lunes, 27 de mayo de 2013

Entrevista con Francisco Pérez Perdomo.


Carmen Virginia Carrillo.




Esta mañana los medios anunciaban la muerte del gran poeta venezolano nacido en Boconó, estado Trujillo, Francisco Pérez Perdomo. Hace algunos años, cuando comenzaba a  investigar sobre la poesía de la década de los sesenta en Venezuela, conocí a Pérez Perdomo. Lo entrevisté en su oficina; a partir de entonces nos mantuvimos en contacto, pues su trabajo poético me interesaba particularmente. Meses más tarde lo invitamos a la Universidad de los Andes, núcleo Trujillo para un evento que habíamos organizado el Centro de Investigaciones literarias y lingüísticas Mario Briceño Iragorry y el Ateneo de Trujillo, auspiciados por el CONAC. En aquel entonces yo dirigía el CILL y Margot Carrillo el Ateneo.
En esa oportunidad celebramos la poesía de Francisco Pérez Perdomo, José Barroeta, Ana Enriqueta Terán y Ramón Palomares. Un nutrido público se congregó para conocer el trabajo de críticos y estudiosos de la obra de estos grandes escritores y particularmente para escucharlos leer sus poemas. Pocas veces la palabra poética había hechizado a una audiencia tan amplia de forma tan contundente.
                Como un homenaje al poeta, publico hoy en el blog la entrevista que le hiciera y uno de mis trabajos sobre sus primeros libros.
                CVC:  poeta, es sabido que su primera publicación: Fantasmas y Enfermedades, fue publicada  el año 1961 en la editorial del grupo Sardio; dos años más tarde, bajo el sello de El Techo de la Ballena apareció Los Venenos Fieles y el año de 1966 La depravación de los astros. Podría hablarnos de su incursión en estos movimientos de la década de los sesenta.
FPR: Para hablar del grupo Sardio, que es el primer grupo al que pertenecí aquí en Caracas, debo comenzar diciendo que todavía en los años 58 o 59, en la mayoría de los liceos del interior del país sólo existía el cuarto año de bachillerato.  De esta manera, quienes estudiábamos en ciudades pequeñas, obligatoriamente teníamos que trasladarnos a algún lugar, que podía ser Barquisimeto, Mérida o Caracas.  Pero los dos centros de atracción más importantes eran Mérida y Caracas.  Los liceos de más prestigio en Caracas eran el Andrés Bello y el Fermín Toro.
El grupo Sardio tiene un nacimiento real a partir de esos años 56 o 57;  el nacimiento nominal, en cambio, es a partir del año 57 o 58, cuando se empiezan a editar publicaciones del grupo y surge también la revista Sardio en el año 58.
                Como sucede con todo grupo que no nace por decreto, Sardio brota con el contacto de los que serán miembros del grupo en el liceo en el que estudiábamos.  Allí estaban Adriano González León, Salvador Garmendia...  de Trujillo, Barquisimeto; de Ciudad Bolívar Guillermo Sucre,  Luis García Morales; de Boconó vine yo...  Éramos un grupo de gente con inquietudes que, podríamos decir, nació espontáneamente.
En el año 57, ya con una mayor madurez, pensamos que ese grupo de amigos —que se reunían en el centro de Caracas y en Sábana Grande, y que vivían en condiciones bastante precarias— podía publicar lo que había escrito. 
CVC: ¿Cómo pudo un grupo de jóvenes organizar una editorial y sacar adelante las publicaciones?
FPP: Reunimos el dinero como pudimos y se editó ese primer libro que se titulaba Las Hogueras más altas de Adriano González León, más o menos a finales del año 57, luego sale en 1958, El reino, de Ramón Palomares. El año siguiente sale a la luz Los pequeños seres de Garmendia, después se publica el mío, todos ellos tienen el sello Sardio.  Creo que después del  mío aparece uno de Edmundo Aray: Nadie quiere descansar  y éste tengo idea de que fue el último en salir con nuestro sello, en el año 61.
CVC: ¿Qué otras actividades realizaba el grupo?
FPP: Además de esas ediciones, habíamos pensado que simultáneamente se podía publicar una revista amplia, con colaboraciones importantes como la de Alejo Carpentier.  De ella se publicaron ocho números.  El primero aparece en el año 58 y el último, aparece en el año 61.  En estas publicaciones hay un planteamiento inicial: pedir una revisión de valores, en ella generalmente hacíamos tabla rasa de todos los valores existentes.  Respetábamos sobre todo a los grandes poetas que se unían a nosotros y que se consideraban como parte del grupo, aunque su madurez poética fuese ya reconocida, es el caso de Vicente Gerbasi, que tantas veces nos acompañó y compartió con nosotros.  Muchas veces nos reuníamos a tomar cerveza, a hablar de poesía y a leer los textos que íbamos escribiendo.
