sábado, 22 de julio de 2017

Extranjería y desarraigo en dos poemarios de las escritoras venezolanas Gina Saraceni y Cristina Falcón

 Carmen Virginia Carrillo








El artículo “Extranjería y desarraigo en dos poemarios de las escritoras venezolanas Gina Saraceni y Cristina Falcón” fue publicado en: Sociedades y desigualdades Revista del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades. Universidad Autónoma del Estado de México. Año 1, número 1, Toluca, Estado de México, julio-diciembre de 2015. Pp. 45-54.


Durante  las tres últimas décadas del siglo XX y la primera década del siglo XXI, se observa en la poesía venezolana escrita por mujeres,  la recurrencia de textos que ponen en escena la condición de la extranjería como eje de la existencia signada por la diferencia.
En los  setenta, Miyó Vestrini y  Margara Russotto incorporaron a sus versos la representación poemática de su extranjería. Estas escritoras, hijas de emigrantes que llegaron al país siendo niñas, plasmaron en sus textos  la extrañeza experimentada frente a un entorno desconocido y la percepción de sí mismas en función de las diferencias.
A finales de la década de los noventa del siglo XX y comienzos del presente,  Verónica Jaffé (1957),  Laura Cracco (1959), Carmen León Ferro (1962), Jacqueline Goldberg (1966) y Gina Saraceni (1966) nacidas en Venezuela, descendientes de europeos que emigraron al país, ponen en escena la otredad heredada de sus ancestros, en sus textos poéticos.
Por su parte, Cristina Falcón Maldonado (1963), escritora venezolana residenciada en Europa desde 1988, reflexiona sobre el desarraigo en su poemario Memoria errante (2009). En el caso de Falcón, la extranjería está planteada desde el punto de vista de quien emigra y, desde otro contexto, con otros paisajes y otras experiencias culturales,  rememora el terruño.
Para este trabajo, he seleccionado los poemarios La casa de pisar duro (2011) de Gina Saraceni y Memoria errante (2009) de Cristina Falcón, dos libros en los que la noción de extranjería resuena desde dos matrices semánticas fundamentales: la extrañeza que acompaña al emigrante y  la percepción del desarraigo a partir de la rememoración de la casa materna como espacio de la pertenencia y la nostalgia, .  
Gina Saraceni ha publicado los poemarios Entre objetos, respirando (1998); Deriva (2000); Salobre (2004), libro que ganó la Bienal de  Coro “David Elías Curiel” mención Poesía en el año 2001 y Casa de pisar duro (2013) premiado en el XI Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana en el 2011. Entre sus trabajos de crítica literaria,  cabe destacar: Escribir hacia atrás (2008) y La soberanía del defecto, (2012).
Su condición bilingüe la acerca al oficio de la traducción. Y es a través de esta  actividad que Saraceni entabla una relación de doble sentido con la lengua materna, de ahí que se haya ocupado de traducir al italiano a los poetas venezolanos Rafael Cadenas y Yolanda Pantin y al castellano a la poeta italiana Alda Merini.   
En su libro Salobre (2004) Saraceni se ocupa del tema de la extranjería. La herencia familiar, con su carga simbólica y cultural,  representada desde  la memoria afectiva de un sujeto lírico que busca aferrarse al legado de los ancestros, es el eje temático de los poemas.
 Nos encontramos frente a la articulación de un discurso poético que se construye  a partir de la problemática que viven los emigrantes, quienes tienen que abandonan su lugar de origen y deben enfrentarlo desconocido,  y una lengua que les es ajena, de ahí el extrañamiento que el extranjero plasma en  su escritura. La patria abandonada se hace cada vez más distante y el presente se puebla de recuerdos.
De todos los espacios de la memoria personal a los que la voz poética del emigrante remite, la casa familiar es el más preciado. Universo primigenio convertido en ámbito virtual, en discurso. La casa de los ancestros se constituye en el lugar de la añoranza, ese “lugar físico-empático-emocional” con el que se tiene un doble vínculo temporal, el referido al propio presente de la enunciación y el que tiene que ver con un pasado que se representa  (Casas, 1998:160).
Nueve años después de la publicación de Salobre, se edita  el poemario Casa de pisar duro (2013). El título del libro lo toma la autora de un poema de Miyó Vestrini, escritora cuya obra ha analizado en sus trabajos críticos, y que incorporó al estudio de la poesía venezolana de su libro La soberanía del defecto  (2012). Consideramos pertinente resaltar cómo el diálogo intertextual, que se anuncia desde el título del poemario, da cuenta de una escritura signada por la coincidencia de temas y problemáticas que ocupan a ambas poetas. La experiencia de la extranjería parecería constituir uno de los ejes fundamentales de ambas aproximaciones poéticas.
Saraceni ha señalado que su escritura se inserta en una “estirpe de voces” (Marguerite Duras, Antonio Gamoneda, Marina Tsvietáieva, Celine, Luz Machado, Yolanda Pantin, Fabio Morábito, Coetzee, Vicente Gerbasi, Sergio Chejfec, Eugenio Montale, Miyó Vestrini) que la acompañan y señalan “caminos y formas de pensar los problemas” (Saraceni en  Guerrero, 2011: en línea). Entre los temas comunes a estas voces se encuentran la noción de pertenencia y la reflexión sobre la lengua y el habitar.
Los poemas  reunidos  en Casa de pisar duro  hablan de viajes, de memorias, del dolor de la pérdida y de ese espacio privilegiado que es la casa. Dividido en tres secciones: “Casalba”, “Cuerpo a Cuerpo” y “Extravío en Manhattan”, el libro evoca vivencias en  la casa materna y  en ciudades extranjeras (Berlín, Nápoles, Nueva York), en la que temporalmente habita una voz errante.
Respecto al  poemario, la autora ha dicho que en el mismo  busca:

