domingo, 29 de mayo de 2016

El hijo de Gengis Khan, del escritor venezolano Ednodio Quintero.

Carmen Virginia Carrillo








            
        Temujin, hijo de Yesugei, el jefe de las tribus de los kiutes y descendiente de Khabul Khan,  fue nombrado rey de los mongoles en 1196. Unificó a las tribus nómadas del noreste de Asia y en 1206, tras dominar las tribus de la Alta Mongolia, se hizo nombrar Gran Khan adoptando el nombre de Gengis, “gobernante universal”. Construyó el imperio contiguo más grande de la historia, el cual se extendió desde las orillas del Pacífico hasta Europa oriental. 
            Con un ejército que llegó a tener cientos de miles de guerreros feroces y los más diestros jinetes,  cruzó la gran muralla china en 1211 y tomó Pekín el año 1215. En 1221 acabó con la dinastía Khwarizm, musulmana de origen turco, que incluía Turquestán, Persia y Afganistán.
            Este legendario personaje del mundo asiático ha inspirado numerosas novelas históricas, entre ellas La trilogía Gengis-Kan, Batú y Hasta la última mar  del escritor ruso Vasili Yan; Gengis Kan el soberano del cielo de la escritora feminista norteamericana Pamela Sargent; la saga épica Conquistador, compuesta por los libros El lobo de las estepas, El señor de las flechas  Los huesos de las colinas y  El imperio de plata, del inglés Conn Iggulden y El hijo de Gengis Khan (2013), del escritor venezolano Ednodio Quintero, novela que analizo en esta ocasión.

La obra de ficción de Quintero toma al emperador mongol como referente para construir una historia desde  los principios de alteridad  que rigen la literatura fantástica. En el texto, el hijo neonato del Gran Khan se transfigura en un jinete insomne que reconstruye su vida mientras cabalga solitario por los Andes venezolanos.
A través del soliloquio del protagonista, el autor describe algunos rasgos del Khan y la idiosincrasia de sus seguidores.  El despotismo del conquistador mongol,  la crueldad  de sus ejércitos, y  la desolación que éstos dejan a su paso son contados por este narrador en primera persona, cuyas facultades sobrenaturales le permiten tejer una red de acontecimientos y ensoñaciones en las cuales se entrelazan realidad y ficción, pasado y presente, vida y muerte.
En la ficcionalización que hace Quintero de Gengis Khan, la astucia, la valentía, el liderazgo y la fuerza de carácter son descritos como parte de la idiosincrasia de una raza que ve en su señor el reflejo de sus propias aspiraciones:

El Khan supo encarnar la imagen que miles y miles de individuos aislados tenían de sí mismos, y que había permanecido empañada por el tiempo, la incomunicación, la ignorancia y el egoísmo. Mi padre les habló con palabras sencilla y rotundas, sembró en ellos una idea novedosa que en realidad es muy antigua: la idea de reconocerse. Conocerse de nuevo, que es como adquirir el conocimiento de nuestro propio poder.” (Quintero, 2013: 17).

Sin embargo, son los defectos del poderoso lo que más preocupan al hijo, quien lo define como “un hombre cercado por la terquedad y la impotencia, que se rebela, íngrimo y solitario, contra el destino” (52)
En la primera parte de la novela, el neonato monologa desde el  vientre de Zozlaya, su madre, la princesa de los Urales y  favorita del Khan. Un viejo adivino percibe los poderes excepcionales de la criatura e interpreta su canto triste, que  anuncia un presagio funesto.  Ya en el octavo mes de gestación, el desconsuelo se anuncia, mientras el feto entona “la balada del jinete”, cuyo estribillo dice: “¡Ayé, ayé, ayé! ¡Ayé!”
En la segunda parte de la narración, un jinete acompañado de su caballo y su perro monologa mientras se desplaza por la cordillera de los Andes, en Venezuela. Han pasado ocho siglos y este alter ego del neonato retorna al hogar, tras un viaje iniciático en el que busca recuperar la capacidad de soñar, y encuentra al padre muerto.
A lo largo de la obra, el protagonista  se define como “una partícula de polvo vagando por el espacio sideral, acaso dotada con la conciencia de ser” (26), que se limita “a  observar, registrar y grabar” (27)  todo lo que percibe. En el texto, el pasado es entendido como “una fuerza irresistible, colosal.” (26)
Para Paul Ricoeur, la evocación permite traer al presente lo ausente percibido, sentido, aprendido (2003: 47) La reconstrucción de un evento involucra la imaginación, que interviene en la  reelaboración del discurso que da cuenta del pasado. La memoria, como procedimiento de construcción textual,  pone en evidencia la capacidad regenerativa del lenguaje. Así dirá el protagonista: “La memoria, tal como se presenta a mi entendimiento, no es una mera acumulación de experiencias personales.” (25)
El autor privilegia la  hipérbole como figura literaria ya que ésta le permite ofrecer una dimensión exagerada a lo onírico y conectarlo con lo fantástico. La alteridad se manifiesta en la representación del doble y  las transgresiones temporales, espaciales y de causalidad, una estructura binaria simbolizada en la moneda de dos caras iguales que utiliza Gengis Khan para hacer creer a sus súbditos que el azar, o los dioses definen la toma de decisiones.

