jueves, 23 de enero de 2025

LA POESÍA DE CARLOS LISCANO: LA BÚSQUEDA DE LA PALABRA QUE REORGANICE LA VIDA.


Carmen Virginia Carrillo

 

LA POESÍA DE CARLOS LISCANO: LA BÚSQUEDA

DE LA PALABRA QUE REORGANICE LA VIDA.



(Texto publicado en:  Carlos Liscano. Ficções do eu ficções do outro. 2013.

 Liliana Reales/Roberto Ferro (organizadores)  Florianópolis: Cultura e Barbárie) 


 

    Un joven que sueña con ser escritor, que decide postergar su sueño porqueque siente la necesidad de tomar posición frente a la situación política que vive su país. Un joven que se hace tupamaro, que es hecho prisionero, torturado, sometido a castigos de aislamiento. Un joven que se vuelve hombre a lo largo de trece años de presidio y decide escribir parar salvarse “del delirio permanente”[1]. Un hombre que hace de la escritura su “delirio controlado”[2] en medio del horror de la represión carcelaria; que encuentra entre los muros de la prisión su razón de ser a través de la escritura. Un hombre que sale al exilio y regresa a su país natal tras once años de ausencia. Un escritor que da su opinión sobre lo vivido; que encuentra en el lenguaje el mayor tesoro que al hombre ha podido ofrecerse, que entrega al lector un universo textual de una vasta riqueza. Me refiero al escritor uruguayo Carlos Liscano, el escritor de cuya poesía hablaré en las próximas páginas. 

Para Dilthey el contenido de un poema se fundamenta no solo en la experiencia de vida de su  autor sino también, y sobre todo, en la repercusión  afectiva e intelectual de la misma[3], de ahí el carácter subjetivo de la lírica.  El escritor, en tanto sujeto ético, se  responsabiliza de sus actos y de sus palabras, y ofrece su testimonio  desde una dimensión moral y autobiográfica. En este sentido se puede entender la identificación que, en algunas ocasiones, se establece entre la figura del autor con el yo lírico que habla desde sus poemas.

Como sujeto problematizado, el escritor recurre al lenguaje para expresar el ser y su relación con el mundo. En el texto poético, el autor se desdobla, es a su vez sujeto de la enunciación y del enunciado, y desde el poema ofrece una “versión íntima”[4] de un aspecto de la realidad con la que pretende persuadir al lector, hacerlo cómplice. 

En Carlos Liscano, el texto poético se convierte en compromiso vital, espacio de la memoria, autodefinición, renuncia de sí. “La única, la palabra responsable, exacta.”[5]

En el poemario ¿Estará no más cargada de futuro? (1989), el espectro referencial del hablante se circunscribe a un contexto situacional particular del autor: la reclusión de trece años (1972-1985) en el Establecimiento Militar de Reclusión Número 1, llamada la cárcel de Libertad, por estar ubicada en la ciudad del mismo nombre, y el posterior exilio en Suecia. A lo largo de esos años, la escritura se convirtió en “puerta abierta”, “válvula de escape”, “libertad”[6] en medio de la opresión y el desamparo. En el silencio del aislamiento carcelario, el poeta lleva a cabo un diálogo consigo mismo, ese diálogo se traduce en palabra poética y el poema en esperanza.

Forzado a permanecer incomunicado, el poeta vive de la memoria y trae al presente vivencias de la infancia:

 

Niño en la tarde que yo era

Corriendotras el aro.

Alegría de aprender el mundo junto a la bahía.

Yo soy o era aquel que descubrió una vez la fuerza

de la gente unida en marcha.[7].

         

          A través de la enunciación lírica, el autor construye un espacio en el cual los tiempos se acercan y el pasado se actualiza en el poema.

            La reflexión sobre el tiempo es una recurrencia temática en la obra poética de Liscano. En los poemas concurren un presente cuyo transcurrir es lento: “Pedaleo los minutos uno a uno”[8] —dice el yo lírico—, tiempo sin tiempo del condenado:

 

El tiempo transcurre gris

y numerado

entre paréntesis de ver

de y verde.[9]

 

 

y un pasado delineado por la alteridad del ser que se ha convertido en otro:

 

Te recuerdo, solo, alto y delgado, muchacho,

queriéndote inconfundible.

Pura llama consumiéndose entre llamas,

luchando por ser yo. Es decir, no el de ahora,

aquel, el que tú sabes, el otro.

Y no era así…

¿O sí era? ¿Quién lo sabe?

¿Aún vive el otro, el mejor yo a que tú aspiraste?

Porque la tenue luz que eres, reflejo

de todos los espejos, también se refleja en los otros y

vuelve. Y el mejor, el soñado,

el nunca jamás confesado, solo sujeto,

ése aquel, solo y alto,

todavía quiere llegar a ser.[10]

 

 

          El hablante se reconoce como un ser escindido entre el sujeto que era y el que ahora es. Estamos frente a la autocreación de un “yo” que se describe en el flujo constante de la memoria. Un “yo” subjetivo, con una historia particular,  se convierte en  “yo impersonal, representación de todos los hombres. El autor se desvanece en la sombra del yo enunciativo que lo contiene, pero a la vez lo supera.

En Liscano, la reflexión sobre el lenguaje y la palabra va acompañada de una serie de reflexiones metapoéticas. En el poema 4 del primer poemario, el hablante precisa: “Férrea ley de mis poemas:/ escribir para no decir nada.” (8)Nos encontramos frente a la interrupción del sentido mismo del acto poético, que supone la creación de un decir esencial. En el poema 8 la presencia de palabras fragmentadas y silencios gráficos da cuenta de la percepción que el yo del poeta tiene de la escritura:

 

Al final, después de cuatro

o cinco

versos

la poesía siempre se

                                     me esca

                   pa.

 

Nunca sé si tiene diez

 

               O Nue

               ve sílabas.

 

Cuando quiero con/tar/las/

ya la estro   fa   que

                                                da.

