativa. Las actividades que involucran el lenguaje son fundamentales para la formación integral de los alumnos. En este sentido, el arte, y particularmente la literatura, se han convertido en un material de extraordinario valor, dada su naturaleza imaginativa, creativa y fundamentalmente humana. Un eje de este trabajo es el acercamiento sensible al lenguaje, cuya naturaleza vital impide tratarlo como un objeto ajeno a la experiencia de lo humano. Toda actividad relacionada con el lenguaje tiene que ver con la propia experiencia, con las necesidades y el  modo de incorporarse y ser en el mundo.
Barrio de las letras. Madrid. Foto:PEdro Miguel Carrillo
A lo largo de mi experiencia como docente, tallerista o facilitadora de actividades relacionadas con la lectura y escritura poética, las aproximaciones a los textos poéticos pueden motivar identificación o rechazo, mas nunca indiferencia. Reiteradamente los participantes establecen lazos de conexión entre el texto y su realidad, el texto y su experiencia personal.
Mis sesiones de trabajo giran en torno a lo poético. Es en estos espacios de mayor libertad pedagógica donde hemos podido constatar que sí se puede  despertar la sensibilidad artística y desarrollar el gusto por la poesía con estrategias adecuadas y abordajes diferentes.
Partimos de una sesión de exploración de la experiencia lectora de los participantes, de un acercamiento sensible al lenguaje,  ya que solo después de conocer sus gustos e intereses podremos hacer la selección de los textos que se van a dar a leer. Esta selección ha de ser flexible y, si es necesario, variarla en el transcurso de las actividades.
El estudiante, a medida que va leyendo va descubriendo por sí mismo qué es lo que diferencia el lenguaje poético de los otros lenguajes. La experiencia de enfrentarse a  otra lógica, a otra sensibilidad.
La lectura de  textos desde la intuición propicia el encuentro entre la sensibilidad del autor y la del lector. En nuestras actividades intentamos que, a partir de los poemas interpretados, surjan pautas para ejercicios de escritura que realizan los participantes y luego son leídos y comentados por el grupo. En  estos diálogos surgen  reflexiones que dejan ver las conexiones que se produjeron entre lo que los participantes leyeron y lo que escribieron.
Indiscutiblemente, el poema es el espacio ideal para pensar el lenguaje y sus posibilidades. “La operación poética es inseparable de la palabra”, nos dice Paz (1986), para quien “poetizar consiste, en primer término, en nombrar.” “Al nombrar, al crear con palabras, creamos eso mismo que nombramos y que antes no existía sino como amenaza, vacío y caos” (p. 167).
Poemas que ofrecen la oportunidad de entrar en contacto no solo con los juegos del lenguaje, sino también con ciertos aspectos formales tales como sonido y sentido de una forma amena.
Hacer de la lectura una experiencia lúdica permite distanciarla del estatus académico. El juego de las anticipaciones resulta uno de las estrategias  más productivas para involucrar a los lectores en el proceso imaginativo que esta actividad implica.
Relacionar  poemas con otras expresiones artísticas tales como la plástica, la música, el cine y la danza es fundamental en este tipo de trabajo. De esta manera, los procesos de percepción sensible amplían las apreciaciones kinestésicas, auditivas y visuales, lo que repercute positivamente en el desarrollo de las habilidades creadoras y simbólicas. Pintar un poema, escribir unos versos a partir de la contemplación de un cuadro, traducir en palabras una melodía, expresar con el cuerpo un sentimiento contenido en un texto poético, musicalizar unos versos, danzar mientras alguien recita, son algunos de los ejercicios que solemos realizar.
Resulta conveniente que, en el ambiente académico, estos acercamientos a los textos de creación  puedan ser reforzados con ciertos  materiales teóricos que permitan explorar diversas  aproximaciones a tres conceptos básicos: lo poético, la poesía, el poema. A partir de las definiciones dadas por algunos poetas y teóricos, tratamos de ofrecer un abanico de opciones que propicien la reflexión y la discusión, sin recargarlos de aspectos teóricos. Menciono a continuación los ejemplos de Octavio Paz y Josu Landa, dos extremos desde los que se puede valorar el tema en cuestión:
Para Paz (1986), la poesía es “conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo,… ejercicio espiritual,… un método de liberación interior.” (p.13) Lo poético “es poesía en estado amorfo”, y el poema “lugar de encuentro entre la poesía y el hombre” (p. 14)
Por su parte, Josu Landa (1996) expone el fundamento ontológico de lo poético (todo ente que se presente y aspire a darse como poema). “Establecer cómo, en qué condiciones y a partir de qué factores y elementos acontece y se ofrece el poema equivale a poder decidir si un texto dado tiene o no un carácter poético.” (p. 34) En este sentido, lo poético designaría una realidad integrada por textos con intención poética, producidos en un espacio cultural determinado, bajo unas normas dadas y con unos valores estéticos establecidos por una comunidad calificada para ello.
            Nuestra finalidad, motivar a los participantes  a descubrir que la lectura y la escritura de la poesía pueden convertirse en acontecimientos extraordinarios, en los que la sensibilidad, la manifestación subjetiva o emotiva del ser humano son un espacio fértil y auténtico para la creación y con ello comprender que la lectura y la escritura les pertenecen, cuentan cosas que les acontecen, que los conmueven y les permiten ver el mundo desde una perspectiva que trasciende el ámbito de lo circunstancial y de lo ajeno.