Mi padre, como si tratara de aleccionar a unos escolares díscolos, les explica con parsimonia que todo se resolverá lanzando al aire una moneda. Si sale cara, ganamos la batalla. Si sale cruz, perdemos la batalla. En ningún caso podemos eludir la confrontación.
Me resulta curioso, curioso por no decir raro, que la moneda utilizada por mi padre para averiguar la voluntad de los dioses tuviera en el anverso su propio perfil. (52)

Las vivencias del yo y su alter ego, en los dos espacios geográficos de Asia y América  están signadas por insólito y lo siniestro. El plano de lo real y el plano de lo irreal se alternan a lo largo de la trama y están  representados, en la primera parte, por las percepciones y ensoñaciones del neonato en su estado prenatal y el viaje que éste realiza en  el canto de un pájaro azul hasta los Andes venezolanos; y en la segunda por el recorrido que realiza el jinete  hacia  la casa paterna, mientras padece la irrupción de un mundo onírico plagado de seres extraños que  amenazan  al solitario soñador. La existencia del  jinete está determinada  por pesadillas en ocasiones aterradoras, en las cuales la integridad física del protagonista se ve amenazada y la única salida es despertar.
            A través del sueño y de  la ensoñación en la vigilia se producen los traslados de un ámbito al otro. Los dos espacios  geográficamente distantes se alternan en la conciencia de los protagonistas, y ambos corren el riesgo de no poder regresar a la realidad: “Cuando estamos dormidos se corre el riesgo  de soñar, y en los  sueños nos podemos extraviar, y perdido el rumbo tal vez no encontremos el camino de regreso.” (32)
Si interpretamos el título de la novela como una señal para determinar la jerarquía de  los protagonistas, podríamos decir que el hijo neonato es el yo y que el jinete, es ese otro que cabalga en las montañas de los Andes venezolanos y que en oportunidades  reconoce una existencia anterior en el vientre de la favorita del Khan.   También podríamos pensar que estamos ante la presencia de un mismo personaje que vive simultáneamente en dos tiempos.  El jinete dice:

Durante un tiempo fantasioso, que ya se estaba convirtiendo en tiempo real, me convencí  de que flotaba en el vientre de una muchacha llamada Zolzaya, la favorita del caudillo máximo de los tártaros, Gengis Khan. Que se entienda de una vez: Zozlaya era mi madre y yo aún no había nacido. Desde aquel refugio cálido y amniótico yo pontificaba acerca de lo humano y lo divino como un airado profeta sentado en la poceta. La sensación de estar resguardado en una especie de búnker antiatómico, donde nada malo me podía suceder, era tan vívida y convincente que todavía creo que aquel evento aconteció de verdad. Hasta la fecha nadie me ha demostrado lo contrario. (…) Creo que estoy en la obligación de dar cuenta de semejante experiencia. Dar cuenta quiere decir contar, echar el cuento, narrar los hechos tratados en lo posible de ser claro y preciso, conciso y enfático cuando el asunto lo requiera. (Quintero, 2013:225)

La alteridad está representada en la proyección del yo en el otro. Identidad y diferencia se determinan por el lugar que se ocupa. Del espacio cerrado del útero al espacio abierto de la montaña.
           Ambos personajes se presentan como hacedores de relatos y establecen un diálogo intratextual con un lector virtual. En la página 28, un lector  interpela al narrador protagonista: “Muy bien, amigo. Lo felicito por su vasto conocimiento en desastres naturales. Aprende usted muy rápido la lección. Pero permítame decirle, y disculpe que me entrometa…”  (28)  A lo que el hijo de Khan replica: “Reconozco su reparo, amigo lector. Tiene usted razón al exigir de este neonato relator una descripción precisa del tema en cuestión.” (28)
El neonato aprendiz de escritor dice:
Soy el hijo dilecto de Gengis Khan”, tal vez sea un comienzo engañoso, pues la frase no prueba que el emisor posea alguna prerrogativa en especial, como la de ser, por ejemplo, el primogénito el único varón. Y tampoco alude al lugar desde el cual se narra. Algún lector apresurado podría presumir que el narrador es un sacerdote que predica desde el púlpito de la iglesia de un pueblito de los Andes, Los Nevados, quizá, y que esa frase inicial no es más que el santo y seña para una masacre que tendrá lugar en el templo en los próximos minutos. No es para tanto, señor. (…) Así que, como ya sabemos que las palabras son instrumentos de aniquilación, con las cuales no es muy recomendable andar jugando ni abusando, ni sobándolas como si fueran las doncellas de un mesón, (…) Será mejor, amigo mío, que postergues para más tarde —o para más nunca— tu vocación de escribano.
         Pues sí, mientras me acercaba a la casa paterna no hallaba cómo dar inicio del relato. La  primera frase se me aparecía como un muro imposible de franquear.
(Quintero, 2013: 226)

Los tiempos de la novela son reversibles. En la primera parte estamos en el siglo XIII, el imperio mongol  se extiende por Asia y Europa oriental. En la segunda parte nos trasladamos al siglo XXI; sin embargo, en el sueño y en la rememoración los tiempos se confunden.