No terminada.

Sin aire.

                        O en él[11]

 

          Esa condición huidiza que el hablante adjudica a la poesía, ofrece una imagen de inacabamiento que coincide con el intento del  poema de describir el intento fallido de la propia creación. La dificultad finalmente se resuelve en el texto poético ofrecido al lector, que pareciera concluir  en la no-escritura.

Palabras negadoras y a la vez generadoras de nuevos significados, que a su vez se presentan como elusivos e inasibles, tal como se reitera en el poema 10:

 

La poesía, el luchar sin

contra quien.

El mano a mano con el ángel.

Este intento de asirle las alas.

Plumerío que queda

entre los dedos.[12]

 

          En el poema 17, el yo poético nuevamente pone en escena el proceso creador; sin embargo, en esta oportunidad, el silencio se presenta como consecuencia inevitable del intento fallido de la escritura:

 

Bate mi verso el bombo y ni

bochinche mete.

Mi tambor parche de plumas.

Algodón el grito de mi lengua.

De escasez palabras tanta.

Dolor el duro silencio.

 

Jamás habrá poesía

si no canta el corazón del hombre.[13]

 

Para el escritor, el silencio puede ser una elección voluntaria o una imposición, esta última generalmente proviene de los detentadores del poder y los represores. Cuando se está obligado a callar, el silencio se convierte en el espacio de la mutilación; sin embargo, cuando el silencio es la única arma del condenado, se transforma en expresión de resistencia.

La representación del silencio en el texto poético puede expresar advertencia, desafío o apremio del hablante, cuando este siente la dificultad de transmitir. Estamos frente a un poema que no logra decir, que solo puede hablar de la ausencia de la palabra; no obstante, en el poema citado, el verso final deja abierta la posibilidad de restituir la palabra en  la medida en que el enunciante recupere su esencia emotiva.

En el poema 22, titulado “Autobiográficas”, el yo poético lleva a cabo un soliloquio imaginario en el que establece un paralelismo entre el ser y la palabra que lo nombra.

 

Severo, sobrio, serio.

¿Qué me falta?

Justo.

 

Qué ridículo.

 

Severo, grave, seco.

¿Qué mas?

Íntegro.

 

Qué pose.

 

Severo, puro, austero.

Súbito verso blanco.

 

Hilo tenso del arco de mi verso,

¿cuál de los tres, brazo, flecha

O arco,

Dará en el blanco?[14]

 

Rubén Muñoz Martínez explica que la palabra poética “crea un espacio libre, en donde la cosa puede llegar a mostrarse plenamente desnuda.”[15] Los versos de este poema  de Liscano configuran ese espacio en el cual el yo poético intenta definirse en función de adjetivos que pudieran calificarlo, a la vez que genera un paralelismo entre el poema y el ser. La interrogación que cierra el texto invita al lector a elegir entre las posibles respuestas y de esta manera, complementar el intento del hablante por definirse.

En este poemario, el autor dedica cuatro poemas a “La casa”. En el segundo de ellos, de 1980, se plantea la necesidad de “dejar la casa”: “Abandonar la casa, olvidar un padre, aquella madre.”[16],  como única vía para salir al mundo, para disolverse en el todo.

Lo aprendido, lo olvidado serán los cimientos de la nueva casa,  entendida esta como el lugar del fuego y del amor. El hablante aspira convertirse en casa, ser la propia casa y ello solo ha de ser posible en el diálogo que establezca con los otros, en la palabra pronunciada, compartida, tal como se expresa en el poema 38, “La casa IV”:

                                                

Y cuando encuentre a los hombres por el camino

y me detenga a conversar con ellos,

cuando les dé mi nombre y me den el suyo y

bebamos

yo en sus botellas y ellos de la mía,

sabré que ellos entonces están en mi casa

y diré: He llegado, por fin he llegado a casa.[17]

 

 

Miscellanea observata, el segundo poemario de Carlos Liscano, fue escrito entre 1989 y 1994 en Estocolmo. El libro está dividido en tres partes: “Paseo en Södermalm” que consta de nueve poemas numerados; “La cena” con solo dos poemas numerados y “Mar ajeno” con treinta y cuatro poemas titulados.

En “Paseo en Södermalm” los poemas están escritos en verso. En el resto del libro, se alternan poemas en verso y en prosa. En los textos, un hablante reflexiona sobre la palabra; la relación entre la palabra  y la vida; la vida como repetición de otras vidas.

La soledad del exilado es descrita como un estado irremediable del presente en el cual el hablante se escinde, se hace otro. Es la dualidad de quien se encuentra divido entre dos tiempos: el presente y el pasado; dos situaciones vitales: la reclusión y  la libertad; dos lugares: la ciudad que habita y la ciudad de la memoria, la que tuvo que dejar atrás y a la que se anhela regresar. Extranjero de sí mismo, declara:

 

Mi vida es caminar en una calle que no está.

Mi vida es caminar donde no estoy, y estar donde no marcho.

 

(Tal vez alguna de estas palabras no ocupa su verdadero

sitio.)[18]

 

Y en el poema 3:

 

Camino en Södermalm. Este es mi barrio, dicen las

palabras.

No, yo soy de La Teja, me digo.

Aquí estoy vivo. No hay nada, no hay nada más que eso.[19]

 

 

El diálogo entre la palabra –en este caso hecha escritura— y el silencio, que constituye uno de los ejes temáticos en ¿Estará no más cargada de futuro?, reaparece en el segundo libro, y  pone en escena la angustia que genera en el escritor el temor a la esterilidad creativa. En oportunidades, el poema se puede leer como representación de la dificultad por nombar:

 

Al frente el lago.

Detrás el bosque.

Azul en lo alto.

 

Alguien escribe.

 

Alguien escribe:

el lago, el bosque, el cielo.

Silencio.

 

Desaparece.

 

Nadie escribe.