                CVC: ¿Considera usted que el grupo tenía una propuesta teórica concreta?
FPP: En Sardio hubo dos grandes teóricos, Adriano González León —aunque pronto dejó la crítica para lanzarse más a la narrativa— y Guillermo Sucre.
Adriano en algún momento afirmó que Gallegos no era un gran valor.  Esta frase se repitió, quizás no de la misma forma, pero sí arrastrando lo que tiene por delante, como ocurre con todo grupo joven que quiere abrirse un espacio para instalarse en él.  Más adelante, Adriano aclaró que lo que realmente quiso manifestar era su impresión de que Gallegos era un escritor de la Independencia, y lo comparó con Bolívar, con Andrés Bello...  es decir, con grandes hombres que pertenecían al pasado.  A pesar de la ironía, sí existía un reconocimiento del valor de Gallegos,  pero siempre colocándolo en una época más antigua. 
Es importante señalar que cuando Adriano hizo ese comentario sobre Gallegos se estableció un cuestionamiento de los valores y, en consecuencia, una formulación de principios.  Esto último me parece muy positivo, porque responde a una inquietud de los jóvenes que nunca debería desaparecer, es un sueño, el deseo de superarse.  
Sin embargo, en la revisión de valores se pueden cometer errores al querer romper con todo lo anterior.  Esto hacían los surrealistas que, incluso, tenían un "índice" de novelas que no debían leer —en él se encontraba la obra de Kafka, que tiene una importancia tremenda en el mundo de la literatura.
CVC: ¿Qué opinión le merece la obra de Gallegos?
Gallegos está entre las grandes figuras, resalta grandes dramas de la humanidad, sin  embargo, su escritura no es de las más cautivantes.  Estos dramas se dan en personajes tan  extraordinarios como Doña Bárbara.  Particularmente me fascina Doña Bárbara porque es un personaje que traiciona a Gallegos.
                CVC: ¿Podría explicarnos a qué se refiere con esa afirmación?
FPP: Cuando Gallegos escribe la novela establece un asunto temático: la lucha contra civilización y barbarie, y el personaje que trata de condenar y abolir de la historia es Doña Bárbara, sin embargo, ella es el personaje más fascinante porque representa la brujería y la magia.  Es una niña violada por unos bandidos, y que se desdobla, porque a su amargura se une su capacidad de vivir grandes pasiones; es como Madame Bovary, un personaje que seduce, pues también es capaz de sentir afectos sublimes; ella cree en el amor y por eso entra en conflicto, igual que Santos Luzardo.  Este último no es de los mejores personajes, representa al pequeño burgués: es un abogado inteligente, uno de esos centauros llaneros que se ha civilizado —para él la universidad tiene una importancia extrema—, que quiere luchar con el llano en donde está la libertad, él encarna la propiedad privada que lucha con los marxistas —nosotros, los de Sardio, éramos todos marxistas: capital, tierra, trabajo eran los tres elementos a considerar según las ideas comunistas.
Santos Luzardo se enfrenta a la barbarie que encarna Doña Bárbara.  Cuando ella es derrotada por la vida, desaparece.  Doña Bárbara respeta el amor de Santos Luzardo por Marisela, pues ella es su hija y destruirlo a él significa hacerle daño a su hija.  Hay un desdoblamiento en el personaje cuando Doña Bárbara baja el arma y se pierde como un misterio gigantesco: sube a la canoa y se pierde en la noche, es, por tanto, el gran mito.
                El doctor Payares expresa también el conato de amor incestuoso.  Él es otro personaje mítico, fascinante, que no se sabe de dónde viene.  También él se pierde.  Como él está Marcos Vargas.
CVC: A propósito de lo que usted plantea sobre la obra de Gallegos, me gustaría hacer referencia a ciertas constantes que se perciben en su obra poética, por ejemplo: el elemento fantasmagórico, la magia, lo paradójico, la ambigüedad, la dualidad y las oposiciones del adentro y el afuera, el estar y no estar en un espacio y un tiempo determinado. 
FPP: Es cierto, porque el escritor cuando escribe está muy marcado.  A mí, por ejemplo, me encanta Gallegos, pero mi escritura no se parece a la de él.  Los temas, en cambio, sí coinciden en cuanto a la temática pues tienen que ver con la magia, el mito y la brujería.