Explorar cómo la pertenencia  se funda paradójicamente en la imposibilidad de habitar  el origen que nos funda y constituye. Es decir, la casa no es sólo el piso y el techo que nos sostiene y cobija sino también esa zona siniestra donde lo más familiar e íntimo se enrarecen y donde la descolocación, la pérdida, la nostalgia son otros modos de estar “en casa”.  (Saraceni en Pietro, 2012).

            Al igual que en Salobre,  en Casa de pisar duro, la casa se convierte en  el espacio poético por excelencia, universo de símbolos del que se nutre la memoria. En los poemas, un yo lírico reflexiona sobre el transcurrir del tiempo  y las huellas que el mismo va dejando en los muros de  la casa materna, ahí están guardadas las experiencias  fundamentales de sus habitantes. Cuando se regresa a  la casa tras la ausencia, solo se encuentra vacío, abandono, sentimientos  que se  rescatan de los laberintos de la memoria.   No obstante,  es necesario volver a la casa,  habitarla, enfrentar los recuerdos:

En la casa se oye crecer una raíz
se abre paso en cada
hueco que encuentra
en su transcurso.

Es sangre la que corre por esa vena inmensa.

Es  la casa entera  que germina
en el piso abierto de junio.


Una araña mueve la tierra

hala sus hebras más delgadas.

Los helechos saben
que las raíces crecen
hacia adentro.

lejos todavía.

(Saraceni, 2013: 26 )

La casa, símbolo de lo fundacional  y refugio de valores ancestrales, es el primer universo, “cuerpo de imágenes que da al hombre razones o ilusiones de estabilidad” (Bachelard, 1983:48). En la representación poemática, la casa se hace una con la naturaleza,  “germina”, se expande por las venas de la tierra, se mantiene vive, se reproduce.
Más la memoria no solo se recuerda en los espacios abandonados, busca también recrear escenas familiares, en las que los ancestros repiten los viejos rituales:

El amanecer llega a la casa lentamente.

Nada quiebra el silencio que queda de la noche.

Sólo se oye respirar a los insectos.

El padre y la madre desayunan.

El padre muerde el pan duro,
lo moja en agua y aceite
come la harina espesa de la guerra.

La madre, en cambio,
prefiere la avena y la manzana,
hechas arena al tacto de su lengua.

Ambos comen la corteza
del tiempo que se acaba.
Ese ser dos en la vejez,
aferrados a un ritual
que les devuelve los primeros
paisajes de sus vidas.

Ese ser hijos de lo mismo,
del mismo pan duro que mastican,
sin que la miga ceda
al diente que la muerde . 
         