Lago, bosque, cielo,

alguien,

desaparecen. [20]

 

Para María Zambrano, las palabras “tratan de apresar lo más tenue, lo más alado, lo más distinto de cada cosa, de cada instante.”[21] En el poema anterior, ese intento se ve obstaculizado por el silencio, el cual se presenta como una amenaza que anula la posibilidad de decir.

La relación natural y espontánea que existe entre las palabras y la realidad pareciera ser cuestionada en los siguientes versos:

 

No hay palabras que reorganicen la vida.

 

(Alguna vez la palabra coincide con el mundo.

Aire tibio la palabra.

Todo está permitido. El que se lamenta pierde.)[22]

 

El poema enuncia la continuidad del ser en función de su relación con  el lenguaje. Creemos ver en estos versos la representación de palabra como bien primigenio, como posibilidad suprema de que el hombre sea, tal como lo plantea Heidegger en su texto Hölderlin y la esencia de la poesía. Es el regresar a nosotros mismos que permite, como dice Xirau, “oír el verdadero decir de la palabra: su decir anunciado, pronunciado y callado.”[23]

Digo: haber hablado en vano 25 años

y seguir buscando en la palabra la verdad de las cosas.[24]

 

En la segunda y tercera parte del libro, poemas de corte narrativo dan cuenta de diversas situaciones vitales del hablante. Las consideraciones sobre la necesidad de quedarse en un lugar y el deseo de regresar al país de origen se complementan con nuevas reflexiones sobre la relación entre la palabra y el silencio.

Llama particularmente la atención el poema “El silencio del mundo”, ya que propone un planteamiento sobre el silencio diferente al expuesto en el primer poemario. No es más la carencia, la imposibilidad; por el contrario, el silencio es lo que da sentido a la palabra en tanto que vive en ella. Nos hallamos ante la presencia del silencio esencial, que encuentra en la palabra su morada. Según Xirau es “el silencio que expresa: el silencio que, dicho, entredicho, visto, entrevisto, constituye nuestro hablar esencial”[25]:

 

El silencio del mundo

 

Cuando se escucha atentamente se oye el silencio.

En el silencio hay una voz que habla. Es una tenue voz.

Hay que insistir, olvidarse. Entonces habla la voz.

Si no se oye la voz no se ha oído el silencio.

Se es en proporción al silencio que se escucha.

 

 

Las cosas están en el silencio. Son animales mansos,

sedientos de caricias.

¿O son esos animales el silencio?

 

Una cosa funda su espacio, puebla el silencio.

Las cosas que carecen de silencio no significan nada.

Un hombre alza el silencio, y bajo la cúpula del silencio,

todo se le ordena en torno.

 

Un escritorio, una silla a su lado, un teléfono, una lámpara, otra silla, una alfombra, un frasco de perfume, un cenicero, un reloj, dicen una historia.

Un diploma de un soldado de una guerra de hace cien

años, el diccionario de la Academia, otra lámpara, la foto

de una niña, otra foto de una pareja con un niño, un jarro

lleno de lápices, muchos libros, cuentan una vida.

Una ventana, siempre una ventana, papeles, papeles,

una carta abierta, carpetas, más libros, mapas, una taza

vacía, construyen el lugar.

Un hombre, un hombre no expresa nada.

Un hombre en el silencio de sus cosas comienza a tener

sentido.[26]

 

          En el poema “El instante” el yo poético  hace un balance de la existencia partiendo de su relación con la palabra y el silencio:

 

De cierto digo: abundé en palabras. La lengua es fácil, el

silencio fuerte.

Sobre mi mesa la poesía no dejó estallar su luz, como yo

hubiera querido.

Alguna vez tuve la suerte de que la amistad y el vino do-

minaran la casa. Nos veíamos las caras a través de las

copas y no nos importaba vivir cien años o morir en el

momento. Habíamos logrado cercar el tema, el único.

Duró un instante, y fue suficiente.

[27]

 

          El sentimiento de insatisfacción recorre el poema, solo el instante vivido a plenitud pareciera satisfacer al hablante.  El yo lírico, que en varios poemas de este libro se define en función de la palabra: “Soy lo que he escrito. Unas páginas que ni a mí me importan. Nunca sabrán quién fui ni siquiera si yo las escribí”[28], pareciera advertir la capacidad de consumar[29] que la propia voz adquiere  en el texto: palabra que en oportunidades se hace eco  y en otras  máscara.  De ahí que sólo en el silencio encuentre el hombre el sentido de la existencia.

 

La sinuosa senda[30], tercer poemario del autor[31], está dividido en dos partes: “La cabeza contra el muro” y “La senda”. En esta oportunidad, el autor recurre únicamente al poema en prosa.   En la primera parte,  un yo poético se describe a partir de un estado de soledad extrema. Estar condenado al aislamiento, buscar la lucidez en la palabra, ser en la palabra, en lo que se nombra, permiten al hablante encontrar una luz en medio de la oscuridad que lo circunda. El binomio luz/oscuridad se amplifica hacia los estados mentales de lucidez/locura.

Para Heidegger, la “poesía es fundación por la palabra y sobre la palabra”[32] En ese viaje hacia el interior de sí mismo, hacia el abismo, solo la palabra instauradora, inicial puede salvar al yo lírico, porque únicamente la palabra da cuenta del ser:

 

Nombrar y ser en lo que se nombra; nombrar

Hasta que no quedan palabras y el chorro de voz se

hace grito, susurro, puro aire tibio de animal per

plejo, y sigue nombrando, regresado al origen, al  

asombro, a la primera vez, cuando era uno con la

naturaleza: era naturaleza.[33]

 

 

El poeta es el encargado de dar nombre a las cosas y en ese oficio también  se nombra a sí mismo. Nombrar para entender, para saber, para hacerse parte de lo nombrado:

 

Ser en lo que se nombra. Querer ser sólo en lo

que se nombra.

Volverse lo nombrado, volverse sólo palabra.

Volverse aire tibio de la voz.