Si el futuro es fuente de sentimientos encontrados, el pasado me atrae con una fuerza irresistible, colosal. Vengo de allá, me digo. He cumplido todos los pasos necesarios para llegar al punto donde ahora me encuentro. Sin embargo, no recuerdo ninguno de los sucesos que me trajeron hasta aquí (…) ¿Tendré entonces que imaginar lo que he venido siendo desde la noche de los tiempos hasta la oscuridad asaetada por relámpagos del día de hoy? (26)



Entre las isotopías fundamentales del texto encontramos la realidad percibida como la puesta en escena de la alteridad. Así, el ser, el tiempo y el  espacio se presentan como duales y mutables. 
La memoria, el sueño, el conflicto con el padre y la reflexión metaliteraria, son los ejes sobre los que gira la existencia y  reflexión de los protagonistas.

Asia y América son las dos caras de la misma moneda en la obra de Quintero. Los dos continente representados en el hijo neonato del Gran Khan, destinado a morir antes de nacer, y  el jinete solitario de los andes venezolanos, son uno mismo en este texto de ficción regido por las leyes de la alteridad.


Referencias:
Quintero, Ednodio. 2013. El hijo de Gengis Khan. Planeta: Caracas.
Ricoeur Paul. 2003. La memoria, la historia, el olvido. Madrid: Trotta.

sábado, 30 de enero de 2016

La herencia judía en la poesía de Jacqueline Goldberg

Carmen Virginia Carrillo




La escritura tiene la desgraciada
 virtud de hurgar en el alma y desollar
sin escrúpulos los recuerdos, hacer
sangrar de nuevo las heridas. 
Jacqueline Goldberg
La cuestión de la identidad judía
no puede dejarse de lado,  si esta
identidad amenaza nuestra vida,
deberíamos entender por qué”[1].
George Steiner 


En estos momentos aciagos que vive el planeta como consecuencia de la intolerancia, en particular, la intolerancia religiosa, se hace inevitable rememorar eventos terribles que en el pasado, con un mismo guion y distinto decorado, dieron pie a masacres de millones de personas inocentes.  Pienso en el Holocausto judío, entre otros, y en la imperiosa necesidad de no olvidar las atrocidades que es  capaz de cometer el ser humano, si se deja llevar por la sinrazón del fanatismo.
Pienso en el horror que algunas personas han tenido que vivir  y en el consuelo que puede llegar a proporcionar la escritura, que permite a los elegidos contar, y a los otros leer, conocer, conmoverse.  Tal es el caso de la poeta, ensayista, narradora, dramaturga, periodista y editora Jacqueline Goldberg, nacida en Maracaibo y descendiente de judíos que se salvaron de la Shoá en Polonia y luego emigraron a Venezuela, quien se ha ocupado del tema judío en reiteradas oportunidades.
En su escritura periodística y en su obra de creación, aborda el asunto  de la identidad y reivindica la herencia familiar. Entre los libros fundamentales que la autora ha publicado sobre el tema en cuestión encontramos: Luba (1988), Día del perdón[2](2011) y Nosotros los salvados. Sobrevivientes de la Shoá junto a Jacqueline Goldberg (2013). Este último  conjuga la investigación periodística con la estructura de la lírica. La autora transforma en poemas los testimonios reunidos en Exilio a la vida, libro editado por la Unión Israelita de Caracas, y de esta manera ofrece al lector textos cuyo ritmo ofrece una versión literaria de los devastadores efectos del nazismo en todos aquellos que lograron salvarse del Holocausto. No obstante, dirá la autora:

No son míos estos poemas. Vienen de voces tomadas, recuperadas, usurpadas. Sus autores huyeron de una masacre, son sobrevivientes, salvados, testigos, revividos. Soy apenas transcriptora, escucha en lo cóncavo de su dolor, su memoria, su decir, su olvido. Si acaso, abrevio los muñones de una fragilidad y propongo una versificación, algunas comas, ciertos espacios…
Los testimonios de los supervivientes de la Shoá —de la palabra hebrea «masacre»— y, por tanto, los poemas que de ellos he desmembrado, buscan el registro de una belleza diferente, donde a la fuerza desaparecen entrevistador, transcriptor, escritor y autor para despejar el cauce de una escritura venida del desastre, de lo esencial, de lo más terrible. (2013: 2-3)

Goldberg dedica su poemario Luba, de 1988, a “Luba Kapuschewski, mi abuela, por lo que soy”. A lo largo del libro, en versos breves,  un yo lírico habla de  la saga familiar, partiendo de la figura de la abuela,  sobreviviente del Holocausto, quien vive el desarraigo desde la desolación. La indagación en los orígenes es a su vez una forma de entrar en contacto con su interioridad. Memoria afectiva que honra su ascendencia y se reconoce en la incertidumbre ante un  entorno que pareciera siempre ajeno.
En su obra poética encontramos un discurso que habla desde la melancolía, que intenta reinventarse en la palabra para, de esta manera, conjurar  la angustia existencial que caracteriza al exiliado. La memoria del destierro de los ancestros reaviva y actualiza las separaciones que han moldeado al yo lírico.