                CVC: ¿qué sucedió con Sardio?
FPP: sabemos que siempre se ha dicho que los grupos literarios se forman para dividirse y para pelear; son como los matrimonios, que primero se unen y después vienen las grandes peleas, que pueden llegar a proporciones descomunales.  Esto no ocurrió con el grupo Sardio, en él los sobrevivientes se han mantenido en muy buena relación.
                Al final del 59, cuando ocurre la Revolución Cubana, ya en el grupo existía el germen de la separación.  Para ese momento todos estábamos contagiados por la Revolución.  Había algunos muy  bien definidos políticamente:   Guillermo Sucre era  militante adeco, Luis García Morales y Elisa Lerner también lo eran, además, en un tono muy ortodoxo.  Nosotros creíamos en la guerrilla como la sanación de un país.  Todos los que formábamos Sardio, a excepción de los tres mencionados, pertenecimos a El Techo de la Ballena.  Con el nacimiento de El Techo...  se buscaba impulsar el interés por cambiar las estructuras de forma completa.  Se trataba de causar una perturbación y provocar.  La exposición denominada Homenaje a  la Necrofilia alcanzó sus fines, pues al día siguiente hubo publicaciones y críticas feroces hacia los balleneros y nuestra exposición.
 Más adelante El Techo de la Ballena cayó en ese tónica de la pacificación, igual que le ocurrió a la guerrilla.  Así va desapareciendo lo que, a mi juicio, fue una continuidad de Sardio.  De los miembros del grupo, sólo Ramón Palomares no perteneció a El Techo de la Ballena, él que fue un guerrillero furibundo.
CVC: ¿Podría decirse que se logra continuidad estética, aunque se separan en la orientación ideológica y  política?
                FPP: Sí, para mí es esa la diferencia que hay. Inclusive esa continuidad estética tendría una evolución. La lucha contra todas estas estructuras se hacía en Sardio de una forma sutil, en cambio, adopta una manera más violenta en El Techo... Por ejemplo la rebelión contra los cánones establecidos por el arte. La belleza, por ejemplo, ya no es el elemento motivador o esencial de la producción literaria, sino que es el horror, que venía como propuesta estética de Víctor Hugo y que se convierte en el centro, en el fuerte de las propuestas de El Techo... También, el ir en contra de la autoría, con los famosos falsarios en donde se juega con el valor del autor, considerándolo menos importante de lo que solía ser. Al imitar estilos de otros autores estaban demostrando que los autores no son tan determinantes para su producción. Tenemos el famoso artículo que supuestamente había escrito Rómulo Aranguibel y que en realidad lo hicieron Rodolfo Izaguirre y Salvador Garmendia; el famoso poeta inventado por Adriano Gonzàlez León, todos preguntaban de dónde lo había sacado y la verdad era que éste no existía, sino que se trataba de una crónica inventada por él, allí inventa unos versos y unos poemas y de ellos hace una crítica...  todo esto se exacerba con El Techo...  Pregunto entonces ¿por qué después, políticamente, todo se desvanece?, ¿será, quizás, por la bonanza económica que hace que todo este asunto político de la búsqueda de la utopía no tenga dónde sembrarse, porque el país con la bonanza económica no va a poder responder a estas iniciativas o porque de alguna manera el poder, con sus tentáculos, logra absorber a esos mismos elementos celebrándoles su propia estética?
En  realidad, yo veo que hubo un cambio en las estructuras sociales.  En aquellos momentos, en El Techo... nosotros nos habíamos separado, estábamos en trincheras distintas.  Pero eso pasó.  Pasó El Techo...  El país es otro y todo aquello pertenece al pasado.  Al escritor le interesa el presente, vive en un eterno batallar, disfruta de lo que tiene a su alrededor.
CVC: Sin embargo, a nivel estético,  hay escritores en Sardio que van adaptando su discurso poético a las exigencias del momento tal como puede verse en el discurso más  violento de los sesenta, que se va suavizando en la medida en que  la realidad cambia,  aunque  ciertas búsquedas se mantienen. Sin embargo, algunos de los escritores de los sesenta  se quedaron  en ese lenguaje panfletario del que no lograron liberarse  y parecieron haberse quedado añorando la utopía de que querían construir.
FPP: Yo escribí un libro en el que hay una serie de ensayos en torno a la poesía venezolana de los últimos años —se trata de los años 60—, allí establezco que lo visible en aquel momento eran tres orientaciones:  una surrealista, en la que está Juan Sánchez Peláez, que fue un maestro para nosotros. La otra orientación era la bíblica, allí incluyo a Guillermo Sucre, Ramón Palomares.  También se encuentra la orientación beat.  Estos son los movimientos estéticos con los que contábamos.