Ser el vaho que se diluye en el aire frío de la

madrugada, los ojos abiertos, ciegos de lucidez,

sabiendo todo, sin pronunciar palabra, para anular

la maldición, la que persigue al animal hablante.[34]

 

El ser fragmentado en múltiples voces  busca la unidad y proyecta su deseo  en el texto: Ser lo nombrado, borrarse, volver a construirse en el lenguaje:   

18

 

Ser el torrente de palabras y a la vez estar fuera del

Torrente, observando a ese que es, a ese que pasa, a

ese que corre, que ha nombrado, que solo existe

porque se nombra”[35]

 

 El yo poético se niega a aceptar lo evidente, irrumpe en el silencio inefable  y busca  la esencia de las cosas, su infinitud, más allá de los límites. Así, entra en contacto con la alteridad, dialoga con ella desde la sombra, a sabiendas de que solo del otro lado de la palabra se encuentra la verdad.Deseo que se abre y se cierra en la insaciable búsqueda:

 

25

La palabra es un muro.

La palabra alza un muro entre el que nombra

y lo nombrado. Lo que tiene nombre se vuelve

incognoscible.

Para saber hay que demoler la palabra, ir más allá,

Donde reside lo nombrado.[36]

 

26

Buscar la bestia, lo oscuro. Ir a lo oscuro.

Buscar la luz en la oscuridad. Llegar con la palabra

a lo anterior a la palabra, al lado de allá, donde

estuvo la bestia, donde la  bestia está, vive, clama en

silencio que se la deje ser.

 

 

La segunda parte del poemario está compuesta por poemas de corte narrativo, algunos de ellos ambientados en Estocolmo, que relatan la vida del exilio; describen la ciudad, su dinámica y la cotidianidad del hablante; Una mirada reflexiva sobre la vida, el pasado y los anhelos, desde la nostalgia que produce el desencanto.

El  poema “Mejor que haya sido así” abre “La senda”. En el texto, el hablante hace un balance de su pasado: “A los 50 años uno ya sabe que es tarde para todo y que hay esperanza de modificar lo que fue.”[37], más adelante, en “El laberinto”, busca definirse a partir de sus ancestros: “Yo soy ellos. Están en mí esta noche en que se encontraron en el cuaderno de notas de un individuo confundido al borde de los 50 años”[38].

Si bien la escritura puede ser instrumento de liberación del pasado y refugio, el prisionero que fue lo sigue acompañando en el exilio, y ese aislamiento que le permitió buscarse y encontrarse en el lenguaje sigue acosándolo, de ahí que diga el hablante: “Escribir no espanta la soledad de la carne, que es inderrotable.”[39]

            En el exilio la condición del ser es la de “aquí no soy” y el mundo se mira “como si fuera ajeno”, en contraposición con la ciudad de origen, espacio al que se quiere retornar “para no ser dos”, como lo expresa en el poema “Motivo banal para no cambiar de sitio”[40]:

 

Camino ciudades, pueblos que no conozco, y de

los que nunca recordaré el nombre porque no sé

ni me interesa aprender cómo se llaman.

Lejos, allá muy lejos, hay una ciudad donde yo

sé todo, una ciudad donde vivo de memoria, donde

nunca nadie, excepto yo mismo, me pregunta qué

hago en ese sitio.

Aquí, en estos pueblos, me muevo lento, y tengo

la desventaja de estar casi siempre desorientado por

no saber. Pero también la liviandad de sentir que

puedo dejarme ir, porque aquí no soy.

Pero al tiempo, meses o años después, el individuo

Inventado para poder vivir aquí también habrá

Inventado nuevas preguntas. Entonces los problemas

se duplican. Porque las antiguas, las del otro, también

siguen esperando su respuesta.

Ese es el motivo por el que uno regresa y no quiere

moverse nunca más del sitio: para no ser dos.

 

La relación del sujeto con el mundo en tanto que exiliado es ambivalente, ya no se pertenece a la  patria, pero tampoco al país que lo ha acogido.En ese viaje hacia un lugar donde “la vida puede llegar a ser fácil y, con suerte, quizás también bella”[41] el hablante lleva consigo la palabra: “Es una  voz, tenue voz, tímida voz”[42] que lo acompaña. Sin embargo, cuando el hablante acude a la palabra hecha voz “para encontrar el nombre de tantas cosas de mi vida que no tienen nombre”, solo recibe el silencio por respuesta: “se queda horas en silencio”[43].

El poeta funda la realidad con la palabra. Para Heidegger, “la palabra —el habla— es la casa del ser. En su morada habita el hombre”[44]. En los versos de Liscano,  el yo poético muestra una clara conciencia del poder fundacional de la palabra, de ahí que diga en su verso: “A donde voy llevo conmigo la palabra”[45]. Una vida hecha de palabras que en oportunidades parecieran conducir al silencio inefable: “Envejezco entre palabras”[46]

La cárcel, la tortura, el aislamiento, el exilio forman parte de “La sinuosa senda” que le ha sido impuesta al poeta; senda transitada en compañía de la escritura, porque solo en la palabra puede trascender el hombre. Palabras que a su vez  conducen al silencio esencial, previo a toda palabra, origen, principio y fin de la existencia del lenguaje.

 

En los textos poéticos de Carlos Liscano, palabra y silencio articulan un espacio discursivo y referido sobre el cual el autor reconstruye su existencia, desde ese espacio enuncia un diálogo continuo. En oportunidades este diálogo se lleva a cabo entre el yo poético y un alter ego al que se convoca, en otras se propone al lector in absentia.  En ambos casos, la persona del autor se expresa a través de una instancia enunciativa que lo representa y que le permite reconstruirse en el texto.

Los aspectos cardinales de la obra poética de Liscano están relacionados con  el carácter fundacional de la palabra. En los poemas se materializa la esencia del lenguaje, su  capacidad productiva.  La soledad y el silencio consecuencia de la reclusión, el aislamiento y el exilio, son recurrencias temáticas sobre las que el hablante construye su discurso.