Referencias bibliográficas

Landa, Josu. 1996. Más allá de la palabra. Para la topología del poema. México: Facultad de Filosofía y Letras. UNAM.

Larrosa, Jorge. 2008. “Leer (y enseñar a leer) entre las lenguas. Veinte fragmentos (y
muchas preguntas) sobre lectura y pluralidad.” En: Lectura, ciudadanía y educación.
Miradas desde la diferencia. Caracas: El perro y la rana. Pp. 29-47.

Moreno, Víctor. 1998. Va de poesía. Propuestas para despertar el deseo de leer y escribir  poesías. Navarra: Erel.

Paz, Octavio. 1986. El arco y la lira. México: Fondo de cultura económica.





La investigación realizada para la elaboración de este texto ha sido posible gracias al financiamiento del CDCHT de la Universidad de Los Andes, Venezuela. Proyecto código NURR-H-553-14-04-A

lunes, 12 de noviembre de 2018

Milagros Mendoza publica su primera novela "Amacoy fantasmas del viento"


Carmen Virginia Carrillo




 “Ignoro cómo ha hecho Milagros Mendoza para desdoblarse en ese personaje, “la mujer elemento”, que nos cuenta sus dramas, sus triunfos, sus fracasos, su desesperación, siempre a viva voz. Y con una autenticidad que demuele todas las objeciones. Esquivando lo trillado, lo previsible, lo encasillado.” 
                                             Mario Szichman 



