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lunes, 26 de octubre de 2015

Minicuento

A Mario Szichman


El viudo


            
            Tras la muerte de su esposa, sintió el peso de la responsabilidad de mantener el apartamento tan pulcro y cuidado como lo tenía su amada. Su mayor preocupación era las plantas. Todas las mañanas, antes incluso de tomar café, con una hermosa regadera de mano, rociaba cantidades bien calculadas de agua a cada maceta.
            Se sentía muy orgulloso de que ninguna hoja hubiera caído en todos esos meses; ni siquiera mostraban signos de envejecimiento. Se lo adjudicaba al cariño que le ponía, a un magnífico abono que le vendieron en Home Depot, y al espíritu de su mujer que seguía flotando en el ambiente.
Un día lo invitaron a dictar un ciclo de conferencias en Europa. Al principio se entusiasmó muchísimo, luego le entró una gran pesadumbre. Quién iba a cuidar sus plantas, se preguntaba. Después de mucho cavilar y casi a punto de enviar una carta de renuncia al programa pautado para su visita, se armó de valor y le pidió a la vecina, con quien no tenía muy buena relación, pues era una mujer dura y seca, que por favor las regara un día sí y un día no.
Tras la primera jornada de trabajo en la Sorbona, preocupado por el cumplimiento de la señora Lee, se fue a un teléfono público y la llamó.
Cuando, tras el saludo, le preguntó por sus consentidas, la mujer respondió cortante: “Sus plantas están de maravilla”
"Gracias por regarlas", dijo amedrentado.
"¿Regarlas? Sus plantas son todas de plástico”.

martes, 4 de febrero de 2014

Galaxia abdominal




Carmen Virginia Carrillo



            Él se convirtió en astronauta para explorar la galaxia de su abdomen. Visitó planetas, lunas, esquivó meteoritos.

En Venus se sintió arrebatado  por el calor de aquella hembra. En Marte se enfrascó en una cruenta guerra consigo mismo: el deseo de adentrarse en territorios desconocidos era más poderoso que su razón llamándolo a la prudencia.

            Observó el cinturón de asteroides, se entretuvo en los plutoides. Tras asistir al parto de cometas gemelos en la Nube de Oort, dio un salto a Centaurus; allí conoció a Quirón, el hijo de Filira y Cronos, quien lo animó a  asomarse a los confines de la Vía Láctea y aún más allá. Le recomendó visitar Andrómeda, la más brillante de las galaxias.

   -Cuando llegues, podrás deslizarse en su gigantesco espiral.- Dijo el sabio centauro.

            Allí se fue. Necesitaba descubrir el misterio de aquel mapa estelar, que había sido tatuado por los dioses, sobre la piel más suave que jamás hubiera acariciado. 

Nada parecía saciar la curiosidad y el deseo  de aquel amante. Entonces, se aventuró más allá de la superficie límite del espacio. Buscaba el centro del placer absoluto, y quedó atrapado de por vida en el agujero negro de su entrepiernas.

sábado, 22 de junio de 2013

Minicuento

Carmen Virginia Carrillo






 
AMOR A DESTIEMPO


Hola, ¿puedes hablar? O al menos, ¿escucharme un rato? Necesito mimos, hoy estoy down. Anoche se me ocurrió leer uno de esos poemas excelentemente escritos, pero terriblemente desoladores y he estado todo el día con ganas de llorar. Seré breve, en unos 20 minutos llega Mateo.   
A ratos siento que estás dejando de ser mi aventura energizante, ahora te siento   más dulce, tierno, y también  más distante. Hace días que no puedo dormir  pensando justamente en esto. De un tiempo a esta parte, nos permitimos menos locuras y las ilusiones han ido perdiendo cuerpo, tal vez sea porque  dentro de unos días seré una cuarentona.  
En la madrugada te escribí un mail.  Te decía que se me estaba acabando la fuerza para luchar por lo nuestro y que quizás estaba a punto de desquererte. Lo redacté con esa ambigüedad literaria que tanto me criticas. Luego lo eliminé.  En ese momento, recordaba tu última visita. La excusa era la misma de siempre, recuperar el libro de arquitectura que me habías prestado para el trabajo que estoy desarrollando. Apenas estuvimos tres minutos solos y al despedirte me dijiste al oído que hiciera lo posible para que pudiéramos perdernos unas horas el sábado por la mañana.
Siempre te dije que me encantas, pero que no suelo enamorarme fácilmente. Habíamos acordado simplemente disfrutarnos sin engancharnos en el juego de los apegos. Tampoco quiero suponer nada, pero es indiscutible que dominas las estrategias clandestinas, y no me interesa ser una más de tus aventuras transitorias.   
Dices que me contradigo? Tal vez sea porque hemos vivido por partes sin alcanzar jamás el todo, y si en algún momento lo hemos tropezado ha sido de forma tangencial y efímera. No sé qué me atrae más, la magia de nuestra historia o las peripecias de este amor a destiempo.
Tu sonrisa al verme aparecer, tu abrazo. Murmurabas en mi oído frases ininteligibles y creí sentir que ese instante fijaba  un futuro posible. Te di demasiado ese día, nos divertimos y nos amamos tanto que ese desborde me dejó expuesta al terror de perderte.  Ahora siento algo parecido a la desdicha. Una angustia pesada se ha instalado en mi estómago. Odio la melancolía. Hace años  juré no sentirla nunca más. Ahora, esta pasión que supera todas mis expectativas, se muta en una nube que opaca mi felicidad.
Ya sé que enamorarse no entraba en las reglas del juego,  que fuiste muy claro en tus planteamientos y que odias el melodrama.
Time out!
Están abriendo la puerta del garaje, tal vez…  
Click!