 

Bibliografía:

Heidegger, Martin. Carta sobre el humanismo. Buenos Aires: Ediciones del 80, 1985.

______________. Hölderlin y la esencia de la poesía. Bogotá: Anthropos, 1989.

Liscano, Carlos. Miscellanea observata. Montevideo: Editorial Cal y Canto, 1995.

____________. ¿Estará no más cargada de futuro? Montevideo: Vintén Editorial, 1989.

____________. La sinuosa senda. Montevideo: Ediciones del caballo perdido, 2004.

Muñoz Martínez, Rubén. Elogio de la contemplación. Trazos de una mesura imposible.

        Sevilla: Anaquel, 2012.

Xirau, Ramón. Palabra y silencio. México: Siglo XXI, 1968.

Zambrano, María. Filosofía y poesía. México: Fondo de cultura económica, 1996.

 



[2]Ibdem

[3]Dilthey, Wilhelm. Vida y poesía. México: Fondo de cultura económica, 1945

[4]Ferraté, Juan. Dinámica de la poesía. Barcelona: Seix Barral, 1982.

[5] Liscano, Carlos. ¿Estará no más cargada de futuro? Montevideo: Vintén Editorial, 1989. P. 29

[6]En estos términos se ha referido el autor en varias entrevistas.

[7] Liscano, Carlos. Op. Cit., p. 45.

[8] Id., p. 7

[9] Ibdem.

[10] Id., p. 36

[11] Id., p.10

[12] Id., p. 11

[13] Id., p. 13

[14] Id., p.17

[15]Muñoz Martínez, Rubén. Elogio de la contemplación. Trazos de una mesura imposible. Sevilla: Anaquel,2012. P. 61.

 

[16] Liscano, Carlos. Op. Cit., p. 32

[17] Id., p. 34

[18] Liscano, Carlos. Miscellanea observata. Montevideo: Editorial Cal y Canto, 1995. P. 15

[19] Id., p. 17

[20] Id., p. 20

[21] Zambrano, María. Filosofía y poesía. México: Fondo de cultura económica, 1996. P. 21-22.

[22] Liscano, Carlos. Op. Cit., p. 21

[23]Xirau, Ramón. Palabra y silencio. México: Siglo XXI, 1993. P. 151.

[24] Liscano, Carlos. Op. Cit., p. 23

[25]Xirau, Ramón. Op. Cit.,  p.146.

[26] Liscano, Carlos. Op. Cit., p. 55.

[27] Id., p. 68

[28] Id., p. 64

[29] Heidegger entiende por consumar “realizar algo en la suma, en la plenitud de su esencia”. En  Carta sobre

el humanismo. Buenos Aires: Ediciones del 80, 1985. P. 65.

[30]Liscano, Carlos. La sinuosa senda. Montevideo: Ediciones del caballo perdido, 2002.

[31]Con este libro Liscano obtuvo el primer premio de Poesía en el concurso del Ministerio de Educación y

Cultura y en el de Intendencia Municipal de Montevideo del año 2000.

[32]Heidegger, Martin. Hölderlin y la esencia de la poesía. Bogotá: Anthropos, 1989. P. 29.

[33] Liscano, Carlos. Op. Cit. P.12

[34]Ibdem.

[35]Id.,p. 18

[36]Liscano, Carlos. Op. Cit, p.21.

[37]Id., p. 27.

[38] Id., p. 31

[39] Id., p. 33.

[40] Id., p. 41

[41] Id., p. 43.

[42] Id., p. 44.

[43] Ibdem.

[44] Heidegger, Martin. Carta sobre el humanismo. Buenos Aires: Ediciones del 80, 1985. P.65.

[45] Liscano, Carlos. Op. Cit. P.44.

[46] Id., p.  47

domingo, 27 de octubre de 2024

Ignea

 

Ignea.

 


Soy lava,

fuego

materia 

que corre lenta 

sobre la superficie doliente del planeta.


Río ardiente y espeso que serpentea buscando un rumbo.

¿A dónde voy?

Al mar, a enfriar mis entrañas,

a solidificar este ardor al contacto con el agua.

 

Me deslizo perezosa, no tengo apuro

abarco superficies, las transformo.

 

De mi corazón brota un volcán enorme, potente, irreverente.

Tiene premura, 

quiere encender todos los fuegos artificiales

que guarda en su cofre más preciado,

para llamar tu atención,

para que puedas ver dónde me escondo

para que escuches este grito que te reclama.

 

Ahora soy explosión que ilumina la oscuridad.

Humo negro que ciega y asfixia.

Salgo disparada en todas direcciones.

 

¿Hacia dónde me encamino?

 

Y me hago dragón verde, inmenso, esplendoroso.

Con mis alas enormes vuelo hacia el infinito.

De mi hocico salen llamaradas.

No te veo

te anhelo

te deseo.

 

Ahora soy dragón sideral,

índigo

platino

astral.

 

Asciendo, Andrómeda me llama.

¿Acaso estás allí?

Dos millones y medio de años luz

no son suficientes para separarnos.

 

Solo escucho tu voz que me pregunta:

-¿Tienes una hoja de ruta?

 

-Acompáñame

a Islandia,

quiero ver una Aurora Boreal.

 

Bajemos luego a Viena en busca de Klimt

pasemos a Praga a deleitarnos con los colores del otoño,

acerquémonos a Budapest y crucemos el Danubio,

en uno de sus puentes

escuché el susurro de tu voz

anunciando tu próxima llegada.


Esa noche imaginaba a Sisi, la atormentada y melancólica emperatriz.

 

Para despejar la tristeza sigamos a Italia,

recorramos la península de norte a sur.

En el camino,

comamos deliciosas pizzas

bebamos magníficos vinos

hagamos el amor en los verdes prados de la Toscana

y en una recóndita playa de Sicilia

Interpretemos nuestro eterno reencuentro

en el teatro romano de Taormina.