  (Saraceni, 2013: 28-29)

En los versos, la cotidianidad pareciera ser el antídoto al transcurrir del tiempo. Sin embargo, no siempre la vida toma la palabra.  En oportunidades, como en el poema que citamos a continuación,  la muerte se apodera de la escena y domina la percepción del yo lírico frente a la casa deshabitada:

Las casas mueren cuando se vuelven árboles,
cuando una mancha vegetal las recubre
y convierte en jardines verticales.

De sus ventanas brotan raíces
que rozan el filo de las nubes.

La casa muere con el verano en la garganta.

Hubo luz, un tiempo, en esa casa.
Hubo vidrios limpios que acogían una
mano temerosa de que el viento los quebrara.
Hubo niños oliendo a pinos y olivares
y una puerta grande donde entraba
todo el pasado y su memoria.

Los muertos regresan a la casa,
hablan una lengua incomprensible y
levantan el polvo acumulado de los años. 

Puede que aquí el tiempo se detenga
y solo exista el instante en que la casa
se torna un paisaje fugitivo.

Todo se mueve en su cuerpo de piedra
hasta la hoja más pequeña que se asoma
a la intemperie y se abandona.

No hay de dónde sostenerse
para seguir de pie ante la casa;
para no caer delante de sus ruinas
y volverse una planta más que la recorre.

            No se puede mirar tanto pasado
sin perderse en el hueco vertical
de sus paredes.

No se puede mirar en ese quiebre
sin pensar que alguien fue feliz en esta casa
alguien aferrado al canto de los grillos.

(Saraceni, 2013:9-10)

La memoria nos permite preservar del olvido lo que amamos, mantenerlo vivo. Es en este punto en el que la poesía permite superar la idea de la extinción, ya que a través de la palabra la soledad metafísica del extranjero encuentra consuelo. Detener el tiempo para inmortalizar las anécdotas vividas en la casa, las emociones allí experimentadas,  pareciera ser una de las intenciones de ese yo lírico que transita por las ruinas de la antigua morada.
En la poesía de Saraceni el recuerdo  se expande desde la escucha amorosa de los sonidos del pasado, de la infancia, de la casa. Y es precisamente ese prestar oídos  al dictado de la memoria  lo que permite volver “a la casa que se quiebra donde la ausencia no perdona/ al juego que perdura en el tacto del recuerdo/al tiempo que interroga y no sabemos responderle.” (Saraceni, 2013:47).  
Si como dice Gastón Bachelard “somos diagrama de las funciones de habitar esa casa y todas las demás casas no son más que variaciones de un tema fundamental” (1983:45), en los versos de Saraceni las ciudades habitadas, visitadas,  constituyen las variaciones de la casa materna.
Estamos ante la  presencia de un yo lírico autorreferencial que reflexiona sobre los desplazamientos de sus ancestros y los suyos propios, sobre las pérdidas, y las renuncias que  llevan consigo los hijos de emigrantes, ante   la imposibilidad de permanecer en el lugar de origen.

Cristina Falcón Maldonado (1963), está residenciada en Europa desde hace 26 años. Actualmente vive en Cuenca, España. Ha publicado tres poemarios: Premura sagrada (1986), Memoria errante (2009) y Borrar el paisaje (2014). Los dos últimos editados por Candaya. Sus poemas han sido publicados en revistas literarias e incluidos en la Antología En-obra poesía venezolana 1983-2008 (2008), de la Editorial Equinoccio.
Falcón se ha destacado por sus libros para niños. Entre ellos cabe destacar Letras en los cordeles (2012), que ha sido traducido a varios idiomas.
El libro que nos ocupa, Memoria errante (2009), está dividido en cinco partes. “Hubo de irse”, “Deriva”, “Regresos”, “Fronteras” y “Destinos”. Estos títulos configuran una bitácora de lectura que traslada al lector del espacio nativo al país de acogida. A lo largo del recorrido geográfico, con sus idas y venidas, los temas de la migración, la memoria como consuelo de extranjero, la rememoración de la infancia  y de la casa materna constituyen las matrices semánticas fundamentales del poemario.
La extrañeza da pie al cuestionamiento, a la fragmentación de un yo que oscila entre el presente de extranjera y la memoria del pasado en el país de origen. El poema XV habla de la hostilidad que percibe en aquellos que insisten en señalar las diferencias:

XV
Dicen
forastera.

