lunes, 16 de noviembre de 2020

INMOVIL DURE EL ALBA DE FERNANDO BIRRI, LA ESCRITURA DE LA AUSENCIA

 

 Carmen Virginia Carrillo


                                                                Foto Carmen Virginia Carrillo

Carmen Virginia Carrillo

 

"Saber  que no se escribe para  el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás  amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no  sublima nada,  que  es  precisamente   ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura."

Roland Barthes.

 

 

 

                      La  desgarradura  del  amor es  desvivirse  por  el  otro, entregarse por completo, disolverse en su piel, en su  discurso, en su pensamiento. Oscilar entre el goce y la angustia. El amante   se anticipa el abandono,  se regodea en la nostalgia  de  la pérdida, dialoga con su dolor. Todo esto  parece conjugarse  en  Inmóvil dure el Alba, diario di una  stagione  amorosa Roma 1965/66 de Fernando Birri.

            Birri   recurre a la imagen poética para revivir el  ciclo vital  de  una pasión sentenciada   al olvido.  Proyecta   en  la palabra las particularidades de su afecto, el abismo de su desesperanza,  la intensidad de los gestos compartidos. El  Yo  lírico habita  estático  en  el desamparo, sufre la  impaciencia  de  la espera, invoca al otro y le dirige  su desgarrada alocución.

          En  Fragmentos  de un Discurso Amoroso, Roland  Barthes nos dice:  "querer escribir el amor es afrontar el embrollo del  lenguaje:  esa  región  enloquecida donde el lenguaje es  a  la  vez demasiado y demasiado poco, excesivo (por la expansión ilimitada del yo, por la sumersión emotiva) y pobre (por los códigos  sobre los  que el amor lo doblega y lo aplana)."  Fernando Birri  asume este  reto  e intenta sublimar  el deseo, vencer  los  límites  del lenguaje  y describir, desde un imaginario que se  articula  como  el  soporte analógico de lo inefable, la infinita  necesidad  del  amado:


Sobre las dunas, amor, sobre las dunas, bajo las dunas, amor, bajo las dunas

se preparaba:

en su memoria

nos enterraba otra vez

y donde ayer estaban

dunas de ayer,

hoy ya no hay nada

y nadie sabe

-ni el mar del Sur

ni el convento maldito-

si volverán mañana.

 

Dunas somos, amor,

y voladoras.

 

Pregunta por qué al viento,

separadas.

         

La relación amorosa se percibe como el eco sombrío de  instantes  detenidos.  Dimensión espacio-temporal  de  presencias  y ausencias, encuentros y separaciones.

 

No tiembles

si me asomo indeciso

en tu mirada.

 

Hoy es ayer

mañana ya no existe

 

inmóvil dura el alba.

         

En  el poemario, la memoria  se metamorfosea en la imagen  de elementos cambiantes, huidizos. El agua, el viento, la arena,  no sólo representan los espacios afectivos por excelencia, sino  que también dan cuenta del implacable discurrir del tiempo, ese estar pero sin ser los mismos: 


yo, llorando

absurdamente

porque los días después

porque los años...

 

y ahora en fin...

 

aquí me tienes, ya ves

grabando esta carta de amor

que

no oirán tus manos

 

 

...

 

qué difícil

llegado a esta edad

qué difícil

abrir las ventanas a la tolvanera

         

La  distancia que separa al sujeto del objeto amado  es  el motivo de la desesperación. Saber del otro es calmar la incertidumbre  que provoca la ausencia, es recibir una muestra  de  su reciprocidad:



Aticé el fuego,

velé

 

...

 

 

Abro los ojos

-segundos, noches, siglos?-

estás

llamándome al teléfono:

"estoy aquí"

           

En  el pasado se deslizan los apasionantes momentos   de  la confidencia, del cuerpo compartido. El poeta mira hacia atrás con melancolía,   exalta la inconformidad ante la  pérdida,  mientras  se debate entre el desapego  o la consagración del amor.