                CVC: En cuanto a su obra, esa constante de ciertos elementos fantasmagóricos, ese juego espacio-temporal en la que se percibe una espacialidad tangible y una intangible; una temporalidad lineal y una circular. Una eternidad a la que se anhela pero que parece estar en una temporalidad lineal que apresa al hombre...  todos estos elementos que muestran al yo lírico como un iniciado que va en busca de las claves para descifrar esos misterios de la otredad...  ¿Tiene eso alguna relación intertextual con influencias de diversos autores, o son búsquedas más individuales, o tiene que ver con las vivencias de la infancia, de los espacios telúricos, por ejemplo con los Andes?
                FPP: La pregunta es muy interesante porque está tocando algo que considero como un problema personal.  En primer lugar, todos los poetas más que poetas somos lectores.  Hay que establecer una diferencia cuando se imita y cuando se escribe.  La imitación es paródica.  Si se quiere, por ejemplo, escribir como Góngora, se hará de modo estetizante.  Las influencias, en cambio, son fecundantes.
                Personalmente he leído y releído no sé cuántas veces Las Flores del Mal, de Baudelaire, al extremo de hacerlo todas las noches antes de dormir.  Otro libro para mí muy importante es La Odisea de Homero, este libro para mí es fundamental, creo que representa la antigüedad clásica.  Hay otro que representa la Edad Media y que, al mismo tiempo, es panfletario, escolástico, lo tiene todo, ese libro es La Divina Comedia.  El libro que para mí representa la modernidad es Las Flores del  Mal.  Todos estos libros han influido mucho en mí, pero las influencias no son superficiales, uno las hace vida y las va convirtiendo en material propio y, tal vez, son más vitales que cualquier hecho que uno haya experimentado.  Para mí la lectura es una experiencia tan personal como cualquier otra que tenga relevancia.
Además de eso, cuando se están tocando los esquemas de belleza llevas dentro la marca de muchos de aquellos escritores que, al producir, establecieron su propio esquema de belleza ,como es el caso de Víctor Hugo en el Romanticismo, y de muchos otros.  Es distinto, en cambio, cuando al escribir se busca la imitación conscientemente.
En mi poesía, por ejemplo, eso que tú ves, lo de afuera y adentro proviene de mi reflexión en cuanto a qué será la realidad.  Cualquiera que se ponga a ver la realidad debe encontrar como vibraciones, la realidad es vibrátil, movible.  Creo que todo tiene dos caras y que hay una oculta; se debe buscar esa cara oculta para descubrirla.  Sobre ella —la realidad oculta— uno ve que los objetos se mueven y que cuando se escribe sobre algo se encuentra con esos dos mundos: primero el visible y luego el invisible.  Hay que tratar, a través del poema, de destruir lo invisible.  Muchos pueden decir que mi poesía es equívoca porque empieza con una anécdota de la infancia y, de pronto, aquello se mueve a la otra realidad que existe y que tiene otro tiempo, es la otredad.
CVC: ¿Espera usted que su lector, como lo pedía Cortázar, busque  más allá de las palabras, que  atraviese esa puerta que sólo en un momento mágico se abre para dar paso a una realidad alterna?
                FPP: Sí, exactamente; se trata de que el lector sea sensible y se remita a lo que está más allá de las palabras.  El lector debe ver que hay un reclamo.
CVC: Entonces, el poeta  da las claves para  que el lector logre captar el mensaje en  su totalidad, para que llegue a ese otro lado?
                FPP: Te pongo un ejemplo con el paisaje. Un amigo mío fue a Boconó y estando allí, de noche, miró el cielo y me comentó: “Francisco, ahora al ver el cielo me doy cuenta por qué tú hablas en tu poema del "cielo más alto del mundo", pues aquí parece que el cielo se hunde”. Yo vengo de un pueblo del interior en donde la magia juega una importancia tremenda. 
                CVC: ¿Su poesía también puede considerarse  heredera de José Antonio Ramos Sucre,  Rainer María Rilke, los surrealistas,  Franz Kafka,  Henri Michaux,  la literatura fantástica y del horror,  de Howard  P. Lovercraft?
FPP: Si, claro. A mí me ha gustado mucho la literatura fantástica.  Por ejemplo Poe, que fue traducido al francés por Baudelaire, a partir de ese momento se puso de moda esa literatura. La literatura fantástica está muy asociada a la magia.  Cuando yo vivía en Boconó no había luz eléctrica y nos alumbrábamos con lámparas de gas, había muchísimas personas que nos contaban cuentos fantásticos, y entre sombras veíamos aparecidos y creíamos todas esas historias.  Eso quedó en mí, además del gusto por la literatura fantástica.