No soy lo que digo sin un origen a cuestas

Sigue irresoluto el olor negro de mi desarraigo

….
     
             Las barbas de mis bisabuelos
             no ocultan magníficas excepciones.
             En mi sanguínea coartada solo hay herrumbre,
             Locos ensimismados, espaldas encorvadas.[3]
          
 En los textos se hace referencia no solo a  la historia del colectivo judío,  sino también a historias familiares y particularmente a una historia más íntima, en la que el yo lírico se desnuda.
 La escritura apela a la memoria como forma de resurrección y conocimiento trascendente del pasado:

              “Poética”

La nieve que sortearon mis ancestros
es reliquia desdichada que no me estremece.

Me relato –si es que punta y vértigo son verdad-
en el glosario escarpado de una distancia.[4]

Mis rasgos de muchacha polaca, salvaje de Judea,
Irán trastornándose.[5]

Los viajes dicen de mí como algo aparte,
pero no se trata de huir sino de hacerme en otro lado.[6]

Para Walter Kohan, la extranjería es “una condición que abre una diversidad de formas de relación con la tierra, con el saber y, sobre todo, con el otro”[7].  El inevitable desarraigo conlleva el miedo, la rabia, el sufrimiento vivido por los ancestros. Huir del país de origen, abandonar la casa, los objetos y los amigos, para desterrarse en un lugar extraño, convertirse en el “otro”, sentirse amenazado por una lengua desconocida,  son temas que se reiteran a lo largo de los poemarios de Goldberg.

“Poética”

De pronto cedo
a una identidad perseguida.
Me traduzco lentamente en el poema,
construyo el espacio de una estructura
que dicta infortunios, me describe desplegada, informe.[8]
             
La diáspora, como forma de supervivencia de un colectivo que ha sido discriminado por siglos, ha hecho que los judíos sean  definidos “como una identidad descentrada, como la sensación permanente de que fragmentos de la memoria de la comunidad se han esparcido por al mundo para formar una especie de patria migrante.”[9] Este peregrinar en busca de un lugar donde  vivir sin amenazas, ha hecho que el pueblo  judío y sus descendientes se impongan la obligación de no olvidar, y es a través de la memoria y de la imaginación creadora que la palabra  transforma el pasado doloroso y trágico en un presente que se articula como espacio de lo posible.

“Éxodos”

El hijo entiende que hay un origen,
libros que se atizan con los hombros reventados,
vértigos primigenios.

¿Cuántas preguntas para su rendición?
¿Cuántos los adverbios solares
que me harán más extranjera, más nudosa?[10]

He comprendido otros desbarros:
me sacaron de mi casa,
me arrancaron la ropa,
me tatuaron una cifra,
me gasearon,
mi incineraron,
me convirtieron.[11]


Monólogo interior de tono confesional que habla de fracaso, desolación, desencanto; la experiencia del exilio  como pérdida, el sentimiento de dolor. La enunciación en primera persona se apropia de la voz de los ancestros y habla de ese pasado irreparable que sigue atormentando a los descendientes.
En los textos, el viaje que se realiza desde lo colectivo hacia lo individual está siempre condicionado por  la desesperanza. El yo lírico desacraliza la vida familiar, y descubre, a través del verbo poético, las múltiples máscaras de lo femenino:

I
tomo su herencia
de edades en quiebra
los oficios tristes del abandono

sus muertos[12]

IV
casi deja su tiempo
en esa casa que nombra en voz baja
mordida por un quejido de gases
una madrugada difícil.[13]

XXII
me acerco a su lengua dolorosa

amaso un discurso de puertos extranjeros
casas abandonadas al borde de lo presentido.[14]


            En los poemas se aprecia exaltación del padecimiento, no solamente de los ancestros, sino también de sí misma, lo que, en oportunidades, refleja un sentimiento cercano al  hastío.

