jueves, 9 de junio de 2011

Reflexión metapoética en la obra de José Barroeta y Eugenio Montejo

Carmen Virginia Carrillo 
Entendemos por metapoesía la reflexión sobre el hecho poético que se lleva a cabo en el poema mismo.  En El arco y la lira Octavio Paz dice: “la palabra es un símbolo que emite símbolos” … “la constante producción de imágenes y de formas verbales rítmicas es una prueba del carácter simbolizante del habla, de su naturaleza poética” (Paz, 1986:34) En la metapoesía este carácter simbolizante del habla, que en el texto lírico alcanza su máxima expresión,  se relaciona con  asuntos que pertenecen más al espectro de lo teórico-crítico que al de la creación artística, sin embargo en el discurso utilizado en estos textos predomina la función estilística, lo que permite al metapoema la construcción del sentido sin perder de vista la estilización formal, la densidad retórica y la búsqueda de la belleza, características de la poesía.
A partir del romanticismo los poetas se ocupan de temas como la poesía, el acto de la escritura, la figura del poeta, la relación del poema con sus lectores.  Esta herencia romántica ha prevalecido hasta nuestros días y forma parte de una tradición moderna de auto-reflexividad del discurso literario. En oportunidades los textos apuntan hacia la cualidad nominativa del lenguaje poético, al deseo de enunciar, o a  la dificultad para  hacerlo,  así como también  a la relación entre la palabra y el silencio.
La poesía venezolana no se ha sustraído a esta tradición, así encontramos escritores como José Barroeta y Eugenio Montejo, quienes han escrito textos metapoéticos de extraordinario valor. He seleccionado algunos de ellos con la finalidad de interpretar las poéticas que sus autores desarrollan.
José Barroeta (Pampanito, 1942-2006)  no sólo ha desarrollado planteamientos teóricos en ensayos, sino que también ha expresado sus ideas sobre la poesía en forma metafórica.  Palabras signos que circunscriben al ser a un universo simbólico que guarda su esencia:
Una palabra nos encierra.
El viento pule en ella. El fuego.
El mar también.
Sobra la palabra que gira alrededor
del sol
las cosas tambalean,
oscurecen o tornan en destello el cuerpo.
(Barroeta, 2006: 244)

El yo lírico nos habla de la materialidad de las palabras: “palabras de agua”, “palabras de aire”, “palabras de sol” elementos que encarnan la comunicación, la transmutación y la purificación, tres ejes hacia los que apunta la  poesía de Barroeta.
El autor  recupera, a través de la palabra poética, el paraíso perdido de la infancia en la comarca, sus poemas nos hablan de esa región que la memoria edifica con fragmentos de vivencias, anhelos y sensaciones. Esta privilegiada herencia espiritual marca el destino del poeta y los textos se proyectan como símbolos de la búsqueda de la trascendencia a través de la palabra y de la repetición de una tradición moderna que busca explicar el hecho poético.  En  “Códigos” dice:

PRIMERO y este recuerdo es de la infancia yo era
un poeta de la luz. Pasaba las horas mirando una copa
de árbol, un río, un rostro, una calle y sentía el placer
imborrable de quien sueña con un hombre y una mujer
y amanece en la vida.
   Y concluye:

TERCERO. Cuando sea la muerte habrá pasado mi cuerpo
por la infancia
por los poemas de mi lengua
por la metáfora podrida del paraíso.
(Barroeta, 2006:353-354)

Las vivencias tienen para el hablante tanto valor como la  palabra poética ya que ésta restituye la vida frente al inexorable olvido que  representa la muerte. Se conjugan en el texto la imagen del poeta como dador de luz –por ende de vida– con la noción del sueño como espacio generador de mundos, elementos éstos heredados del simbolismo y el surrealismo y que constituyen dos ejes fundamentales del ars poética del autor.  
En “Escalas”, primer poema del libro Todos han muerto (1971), dice: “Advierto que soy un iluminado” (Barroeta, 2006:38). Esta declaración del yo lírico nos remite  a la concepción del poeta como vidente y a la figura de Rimbaud. Heredero de los epígonos del romanticismo, Barroeta hace alarde del culto al yo y exalta su espíritu contemplativo.  Una actitud mesiánica prevalece en estos textos que modulan la auto-representación del poeta. Proyección subjetiva de un  espíritu  angustiado que busca en la palabra la salvación.
En “Canto a mi mismo” leemos:
Yo era el mejor poeta de mi tierra
y de toda la tierra.
Adentro de mí llovía y relampagueaba
y sentía siempre unas inmensas ganas
de llorar.