 

Demos un salto a la Polinesia,

algo desconocido me pide que la visitemos.

Una vez descubierto el misterio, volemos a Japón.

En Tokio cerraremos el anillo de fuego y nos fusionaremos para siempre.

 

Somos UNO.

Esta vez, hemos reencarnado para amarnos con final feliz.

lunes, 15 de abril de 2024

 

Carmen Virginia Carrillo

 

RODOLFO IZAGUIRRE, UNA AVENTURA QUE COMIENZA

EN LOS AÑOS CINCUENTA

         (Texto publicado en El Papel Literario de El Nacional el 21 de enero de 2024)


Conocí a Rodolfo Izaguirre en la década de los noventa, en Trujillo,  lo había invitado el cine club Tiempos Modernos, del Ateneo de Trujillo, al estreno de Bolívar, ese soy yo, de Edmundo Aray. En aquella época, estas instituciones mantenían una cartelera de actividades culturales amplia y variada. Era constante la presencia de personalidades destacadas del ámbito nacional e internacional. Varias veces nos visitó Izaguirre, en la Universidad de los Andes, Núcleo Trujillo. Con su talante  siempre ameno, lleno de anécdotas e información valiosísima, cautivaba a profesores,  estudiantes y cinéfilos. 

Recién comenzaba mi investigación sobre  la poesía venezolana de los sesenta, así que aproveché sus visitas para entrevistarlo. Rodolfo había participado en los grupos artístico-literarios más importantes de aquella época: Sardio y El Techo de la Ballena, su testimonio y su visión de los acontecimientos eran de gran valor para mi proyecto. Recuerdo que me llamó la atención su humor inteligente, su capacidad de asombro, su entusiasmo por el cine y la literatura, su  juicio crítico y su memoria enciclopédica.

Me habló de su juventud, de su pasión por el cine, de Sardio y El techo de la ballena, del país. Este año cumple 93 años y celebramos su vida agradeciéndole su inmenso aporte al cine y la cultura venezolana.

De esa gran  aventura  que ha sido la vida de Rodolfo Izaguirre queremos recordar algunos momentos:

París, La Sorbona y la cinemateca

Izaguirre viajó a París para estudiar derecho en la Universidad de la Sorbona, llevaba el entusiasmo de todos esos jóvenes latinoamericanos que sentían que París era el centro cultural  del mundo. Sin embargo, el ambiente universitario le resultó anticuado, “medieval” y autoritario, las clases y el entorno, poco estimulante.  En el trayecto que realizaba a diario desde su residencia hasta el aula de clase, pasaba por la cinemateca francesa, y esto cambió su destino.

Así recuerda su primera incursión en lo que sería su lugar favorito de la capital francesa:

  Un día —es lo que se llama torcer el rumbo de una vida—, en lugar de seguir hacia la universidad me metí a la cinemateca.  Friedrich  Rosif —quien luego va a ser un gran cineasta— era portero allí.  Cuando uno llegaba allí veía las maquetas que había construido George Melié para sus Viaje a la luna y Los elenitas, veía en aquellas películas una cultura pura, alemana, francesa, danesa y aquello fue para mí una verdadera fulguración, una revelación de algo realmente insólito.  Me quedé allí, no volví más a la universidad —sin saber que años más tarde me iba a tocar dirigir una cinemateca aquí en Venezuela.  Desde ese momento no volví nunca a salir de una sala oscura de películas, y mucho menos del cine.”


A su regreso al país,  sintió la necesidad de desaprender todo lo aprendido en Europa, de conocer su propia historia, su cultura, y descubrir lo mágica, sorprendente y enigmática que era su tierra. Sin embargo, el bagaje cultural que traía consigo no solo no se perdió, sino que  le permitió entender los procesos sociopolíticos que se vivían en el país y hacer aportes importantes a nivel cultural, particularmente en el ámbito cinematográfico.


Jóvenes rebeldes con Sardio

A mediados de los años cincuenta, comienzan a llegar a Caracas jóvenes de todas las regiones del país, iban a cursar el último año de bachillerato, ya que éste solo se podía estudiar en los liceos de Caracas. Coincidieron en el liceo Fermín Toro y también en la Universidad Central, entre otros,  Adriano González León, Luis García Morales, Carlos Contramaestre, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre Figueredo, Gonzalo Castellanos, Elisa Lerner y Rodolfo Izaguirre, el caraqueño del grupo. Eran los años de la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez, la censura dominaba, pero los unían  inquietudes literarias, artísticas e ideológicas y el gusto por la bohemia. El café Iruña se convirtió en el lugar de encuentros; más adelante, conformaron un grupo a partir de sus afinidades en gustos e intereses. En 1957, abrieron una galería-librería donde realizaban exposiciones y conferencias. En este espacio se reunían artistas plásticos, escritores y gente del cine. Sardio auspiciaba la integración de las artes.

Las ideas del filósofo francés Jean Paul Sartre fueron fundamentales para la concepción ideológica del grupo. Los sardianos se consideraban afiliados a un humanismo político de izquierda y demostraban su compromiso activo con la cultura. Los guiaba el deseo de cambiar al país, de modernizarlo.  

Para Izaguirre, “Sardio fue una expresión natural de la insurgencia de muchos jóvenes contra la situación política y el mundo literario de entonces”. Impugnaban la tradición, particularmente la literatura costumbrista, incluyendo a Gallegos. Estaban deslumbrados por la literatura europea, a la que consideraban más universal, y abogaban por la libertad que era considerada el más importante de los valores, tanto en lo artístico como en el político y lo económico. Para los sardianos no había arte auténtico sin libertad.

Al igual que sus compañeros, Izaguirre mantuvo la postura crítica, polémica y cuestionadora que caracterizaba a esta nueva generación artistas y escritores.  Su mayor aporte a Sardio lo constituyen los ejercicios de crítica cinematográfica.  En reiteradas oportunidades ha comentado que se hizo escritor para explicar con palabras la maravilla de las imágenes cinematográficas. Dominar la lengua, afinar el discurso, dibujar con palabras, continúan siendo, más que su oficio, su pasión. El cine le interesaba particularmente en tanto forma de arte que permite “crear una ilusión de realidad a veces mucho más densa y más corpórea que la propia realidad”.