Una  frase fechada funciona a modo de epígrafe en  veintiuno  de los veintitrés poemas que componen el libro. Estos  enunciados se  convierten en un punto de referencia imprescindible  para  la construcción del sentido de los textos. En oportunidades, el poema se  vuelve  eco que amplía el sentido de la frase; en  otras,  la contradice  o responde; alusión a situaciones o estados  emotivos que  dialogan entre sí, fragmentos y resquicios que proyectan  un mundo privado hacia el infinito colectivo del lector anónimo.   

                                    Sabelo

 

                          Callo. (9-1)

 

Quién me quita del cuello

la soga de estas lágrimas,

 

que tu nunca sabrás?

 

          El poema refleja el enigma que se resuelve en el ciclo de la vida,  atemporalidad que trasciende los acontecimientos. El  hablante  busca  reintegrarse a la totalidad  primigenia  y,  desde allí,  superar la fugacidad de su existencia en la permanencia de la palabra:


In memoriam

    

          El tiempo, epitafio. (13-III)       

 

Así corre mi amor

las cuatro lunas, la marea,

y esta serenidad

parecida al olvido.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

BARTHES, Roland. 1993. Fragmentos  de un Discurso Amoroso. México: Siglo XXI.

 

BIRRI, Fernando. 1995. Inmóvil dure el Alba, diario di una  stagione  amorosa Roma 1965/66. Mérida:   Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano - Capítulo Mérida

 

 

 

 


 

 

miércoles, 17 de abril de 2019

CÓMO DAR A LEER LA POESÍA



Carmen Virginia Carrillo


“Así, el poeta, en su poema crea
una unidad con la palabra, esas palabras,
que tratan de apresar lo más tenue, lo
más alado, lo más distinto a cada cosa,
de cada instante.”

“Entonces la poesía es huida y busca,
requerimientos y espanto; un ir y volver,
un llamar para rehuir; una angustia sin
límites y un amor extendido.”
 María Zambrano