XXIV
Luba asiste a cuanto soy
detiene sus raíces
sufre de nuevo.[15]


Para Teresa Porzecanski, “el vínculo entre judaísmo y extranjería es paradigma de una marca, de una perturbación”[16]. Ese pasado signado por la extrañeza, que pareciera diluirse en los registros de cada nueva generación, se ve impelido a preservarse en la palabra poética, y el ejercicio de reescritura de la memoria familiar permite a la autora reelaborar su propia identidad. En la poesía de Goldberg, la herencia judía está representada a partir de  alusiones autobiográficas y memorias familiares que constituyen una especie de estigma de la otredad que ha  heredado 
El espacio poético se convierte en el territorio desde el cual el yo lírico  se traduce y construye una identidad que ha de ser completada por los lectores. De ahí que diga: “existo cuando otros ayudan a deletrearme”[17]
El discurso poético se despoja de retoricismo para incorporar giros coloquiales y vocabulario del habla cotidiana.  Una poesía que tiende a la narratividad,  inspirada en las circunstancias que rodearon la vida de la poeta,  y particularmente vinculada a la herencia judía.  Las experiencias fundamentales y trágicas de este pueblo forman parte de la conciencia de los sujetos líricos, al convertirse en materia de los textos poéticos.
El plaquette Día del perdón es un poema largo. Un yo lírico expone su conflicto interior en relación a su obligación de la práctica religiosa. El texto comienza la  víspera del día del perdón, y va describiendo hora a hora las sensaciones de esta mujer, hasta el final del  Yom Kipur.

(Luego)
Hay una mujer encerrada en su habitación,
de espíritu agrio,
párpados pegados a la ventana.

Diestra en mirar lejos,
se esfuerza en ver hacia adentro
—la fecha obliga—.
Nunca halló el ser interior
del que hablan los manuales.

Soporta,
persigue un atajo que salve.
Rezará en una lengua que no sabe ni la abraza.
Irá hasta el asco y el dolor.
   ….
(Yom Kipur 7:00 am) 
Un solazo inmóvil fisura el ánimo.

(Luego, apenas desayuno)
Soy sacrílega,
de vano resbalar.

No ayuno,
no ruego,
no pongo en jaque mi esperanza,
me maquillo con arena.

Escribo mi nombre en un libro profano,
  …
(1:35 pm)
De haber cumplido
con los sagrados preceptos de este día,
no estaría escribiendo.

(6:15 pm. Oscuro ya)
 ….
Absuélveme, Dios,
por intransigir en la orilla.

(Tarde. Otro año será)

Ato cabos,
veo que soy feliz.

¿Feliz?
—astuta palabra—.

No puedo quejarme, se ha dicho.
¿Y tú, Dios, te quejas de mí?

Desde la experiencia identitaria múltiple y compleja, la escritora encuentra en la palabra poética una forma de aproximación  a la subjetividad y al autoconocimiento.
Goldberg representa su identidad judía a partir de una poética de la interiorización del yo el estremecimiento y el desenmascaramiento, siempre vinculados al origen. Temáticas sobre las que reflexiona con un discurso a ratos irónico e irreverente, en otras oportunidades desde la aflicción y la desgarradura, siempre marcado por un tono narrativo.  






[1] George Steiner entrevistado por Hobson, Theo en: “George Steiner: un huésped de la vida” En  Criterio Nº 2310, Noviembre, 2005: http://www.revistacriterio.com.ar/cultura/george-steiner-un-huesped-de-la-vida/ (19/01/2014)
[2]Jacqueline, Goldberg,  Día del perdón, Caracas, El Pez Soluble (plaquette). 2011.
[3] Jacqueline, Goldberg,  Verbos predadores. Poesía reunida 2006/1986, Caracas, Equinoccio, 2007, p.22.
[4] Ibid., p. 24.
[5] Ibid., p. 25.
[6] Ibid., p. 26.
[7] Walter, KOHAN, Infancia, política y pensamiento. Ensayos de filosofía y educación, Buenos Aires, Del estante, 2007,  p. 15.

[8] Jacqueline, Goldberg, op. cit., p. 29.
[9] Denise, León, Ghetto y poesía. La pérdida del hogar lingüístico. En: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero35/ghettop.html (Revisado el 20/11#2013)
[10]Jacqueline, Goldberg, op. cit., p. 39.
[11] Ibid., p. 53.
[12] Ibid., p. 343.
[13] Ibid., p. 344.
[14] Ibid., p. 350
[15] Ibiden.
[16] Teresa Porzecanski, “Diáspora e identidades múltiples”, en Revista de la  Biblioteca Nacional. sobre traducciones, literaturas sin fronteras, relatos de viaje, ambular de teorías,  exilios y otros desplazamientos de la escritura, Montevideo, Biblioteca Nacional de Uruguay, n° 6/7, 2012, p. 47.
[17] Jacqueline, Goldberg, op. cit., p. 29.

jueves, 14 de enero de 2016

Ricardo corazón de hormiga

Carmen Virginia Carrillo



     Estas palabras las escribí para mi hermano Ricardo en su setenta cumpleaños.




Para: Ricardo Corazón de hormiga
De: su hermana mayor.