Yo era un gran poeta de los muertos
como jamás hubo otro en la comarca
y me asustaba de ver subir las flores
hacia la cal ambigua de las tumbas.
Soñaba
cantaba por las noches una desgarrada melodía
y volvía a soñar entre muros y ciudades perdidas
Yo era un poeta
y me enamoraba de mí y de ti y de todas las miradas

Yo me cantaba y me celebraba a mí mismo
 (Barroeta, 2006:356-358)

  Nuevamente encontramos la relación entre la palabra poética y el sueño; la  experiencia estética y la metafísica confluyen en la íntima relación  que se establece entre poiesis y  muerte. El yo lírico no sólo rememora el pasado, demuestra los afectos y celebra  la vida, sino que también vive, muere y resucita en el poema.
La  relación intertextual que en este poema se establece con Walt Whitman nos remite a ese ímpetu creador que busca armonizar las vivencias personales con el sentir de un colectivo del cual el hablante se erige como voz cantante. 
En la poesía de Barroeta el texto se constituye en morada, en ley, en su paraíso perdido y recuperado: “Estoy ordenando mi vida con el poema/ y en el poema es difícil vivir.” (Barroeta, 2006:355)
El tiempo funciona como  generador de imágenes; la percepción y la memoria se mezclan en los textos logrando que los acontecimientos adquieran nuevos contornos y tonalidades.  Esa metafórica y espectral manera de retornar, que es el recuerdo (Jankélévitch), se combina con vivencias del presente del hablante  en el espacio de la escritura:
Antiquísimo es el presente
y viejo lo inmediato. De esa casa que miras
de ese ventanal de ese huerto de pétalos y
dentelladas hay tanto de la muerte como nosotros
mismos.
(Barroeta, 2006:323)

            Un sentido trágico recorre los versos y la palabra se hace conjuro que intenta inútilmente vencer a la muerte. En oportunidades la relación que se establece entre el texto y el hablante se muestra conflictiva, tal es el caso del poema “Hostil”:
Escribo por roto.
El poema sirve de guarida
a mis escombros de espejo perverso
de transparencia de sueños dibujados
con debilidad
por el alfabeto hostil.
El poema ha sido rama
Trampa de viaje.
(Barroeta, 2006:317)

La escritura se presenta como una vía de expiación y el texto es mostrado a la vez como espacio de seguridades  y lugar de engaño, paraíso y abismo. Las dudas que el hablante tiene en relación al acto de la escritura se  ponen de manifiesto en  “Diálogos del poeta y la mujer”

No han llegado palabras sino actos
al poema.
¿Cómo hago yo: recojo lenguaje o actos,
los combino?
Qué debo poner en la página:
lo que oí, lo que dijeron todos antes de marchar,
el mal tiempo, el ruido que acompaña.
¿Trataré de ser claro en la página?
Espero que se cope de signos
seré riguroso y oscuro
(Barroeta, 2006:324)


En “Primer mundo” nos explica la elaboración poética como un acto divino,  fundacional y de auto formación:

Comienzo la creación
en un instante del poema separo tinieblas.
Me creo a mi mismo.
Desde la soledad saco otra soledad de mis
costillas.
Paseo al amanecer del primer mundo
nombro.
 (Barroeta, 2006:329)


Poesía de la nostalgia y la melancolía, del amor y la muerte, del sueño, la locura y la ebriedad, que pone en escena las más intensas emociones de un hablante que nos relata aventuras e infortunios. Para vencer a la razón el poeta recurre al poder transfigurador de la poesía.
El autor privilegia la analogía en la construcción de sus versos, como hicieran  simbolistas y surrealistas, quienes pretendían abolir las antinomias relacionando elementos disímiles -cuerpo y alma, mundo y obra,  tiempo y eternidad- y, a partir de ellos edificar esa realidad simbólica llamada poema. Esa alquimia de la palabra, tan ansiada por Rimbaud, permite al hablante liberarse de la conciencia juzgante y abrir nuevos rumbos hacia el delirante mundo de la alucinación.
En su obra percibimos un diálogo sostenido con la tradición, son constantes las referencias a la cultura clásica, así tenemos la presencia de Orfeo, el mago del canto que falla en su intento por recuperar a Eurídice y que, tras su infructuoso viaje al mundo de los muertos, se consagra como poeta. El canto de Orfeo, la poesía, se convierte en el instrumento a través del cual el hombre alcanza la trascendencia. Símbolo del poder del canto y el desgarramiento ante  la pérdida, este arquetipo del poeta mago, que habla del mundo de los muertos y se lamenta acongojado ofrece, a su vez,  una imagen gozosa del poder mágico de la palabra:
Que música de Orfeo
te cante y seas conmigo. Que la mesa sea servida
por pájaros.
Quede en mí la sonata
Que la muerte segura me cantaba en los bosques.
(Barroeta, 2006:120)