Milagros Mendoza es comunicadora social, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, Venezuela. Por muchos años, incursionó exitosamente en la televisión, como productora y presentadora.   Su pasión por la tierra que la vio nacer y su sensibilidad social la llevan a crear varias fundaciones para atender las necesidades de las etnias indígenas, llegando incluso a incursionar en la política como representante ante el Congreso de la República por su estado natal, el Delta Amacuro. Fue creadora y presidenta de la Fundación Campesina e Indígena, organización para la atención y defensa de las etnias autóctonas de Venezuela, y colaboradora permanente de los médicos de la selva, con ellos participó en jornadas de salud y asistencia a los indígenas.
Milagros nació en Tucupita, la capital de estado Delta Amacuro, en Venezuela.  Ciudad, caliente y húmeda, situada en la costa oriental del caño Mánamo, dentro del delta del río Orinoco. En esta extensión de tierra pantanosa, rodeada de caños que anhelan llegar al mar, están asentados los  indios waraos, una de las etnias más antiguas del país.
Tres grandes de la literatura venezolana son oriundos de Delta Amacuro: José Balza,  Humberto Mata y Luis Camilo Guevara, este último conocido como “el bardo de Tucupita”. En las obras de los escritores mencionados,  como en la novela de Mendoza,  las particularidades de la geografía natal, con su intrincado laberinto de caños y la presencia del agua, constituyen una influencia fundamental.
Para Balza: nacer en el Delta es un privilegio. “Qué decir del caudal de los ríos, de los pájaros, de los peces, de los indígenas, del verdor.”  Por su parte, Mata comentó en una entrevista: “El Delta Amacuro es el centro de mi vida”. 
La novela Amacoy fantasmas del viento surge a partir de las vivencias de la autora en esta región selvática y exuberante, de ríos y palafitos, de waraos, hombres blancos y mestizos, donde se conjugan lo racional y lo mágico mítico en una simbiosis única.
Así dirá la protagonista:

Desde muy niña, me absorbió ese mundo mágico warao. Ese mundo circular, rodeado de agua llamado Hobahi, poblado de entidades sobrenaturales, seres inmateriales: los Hebus, que habitan y controlan las aguas, los Nabarao las tormentas, o Hebu Kaunasa los árboles. El principal y más poderoso de todos, era  el Hebu a Kanobo, nuestro abuelo, que reside en la piedra sagrada custodiada por los wisiratu o chamanes más importantes.


El desconsuelo teje historias pasadas con un presente de dolor y enfermedad. La niña rubia con alma de indígena que ha viajado por diversos países de Occidente anhelando siempre el encuentro definitivo con la Selva Amazónica, regresa para entregarse a lo desconocido.
 El intercambio con los waraos constituye la primera de muchas experiencias multiculturales de Mía, cuya historia de pérdidas, despedidas, mudanzas y melancolía estará siempre rodeada de intuiciones, premoniciones y voces fantasmales.
Esa vida marcada por la tragedia está punto de extinguirse;  inesperadamente, la protagonista recibe un mensaje de los Amacoy, seres inmateriales que la conducen hacia mundos  desconocidos. Tras la experiencia mística, Mía regresa con un mensaje de esperanza para ella y  para la humanidad.     
En Amacoy fantasmas del viento, Milagros ficcionaliza sus experiencias para ofrecernos una novela llena de aventuras, sufrimiento y esperanza.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Algunas notas sobre la poesía amorosa de Eugenio Montejo




Carmen Virginia Carrillo




Ese daimon creador  que es el amor se encuentra presente en la poesía de Montejo, en particular en los textos reunidos en su libro Papiros amorosos (2002). El deseo,  los rituales de la seducción y  la ceremonia de los encuentros son transfigurados por la imaginación del poeta en lenguaje y ritmo, en metáfora y analogía. Los amantes aspiran a la felicidad y a la inmortalidad a través del acto erótico, por tanto el rito amoroso se convierte en un desafío; deseante y deseada fluctúan entre el anhelo de posesión y la necesidad del desprendimiento; a la vez que aspiran a la trascendencia a través de la  completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del encuentro y en el texto poético.
En estos poemas, la mujer amada es invocada a partir de la rememoración de lo vivido. Esa desconocida que el amante reconoce como su centro, su origen y fundamento, se vuelve  cuerpo-tiempo, nómada y furtivo; cuerpo en el que habitan otros cuerpos,  que alberga música, palabras, barcos, pájaros, dioses, gallos. El goce vivido, perdido y anhelado, renace en el poema y la palabra une a los amantes en un tiempo más allá de los tiempos:

Te desnudan, te visten las palabras,
con ellas vas al fondo de ti misma
cada vez que amorosa te enmudeces
y te vuelves jadeos, sollozos, lágrimas.