Los sardianos se consideraban hijos de Rimbaud, leían a Saint-John Perse, Tristán Tzara, Durremat, realizaban juegos surrealistas, cadáveres exquisitos. Realizaron traducciones de escritores franceses y las publicaron. La influencia francesa era  muy mal vista por la militancia política de ese momento, particularmente por la juventud comunista los acusaba de afrancesados.

Izaguirre participó en el primer comité de dirección de la revista Sardio. Tres años más tarde, fue uno de los redactores  del octavo, polémico y último número de la revista, en el cual se divulga el pre-manifiesto de El techo de la ballena, que marcaría la escisión del grupo. Los integrantes más cercanos a la izquierda pasaron al grupo que recién se anunciaba.

En junio de 1961, Sardio se disuelve y los que pasan a conformar El techo de la ballena, se radicalizan. El nuevo grupo es más contestatario, cuestiona los cánones culturales existentes y propone una ruptura drástica con las estructuras de dominio.

Si bien Rodolfo se mantuvo vinculado a los balleneros, no lo hizo desde la dirigencia, ni con gran protagonismo, pero si participó en los juegos irónicos que crearon los balleneros, entre otros,  los denominados falsarios, una forma de  subversión que  ponía en cuestión la noción de autor: creaban pequeñas  trampas a los lectores: inventaban escritores, libros, como el supuesto Libro Cuarto de la Hechicería. Iban en contra de la autoría, desacralizaban el valor que se le solía dar al escritor, restándole importancia. Imitaban los estilos de otros con la intención de demostrar que la persona no es tan determinante para su producción artística.

Entre muchos de los textos de falsa autoría, es famoso un artículo sobre Juan Rulfo que fue publicado, en Sardio nº 8, como de Rómulo Aranguibel, quien estaba en ese momento en París, y en realidad había sido redactado por  Rodolfo Izaguirre y Salvador Garmendia. Esa osadía molestó considerablemente a Aranguibel.  

A través de esta actitud lúdica demostraban su rebeldía, cuestionaban y se burlaban de todo, incluyéndose a sí mismos La provocación fue otra de las estrategias utilizadas por los balleneros, también utilizada por otros movimientos neovanguardistas del continente.

En 1966 publicó el libro de ensayo El cine venezolano y la novela de ficción urbana, Alacranes que sería galardonada con el premio José Rafael Pocaterra, de la Universidad de Carabobo en 1968.  De Alacranes ha dicho Edilio Peña:

Lo novedoso de la novela es que la memoria no es tratada como un sembradío de recuerdos para rescatar del olvido, o recomponerlos para que no se extravíen. (…) La novela es una pieza de horror, tratada con una exquisita prosa. El horror del mal es purificado por la estática armoniosa del narrador. Paradójicamente, la novela Alacranes se convierte en obra emblemática de los desvaríos mentales, en los que ha sucumbido tanto la Venezuela de ayer, como la del presente. Cundida de alacranes.

  

La Cinemateca Nacional de Venezuela

En 1966, Margot Benacerraf fundó la Cinemateca Nacional de Venezuela y, dos años después, Rodolfo Izaguirre fue nombrado director, allí llevó a cabo una extraordinaria labor como gerente cultural realizando un extraordinario trabajo, no solo de difusión, proyectando películas nacionales y extrajeras a un público muy variado, sino también  una labor pedagógica cuya repercusión llega hasta nuestros días. Apoyó y  defendió el cine venezolano dentro y fuera del país.

Durante treinta años nos deleitó con su microprogama de difusión cinematográfica: El cine, mitología de lo cotidiano, en la Radio Nacional de Venezuela. En el año 2020 le fue otorgado el muy merecido Premio de Honor de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Venezuela, como reconocimiento a su labor. Han pasado seis décadas desde que el joven caraqueño se enamoró del cine, incursionó en la literatura para hablarnos del  séptimo arte y nos enseñó su valor.

 

La columna de los domingos.

En la actualidad, y desde hace ya unos cuantos años, Rodolfo Izaguirre escribe los domingos en El Nacional. Su posición crítica ante la realidad venezolana sigue presente.  Si bien sus textos mantienen incómodos a ciertos sectores, resultan un verdadero deleite para sus asiduos lectores, quienes lo esperan con fervor y admiración. En su prosa cargada de fina ironía, cada detalle o acontecimiento cotidiano da pie a la reflexión. Su  actitud comprometida, su humor sostenido y su inmensa capacidad imaginativa convierten las anécdotas y los recuerdos en textos extraordinarios en los cuales la memoria sirve de pretexto para cuestionar el presente. Así, nos habla de Belén, de los helechos de su jardín, de los hijos, de las viejas amistades, de poesía, de la actualidad política, o de cualquier hallazgo fortuito.

Recientemente publicó el libro Lo que queda en el aire,  un poema de amor en el que revive la vida conyugal y familiar con Belén Lobo. Un nuevo proyecto lo anima: escribir sobre su vida.

Estas palabras, que cierran un artículo suyo titulado “Mi propia naturaleza”, nos retratan las virtudes de este gran venezolano, que nos sigue cautivando con su verbo:

“Me distancio y rechazo a quienes se degradan a sí mismos al abrazarse a la ignominia o pervertirse en el autoritarismo; adoro a mis amigos que igualmente me valoran y estiman y por fortuna supe a tiempo que el arte no solo es un sálvese quien pueda sino una gran mentira que se transforma en la única verdad que reconoce mi propia naturaleza.

¡No sé qué es la felicidad, pero conozco el camino que lleva hacia ella!”

Este es Rodolfo Izaguirre, un intelectual de gran altura, ciudadano de firmes convicciones democráticas, un hombre noble.