             Orfeo encarna la facultad del encantamiento y la poesía órfica nos habla de las fuerzas que originan los opuestos: vida – muerte, amor – odio, felicidad – dolor.
En la poesía de José Barroeta descubrimos un microcosmos textual en el que se lleva a cabo la reconciliación de los contrarios, el fluir de ritmos secretos y la  búsqueda de la consonancia universal.  A través de sus metapoemas el autor reflexiona sobre  el acto creador, el poder de la palabra poética  y ofrece una imagen del poeta como un ser iluminado que encuentra en el poema un espacio de protección y auto afirmación. A su vez Barroeta habla de la poesía como el elemento fundamental de su propia vida, como alimento y  salvación.  
             Eugenio Montejo (Caracas, 1938), es una de las voces poéticas más significativas de la literatura venezolana actual;  su palabra  honra  la vida, cuestiona la muerte, revela el prodigio de la naturaleza y  reflexiona sobre el que-hacer literario. El poeta escucha los ecos de voces lejanas y los traduce a los hombres; árboles,  aves,  objetos domésticos resuenan a través de sus versos, aunque por  momentos el hablante confiese la imposibilidad de interpretar el mensaje de estos seres. Consciente de la fugacidad de la vida recurre a la memoria para fijar los instantes esenciales; nostalgia por un pasado en perfecta comunión entre hombre y naturaleza. En su poesía  se rescatan memorias fundamentales, acto de comprensión de la historia personal y del mundo articulada a la tradición cultural de occidente.  Un  imaginario poético que transgrede  el orden temporal y lo  transfigura; el yo lírico transita por tiempos diversos,  pasado y futuro se mezclan en un presente poético que funciona como espacio de atemporalidad.   
En su afán por reflexionar sobre el quehacer poético, ha producido dos libros de ensayo: La ventana oblicua (1974) y El taller blanco (1983), y una serie de poemas en los que desarrolla una reflexión metapoética; hemos hecho una selección de algunos textos desde los cuales prefiguramos el ars poética de Montejo.
La capacidad creativa del poeta es indisoluble de su vocación de solitario, como lo ha señalado Steiner: “la individuación del acto estético y metafísico y de la soledad de la extinción personal, es una cuestión central. Creamos o nos aproximamos a la creación igual que morimos en un aislamiento ontológico, en «soledad».” (Steiner, 2001:221). Este  planteamiento ha sido un tema de preocupación de los creadores. Ese momento en que el artista se separa del mundo para crear estaría metaforizado en el texto de Montejo “Poeta expósito”:

Me dejaron solo a la puerta del mundo,
poeta expósito cantándome a mí mismo,
un día de otoño hace ya mucho tiempo.
De un golpe seco me arrancaron a la nada,
troncaron de raíz,
con dos ojos  abiertos y un grito,
el hondo grito de quien soñó ser pájaro
y no trajo las alas para el vuelo.
Poeta expósito, errando a la intemperie,
mi único padre es el deseo
y mi madre la angustia del huérfano en la tierra.
(Montejo, 2007:63)

 Su poema “Los árboles” alude al silencio como ese espacio de reflexión y característico de la sabiduría:
Hablan poco los árboles, se sabe.
Pasan la vida entera meditando
sólo conversan los más viejos,
los que reparten las nubes, los pájaros,
pero su voz se pierde entre las hojas
y muy poco nos llega, casi nada.
(Montejo, 1997:22)
La acción de conversar, de hacer uso del lenguaje, en el poema está reservada a los más viejos y es precisamente esa capacidad la que genera la vida, simbolizada en ese repartir nubes y pájaros.  Tradicionalmente se ha atribuido a la experiencia de los ancianos la fuente del conocimiento. A su vez, la imagen ascendente del árbol remite a los espacios de lo alto, lo sagrado, del poder creador de los dioses, espacio negado a los hombres y del que sólo logramos obtener una aproximación: “pero su voz se pierde entre las hojas / y muy poco nos llega, casi nada”. Y con esta queja se cierra la primera estrofa.
El hablante revela su  incapacidad para descifrar las voces  de la naturaleza, a partir de esta declaración se muestra la conciencia del desgarramiento del poeta quien no logra alcanzar el objeto de su deseo: escribir las palabras que den justa cuenta de la vida:

Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago,  fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
De un tordo negro, ya en camino a casa,
Grito final de quien no aguarda otro verano,
Comprendí que en su voz hablaba un árbol,
Uno de tantos,
Pero no sé qué hacer con ese grito,
No sé cómo anotarlo.    