Lo sensitivo se hace significativo y el cuerpo enigma se ofrece para ser  descifrado por otro cuerpo amado y amante. La inefable experiencia del encuentro erótico se convierte en una fuente de sugerencias semánticas y retóricas, origen de  sinestesias, alegorías y paradojas. En el poema, la invocación amorosa anhela alcanzar la perpetuidad del sentimiento a través de la cual el sujeto intenta superar la pulsión de la muerte:

Sigo la música que nace de tu cuerpo,                                                      trémulos senos, cadencias de caderas,
cóncavos ecos para sones convexos,
cánticos sólidos —audibles por el tacto.
El jazz deseante de noches solitarias
donde la lluvia va afinando sus gotas.
Música táctil de la tersa epidermis,
de notas que se palpan en el viento
cuando miro ondular tu cabellera.
Sones de pétalos que suben desde el vientre
y en las axilas levemente se doblan.
Tenues orquídeas de perfume parásito  
dándole vueltas a un sol desconocido.
Sigo la música que nace del deseo
con sus murmullos tonales y atonales,
de este errante deseo  que acompaña a la tierra
sin saber para qué, ni por quién, ni hasta cuándo…       

El amor,  paradoja de la existencia, en ocasiones se muestra con la apariencia engañosa del sueño,  otras veces como evidencia de la plenitud de la vida; siempre capaz de superar las limitaciones espacio-temporales y trascender la materialidad del ser. Rodeados de misterio, los amantes parecieran fluctuar de la luz a las sombras, de la abundancia a la carencia; estamos ante la presencia de la unión de los opuestos en una imagen totalizadora que condensa la aspiración más alta: vencer la separación. No obstante, la cercanía de los cuerpos no logra superar la barrera de la soledad existencial del ser y así “los enlazados cuerpos que zozobran/ bajo  una misma tormenta solitaria” naufragan uno en el otro:

El naufragio final contra la noche,
sin más allá del agua, sino el agua,
sin otro paraíso ni otro infierno
que el fugaz epitafio de la espuma
y la carne que muere en otra carne

Amor y muerte condensados en el fallido intento de la quimérica fusión. En oportunidades, el hablante describe la imposibilidad del encuentro de los amantes, y el deseo insatisfecho se hace palabra, se transfigura en metáforas que establecen correspondencias  entre el sujeto deseante y la pareja deseada:

 No alcanzo el tiempo de tu cuerpo,
 nací lejos, en un país que es aire, nube, noche,
 aunque me oigas tan cerca.
Nací a destiempo de tu risa, de tus ojos,
en otro meridiano
Nuestras vidas se alcanzan, se confunden,
intercambian sollozos, besos, sueños,
pero andamos a leguas uno de otro,
tal vez en siglos diferentes,
en dos planetas errantes que se buscan
cansados de no verse.

  En otros textos se revela la complicidad del firmamento para la inevitable reunión de los enamorados. La tierra se hace eco del deseo y se confabula para que la distante pareja se reúna alcanzando, de esta manera, la satisfacción del impulso amoroso:

La tierra giró para acercarnos,
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño,
como fue escrito en el Simposio.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.

Para Eugenio Montejo, el amor es misterioso y subversivo, “tan subversivo que atenta contra el yo, la piedra angular de la personalidad social”. Al igual que la poesía, el amor permite trascender el tiempo y la muerte.  “Un solo amor puede salvarlo todo,/ lo que se fue, lo que ha partido y ya no vuelve,” dice el autor, y  en sus versos el sentimiento amoroso se convierte en la vía para la comprensión del cosmos;  iluminación que se hace palabra para acariciar a la amada:

¿Y qué llevaron mis manos a tu cuerpo,
sino luz táctil, la luz con que trabajo?
Rectos halos de lámpara, destellos
que mis persianas recogieron
en los dorados pozos de la tarde.
Juntas alzaron la luz de mi deseo,
acarreando despacio sus copos
sobre tus senos, tus hombros y tatuajes.