La  obra poética de Francisco Pérez Perdomo, fundamentada en  la creación de  mundos alternos en los cuales las nociones de tiempo y espacio se trastocan; que tiene su complemento en la imagen del doble  y en la creación de universos fantásticos y suprareales, seguirá ofreciendo a los lectores la magia de los mudos posibles que el poeta plasmó en sus versos.

lunes, 13 de mayo de 2013

EL CAMUFLAJE COMO PRÁCTICA DE SUPERVIVENCIA DE LOS JUDÍOS EXILIADOS EN ARGENTINA, EN LA NOVELA A LAS 20:25 LA SEÑORA PASÓ A LA INMORTALIDAD DE MARIO SZICHMAN


Carmen Virginia Carrillo                                                                                 
Publicado en: 

Revista Pilquen, n 16:
http://www.revistapilquen.com.ar/SumarioCS16.htm













“La literatura de ficción aparece como el campo de juego privilegiado de la ironía. La ficción no copia la realidad ni tampoco explica la verdad: lo que hace es pedir al lector que cree su realidad y que saque su verdad a partir de los significados contradictorios que yuxtapone.” (Pierre Schoentjes)                                                                                                                      







Las novelas Crónica Falsa (1968), publicada en una nueva versión en  1972 bajo el título de La verdadera crónica falsa, Los judíos del Mar Dulce de 1971 y A las 20:25 la Señora pasó a la inmortalidad (1986), configuran la Trilogía del mar dulce del escritor argentino Mario Szichman. En  estos textos se narra la saga de los Pechof, una familia de judíos del este de Europa que emigra hacia Argentina huyendo del Holocausto.

A las 20:25 la Señora pasó a la inmortalidad  ganó el Premio de Literatura Ediciones del Norte de Hanover, New Hampshire, Estados Unidos en 1980. En la obra, la idea del camuflaje como estrategia de asimilación utilizada por los exiliados para evitar la exclusión, permite al autor cuestionar la compleja relación de los judíos con el país de acogida a partir de dos ejes de relación; un eje sintagmático: la Argentina en la que les tocó vivir, y un eje paradigmático: un pasado del que huyen y un futuro que resulta terriblemente incierto.

Los Pechof luchan por sobrevivir en medio de una sociedad xenófoba que los rechaza. Los personajes cargan con el peso de la culpa que sienten por haber logrado sobrevivir al Holocausto y tratan de labrar su propio destino. Las peripecias de los Pechof  están determinadas por eventos de índole nacional que marcan la pauta de los acontecimientos.

Ante la pérdida de lo propio, la incertidumbre domina a los exiliados que buscan en su cultura, su lengua y su religión una forma de resistencia; sin embargo, el sentimiento de ajenidad se vuelve insostenible y en oportunidades optan por mimetizarse para evitar la hostilidad que tienen que soportar por ser ese “otro” radicalmente diferente.

Con un discurso irónico se cuestiona tanto al colectivo judío como a los modelos que éstos tratan de imitar, y que resultan tan grotescos como los propios protagonistas. El juego de las apariencias  intenta ocultar la identidad que induce el rechazo, a partir de una puesta en escena en la que  se simula ser otro radicalmente opuesto.

En la Argentina de las décadas del cuarenta y del cincuenta, los exiliados judíos representaban lo extraño y ajeno que irrumpía y producía rechazo. En este contexto, Jaime, uno de los hermanos Pechof,  pareciera sentir gran admiración por la cultura argentina;  su deseo de formar parte de esa “normalidad” en detrimento de sus propias raíces  se convierte en  origen de nuevas desgracias familiares.