            Esta dificultad para transcribir  demuestra  una especie de esterilidad creativa que  sólo puede conducir a una nueva forma de silencio, el fin del poema. La ausencia de palabras,  por analogía, es la muerte representada en el grito del tordo negro.
En “Algunas palabras” y  “Contramúsica” encontramos una concepción animista de las palabras. En ambos poemas están representadas como parte esencial del ser que nombran y parecieran  tener vida propia:

Tan pronto llegan, las palabras se retan,
se baten, se combaten, no cesan,
viven en guerra como los átomos del mundo,
como los glóbulos de la sangre.
(Montejo, 2007:109)

Las palabras son descritas por el hablante como  organismos vivos, microcosmos que reflejan el macrocosmos social en el que el hombre vive:
Ya se sabe que se odian sólo con verse,
que se detestan como la gente que las dice
o que las calla.
     (Montejo, 2007:109)

Que a su vez es imagen del universo:
      Su desprecio es el mismo que en las ondas del éter
       se profesan los astros,
       el mismo que a cada instante los separa.
       (Montejo, 2007:109)

            El  macrocosmos tiene en el  poema  su  doble verbal. El principio  rítmico  de la poesía refleja  el  ritmo  universal,  y el poeta  actúa como el receptor que ha de reproducir la  totalidad del cosmos.
En  “La  poesía” Montejo  desarrolla toda una reflexión sobre la creación poética.  Este metapoema describe, a través de un proceso de personificación de la poesía,  lo que podría considerarse como parte del ars  poética del autor.  Si partimos del concepto de poiesis como creación,  el poema se convierte en  la consagración del lenguaje:
La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
-ni siquiera palabras.

Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
Tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
Una flor o un guijarro, algo secreto,
Pero tan intenso que el corazón palpita
Demasiado veloz. Y despertamos.
        (Montejo, 1997: 68)
La poesía se muestra previa a  toda palabra, ubicada en el silencio y la soledad,  se ofrece como errante, atemporal, sin una espacialidad fija, una suerte de mago que nos regala la plenitud de la vida, que nos ilumina y nos hace despertar. Pero todo este esplendor es posible  a partir del diálogo que la voz de la poesía entabla con el silencio, fuente primigenia de toda creación.  
La disposición gráfica y la distribución de los versos intensifican el silencio;  el espacio en blanco obliga a hacer una pausa, nos hace cómplices de ese momento de vacío  que se vuelve altamente significativo.
La reflexión sobre el silencio y su fundamental importancia en el hecho poético se encuentra también expresada en el poema  titulado “Guarda silencio ante el poema”:
Guarda silencio ante el poema,
circula entre sus versos, no interrumpas el paso.
Es casi una oración atea, pero es una oración.
Desde que nace los hombres se congregan
y repiten en sueño sus palabras.
Es como si quedara algo sagrado
sobre la tierra todavía,
el misterio los junta a cada instante.
Tal vez rechaces tanta ceremonia
o te colme el ritual que los convoca,
da lo mismo. No hables.
Descifra despacio cada letra
como quien oye un gallo a media noche
y siente que su canto, en vez de gritos,
es el pregón de un obituario.
Indaga si tu nombre acaso se menciona,
si para ti también ya cantó el gallo.
(Montejo, 2007:99)