Con esa luz palpé tu rostro,
Tejí sobre tu pecho una corola
De amor y de palabras.
Con esa luz besé tu vientre, tus cabellos,
Entré en tu noche que amo,
Vi las lentas estrellas en el fondo,
Las que pueblan tu carne.

Y asido a su fulgor, una por una,
conté mis horas hasta el alba,
cuando ya picoteaban a la puerta
los gallos y sus cantos.

            El hablante recorre el cuerpo deseado con su “luz táctil”, símbolo de conocimiento,  epifanía y fecundación. La amada se convierte en espacio semiótico, texto piel; interpretarlo es acceder al infinito, alcanzar la totalidad.
En los poemas de Eugenio Montejo la recurrente  imagen de la lámpara encendida en la noche remite a ese doble aspecto de luz y sombra que acompaña a Eros, pero también nos habla de la presencia divina que propicia la inspiración y la sabiduría en el poeta. 




viernes, 17 de noviembre de 2017

Apuntes para una poética del arte de Rubén Muñoz Martínez

Carmen Virginia Carrillo



         La relación entre la palabra y el silencio ha sido una de las preocupaciones de Rubén Muñoz Martínez. Sus  planteamientos han nacido de la reflexión y de un diálogo intertextual con ciertos planteamientos filosóficos. De ello dan cuenta sus libros Tratamiento ontológico del silencio en Heidegger (2006), Resonancias y silencios de la palabra (2011), Elogio de la contemplación (2012), Incursiones en lo sagrado (2012) y Gramáticas del silencio (2014). Este año, el autor ha publicado una obra: Apuntes para una poética del arte (2017). En esta oportunidad, el horizonte se amplía de la literatura, y particularmente a la poesía, hacia todas las esferas del arte.   
En la presentación, el autor nos habla de su “empeño por pensar el arte”, de ahí que aborde las expresiones artísticas fundamentales: la arquitectura, la escultura, la pintura, la música y la literatura.
En el primer apartado del libro, “Esencia y necesidad del arte” retoma su idea del arte como “actividad humana” que busca “traer a presencia de un modo particular y significativamente primigenio aquello de lo que trata”. Revisa el proceso de creación del artista, la realidad en la cual lleva a cabo su producción, la obra lograda, y la forma en la que el receptor se apropia de ella,  todos ellos núcleos fundamentales que se otorgan sentido entre sí.