La muerte de Eva Perón, en 1952, por los días en que fallece Rifque, la hija de Dora  Pechof, actúa como detonante del conflicto. Durante los funerales de la muerta máxima del país, el gobierno decide cancelar los certificados de defunción de particulares, a fin de no distraer las exequias con otros velatorios: “A partir de las ocho y veinticinco, cuando la señora entraba en la inmortalidad, se cancelaban hasta nuevo aviso los certificados de defunción, y cundía el silencio uniformado, los murmullos fúnebres, y una lluvia fina y fría.” (Szichman16)

Los Pechof necesitan el certificado de defunción pero el médico, que es antisemita, solo hará ese favor a uno de los suyos. Jaime, quien ha utilizado el disfraz en reiteradas oportunidades para estafar, propone a sus hermanos que simulen ser la familia católica Gutierrez Anselmi para lograr que el médico antisemita otorgue el documento necesario para enterrar a la sobrina muerta. Esto lleva a Jaime a reinventar el pasado de la familia, con el asesoramiento de un experto, para asumir una nueva identidad. Los hermanos se enmascaran construyendo identidades falsas inspiradas en modelos de aristócratas católicos españoles, seres tan grotescos como ellos mismos;  pero el camuflaje resulta  poco convincente y quedan al descubierto.

Esta estrategia, que involucra a todo el núcleo familiar, genera un conflicto entre el ser judío y el pretender ser católico. El intento fracasa y los hermanos Pechof se ven obligados a asesinar al médico. El fatal desenlace empuja a Jaime a una nueva huida, acción que se enmarca en el estigma del judío errante  y que genera la disolución del núcleo familiar.

Dentro de la jerarquía familiar, Salem, el hermano mayor, calificado como “la sombra del próspero amarrete” (Szichman 17) representa la resistencia; su mayor preocupación es perder la identidad. Jaime y Natalio prefieren la asimilación.  Itzik, el  menor, un ser caprichoso y manipulador, oscila entre uno y otro extremo. Dora opta por la prostitución como alternativa de sobrevivencia; su elección la hace vivir en una permanente impostura. Sin embargo le atormenta la idea de terminar enterrada  al final del cementerio, en el lugar de los pobres, los suicidas y las curves (prostitutas).

Para Jaime, la única posibilidad de resolver la situación es la omisión del pasado judío y la simulación de un abolengo católico: “¿Tengo otra opción? ¿Acaso tengo otra opción?, pensó Jaime y resolvió proseguir con la anulación del pasado judío.” (54)

            Entre las marcas de la otredad que Jaime necesita borrar para librarse de las estigmatizaciones y lograr el  camuflaje encontramos:

1) El nombre: Si para Hillis Miller “nombrar a alguien es distanciarlo de sí mismo al convertirlo en parte de una familia". (22), cambiarse el propio nombre de Jaime Pechof por otro totalmente ajeno: Javier Gutierrez Anselmi, implica una doble  pérdida de la identidad, ya que para ello es necesario desconstruir la herencia familiar: Así dirá el narrador: “Jaime sabía que los Pechof sólo podían trocarse en Gutierrez Anselmi desandando una tradición (26);

2) La lengua: El idish como la lengua matera, constituye el elemento fundamental de identidad entre los judíos y  se convierte en una experiencia límite que recalca la condición de eterno desplazado. Para Jacques Derrida, la primera violencia que tiene que padecer el extranjero es la traducción de su propia lengua para poder entenderse con los anfitriones que lo acogen. (21).

3) La procedencia: Cuando se abandona el lugar del origen, se deja atrás  la morada para salvarse de la barbarie, tal como ocurrió a  los judíos polacos que sobrevivieron al pogrom, al exterminio, y se llega a un lugar desconocido, la angustia y la incertidumbre embargan al recién llegado. Estas emociones solo se superan en la medida en que el nuevo territorio se hace familiar y desaparece la sensación de extrañeza. Ahora bien, para poder llevar a cabo el proceso de mutación de judíos polacos en descendientes de católicos españoles, Jaime necesita desviar el lugar del origen. Así lo expresa el narrador:


Jaime pensó que la solución era hacer convivir a los Gutierrez Anselmi con personajes históricos de segunda categoría y dejar cabos sueltos para trabarlos con episodios autónomos que derivarían en un viaje a Polonia en mil novecientos dieciocho, en la disolución de los Pechof, y en un retorno triunfal de los Gutierrez Anselmi a Buenos Aires, en camarote de lujo y hablando francés. (27)



La desintegración del lugar simbólico le permite el cambio de procedencia, de lengua, de estatus social, y con ello logra “borrar a su parentela del mapa antes del desembarco en Buenos Aires” (61).   