En este caso, el metapoema se ocupa directamente del lector y le propone una estrategia de lectura que implica una actitud reverencial frente a la palabra poética. El hombre ha de actuar  como un atento escucha al mensaje cifrado en el poema, ya que la palabra es perpetuidad del ser, revelación del conocimiento. El hablante tiene conciencia de la dimensión del silencio, él es retorno al origen, contacto con el vacío primigenio, espacio para el desciframiento. Montejo nos invita a desentrañar los símbolos y, a través del recogimiento,  alcanzar el esclarecimiento. El silencio se plantea como única actitud posible frente al texto poético, como espacio generador de la infinidad de lecturas posibles.
Eugenio Montejo, al igual que José Barroeta establece una red interdiscursiva con la tradición clásica y la figura de Orfeo, como metáfora del poeta cantor, aparece en su obra poética. 
En los poemas de Montejo encontramos que el silencio es asumido como el principio generador de la vida del lenguaje. La capacidad expresiva de éste sólo es posible a partir de la relación que el hablante entabla con  el vacío, de ahí que el poeta además de exaltar el poder de la palabra de primacía al valor de su ausencia.  En oportunidades el poeta expresa su angustia ante la imposibilidad de traducir al lenguaje de los hombres las voces de la naturaleza, de revelar los misterios de la vida y de los seres.  El poeta busca dominar el lenguaje para luego hacerlo resplandecer en la obra, la palabra poética modeliza la realidad y le otorga al lector una  imagen transfigurada del mundo.
La reflexión metapoética que Barroeta y Montejo desarrollan a través de su obra manifiesta esa conciencia crítica que está presente en los escritores a partir de la modernidad. Una nueva relación se establece entre el autor y el texto que da cuenta del acto creador y lo problematiza.  
BIBLIOGRAFÍA:
BARROETA, José. 2006. Todos han muerto. Poesía completa (1971-2006). Barcelona :
       Candalla.
JANKÉLÉVITCH, Vladimir. 2002. La muerte. Valencia: Pretextos.
MONTEJO, Eugenio. 1977. Azul de la tierra.  Bogotá: Norma.
_________________. 2007. La terredad de todo. Mérida: El otro @ el mismo
STEINER, George. 2001. Gramática de la creación. Barcelona: Círculo de Lectores.

sábado, 14 de mayo de 2011

Palabra y memoria: algunos motivos en la poesía de Eugenio Montejo


Carmen Virginia Carrillo
 
 
 
Ya yo fui Eugenio Montejo,
el falso mago de bosques invisibles
que convertía en vocales verdes
la densa luz de mis árboles amigos.




       
        Hay algo en los grandes poetas que,  como una lira de Midas, puede transfigurar hasta la frase más banal o la imagen más insignificante en poema, y es que para Montejo la poesía no es simplemente un ejercicio literario, es un acto de fe.  
La palabra constituye el asidero del ser de las cosas, por tanto la labor del escritor no sólo es poética, sino también  metafísica. En una entrevista que le hice hace unos años, Montejo señaló que la función de la poesía “es hacer que los dioses existan un poco más”. Si los dioses han estado allí desde siempre, si son los  guardianes de aquello que en el hombre es genialmente divino, y se perpetúan  en las voces que nos circundan, la voz de Eugenio Montejo  traduce la palabra de los dioses que se esconde en la naturaleza y nos permite escucharla.   
Para Heidegger, la poesía hace estallar lo abierto y nos lleva al alumbramiento y a la armonía; a través del arte se nos revela lo otro, de ahí que considere a la obra artística como una alegoría cuya función es instaurar la verdad, fundar mundos a través de la palabra (1992). Estima el filósofo alemán  que “el hombre es el que es, precisamente al dar y por dar testimonio de su propia realidad de verdad (Dasein). Y ese testimonio no resulta apéndice o glosa marginal al ser del hombre, sino que constituye su íntegra y propia realidad de Hombre” (Heidegger, 1989:22-23) En la poesía de Montejo encontramos memorias y valores fundamentales; su palabra constituye un intento de entender la esencia de los seres y de plasmar las emociones más profundas del hombre; de esta manera, el poeta da cuenta de su existencia y construye una realidad textual, síntesis del mundo, en la cual las nociones de tiempo, espacio y cuerpo atienden  a una concepción multiforme y plural que, paradojalmente, se proyecta hacia la unidad y la integración.
La vida y la muerte configuran el itinerario inmemorial que se da cita en los versos del poeta a través de la evocación. Es el eterno retorno a las raíces y a la historia familiar; los seres queridos -algunos  ya desaparecidos- se hacen presentes al conjuro de la palabra y así, el padre, el hermano, la tía, la madre, el hijo y la amada confluyen en el texto. El hablante actúa como intermediario,  médium a través de cuya voz  hablan los otros: “Y si hablo solo, son ellos quienes hablan” (1997: 51). El discurso poético  le permite recuperar la huella de los suyos. Depositario de una herencia ancestral, convierte  ese horizonte de sentidos que es el poema, en “el muro tenso/ donde está fija su hilera de retratos, y campo donde están enterrados.” (52) lo que confiere a  su  palabra  el poder de expresar y simbolizar la vida que renace en cada verso.
La casa, las ciudades visitadas o habitadas, los bosques y los campos, espacios compartidos y amados, son evocados en el poema. “En talco blanco se pulveriza el tiempo” dirá Montejo (2000: 9)  y en este verso invoca un lejano recuerdo de la infancia, la presencia del color blanco en el taller de la panadería de su padre, ese  ámbito mítico, como él mismo lo califica, que se convierte en motor de la escritura. Montejo ha repetido en diversas oportunidades: “Del taller blanco me traje el sentido de devoción a la existencia que tantas veces comprobé en esos maestros de la nocturnidad... Al taller blanco debo éstas y muchas otras enseñanzas de que me valgo cuando encaro la escritura de un texto” (Montejo, 1996: 132). El recuerdo de la harina en la panadería del padre, así como  la nieve añorada y siempre ausente se convierten en  elementos  privilegiados dentro del poema, metáforas de  la página en blanco, espejos donde se mira la memoria, de ahí que   el hablante en el poema “La nieve” se pregunte:
¿Era nieve en verdad, talco o harina­
-la vieja harina de mi casa-,
cayendo sin caer sobre las cosas
con un susurro opaco?
(2002: 38) 