Muñoz Martínez se adentra en el ser del artista, en su estatuto ontológico para comprender el lugar que ocupa en el arte.  Explica las características del artista, su  necesidad de crear, su intuición, su talento, el  dominio del oficio, así como también el esfuerzo personal. Recalca la necesidad del silencio ontológico para la dimensión de sentido de la cual emana la creación. Todo ello condicionado por el contexto histórico, la tradición y las circunstancias que lo determinan.
Pasa luego a definir la realidad, entendida como “aquello que el artista pretende plasmar en su obra de diferentes maneras”, esa dimensión objetiva en la cual el artista está inmerso y con la que interactúa de manera permanente.
La creación artística concebida como el centro neurálgico del arte, como mediación entre la dimensión subjetiva del artista y la dimensión objetiva de la realidad. De ese encuentro, señala, surge la obra de arte.
En el texto se describe la creación como un  acto de “re-creación” y como un “des-velar” que muestra lo esencial. Desde la perspectiva del artista, puede constituir un acto de libertad, o una experiencia mística.
 La obra  entendida como ese objeto con “anhelo de  eternidad único e irrepetible… que reúne los elementos esenciales de la existencia” que da cuenta del talento y dedicación del artista y  ayuda al espectador a comprenderse a sí mismo y al mundo.
Siguiendo a Heidegger, Muñoz Martínez explica la obra de arte como “un modo privilegiado de manifestación del ser.”  Esta “expresión en plenitud… se expande significativamente hacia dentro y hacia fuera en un `decir´ silencioso ilimitado”.
El círculo se cierra con el espectador quien contempla la obra de manera consciente, lo que puede llevarle a “formar parte de la misma, constituyéndose finalmente en un “ser-en-la-obra”. Es este acto el que otorga sentido final a la creación artística.
Como indica Rubén Muñoz Martínez, el silencio y la soledad son elementos decisivos no solo para la creación artística, sino también para la recepción de la obra. Solo en el silencio el espectador experimentará la “vibración interior”   que el arte provoca.
En la segunda parte del libro, titulada “Las modalidades fundamentales”, se describen brevemente las modalidades artísticas espaciales –arquitectura, escultura y pintura– y las  temporales –música y poesía–.
De todas ellas, dice el autor,  la arquitectura es la única que tiene como fin  una utilidad. Esto ha hecho que algunos pensadores la hayan considerado un arte inferior, partiendo de la idea de que el arte “no debería necesitar de una funcionalidad extrínseca a la misma para alcanzar su sentido completo.”
La más abstracta de las artes: la música, es definida como “arte del silencio”, ya que la misma solo es posible a partir del diálogo entre el sonido y el silencio.  Del mismo modo,  la poesía, “el arte por excelencia de la palabra”,  surge del silencio original y, con el lenguaje como herramienta, trata “la infinitud de la existencia”.
En Apuntes para una poética del arte, Rubén Muñoz Martínez nos adentra en temas como la necesidad del arte, la capacidad de comprensión de lo real a través de la creación artística, la plenitud en la expresión de la forma demostrando cómo todo ello se materializa en ese momento fundamental en el cual el espectador contempla la obra, se hace parte de ella y se constituye en un “ser-en-la-obra”.

                 


miércoles, 25 de octubre de 2017

"Rugido que toda palabra encubre", de Saúl Sosnowski

Carmen Virginia Carrillo





Hay quienes aguardan,
heridos,
esa palabra
que quizá no llegue,
o no baste para hilvanar otra historia.
.          
S. Sosnowski
           

          En su poemario Rugido que toda palabra encubre (2017), Saúl Sosnowski pareciera hacer un recorrido espacio-temporal a partir de las más hondas y persistentes emociones; desde las heredadas de los ancestros, hasta aquellas causadas por las propias vivencias. Tal vez las más dolorosas: el abandono, la pérdida, la soledad, el exilio son transfiguradas en lenguaje y ritmo, en metáfora y analogía que se condensan en ese “rugido” que la palabra poética “encubre”.
      El libro está divido en once partes: Ecos,  Recriminación del recuerdo,  Silencios,  Maldita sentencia, Opciones en remojo,  Decálogo,  Cartografía,  Cicatrices,  Trazos,  Recorridos, Del atributo que todo lo colma;  títulos que revelan las huellas indelebles que asedian a un yo lírico abrumado por el recuerdo.
  Desde el primer verso se percibe una voz que lucha contra el olvido, que busca memorias y certezas, “la verdad de los tiempos”:

“El mayor puso la primera piedra” –sentenció.                
Y el vacío pudo más.

Un descendiente,
distante,
aún la recuerda.

Retumban
voces que jamás oyó.

Un eco, apenas,
 se desliza. 

Frente a la sombra sepia
ya casi nada desea.

Hijo del monosílabo y la pérdida.

  La escritura deviene instrumento para modelar la identidad. Desde la carencia, con el  silencio como aliado, en ese “Espacio de la memoria”, el poeta evoca experiencias a través de la representación de sí mismo como un  otro  al  que invade la tristeza: “Cabía esperarlo –se dice mientras aguarda— es la norma del desdén.”
          ¿Acaso la palabra podrá devolverle el sosiego? “Ingenua, / la esperanza cabalga sobre un grito.”, dice.  Las voces retumban en el vacío para luego dar paso  a la “Recriminación del recuerdo”, –segunda parte del poemario–.                                                                                                                                                                                                                             
Una letra,
solo una
cayó.