Pero ya no es la infancia
la tarde de juegos
la película del domingo.

Es mi vida.

No dejaré de ser
errante
forastera

hasta que regrese al único lugar
en el que no tengo que volver la cabeza al escucharlo.

(Falcón, 2009: 38)

Para Guillén, “la poesía del desterrado es un consuelo –en lo esencial, no hay otro-, una compensación, una inversión del destino del autor” (Guillén, 1998: 37). Desde su condición de extranjera, Falcón encuentra en la palabra poética un horizonte desde el cual interpreta la alteridad que a ratos se hace insostenible.  Experiencia hecha palabra, poema, obra.

Lejanas latitudes
corro en la memoria
llueven sobre la palabra
me borran.
(Falcón, 2009: 88)


De qué nos han valido
los viajes de ida y vuelta
si no somos dueños de bitácora
si el destino no se deja
si nos deja
más que esta pesadumbre
errática.

(Falcón, 2009: 70)

       El país de origen, ese espacio añorado está representado en oposición al país de acogida, que se muestra como un lugar hostil. La no pertenencia, el sentirse forastero, diferente, otro, es el resultado de una situación de extrañamiento producto de la separación  del espacio nativo, lo conocido, la zona de confort, el lugar de los afectos.
Toda exclusión implica la posible pérdida de la identidad. Lengua, tradiciones, costumbres, se ven amenazadas por la necesidad de asimilarse a la cultura del otro. En el poema VII dice Falcón:

No menciones
la memoria
porque en ella pueden encontrar
ese reflejo
al que han decidido  tirarle una piedra.

(Falcón, 2009: 25)

El deseo de preservar la herencia familiar obliga al extranjero a recurrir a la  memoria, para, a través de ella,  mantener lazos perdurables con la raíz de su existencia: sus creencias, su familia, su tierra:

XXXIII

Vengo de la memoria
allí tengo mi zaguán
mi taza de peltre
mi vacío asomado desde el poyo de la ventana.

Vengo de no estar.

Voy amueblando estancias
               sorteando esperpentos
               sacudiendo semillas de anís estrellado
               flores de malabar
               sortijas de tierra
               del barro que soy

              Sacudo sortijas
              en tierra de nada
              de nadie.

(Falcón, 2009: 67)

        La extranjería vista como condición fundamental e inevitable del yo lírico, está representada a partir de la traslación espacio-temporal: del microcosmos familiar cerrado, íntimo, protector del pasado, al espacio abierto, amenazante, del presente:

XVII
Siempre hubo errancia
desde que comencé a perderme por el solar
mucho mundo más allá de las tapias
mucho como para quedarse.

No se te vaya a ocurrir
después de todo
necesitar nombres
querer dormir
viendo bajar la neblina
oyendo a café dulce
abrazando una espalda frágil.

Nos hacemos gusanos
a los que ya no les crecen esperanzas.

(Falcón, 2009: 41)

La relación con el otro, la apertura al otro están determinadas por la condición de extranjera del yo lírico. Para Martínez de la Escalera “lo que determina lo extraño es la ocasión, el acontecimiento, la oportunidad; un aquí y ahora transformándose inexorablemente en un allí y entonces; lo instantáneo (es decir lo congelado en un instante eterno), lo repentino, lo inesperado.” (Martínez de la Escalera, 2002:85). En los versos de Falcón, una sucesión de eventos y memorias permiten al yo lírico  “desandar las rutas”:

XXI

Voy a marcar rumbo
aunque el faro del sur
no me asista.

Desandar las rutas.

Voy a izar velas en la caliza
a volver
con el bajel a cuestas porque no soy de mar

soy esta especie
de tierra
por todo lo ajeno.
(Falcón, 2009: 45)

            La memoria espacial permite al yo lírico  retomar el hilo de su existencia, volver a sus raíces, al paisaje nativo, a la casa materna:

La memoria no existe
no es nada
si no  tiene que ver
con un corredor
con una esquina
un abrazo.