     
Cuando yo nací mi hermano Ricardo tenía 17 años -ya sé que se están preguntando, pero, entonces? Cómo es que dice que es su hermana mayor?- pues verán, Roc, como cariñosamente lo llamamos los hermanos, es muy original, tanto que a veces parece un personaje de novela, así que él decidió que, como yo era la mayor de las hembras, yo era la hermana mayor. Esto le permite que cada vez que me presenta a alguien, la gente me mire como preguntándose, ¿será que es la versión femenina de Dorian Grey? Y yo tengo que explicarles, a los asombrados interlocutores, que soy la mayor de las hembras y Roc se muere de la risa. 
     Pero volvamos a los 17 de Roc y 0 míos. Para ese entonces ya Ricardo se había ganado una muy merecida fama de tremendo, con no pocas anécdotas dignas de Daniel el travieso, así que de esos primeros años yo sólo les puedo contar lo que me contaron.
         En una oportunidad montó una alcabala frente a la casa con una cuerda que sostenían Miguel y Pedro Emilio, —los dos hermanos que le siguen en la larga lista de ocho—, hacía parar los carros, les echaba fleet en las ruedas y cobrara por ello. La gente, toda conocida del doctor Carrillo, le reía la gracia a sus hijitos y ellos felices, hasta que se enteró papá! 
     Otra vez, Ricardo y dos amigos tomaron prestado el carro de la mamá de uno de ellos, sin avisar a la señora, para pasear a unas chicas. La señora denunció el carro como robado y los mandaron a meter presos, se imaginan ustedes, Roc en el retén de policía. Rápidamente llamaron a papá y su respuesta fue –déjelo ahí unos días para que aprenda! Era prefecto de Valera don Evaristo Rueda gran amigo de la familia. Al día siguiente le devolvió al muchacho ¡porque le estaba alborotando a los presos con sus discursos sobre derechos humanos! 
      La más famosa de las anécdotas es la del circo. Se le ocurrió que podía montar una función muy atractiva para los vecinitos de la cuadra. En esa oportunidad le quitó el burro al kerosenero, mientras el hombre entregaba una garrafa y lo subió a la azotea, donde tenía montado el tinglado con un mono, un zamuro amarrado a un tubo y un loro que todo lo repetía. Cobraba una locha por cada vuelta. Cuando el dueño del animal escuchó el rebuzno y vio a su jumento tan alto, salió corriendo a buscar al doctor Carrillo. Fácil subirlo, pero, cómo bajarlo? Tuvieron que encontrar una pollina que lo entusiasmara a lanzarse escaleras abajo.
      Contaban de las elegancias de Roc, algo extravagantes eso sí, sobre todo se me quedó grabada lo de sus bufandas de seda de colores llamativos. Las imagino de un amarillo intenso como los pantalones con que llegó en una oportunidad a Valera, siendo  ya todos nosotros mayores, para un cumpleaños de mi papá, por supuesto fue la sensación. Y cómo no hablar de las innumerables boinas que lo han caracterizado desde que le salió la calvita carrillera, o de sus zapatos siempre brillantes, que mandaba a pulir en la Plaza Bolívar. En cuanto llegaba a pasar unos días de vacaciones, lo primero que hacía, después de saludar, era reclutar a alguno de sus hermanos menores para que lo acompañara a donde los limpiabotas.
      Roc es como un mago, siempre tiene algo misterioso o sorprendente bajo la manga que mostrar y con ello fascina a los pequeños, a los jóvenes y a los no tan jóvenes. Como sus famosas navajas, o los aperos de los caballos, o libros incunables, o las increíbles historias! Ah, cómo sabe contar historias mi hermano mayor! En eso no hay quien le gane. Recuerdo una vez que llegó a la casa y se puso a contarles a mis hijos la historia de la gran Tamara.
-Pasen señores pasen, a ver a la gran Tamara!… Daba unas carreras y unos saltos, imitando a la famosa equilibrista que hacían retumbar el piso del apartamento en el que vivíamos. Los niños lo aplaudían y pedían replay. Sus onomatopeyas son de antología, sobre todo si se trata de equinos, sus amados caballo. ¿Saben cómo bautizó al último de la colección? Nada menos que “Cagancho”.
     También es como un Shiddartha, siempre buscando y buscándose. En una época se hizo seguidor del Maharishi Mahesh y meditaba con un incienso encendido mientras repetía mantras, a todos nos puso a meditar. En esa época vivía en Caracas, en casa de gran mamá,  porque estaba estudiando en la Universidad Central. Unas vacaciones fuimos a visitarlo y pusieron a Manuel, el quinto de los hermano, a dormir en el mismo cuarto de Ricardo. Cansado de jugar, se había dormido temprano. Cuando Ricardo llegó se desvistió, asumió su posición yogui, prendió un incienso y comenzó a meditar repitiendo mantras. El pobre Manuel despertó con los sonidos guturales y en cuanto abrió los ojos y vio a aquel buda consanguíneo rodeado de humo, pegó un alarido estrepitoso que despertó a la casa entera.
    Recuerdo que cada vez que me invitaba a salir con él en el carro me ponía a escuchar las conferencias del Maestro. Como hablaba un inglés con acento hindú, yo no entendía casi nada, pero cómo decirle que me estaba perdiendo gran parte de las enseñanzas  espirituales del iluminado.
     En fin, podría escribir no uno, sino tres libros sobre Roc, pero eso lo dejo para después, por ahora sólo quiero desearle lo mejor del mundo en los años por venir y darle las gracias por haber sido el fantástico hermano mayor que ha siempre ha sido.