A los goim les resultaba fácil ir hacia un pasado católico porque provenían de él. Pero Jaime Pechof tenía que encerrarse en un cuarto y recrear la Argentina desde el año mil ochocientos cuarenta, intuyendo los momentos vacíos que debían rellenarse con leyendas de otros países, desechando distintas clases de futuro, y haciendo habituales situaciones y ambientes que no habían presenciado sus abuelos; para conservar la familia agavillada y evitar un destino similar al de esos negros extraviados en el hielo durante la expedición al Sur y recogidos esporádicamente en el recuerdo de los porteños cada vez que los censores de los diarios ordenaban silenciar la oposición. (26)

Pero ese pasado al que intentaba incorporarse, ya había sido escogido por hombres que hacían un arte de la exclusión y las evidencias probadas. Para aumentar el agobio, pensó que le faltaban muchos elementos. (34-35)



3) Los roles sociales asignados a los judíos (idn) en oposición a los católicos (goim): Mantenerse fiel a los valores ancestrales implica repetir los hábitos, las costumbres, etc.; sin embargo, cuando se es extranjero, las marcas de identidad parecieran convertirse en estigmas. La crítica o la burla pueden  reforzar o resquebrajar la identidad del extranjero. Para Jaime los goim son nativos, hablan de cosas interesantes, piensan en el futuro, tienen recuerdos interesantes: Los goim sólo piensan en el alma.” (33), y una historia repleta de eventos heroicos, mientras que los idn son importados, están anclados a un  pasado cargado de culpas que no se puede reivindicar. En su afán de asimilación Jaime reprocha a sus hermanos:


          Ustedes viven en Argentina. Aquí hay tango, pebetas de arrabal.

          -Fuimos esclavos en Egipto (42) –dijo Salmen.

-Vos, porque lo que es yo –se enterneció Jaime-, En mi país hay cortes    y quebradas, la costurerita que dio aquel mal paso, el malevo Muñoz, estudiantes que enamoran a hermosas grelas, milongueros que hacen triunfar el tango en París. (42)



      En contraposición, Salmen intenta preservar a la familia del contagio de los vicios de los goim, sin mucho éxito. Entre los argumentos que esgrime se encuentras los siguientes: “Los idn somos una gran familia” (69); los goim “ven enseguida nuestros defectos” (69) las nueras judías hacen “gestos aceptables y tenían un buen pan dulce. En cambio las goies eran impredecibles y caderas estrechas” (68). Salmen representa el antisemitismo al revés: “ – Tajmer se está echando a perder con eso de invitar goim –dijo Salmen.” (143). Sin embargo, todo esfuerzo es inútil ya que  la influencia de Jaime y su tesis de que los goim son más exitosos y felices va cobrando fuerza a medida que el olor de la difunta se hace insoportable.

4) Los espacios: La casa que se habita se va plagando de objetos que hablan de la pertenencia. En el texto, ese espacio se ve amenazado en la medida en que Jaime trata de borrar las huellas de la propia historia para adquirir el perfil de una historia ajena:


Dio una ojeada al cuarto intentando meterse en la piel de sus antepasados católicos. (31)

Jaime descubrió que los muebles adquiridos para camuflar la casa de Dora no se correspondían con un empapelado católico, o con un Buenos Aires de límites más modestos. Integraban un capítulo de la historia del mobiliario y sólo existían por confrontación: patas torneadas contra telas de tafetán, taraceados contra volutas, respaldos altos contra respaldos bajos. (50)



La ironía pone en cuestión los valores establecidos tanto en el núcleo de la comunidad judía, con su etnocentrismo y su apego a la tradición, como en la sociedad argentina que los rechaza por ser extranjeros; por ser esos otros que irrumpen con su diferencia. Más allá  del temor que le  produce a Salmen la cercanía de los goim por su ajenidad,  está la amenaza de que el “otro” puede modificar su identidad y la de los suyos, de que sus “creencias heredadas por tradición no son definitivas y pueden ponerse en cuestión”. (Aguilar Rivero 121).