Te falta el aire
y das las gracias
porque después de todo
y del tiempo
tienes que morderte
esa llaga en la boca

al que firma la condena y la constancia
de lo que seguimos siendo.
(Falcón, 2009: 26)


Rememoración de la  infancia  desde una percepción sensorial. Ese  tiempo feliz en que las certezas cobijan el desamparo:

Cuando los nombres no nos pertenecen
es mejor  cerrar los ojos
volver
a espacios conocidos
respirar la fruta de la infancia
dejar que suene
la voz

que ya no espera ser articulada.
(Falcón, 2009: 34)

La infancia representada como la edad de la añoranza. Plagada de lugares, aromas y sonidos que se van perdiendo en los laberintos de la memoria y que el poema invoca en un intento de perpetuar una verdad que amenaza con diluirse en el olvido. 

Nacer y morir.
Regresar
por las calles de la infancia
cada día.

Mis calles llevan
fechas
que asigna la memoria

nombrarlas
volver calle arriba y calle abajo
se convierte
en el sustento.
(Falcón, 2009: 36)


En la infancia, lo sensorial y lo emocional predominan sobre lo verbal. El niño que todavía no habla reside en una esfera de percepciones que se va transformando a medida que aprende la lengua, y adquiere sistemas de signos que le permiten comunicarse con mayor fluidez. No obstante, este desarrollo supone  la pérdida de un mundo de sensaciones que quedan grabadas en la memoria como eventos prelocutivos. La imposibilidad de recuperar ese estado primigenio genera conflicto y cierta nostalgia, la misma nostalgia de aquel que ha de abandonar su casa y su tierra para fundar un nuevo hogar en un país extranjero. 
Para Gómez Mango “el poema aspira y a la vez se nutre de esa primera patria abandonada” (2012: 17-18). Lugares que  se perciben como privilegiados y se convierten en espacios de escritura. Los recuerdos se organizan a partir de los espacios físicos en los que sucedieron y la voz poética va articulando, a lo largo de sus versos, meditaciones reflexivas en una escritura autobiográfica cargada de melancolía. 

Voy por la casa
nadie  parece darse cuenta
de que voy
inclinada hacia adelante
por el peso de la piedra.

Voy por la casa
Como un eco sin retorno.

Busco mi libro
mi lápiz
pronuncio mis habladurías
me visto para la ocasión

le salgo al día como un trasnocho.

Voy por la calle
como por la casa
como por la vida.
(Falcón, 2009: 43)

En los poemas de Cristina Falcón, la extranjería es representada desde el desamparo que produce la pérdida del espacio originario de la tierra y la casa familiar. En sus versos, la infancia se nos muestra como la etapa privilegiada de la existencia, los años de protección bajo el cobijo materno, la seguridad. En cambio, el presente como extranjera es descrito como una experiencia dolorosa cuyo único consuelo pareciera ser  la escritura.
Tanto Gina Saraceni, como Cristina Falcón parten de acontecimientos autobiográficos para articular una identidad problemática en el sujeto lírico, que a su vez se refleja en el discurso poético. La nostalgia es el sentimiento predominante en la escritura de estas poetas venezolanas que recuperan el pasado a través de la  memoria.
Estamos frente a la representación de una casa que pareciera desmoronarse en la distancia temporal del recuerdo; que insistentemente evoca la sensación de pérdida y, en cierto sentido, de orfandad.
En los poemarios de Saraceni y Falcón, se ponen en escena desplazamientos, separaciones, desarraigos, añoranzas, a partir de la representación poemática de ese espacio privilegiado de la memoria, que es la casa.   Y es a través de la reconstrucción del lugar de origen que la voz poética recupera su identidad.