En la poesía montejiana se puede apreciar una sistemática reflexión sobre el  tiempo. El autor se refiere a ese discurso suyo que transgrede el orden temporal y lo  transfigura en estos términos: “cierto “cubismo” del tiempo, donde todas las horas, las de ayer, las de mañana y las de hoy, conviven en nuestra imaginación simultáneamente” (en línea). En los poemas, el hablante  transita por diversos  tiempos, va tras las huellas del pasado desde un futuro que se antoja anterior, y se pasea  por  siglos distantes actualizándolos:
         La casa donde mi padre va a nacer
no está concluida,
le falta una pared que no han hecho mis manos.

Sus pasos que ahora me buscan por la tierra
Vienen hacia esta calle.
No logro oírlos, todavía no me alcanzan.

Detrás de aquella puerta se oyen ecos
y voces que a leguas reconozco,
pero son dichas por los retratos.

 El rostro que  no se ve en  ningún espejo
porque tarda en nacer o ya no existe,
puede ser de cualquiera de nosotros,
a todos se parece.

En esa tumba no están mis huesos
sino los del bisnieto Zacarías,
que usaba bastón y seudónimo.
Mis restos ya se perdieron.

Este poema fue escrito en otro siglo,
Por mí, por otro, no recuerdo,
Alguna noche junto a un cabo de vela.
El tiempo dio cuenta de la llama
Y entre mis manos quedó a oscuras sin haberlo leído.
Cuando vuelva a alumbrar ya estaré ausente.
(2000: 47-48)
 
Ante la amenaza de la finitud, el tiempo se expande y se pliega al dictamen del poeta, y es  así que en un instante conviven  pasado, presente y futuro. En Montejo, el manejo del tiempo mítico, que es siempre el mismo aunque fluya permanentemente, remite a lo que Octavio Paz denomina el “extraño triunfo del principio de identidad” (1974:26) ya que en el momento perfecto de las confluencias desaparecen las contradicciones. El hablante  de los textos  montejianos busca acceder al absoluto desde el mundo de lo relativo, su palabra pareciera dialogar con la primera antinomia kanteana que se pregunta si el mundo es finito en espacio y tiempo:
Cuántas veces, en tantos otros siglos,                                                            
contemplaron mis ojos esta escena:                                                                        
una charla sin horas en la tierra,                                                                                      
la penumbra casual de paz doméstica                                                                       
y  en el fondo de todo lo visible                                                                                     
el eterno retorno que estremece,
el viejo vértigo que se refugia en mito
cada vez que el misterio nos acecha
en cualquier cero con sus tantos números.
(1999: 31)

Interpretar el cosmos para luego nominarlo a partir de correspondencias es una aspiración poética que se inicia con los simbolistas franceses y se proyecta a lo largo de toda la modernidad literaria. La analogía, esa  alteridad que según Octavio Paz  se sueña unidad y hace del poema un doble del universo (1974), constituye uno de los procedimientos  cardinales en la poesía montejiana. Por la palabra el hombre trasciende a la muerte, su experiencia de vida se eterniza en el poema y su testimonio se convierte en revelación. Desde el poema, el hablante, en su condición de  escucha y receptor de todas las voces del cosmos, anhela hacerlas comprensibles a los otros:  
 Oigo los sones de sus roncas guitarras
cuando cruzan el polvo y recogen mi sangre
a través de un amargo perfume de jobos.
Bajo mi carne se ven unos a otros
tan nítidos que puedo contemplarlos.
Y si hablo  solo, son ellos quienes hablan
en las gavillas de sus cañaverales.
(Montejo, 1997: 51)