El sarcasmo se hace presente en la descripción de Pinie, el amigo de los Pechof, quien se aprovecha de la compasión que produce entre los suyos por haber sido testigo del pogrom y haber sobrevivido. En este personaje abyecto encarna el humor  autocompasivo y mordaz, que no escatima en utilizar la hipérbole para lograr  el desvío irónico en su discurso: “ –…Y en ese momento se larga a llover, crece el pasto a toda velocidad y me tapa la visión.  -Ij harguet im[1]– gritaba un id enfurecido y Pinie tenía que salir del schill  con escolta.” (241)

Su joroba con el tatuaje que se mueve, lo convierten en el centro de atención:


A partir del brote de su joroba, Pinie no ganó para sustos. Alicia Tajmer se empecinó en llevarlo de ban­quete en banquete para refregárselo a sus amigas por la nariz. Sus amigas, en represalia, convidaban a Pinie a conciertos de gala y le llenaban el buche de gueminirte erink[2]. A la menor distracción de Pinie, las mujeres tocaban su bulto y pensaban en tres deseos.

Con tanto agasajo, el tatuaje de Pinie adquirió la solidez de un bajorrelieve (111)



Tanto los Pechof como  Pinie y su socio Motje se ven envueltos en situaciones  absurdas que ponen en peligro su propia existencia. A través de estos personajes, Szichman parodia ciertos vicios que se le han atribuido a la comunidad judía.

La muerte, expresión máxima de la alteridad, irrumpe en la cotidianidad de la vida de los Pechof, recorre la trama y funciona como metáfora tanto del acto fallido del proceso de asimilación de los exiliados, como de la construcción de un nacionalismo limitante por parte del gobierno argentino.

El cadáver de Rifque pudriéndose en la bañera es la degradación máxima y se presenta en oposición al cadáver insepulto de Eva Perón, la muerta idolatrada. En el juego de oposiciones en el cual el duelo de la familia judía coincide, y a su vez  contrasta con el duelo del país,  la muerte de Rifque  y la de Evita representan dos formas contrapuestas de entender la muerte: la muerte de “polvo eres, y al polvo volverás” y la muerte como vía para la trascendencia, para el endiosamiento.

La novela comienza en el espacio sagrado de la muerte, el cementerio de Tablada, específicamente en el lugar más apartado, donde entierran a los pobres, los suicidas y las curves de Zvi Migdal. Allí está sepultado Itzik Pechof, quien se negaba a morir y para conjurar el inevitable evento escondió todas sus fotos: “Como sus parientes no podían dejarlo morir antes de encontrar una foto para su lápida, el enfermo hizo una escrupulosa requisa de todos los retratos” (39). En la única foto en que aparece, Itzik  se está tapando la cara con las manos. Esta imagen del muerto cuyo rostro no se puede ver, apostada encima de la tumba, genera la curiosidad y el morbo en el colectivo. ¿Es acaso esta imagen inicial una metáfora del proceso de encubrimiento que intenta Jaime a lo largo de la trama para superar el conflicto que le causa su identidad judía y el  rechazo que siente a causa de su origen?

Los  Pechof llevan a cuestas el peso de la lengua, de los valores y de las costumbres que funcionan como herencia exiliada, de la misma manera que cargan con la historia de un pasado impreciso y la sombra del Pogrom. Todo ello tiene un peso específico que se cuela por debajo de las máscaras que intentan utilizar los personajes para camuflarse, y que, lejos de garantizar el éxito de la empresa, los pone en evidencia.

Szichman escenifica el intento de camuflaje como práctica de supervivencia en un colectivo judío a través del procedimiento textual de la ironía y, de esta manera,  desvela la dificultad que los individuos de culturas diferentes tienen para interactuar en ese espacio en el que la extrañeza radical es la pauta que marca la conducta de los individuos. 



BIBLIOGRAFÍA:

Aguilar Rivero, Mariflor. Diálogo y alteridad. Trazos de la hermenéutica de Gadamer. México: Paideia, 2008.

Derridá, Jacques. La hospitalidad. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 2008.

Hillis Miller. J. Introduction to Bleak House. Harmondsworth: Penguin, 1986.

Szichman, Mario. A las 20:25 la Señora pasó a la inmortalidad. Buenos Aires: Sudamericana, 1986.





[1]Yo lo mato.


[2]Arenque marinado.