Referencias Bibliohemerográficas:
Bachelard, Gaston, 1983, La poética del espacio, Fondo de Cultura
     Económica, México.
Casas, Arturo, 1998, “Evidentia, Deixis y enunciación en la lírica de referente
     histórico  (la modalidad EHN-T). En Fernando Cabo Aseguinolaza, Germán
     Guillón (Eds.): Teoría del poema: la enunciación lírica, Rodopi, Ámsterdam.         Pp.159-204.
Falcón Maldonado, Cristina, 2009, Memoria errante,  Candaya, Barcelona.
Gómez Mango, Edmundo, 2012, “Sitios del destierro”, en Revista de la                   Biblioteca Nacional. Palabras sitiadas, sobre traducciones, literaturas sin             fronteras, relatos de viaje, ambular de teorías,  exilios y otros                           desplazamientos de la escrituraBiblioteca Nacional, 6/7, Montevideo.
Guillén, Claudio, 1998, Múltiples moradas. Ensayo de literatura comparada,           Tusquets, Barcelona.
Guerrero, Javier, 2011, “Gina Saraceni entrevistada por Javier Guerrero”, en   
Martínez de la Escalera, Ana María. 2002. “El extraño: metáfora de la                   situación  humana” en Martínez de la Escalera, Ana María; Cohen, Esther,           (coordinadoras) 2002. Lecciones de extranjería. Una mirada a la diferencia,        Siglo XXI, México.
Prieto Adlin de Jesús, 2014, “La literatura es una casa de raíces transversales”.
    Gina Saraceni entrevistada por  Adlin de Jesús en  El hablador, Revista virtual     de literatura,  n° 20.  http://www.elhablador.com/entrevista20_prieto.html
    (13/02/2014)
Saraceni, Gina, 2013, La casa de pisar duro, Sociedad de amigos de la cultura
    urbana, Caracas.
 ________________  2004, Salobre, Ediciones Casa de la Poesía de Falcón,            Coro.

domingo, 29 de mayo de 2016

El hijo de Gengis Khan, del escritor venezolano Ednodio Quintero.

Carmen Virginia Carrillo








            
        Temujin, hijo de Yesugei, el jefe de las tribus de los kiutes y descendiente de Khabul Khan,  fue nombrado rey de los mongoles en 1196. Unificó a las tribus nómadas del noreste de Asia y en 1206, tras dominar las tribus de la Alta Mongolia, se hizo nombrar Gran Khan adoptando el nombre de Gengis, “gobernante universal”. Construyó el imperio contiguo más grande de la historia, el cual se extendió desde las orillas del Pacífico hasta Europa oriental. 
            Con un ejército que llegó a tener cientos de miles de guerreros feroces y los más diestros jinetes,  cruzó la gran muralla china en 1211 y tomó Pekín el año 1215. En 1221 acabó con la dinastía Khwarizm, musulmana de origen turco, que incluía Turquestán, Persia y Afganistán.
            Este legendario personaje del mundo asiático ha inspirado numerosas novelas históricas, entre ellas La trilogía Gengis-Kan, Batú y Hasta la última mar  del escritor ruso Vasili Yan; Gengis Kan el soberano del cielo de la escritora feminista norteamericana Pamela Sargent; la saga épica Conquistador, compuesta por los libros El lobo de las estepas, El señor de las flechas  Los huesos de las colinas y  El imperio de plata, del inglés Conn Iggulden y El hijo de Gengis Khan (2013), del escritor venezolano Ednodio Quintero, novela que analizo en esta ocasión.

La obra de ficción de Quintero toma al emperador mongol como referente para construir una historia desde  los principios de alteridad  que rigen la literatura fantástica. En el texto, el hijo neonato del Gran Khan se transfigura en un jinete insomne que reconstruye su vida mientras cabalga solitario por los Andes venezolanos.
A través del soliloquio del protagonista, el autor describe algunos rasgos del Khan y la idiosincrasia de sus seguidores.  El despotismo del conquistador mongol,  la crueldad  de sus ejércitos, y  la desolación que éstos dejan a su paso son contados por este narrador en primera persona, cuyas facultades sobrenaturales le permiten tejer una red de acontecimientos y ensoñaciones en las cuales se entrelazan realidad y ficción, pasado y presente, vida y muerte.
En la ficcionalización que hace Quintero de Gengis Khan, la astucia, la valentía, el liderazgo y la fuerza de carácter son descritos como parte de la idiosincrasia de una raza que ve en su señor el reflejo de sus propias aspiraciones:

El Khan supo encarnar la imagen que miles y miles de individuos aislados tenían de sí mismos, y que había permanecido empañada por el tiempo, la incomunicación, la ignorancia y el egoísmo. Mi padre les habló con palabras sencilla y rotundas, sembró en ellos una idea novedosa que en realidad es muy antigua: la idea de reconocerse. Conocerse de nuevo, que es como adquirir el conocimiento de nuestro propio poder.” (Quintero, 2013: 17).