      En la poesía de Montejo, como entre los griegos, las nociones de mímesis y Alétheia se manifiestan como modos complementarios de una adecuación del logos microcósmico humano con el logos macrocósmico universal (Landa, 2008:82); de ahí el afán del poeta por establecer equivalencias entre el accionar del hombre y el de la naturaleza, y su recurrencia a las imágenes cosmogónicas.
Los poemas de amor
Ese daimon creador  que es el amor se encuentra presente en la poesía de Montejo, en particular en los textos reunidos en su libro Papiros amorosos (2002). El deseo,  los rituales de la seducción y  la ceremonia de los encuentros son transfigurados por la imaginación del poeta en lenguaje y ritmo, en metáfora y analogía. Los amantes aspiran a la felicidad y a la inmortalidad a través del acto erótico, por tanto el rito amoroso se convierte en un desafío; deseante y deseada fluctúan entre el anhelo de posesión y la necesidad del desprendimiento; a la vez que aspiran a la trascendencia a través de la  completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del encuentro y en el texto poético.
En estos poemas, la mujer amada es invocada a partir de la rememoración de lo vivido. Esa desconocida que el amante reconoce como su centro, su origen y fundamento, se vuelve  cuerpo-tiempo, nómada y furtivo; cuerpo en el que habitan otros cuerpos,  que alberga música, palabras, barcos, pájaros, dioses, gallos. El goce vivido, perdido y anhelado, renace en el poema y la palabra une a los amantes en un tiempo más allá de los tiempos:
Te desnudan, te visten las palabras,
con ellas vas al fondo de ti misma
cada vez que amorosa te enmudeces
y te vuelves jadeos, sollozos, lágrimas.
(Montejo, 2002:50)

Lo sensitivo se hace significativo y el cuerpo enigma se ofrece para ser  descifrado por otro cuerpo amado y amante. La inefable experiencia del encuentro erótico se convierte en una fuente de sugerencias semánticas y retóricas, origen de  sinestesias, alegorías y paradojas. En el poema, la invocación amorosa anhela alcanzar la perpetuidad del sentimiento a través de la cual el sujeto intenta superar la pulsión de la muerte:
Sigo la música que nace de tu cuerpo,                                                              
trémulos senos, cadencias de caderas,
cóncavos ecos para sones convexos,
cánticos sólidos —audibles por el tacto.
El jazz deseante de noches solitarias
donde la lluvia va afinando sus gotas.
Música táctil de la tersa epidermis,
de notas que se palpan en el viento
cuando miro ondular tu cabellera.
Sones de pétalos que suben desde el vientre
y en las axilas levemente se doblan.
Tenues orquídeas de perfume parásito  
dándole vueltas a un sol desconocido.
Sigo la música que nace del deseo
con sus murmullos tonales y atonales,
de este errante deseo  que acompaña a la tierra
sin saber para qué, ni por quién, ni hasta cuándo…       
(Montejo, 2002,28)                                                        

El amor,  paradoja de la existencia, en ocasiones se muestra con la apariencia engañosa del sueño,  otras veces como evidencia de la plenitud de la vida; siempre capaz de superar las limitaciones espacio-temporales y trascender la materialidad del ser. Rodeados de misterio, los amantes parecieran fluctuar de la luz a las sombras, de la abundancia a la carencia; estamos ante la presencia de la unión de los opuestos en una imagen totalizadora que condensa la aspiración más alta: vencer la separación. No obstante, la cercanía de los cuerpos no logra superar la barrera de la soledad existencial del ser y así “los enlazados cuerpos que zozobran/ bajo  una misma tormenta solitaria” (Montejo, 2002:17) naufragan uno en el otro:
El naufragio final contra la noche,
sin más allá del agua, sino el agua,
sin otro paraíso ni otro infierno
que el fugaz epitafio de la espuma
y la carne que muere en otra carne
(Montejo, 2002:17)