Barrio de las letras, Madrid. Foto: Pedro Miguel Carrillo 


El título de este texto, “Cómo dar a leer la poesía”, surge de la lectura de un texto de Jorge Larrosa (2008) en el cual el autor se  pregunta: “¿Qué es entonces “dar la palabra”, o “dar a leer”? ¿No será algo así como hacer que las palabras digan, cada vez, cosas distintas? ¿No será algo así como abrir la pluralidad de la palabra, el infinito de la lectura?” (p. 39), interrogantes que el autor desarrollado en varios de sus artículos y que indiscutiblemente están en sintonía con mi interés por la lectura en general, y muy particularmente, la lectura del texto poético.
Quiero referirme a una anécdota que marcó mi relación con la poesía. Hace ya muchos años, el filósofo venezolano José Manuel Briceño Guerrero vino a esta, nuestra casa de estudios, a darnos unas charlas sobre filosofía y poesía. Tras  la sesión final, en el lapso de las intervenciones, alguien del público le preguntó qué creía él que podía transformar al hombre. Ante el asombro de todos, dijo: “Lo único que puede salvar al hombre es la poesía” La reacción del  público fue una prolongada carcajada, a lo que replicó el pensador: “No se rían, que hablo en serio, lo único que puede salvarnos es la poesía.”  Se refería Briceño Guerrero a la capacidad que tiene el discurso poético de desarrollar la sensibilidad, no solo artística, sino humana.  
El lenguaje poético tiene la capacidad de desautomatizar nuestra relación con el mundo. Cuando nos acercamos a él sin convencionalismos, y nos distanciamos del juicio preconcebido, comenzamos a percibir el lenguaje, los objetos, las personas y los acontecimientos de otra manera. Un mundo nuevo se ofrece ante nuestra asombrada mirada y nos transforma.
Siendo el lenguaje el aspecto fundamental del ser y estar en el mundo,   intrínseco a la condición humana, toda actividad relacionada con el mismo tiene que ver con la experiencia del hablante. Por esta razón, el acercamiento a la palabra llega a ser un ejercicio afectivo, imaginativo y liberador.
 Pasemos a la realidad de nuestras aulas. Cuántas veces nos hemos encontrado, tanto en el bachillerato como en la universidad,  alumnos que no muestran ningún interés por los textos poéticos. Incluso, maestros en ejercicio para quienes un poema es simplemente un conjunto de líneas que riman, y que son difíciles de entender.  En oportunidades, no solo la poesía sino la literatura, en general, es vista con indiferencia,  aversión, rechazo e incluso desprecio. Muchos educadores se ven forzados a seguir programas rígidos que han sido elaborados con una intencionalidad que, en muchas oportunidades, va más allá de la calidad pedagógica. Estos programas suelen imponer, como lecturas obligatorias, textos muy poco atractivos para el estudiantado y, en muchas oportunidades, totalmente ajenos a sus realidades. Los sistemas educativos han construido pasillos estrechos por los que debe transitar el alumno repitiendo información, sin que se le ofrezca la posibilidad de participar, proponer o elegir  algún aspecto de su proceso de formación.
Muy pocos contamos con la suerte de poder elegir qué damos a leer a nuestros alumnos. Y digo “dar a leer” y no “mandar a leer”, porque el sentido del verbo dar me remite a la noción de ofrecer. Ofrezco a mis alumnos textos que considero pueden despertar su sensibilidad, no pretendo imponer lecturas. Si en mis talleres algún texto de los  elegidos no logra despertar el interés del grupo, se buscan otras opciones que resuenen en ellos y que estén en consonancia  con el ejercicio que estén realizando.
Tras treinta años de experiencia como profesora de literatura me he convencido de que el gran reto que tenemos, los que  nos ocupamos de formar en el arte de la palabra, es el de despertar en nuestros estudiantes el interés y la pasión por los textos literarios. Más allá de enseñar los conocimientos adquiridos a lo largo de una trayectoria de estudios  e investigación, hoy día intento transmitir a mis alumnos lo que me conmueve, lo que me hace experimentar goce estético, o aquello que me produce terror. En mi caso, la poesía es el territorio privilegiado en el cual estas emociones se muestran en su estado más sublime. 
Semestre tras semestre leemos poemas, algunos los he leído con muchos grupos. Sin embargo, cada vez esos mismos textos siempre parecieran decir algo distinto. Los alumnos son otros, y en cierta medida, yo también. La capacidad polisémica de los textos poéticos se confabula con nuestras subjetividades, y yo voy sumando infinidad de lecturas.
Larrosa (2004) explica en sus trabajos cómo la literatura contribuye, de modo excepcional, a la experiencia de formación, y se refiere a la necesidad de que el docente logre despertar en sí mismo el gusto por la lectura. Dice el autor: “El maestro de lectura es el que quiere dar a leer lo que él mismo ha recibido como el don de la lectura.” (2003:30). Para poder despertar el deseo de leer poesía y “avivar el gusto por las palabras” (Víctor Moreno. 1998, p. 16) es  necesario haberlo sentido, haberlo vivido y haberlo experimentado.
Si bien algunos países de Europa (Finlandia) y Norte América (Canadá) han comenzado a desestructurar la escuela, dando un rol fundamental al desarrollo de la sensibilidad a través de unidades curriculares que privilegian las materias del área humanística, y haciendo particular énfasis en las artes, en nuestros países está casi todo por hacer.  