            

viernes, 20 de noviembre de 2015

Extranjería y bilingüismo en El largo viaje a casa (1994) de Verónica Jaffé

Carmen Virginia Carrillo


(foto Carmen Virginia Carrillo)



En la poesía venezolana escrita por mujeres de las tres últimas décadas del siglo XX y los primeros años del siglo XXI encontramos textos marcados por la expresión del género, que ponen en escena la condición de extranjería y del bilingüismo como eje de la existencia signada por la ajenidad. Tal es el caso de Verónica Jaffé.
El entorno familiar de la escritora de origen judío,  conforma identidades que definen hábitos, solidaridades y demandan la reivindicación de la herencia familiar. La yuxtaposición de costumbres juega un papel fundamental en el diálogo intercultural que indiscutiblemente enriquece su obra.  
Jaffé nació en Caracas. Es licenciada en Letras y PhD en  literatura alemana. Ha ejercido la  docencia en prestigiosas universidades venezolanas. Se ha desempeñado como investigadora y traductora. Entre sus publicaciones destacan El relato imposible (1991), ensayo sobre literatura venezolana  y Metáforas y traducción o traducción como metáfora. Algunas metáforas de la teoría de la traducción literaria, (2004). Su obra poética está reunida en los libros El arte de la pérdida (1991), El largo viaje a casa (1994), La versión de Ismena (2000) y Sobre Traducciones. Poemas 2000-2008 (2010).
El poemario   El largo viaje a casa (1994)  está centrado en la temática de la extranjería. Encontramos poemas de corte narrativo, escritos en un discurso despojado de retórica. La evocación del Holocausto vivido por sus ancestros, el desarraigo, el cuestionamiento existencial, la muerte, la infancia, el viaje como búsqueda y la relación con una lengua extranjera están presentes a lo largo del libro, así como también el enmascaramiento, tema que se repite  en sus tres  poemarios.
Los poemas, en su mayoría, describen paisajes foráneos, fruto de un recorrido por territorio norteamericano. El hablante poemático se pregunta por  la mirada del extranjero. En “Sobre un banco del Old Capitol Mall, Iowa city, Iowa leemos:

Cómo describir maizales,
campesinos en carreteras
sin sentir de inmediato
complacientes tentaciones
para convertirlo todo,
campesinos y caballos,
escritores y graneros
en mentira, en nostalgia, en poema simple y falso
de extranjero. (1994:10)

Para el yo lírico, la apreciación del extranjero no es objetiva, su otredad interfiere en la percepción que tiene de la realidad; su mirada está condicionada por las vivencias. Esta experiencia implica, en sí misma,  una traducción. El sujeto desea hacer suyo lo ajeno, lo extraño,  borrar las diferencias al nombrarlas en la propia lengua, reflejarse en el discurso del otro, o disolver lo extraño del otro  en la propia lengua.
En los once  poemas titulados “Lecturas”, numerados y ubicados a lo largo del libro, Jaffé propone un diálogo intertextual con textos poéticos  de las escritoras Adrienne Rich, Elly Waard, Ingeborg Bachman, Elizabeth Bishop y Marilyn Hacker, esta última hija de inmigrantes judíos nacida en Nueva York.
            Llama la atención el poema “Lectura 11”, último del libro.  En este texto, la voz poética de Jaffé dialoga con el poema “Cuestiones de viaje”, de Elizabeth Bishop. Los versos de ambas poetas aparecen intercalados en el largo del texto.  Comienza diciendo Jaffé:

Un viaje es un viaje es un viaje
es un viaje?
Un viaje se inicia con vagas fantasías
suscitadas por un nombre: Imataca
voz  indígena? Sin duda.
Y un espacio enorme
en el mapa,
desde el delta
hasta el pie de monte
de la Gran Sabana. (1994:51)

De la siguiente estrofa de Bishop, Jaffé toma el título de su poemario:

             Piensa en el largo viaje a casa.
¿Debimos quedarnos en casa y recordar esto?
¿Dónde deberíamos estar hoy?
¿Está bien observar gente extraña
en este extrañísimo teatro? (1994: 53)

         La estación final del recorrido poético se lleva a cabo en territorio venezolano. El  escenario ha cambiado, sin embargo el desplazamiento al paisaje nativo no elude la referencia a los ancestros, el pasado doloroso del Holocausto sigue vivo en la memoria de la hablante:

…mi amigo Luis
habló de lo sublime
y luego recordó
el campo de concentración
en Dachau, Baviera (1994:54)