Una, apenas,
y fue la duda.

Otras,
enhebradas,
silenciosamente se deslizan.

Olvidan 
que son memoria.


    El hablante explora sus contradicciones, mientras fluctúa entre lo íntimo y lo extraño.
La capacidad expresiva del texto poético está dada por el nexo que establece el hablante con  el vacío inicial que antecede a la palabra y, a su vez,  por el temor a que el olvido borre de las memorias esenciales. 
  
  Plagada de huellas amargas, la voz rememora las secuelas del desamor, del odio desatado, de la derrota:

Desde antes que siempre sabe
que es solo hijo de un escaso deseo.

Encajonada sigue la respuesta.

El silencio se atraganta en el desvelo,
   en la ineludible resignación,
y cada vez más,
en el olvido que vendrá.


El poeta ansía un diálogo con los ausentes.  El inalcanzable anhelo solo se percibe como un eco de voces distantes que desde el pasado reclaman, de ahí la necesidad de  escudriñar en el recuerdo,  para ello el hablante recurre al silencio.


Lugar del tiempo,
del terror y la esperanza,
del desafío bajo rajadas lápidas.

Espacio de la memoria,
de fugaces números y letras,
de empobrecidas páginas en los pórticos del mal.


Si bien en la mayoría de los poemas, el hablante pareciera hablar de una tercera persona, la evocación de espacios habitados, los traslados hacia lugares menos acogedores,  son descritos desde un yo lírico que habla de sí mismo.


“Patio y azotea,
mi pasado.
  
Lateral en torre,
mi posible futuro.

Entre ellos,
otro idioma, otro barómetro, otra escala.”


Los desplazamientos por la urbe que se percibe como ajena desencadenan inquietudes y la escritura se vuelve refugio, remanso, puente entre la ciudad que se ha dejado atrás, aquella que vive en la memoria: “Buenos Aires me suma/ El calor no resta”  y ese espacio de lo desconocido que se presenta como una amenaza:

 Despertar con la cuota diaria de lejanías,
de innecesaria reserva,
de palabras extrañas que deambulan por la quijada,
de calles sin adoquines,
de vehemente puntualidad.

Anochecer con faros y alguna bocina,
   las barreras para un tren de siglas desconocidas,
   el ritmo de vagones sin ganado.

Cabía esperarlo –se dice mientras aguarda— es la norma del desdén.

Llega el eco de una canción que la radio ignora.
También la lluvia es ajena –piensa y se oye caminando sobre una vereda de cemento.
Algo sé –dice— y avanza ansiando el silencio
y lo que demora en llegar.



      La búsqueda del origen, centro y fundamento de la existencia, representada en el aleph, pareciera un intento del hablante por librarse del sentimiento de pérdida, de no pertenencia, aunado a la  aspiración  de encontrarse a sí mismo.


“En la letra que sin ser imagen es espejo,
en la clave de acceso que sin serlo es apertura,
en el salto de cada poro hacia dentro de su manto;
en la visión cobijada por su púrpura celeste,
en el firme equilibrio de sus rostros,
y en el trazo teñido de blanco,
aleph aguarda a su Adán.”



           El yo lírico se ubica en el lugar del otro para disipar su propia emoción. En ese desdoblamiento surge un diálogo interno, que pone en escena las contradicciones y multiplica los sentidos, tanto de las palabras como de los silencios.
  


    En  Rugido que toda  palabra encubre de  Saúl Sosnowski, la  memoria  se  activa para consolidar la identidad, y la historia familiar se convierte en  el horizonte de sentidos desde el cual surge la palabra que expresa y simboliza, que conforta y reivindica.