Desde el Laboratorio de Investigación “Arte y poética” hemos desarrollado, a lo largo de los años, un proyecto de promoción de la lectura y la escritura, a través talleres  para diversos grupos etarios. Han participado niños de los últimos grados de primaria, jóvenes liceístas, estudiantes universitarios y maestros de escuela. Estos incipientes lectores se convierten en los protagonistas de  encuentros  en el que  se intenta motivar y destacar, de un modo especial, su capacidad creativa. Las actividades que involucran el lenguaje son fundamentales para la formación integral de los alumnos. En este sentido, el arte, y particularmente la literatura, se han convertido en un material de extraordinario valor, dada su naturaleza imaginativa, creativa y fundamentalmente humana. Un eje de este trabajo es el acercamiento sensible al lenguaje, cuya naturaleza vital impide tratarlo como un objeto ajeno a la experiencia de lo humano. Toda actividad relacionada con el lenguaje tiene que ver con la propia experiencia, con las necesidades y el  modo de incorporarse y ser en el mundo.
Barrio de las letras. Madrid. Foto:PEdro Miguel Carrillo
A lo largo de mi experiencia como docente, tallerista o facilitadora de actividades relacionadas con la lectura y escritura poética, las aproximaciones a los textos poéticos pueden motivar identificación o rechazo, mas nunca indiferencia. Reiteradamente los participantes establecen lazos de conexión entre el texto y su realidad, el texto y su experiencia personal.
Mis sesiones de trabajo giran en torno a lo poético. Es en estos espacios de mayor libertad pedagógica donde hemos podido constatar que sí se puede  despertar la sensibilidad artística y desarrollar el gusto por la poesía con estrategias adecuadas y abordajes diferentes.
Partimos de una sesión de exploración de la experiencia lectora de los participantes, de un acercamiento sensible al lenguaje,  ya que solo después de conocer sus gustos e intereses podremos hacer la selección de los textos que se van a dar a leer. Esta selección ha de ser flexible y, si es necesario, variarla en el transcurso de las actividades.
El estudiante, a medida que va leyendo va descubriendo por sí mismo qué es lo que diferencia el lenguaje poético de los otros lenguajes. La experiencia de enfrentarse a  otra lógica, a otra sensibilidad.
La lectura de  textos desde la intuición propicia el encuentro entre la sensibilidad del autor y la del lector. En nuestras actividades intentamos que, a partir de los poemas interpretados, surjan pautas para ejercicios de escritura que realizan los participantes y luego son leídos y comentados por el grupo. En  estos diálogos surgen  reflexiones que dejan ver las conexiones que se produjeron entre lo que los participantes leyeron y lo que escribieron.
Indiscutiblemente, el poema es el espacio ideal para pensar el lenguaje y sus posibilidades. “La operación poética es inseparable de la palabra”, nos dice Paz (1986), para quien “poetizar consiste, en primer término, en nombrar.” “Al nombrar, al crear con palabras, creamos eso mismo que nombramos y que antes no existía sino como amenaza, vacío y caos” (p. 167).
Poemas que ofrecen la oportunidad de entrar en contacto no solo con los juegos del lenguaje, sino también con ciertos aspectos formales tales como sonido y sentido de una forma amena.
Hacer de la lectura una experiencia lúdica permite distanciarla del estatus académico. El juego de las anticipaciones resulta uno de las estrategias  más productivas para involucrar a los lectores en el proceso imaginativo que esta actividad implica.
Relacionar  poemas con otras expresiones artísticas tales como la plástica, la música, el cine y la danza es fundamental en este tipo de trabajo. De esta manera, los procesos de percepción sensible amplían las apreciaciones kinestésicas, auditivas y visuales, lo que repercute positivamente en el desarrollo de las habilidades creadoras y simbólicas. Pintar un poema, escribir unos versos a partir de la contemplación de un cuadro, traducir en palabras una melodía, expresar con el cuerpo un sentimiento contenido en un texto poético, musicalizar unos versos, danzar mientras alguien recita, son algunos de los ejercicios que solemos realizar.
Resulta conveniente que, en el ambiente académico, estos acercamientos a los textos de creación  puedan ser reforzados con ciertos  materiales teóricos que permitan explorar diversas  aproximaciones a tres conceptos básicos: lo poético, la poesía, el poema. A partir de las definiciones dadas por algunos poetas y teóricos, tratamos de ofrecer un abanico de opciones que propicien la reflexión y la discusión, sin recargarlos de aspectos teóricos. Menciono a continuación los ejemplos de Octavio Paz y Josu Landa, dos extremos desde los que se puede valorar el tema en cuestión:
Para Paz (1986), la poesía es “conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo,… ejercicio espiritual,… un método de liberación interior.” (p.13) Lo poético “es poesía en estado amorfo”, y el poema “lugar de encuentro entre la poesía y el hombre” (p. 14)
Por su parte, Josu Landa (1996) expone el fundamento ontológico de lo poético (todo ente que se presente y aspire a darse como poema). “Establecer cómo, en qué condiciones y a partir de qué factores y elementos acontece y se ofrece el poema equivale a poder decidir si un texto dado tiene o no un carácter poético.” (p. 34) En este sentido, lo poético designaría una realidad integrada por textos con intención poética, producidos en un espacio cultural determinado, bajo unas normas dadas y con unos valores estéticos establecidos por una comunidad calificada para ello.
            Nuestra finalidad, motivar a los participantes  a descubrir que la lectura y la escritura de la poesía pueden convertirse en acontecimientos extraordinarios, en los que la sensibilidad, la manifestación subjetiva o emotiva del ser humano son un espacio fértil y auténtico para la creación y con ello comprender que la lectura y la escritura les pertenecen, cuentan cosas que les acontecen, que los conmueven y les permiten ver el mundo desde una perspectiva que trasciende el ámbito de lo circunstancial y de lo ajeno.