Amor y muerte condensados en el fallido intento de la quimérica fusión. En oportunidades, el hablante describe la imposibilidad del encuentro de los amantes, y el deseo insatisfecho se hace palabra, se transfigura en metáforas que establecen correspondencias  entre el sujeto deseante y la pareja deseada:
 No alcanzo el tiempo de tu cuerpo,
 nací lejos, en un país que es aire, nube, noche,
 aunque me oigas tan cerca.
Nací a destiempo de tu risa, de tus ojos,
en otro meridiano
Nuestras vidas se alcanzan, se confunden,
intercambian sollozos, besos, sueños,
pero andamos a leguas uno de otro,
tal vez en siglos diferentes,
en dos planetas errantes que se buscan
cansados de no verse.
(Montejo, 2002:22)  

  En otros textos se revela la complicidad del firmamento para la inevitable reunión de los enamorados. La tierra se hace eco del deseo y se confabula para que la distante pareja se reúna alcanzando, de esta manera, la satisfacción del impulso amoroso:
La tierra giró para acercarnos,
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño,
como fue escrito en el Simposio.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.
(Montejo, 2004:83)

Para Eugenio Montejo, el amor es misterioso y subversivo, “tan subversivo que atenta contra el yo, la piedra angular de la personalidad social” (en línea). Al igual que la poesía, el amor permite trascender el tiempo y la muerte.  “Un solo amor puede salvarlo todo,/ lo que se fue, lo que ha partido y ya no vuelve,” (2002:62)  dice el autor, y  en sus versos el sentimiento amoroso se convierte en la vía para la comprensión del cosmos;  iluminación que se hace palabra para acariciar a la amada:
¿Y qué llevaron mis manos a tu cuerpo,
sino luz táctil, la luz con que trabajo?
Rectos halos de lámpara, destellos
que mis persianas recogieron
en los dorados pozos de la tarde.
Juntas alzaron la luz de mi deseo,
acarreando despacio sus copos
sobre tus senos, tus hombros y tatuajes.

Con esa luz palpé tu rostro,
Tejí sobre tu pecho una corola
De amor y de palabras.
Con esa luz besé tu vientre, tus cabellos,
Entré en tu noche que amo,
Vi las lentas estrellas en el fondo,
Las que pueblan tu carne.

Y asido a su fulgor, una por una,
conté mis horas hasta el alba,
cuando ya picoteaban a la puerta
los gallos y sus cantos.
(2002:41)

            El hablante recorre el cuerpo deseado con su “luz táctil”, símbolo de conocimiento,  epifanía y fecundación. La amada se convierte en espacio semiótico, texto piel; interpretarlo es acceder al infinito, alcanzar la totalidad. En su obra, la recurrente  imagen de la lámpara encendida en la noche remite a ese doble aspecto de luz y sombra que acompaña a Eros, pero también nos habla de la presencia divina que propicia la inspiración y la sabiduría en el poeta.  
Con Montejo, la poesía se manifiesta errante, atemporal, una suerte de acto de magia que  penetra y disipa las tinieblas, alumbra en la oscuridad y nos hace despertar,  para luego regalarnos la plenitud de la vida.  Creación impulsada por la necesidad de descifrar los misterios de la realidad y recuperar la esencia del ser en el deslumbramiento del amor.   Palabra que convoca el poder creador de la naturaleza,  encarna la capacidad semántica del universo, unifica la multiplicidad de lo diverso y recupera el sentido en la abolición del tiempo lineal.

Referencias Hemero-bibliográficas:

GUTIÉRREZ, María Alejandra. “El diálogo con el enigma de Eugenio Montejo”.        
     En Literaturas.com,  revista literaria independiente de los nuevos tiempos.
     Revista electrónica: http://www.literaturas.com/EMontejoLC.htm

HEIDEGGER, Martin. 1992. Arte y poesía.  Buenos Aires: Fondo   de   Cultura      Económica
                                     . 1994. Höelderlin o la esencia de la poesía. Bogotá:        Anthropos.
LANDA, Josu. 2008. “Para pensar la crítica de poesía en América Latina”, en Tanteos.            
     Afinita: México.
MONTEJO, Eugenio. 2000. Adiós al siglo XX. Bogotá: Brevedad.
_________________. 1977.  Azul de la tierra.  Bogotá: Norma
_________________. 1996. El Taller Blanco. México: Universidad Autónoma 
     Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. 
_________________. 2002. Papiros amorosos. Valencia: Pre-Textos.
_________________. 1999. Partitura de la cigarra. Valera: Pre-Textos.
_________________. 2004. Poemas selectos. Caracas: Bid & co. Editor.
PAZ, Octavio. 1974. Los hijos del limo. Barcelona: Seix Barral