El extranjero que vive la experiencia del bilingüismo se enfrenta a una dualidad extrema. La lengua materna  le proporciona elementos claves de identidad, y le permite configurar su visión del mundo, pero esos elementos se enfrentan a la visión del mundo de la lengua foránea.  La imposibilidad de traducir  la connotación cultural de la propia lengua genera un conflicto que, para algunos es vivida como una experiencia límite; mientras que para otros, esta circunstancia es beneficiosa en  tanto que expande el universo perceptual y referencial. Claudio Guillén considera que la condición bilingüe amplía la conciencia del lenguaje. (1998:76). Jaffé, en el poema “Recital de poesía en Iowa city” elabora la siguiente reflexión metapoética sobre el tema:

Los poemas, pienso,
son incomprensibles:
más aún si en lengua extranjera.
Pues mastican con oído musical
O ritmo acompasado
Racimos completos
De imagen tras imagen.
El conjunto se declara como poesía.
(1994:15)

Hablamos de poesía —recuerdo—
y de culpas
y de lenguas aprendidas en la infancia,
              (1994:30)


Su condición bilingüe la acerca al oficio de traductora. De esta manera,  la relación que establece con la lengua implica un doble sentido: de acercamiento y distanciamiento. La traducción entendida como una actividad de mestizaje (Gómez Mango, 2012:16), como producto de lo heterogéneo, nos acerca  a la esencia de la vida de la cultura. Por otro lado, salirse de lo propio, desprenderse de los orígenes, implica la amenaza de perderse en la otredad, de ahí la necesidad de poetizar las raíces. Jaffé recuerda su origen judío, revive en el poema el sufrimiento de sus ancestros, la aflicción del exilio:

Al regreso,
recorriendo nuevamente
la tercera avenida,
siento el frío debajo del abrigo,
en los dedos de los pies
y de mis manos,
siento de repente
el miedo de ser medio judía,
siento humedad en la mejilla
y recuerdo el coraje grave
de su voz cansada
señalando tristemente
la resurrección de los odios del pasado,
sin que pronunciara nunca
el nombre ni decir
cuáles el referente inevitable
de ese leviatán
en la historia de este siglo,
el país que asoció su identidad
al exterminio.
(1994: 27)


            En el poema “Campos avenidas de abedules” la hablante relata un viaje a Polonia y describe el campo que observa en su recorrido, recuerdo que contrapone a las terribles imágenes de “un garfio/de dos pinzas/ que utilizaban para/apresar los cráneos/ y arrastrar los cuerpos de la cámara a los hornos” (48)

  
Marcar lo perdido, hablar lo perdido, invocarlo
                                         [en salmos, en guisos y sopas,
Tiene razón la poeta.
¡Qué importa las cartas muertas, los poemas, los
                                                                          [cuadros
perdidos, destruidos
con excepción de tus manos. (1994: 33)
                                           
      
Para Gadamer, “sólo quien se encuentra en un lenguaje como en casa puede experimentar el enunciado, que se sostiene y se mantiene por sí mismo, de la palabra poética, que guarda todavía otro estar-en-casa en lo que es originalmente familiar” (1998:47) En la poesía de Verónica Jaffé, el sentimiento de desarraigo, el extrañamiento frente al entorno desconocido, la necesidad de sentirse en casa y la exploración de la conciencia de sí misma, constituyen la materia prima de su escritura poética que pareciera ofrecer la posibilidad de manifestar plenamente el ser en el mundo. De ahí que la escritora diga:
Poeta o poesía,
en fin,
palabra,
alcanza solo
muy de vez en cuando
eso que sentimos
tan terrible, inhumano
y por eso mismo
inefablemente bello.
(1994:50)

            El poema se sostiene en ese tiempo anterior a la palabra, en el cual desbordan las expresiones más primitivas de la emoción.
En los versos de Jaffé, el discurso poético se despoja del retoricismo para incorporar giros coloquiales y vocabulario del habla cotidiana. La infancia es representada como la edad de la añoranza. Plagada de lugares, sonidos y lenguas extranjeras que se van perdiendo en los laberintos de la memoria y que el poema invoca en un intento por descubrir una verdad que se diluye en el posible olvido. 
Estamos frente a una poética de la interiorización del yo, del desenmascaramiento y del autoconocimiento a partir de la vinculación con los orígenes, espacio en el que la herencia extranjera constituye un baluarte que se plasma en el discurso poético, para dar cuenta de la relación del ser consigo mismo y con el otro.

Referencias biliográficas:

GADAMER, Hans-Georg. 1998.  Arte y verdad de la palabra. Barcelona: Paidós.
GÓMEZ MANGO, 2012. “Sitios del destierro”. En Palabras sitiadas, sobre
    traducciones, literaturas sin fronteras, relatos de viaje, ambular de teorías,
    exilios y otros desplazamientos de la escritura. Revista de la Biblioteca
    Nacional, Uruguay. 6/7. 2012.  Pp. 13-24.
GUILLÉN, Claudio. 1998. Múltiples moradas. Ensayo de literatura comparada.  Barcelona:                   Tusquets.
JAFFÉ, Verónica. 1994. El largo viaje a casa. Caracas: Fundarte.