Referencias bibliográficas

Landa, Josu. 1996. Más allá de la palabra. Para la topología del poema. México: Facultad de Filosofía y Letras. UNAM.

Larrosa, Jorge. 2008. “Leer (y enseñar a leer) entre las lenguas. Veinte fragmentos (y
muchas preguntas) sobre lectura y pluralidad.” En: Lectura, ciudadanía y educación.
Miradas desde la diferencia. Caracas: El perro y la rana. Pp. 29-47.

Moreno, Víctor. 1998. Va de poesía. Propuestas para despertar el deseo de leer y escribir  poesías. Navarra: Erel.

Paz, Octavio. 1986. El arco y la lira. México: Fondo de cultura económica.





La investigación realizada para la elaboración de este texto ha sido posible gracias al financiamiento del CDCHT de la Universidad de Los Andes, Venezuela. Proyecto código NURR-H-553-14-04-A

lunes, 12 de noviembre de 2018

Milagros Mendoza publica su primera novela "Amacoy fantasmas del viento"


Carmen Virginia Carrillo




 “Ignoro cómo ha hecho Milagros Mendoza para desdoblarse en ese personaje, “la mujer elemento”, que nos cuenta sus dramas, sus triunfos, sus fracasos, su desesperación, siempre a viva voz. Y con una autenticidad que demuele todas las objeciones. Esquivando lo trillado, lo previsible, lo encasillado.” 
                                             Mario Szichman 