Sin embargo, son los defectos del poderoso lo que más preocupan al hijo, quien lo define como “un hombre cercado por la terquedad y la impotencia, que se rebela, íngrimo y solitario, contra el destino” (52)
En la primera parte de la novela, el neonato monologa desde el  vientre de Zozlaya, su madre, la princesa de los Urales y  favorita del Khan. Un viejo adivino percibe los poderes excepcionales de la criatura e interpreta su canto triste, que  anuncia un presagio funesto.  Ya en el octavo mes de gestación, el desconsuelo se anuncia, mientras el feto entona “la balada del jinete”, cuyo estribillo dice: “¡Ayé, ayé, ayé! ¡Ayé!”
En la segunda parte de la narración, un jinete acompañado de su caballo y su perro monologa mientras se desplaza por la cordillera de los Andes, en Venezuela. Han pasado ocho siglos y este alter ego del neonato retorna al hogar, tras un viaje iniciático en el que busca recuperar la capacidad de soñar, y encuentra al padre muerto.
A lo largo de la obra, el protagonista  se define como “una partícula de polvo vagando por el espacio sideral, acaso dotada con la conciencia de ser” (26), que se limita “a  observar, registrar y grabar” (27)  todo lo que percibe. En el texto, el pasado es entendido como “una fuerza irresistible, colosal.” (26)
Para Paul Ricoeur, la evocación permite traer al presente lo ausente percibido, sentido, aprendido (2003: 47) La reconstrucción de un evento involucra la imaginación, que interviene en la  reelaboración del discurso que da cuenta del pasado. La memoria, como procedimiento de construcción textual,  pone en evidencia la capacidad regenerativa del lenguaje. Así dirá el protagonista: “La memoria, tal como se presenta a mi entendimiento, no es una mera acumulación de experiencias personales.” (25)
El autor privilegia la  hipérbole como figura literaria ya que ésta le permite ofrecer una dimensión exagerada a lo onírico y conectarlo con lo fantástico. La alteridad se manifiesta en la representación del doble y  las transgresiones temporales, espaciales y de causalidad, una estructura binaria simbolizada en la moneda de dos caras iguales que utiliza Gengis Khan para hacer creer a sus súbditos que el azar, o los dioses definen la toma de decisiones.

Mi padre, como si tratara de aleccionar a unos escolares díscolos, les explica con parsimonia que todo se resolverá lanzando al aire una moneda. Si sale cara, ganamos la batalla. Si sale cruz, perdemos la batalla. En ningún caso podemos eludir la confrontación.
Me resulta curioso, curioso por no decir raro, que la moneda utilizada por mi padre para averiguar la voluntad de los dioses tuviera en el anverso su propio perfil. (52)

Las vivencias del yo y su alter ego, en los dos espacios geográficos de Asia y América  están signadas por insólito y lo siniestro. El plano de lo real y el plano de lo irreal se alternan a lo largo de la trama y están  representados, en la primera parte, por las percepciones y ensoñaciones del neonato en su estado prenatal y el viaje que éste realiza en  el canto de un pájaro azul hasta los Andes venezolanos; y en la segunda por el recorrido que realiza el jinete  hacia  la casa paterna, mientras padece la irrupción de un mundo onírico plagado de seres extraños que  amenazan  al solitario soñador. La existencia del  jinete está determinada  por pesadillas en ocasiones aterradoras, en las cuales la integridad física del protagonista se ve amenazada y la única salida es despertar.
            A través del sueño y de  la ensoñación en la vigilia se producen los traslados de un ámbito al otro. Los dos espacios  geográficamente distantes se alternan en la conciencia de los protagonistas, y ambos corren el riesgo de no poder regresar a la realidad: “Cuando estamos dormidos se corre el riesgo  de soñar, y en los  sueños nos podemos extraviar, y perdido el rumbo tal vez no encontremos el camino de regreso.” (32)
Si interpretamos el título de la novela como una señal para determinar la jerarquía de  los protagonistas, podríamos decir que el hijo neonato es el yo y que el jinete, es ese otro que cabalga en las montañas de los Andes venezolanos y que en oportunidades  reconoce una existencia anterior en el vientre de la favorita del Khan.   También podríamos pensar que estamos ante la presencia de un mismo personaje que vive simultáneamente en dos tiempos.  El jinete dice:

Durante un tiempo fantasioso, que ya se estaba convirtiendo en tiempo real, me convencí  de que flotaba en el vientre de una muchacha llamada Zolzaya, la favorita del caudillo máximo de los tártaros, Gengis Khan. Que se entienda de una vez: Zozlaya era mi madre y yo aún no había nacido. Desde aquel refugio cálido y amniótico yo pontificaba acerca de lo humano y lo divino como un airado profeta sentado en la poceta. La sensación de estar resguardado en una especie de búnker antiatómico, donde nada malo me podía suceder, era tan vívida y convincente que todavía creo que aquel evento aconteció de verdad. Hasta la fecha nadie me ha demostrado lo contrario. (…) Creo que estoy en la obligación de dar cuenta de semejante experiencia. Dar cuenta quiere decir contar, echar el cuento, narrar los hechos tratados en lo posible de ser claro y preciso, conciso y enfático cuando el asunto lo requiera. (Quintero, 2013:225)

La alteridad está representada en la proyección del yo en el otro. Identidad y diferencia se determinan por el lugar que se ocupa. Del espacio cerrado del útero al espacio abierto de la montaña.
           Ambos personajes se presentan como hacedores de relatos y establecen un diálogo intratextual con un lector virtual. En la página 28, un lector  interpela al narrador protagonista: “Muy bien, amigo. Lo felicito por su vasto conocimiento en desastres naturales. Aprende usted muy rápido la lección. Pero permítame decirle, y disculpe que me entrometa…”  (28)  A lo que el hijo de Khan replica: “Reconozco su reparo, amigo lector. Tiene usted razón al exigir de este neonato relator una descripción precisa del tema en cuestión.” (28)
El neonato aprendiz de escritor dice:
Soy el hijo dilecto de Gengis Khan”, tal vez sea un comienzo engañoso, pues la frase no prueba que el emisor posea alguna prerrogativa en especial, como la de ser, por ejemplo, el primogénito el único varón. Y tampoco alude al lugar desde el cual se narra. Algún lector apresurado podría presumir que el narrador es un sacerdote que predica desde el púlpito de la iglesia de un pueblito de los Andes, Los Nevados, quizá, y que esa frase inicial no es más que el santo y seña para una masacre que tendrá lugar en el templo en los próximos minutos. No es para tanto, señor. (…) Así que, como ya sabemos que las palabras son instrumentos de aniquilación, con las cuales no es muy recomendable andar jugando ni abusando, ni sobándolas como si fueran las doncellas de un mesón, (…) Será mejor, amigo mío, que postergues para más tarde —o para más nunca— tu vocación de escribano.
         Pues sí, mientras me acercaba a la casa paterna no hallaba cómo dar inicio del relato. La  primera frase se me aparecía como un muro imposible de franquear.
(Quintero, 2013: 226)

Los tiempos de la novela son reversibles. En la primera parte estamos en el siglo XIII, el imperio mongol  se extiende por Asia y Europa oriental. En la segunda parte nos trasladamos al siglo XXI; sin embargo, en el sueño y en la rememoración los tiempos se confunden.

Si el futuro es fuente de sentimientos encontrados, el pasado me atrae con una fuerza irresistible, colosal. Vengo de allá, me digo. He cumplido todos los pasos necesarios para llegar al punto donde ahora me encuentro. Sin embargo, no recuerdo ninguno de los sucesos que me trajeron hasta aquí (…) ¿Tendré entonces que imaginar lo que he venido siendo desde la noche de los tiempos hasta la oscuridad asaetada por relámpagos del día de hoy? (26)



Entre las isotopías fundamentales del texto encontramos la realidad percibida como la puesta en escena de la alteridad. Así, el ser, el tiempo y el  espacio se presentan como duales y mutables. 
La memoria, el sueño, el conflicto con el padre y la reflexión metaliteraria, son los ejes sobre los que gira la existencia y  reflexión de los protagonistas.

Asia y América son las dos caras de la misma moneda en la obra de Quintero. Los dos continente representados en el hijo neonato del Gran Khan, destinado a morir antes de nacer, y  el jinete solitario de los andes venezolanos, son uno mismo en este texto de ficción regido por las leyes de la alteridad.


Referencias:
Quintero, Ednodio. 2013. El hijo de Gengis Khan. Planeta: Caracas.
Ricoeur Paul. 2003. La memoria, la historia, el olvido. Madrid: Trotta.