              

lunes, 16 de mayo de 2022

Temporal, de Carmen Leonor Ferro. (Reseña)

 Carmen Virginia Carrillo

 



 

 

Temporal, de Carmen Leonor Ferro recién publicada por LP5editora,  reúne poemas ya publicados  y poemas de sus libros inéditos La caja, El ayunador, Fragmentos del espejo, Cinco noches.

En sus versos, Ferro rememora de las vivencias  migratorias de sus ancestros a tierras americanas, y las suyas hacia los orígenes, Italia. Nos habla de la incertidumbre, las dificultades de adaptación a otra cultura y otra lengua, del intento de preservar la identidad aun cuando las convicciones comienzan a cuestionarse y la identidad se resquebraja. 

 El acercamiento a la palabra se convierte en un ejercicio afectivo, imaginativo y liberador a través del cual el vacío y el desconsuelo ceden paso a la comprensión. El poemario abre con el viaje, que inicialmente surge como un sueño. El trayecto hacia el origen se configura a partir de la imagen de un libro regalado por los abuelos “que describía/ el mar de un pueblo/ pequeño y pobre/ del sur de Italia”. Travesía personal y poética cuyo escenario, “una bruma helada/ cayendo en el mar”, da cuenta de espacios familiares y objetos preciados, la casa, la mesa donde se comparte el alimento. Es el viaje al territorio de la memoria, a las profundidades del ser.  

En los poemas seleccionados de Acróbata, el sueño se representa como espacio de múltiples posibilidades, aterrador y magnífico. A través del sueño, el yo lírico viaja en el tiempo, es a la vez uno y otro, pleno o incompleto:

“y allí no había distancia

entre yo

 – solo, incólume, perfecto –

 y ambos

 – indiferenciados, poderosos, ciegos –”. 

 

Dar saltos, mostrar las habilidades, caminar por la cuerda floja, ejecutar prácticas gimnásticas, podría ser la metáfora de la vida del extranjero, pero ¿acaso no es también la escritura un ejercicio acrobático?  ¿Y la traducción esa cuerda floja sobre la que el traductor se desplaza con precario equilibrio?

La lengua configura y dirige el pensamiento, es determinante en la conformación de la identidad. La lengua materna nos relaciona con lo propio, nos conecta con los orígenes, con la infancia, y constituye la marca a la que siempre retornamos. El encuentro con otro idioma, de distinta sonoridad y tesitura, constituye una experiencia límite. La traducción marca la diferencia entre lo familiar y lo extraño, entre lo propio y lo ajeno.  Y de esto nos habla el yo lírico en los poemas de Subjuntivo.

El oficio no se limita al lenguaje, también las vivencias tenemos que traducirlas cuando decidimos compartirlas con los otros. Así dirá la autora:

 “Como las lenguas

 las historias personales se traducen

 al llevarlas a otros mundos

así tenemos que imaginarlas en claves diferentes

reestructurar el orden de las apariciones

 volver a plantear las etimologías

…”

 

Sin embargo, algo se escapa en la traslación, dejando entrever la dificultad de ser en otra lengua, de ahí la necesidad de “evadir la tarea de traducirlo todo”.   

Reflexión metapoética que establece analogías y diferencias entre las lenguas, la gramática, la poesía y la vida. El poema se convierte en el espacio ideal para pensar las posibilidades y las complejidades de la escritura y la traducción. Conjunción entre teoría y práctica, poesía y poética

En oportunidades, el silencio pareciera imponerse:

“una mudez que no busco

 signa mis encuentros y mi propósito de escribir

 y un vacío que no es inexpresión se impone

 a mi necesidad de ordenar”


Precarios nos habla de vidas anónimas y discontinuidades, de patrimonios perdidos, de la muerte, tema que aparece a lo largo del libro y que ocupa lugar central de La caja. La muerte de la hermana es descrita a partir del profundo vacío que deja la ausente. Las palabras intentan exorcizar el dolor de la pérdida. El silencio de la muerte, que es indecible e inspira temor y angustia, es superado por la palabra que rescata del olvido las memorias más preciadas. Para ello es necesario “imaginarlo todo de nuevo/ devolver la cinta/rehacer los diálogos/rescatar cada imagen del foso”

En El ayunador, los rituales domésticos, particularmente los de la comida, dan cuenta de la dinámica familiar. La rememoración permite reunir fragmentos del pasado en un intento de dar sentido a la existencia. El yo lírico se presenta como “espacio en blanco… intervalo entre formas… molde… ilusión de aparecer”

En La ruptura del espejo reaparecen las temáticas de la muerte y el sueño. Estos poemas, que hablan de los días del confinamiento, “eran días en que el orden suplantaba el deseo/ y contar los pasos que había entre la cocina y el pasillo”, metaforizan el resquebrajamiento del ser recluido en la imagen del espejo roto: “el cúmulo de trizas…. inquietantes agüeros”. 

La antología cierra con seis poemas del libro Cinco noches. A partir de anécdotas compartidas con Giuseppe, un alumno de español, la autora explora la palabra “despecho”, sus sonoridades, significados y diferencias entre el italiano y el español, para, desde ahí, hablar del desapego y del intento de echar raíces:

“me permito aburrirme

            en italiano

            que se convierte en casa

            y se cuela

            en los intersticios y en las enunciaciones

            en lo que no se ve”.

 

               Escritura autobiográfica, nostálgica, que rescata los pequeños espacios donde han quedado inscritos los más importantes recuerdos. Pérdidas, búsquedas, encuentros y desencuentros, añoranzas se van acumulando en este viaje espacial y temporal que recrea imaginariamente la historia familiar.  

Y, sobre todo, la experiencia de la extranjería, el vivir en otra lengua y ser a través de la traducción, condición en la que conviven la realidad y el sueño, la palabra y el silencio, la luz y la oscuridad, y en el medio de todas ellas, la frontera, esa línea, a veces invisible, que las separa.