Milagros Mendoza es comunicadora social, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, Venezuela. Por muchos años, incursionó exitosamente en la televisión, como productora y presentadora.   Su pasión por la tierra que la vio nacer y su sensibilidad social la llevan a crear varias fundaciones para atender las necesidades de las etnias indígenas, llegando incluso a incursionar en la política como representante ante el Congreso de la República por su estado natal, el Delta Amacuro. Fue creadora y presidenta de la Fundación Campesina e Indígena, organización para la atención y defensa de las etnias autóctonas de Venezuela, y colaboradora permanente de los médicos de la selva, con ellos participó en jornadas de salud y asistencia a los indígenas.
Milagros nació en Tucupita, la capital de estado Delta Amacuro, en Venezuela.  Ciudad, caliente y húmeda, situada en la costa oriental del caño Mánamo, dentro del delta del río Orinoco. En esta extensión de tierra pantanosa, rodeada de caños que anhelan llegar al mar, están asentados los  indios waraos, una de las etnias más antiguas del país.
Tres grandes de la literatura venezolana son oriundos de Delta Amacuro: José Balza,  Humberto Mata y Luis Camilo Guevara, este último conocido como “el bardo de Tucupita”. En las obras de los escritores mencionados,  como en la novela de Mendoza,  las particularidades de la geografía natal, con su intrincado laberinto de caños y la presencia del agua, constituyen una influencia fundamental.
Para Balza: nacer en el Delta es un privilegio. “Qué decir del caudal de los ríos, de los pájaros, de los peces, de los indígenas, del verdor.”  Por su parte, Mata comentó en una entrevista: “El Delta Amacuro es el centro de mi vida”. 
La novela Amacoy fantasmas del viento surge a partir de las vivencias de la autora en esta región selvática y exuberante, de ríos y palafitos, de waraos, hombres blancos y mestizos, donde se conjugan lo racional y lo mágico mítico en una simbiosis única.
Así dirá la protagonista:

Desde muy niña, me absorbió ese mundo mágico warao. Ese mundo circular, rodeado de agua llamado Hobahi, poblado de entidades sobrenaturales, seres inmateriales: los Hebus, que habitan y controlan las aguas, los Nabarao las tormentas, o Hebu Kaunasa los árboles. El principal y más poderoso de todos, era  el Hebu a Kanobo, nuestro abuelo, que reside en la piedra sagrada custodiada por los wisiratu o chamanes más importantes.


El desconsuelo teje historias pasadas con un presente de dolor y enfermedad. La niña rubia con alma de indígena que ha viajado por diversos países de Occidente anhelando siempre el encuentro definitivo con la Selva Amazónica, regresa para entregarse a lo desconocido.
 El intercambio con los waraos constituye la primera de muchas experiencias multiculturales de Mía, cuya historia de pérdidas, despedidas, mudanzas y melancolía estará siempre rodeada de intuiciones, premoniciones y voces fantasmales.
Esa vida marcada por la tragedia está punto de extinguirse;  inesperadamente, la protagonista recibe un mensaje de los Amacoy, seres inmateriales que la conducen hacia mundos  desconocidos. Tras la experiencia mística, Mía regresa con un mensaje de esperanza para ella y  para la humanidad.     
En Amacoy fantasmas del viento, Milagros ficcionaliza sus experiencias para ofrecernos una novela llena de aventuras, sufrimiento y esperanza.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Algunas notas sobre la poesía amorosa de Eugenio Montejo




Carmen Virginia Carrillo




Ese daimon creador  que es el amor se encuentra presente en la poesía de Montejo, en particular en los textos reunidos en su libro Papiros amorosos (2002). El deseo,  los rituales de la seducción y  la ceremonia de los encuentros son transfigurados por la imaginación del poeta en lenguaje y ritmo, en metáfora y analogía. Los amantes aspiran a la felicidad y a la inmortalidad a través del acto erótico, por tanto el rito amoroso se convierte en un desafío; deseante y deseada fluctúan entre el anhelo de posesión y la necesidad del desprendimiento; a la vez que aspiran a la trascendencia a través de la  completitud de los dos cuerpos en el espacio íntimo del encuentro y en el texto poético.
En estos poemas, la mujer amada es invocada a partir de la rememoración de lo vivido. Esa desconocida que el amante reconoce como su centro, su origen y fundamento, se vuelve  cuerpo-tiempo, nómada y furtivo; cuerpo en el que habitan otros cuerpos,  que alberga música, palabras, barcos, pájaros, dioses, gallos. El goce vivido, perdido y anhelado, renace en el poema y la palabra une a los amantes en un tiempo más allá de los tiempos:

Te desnudan, te visten las palabras,
con ellas vas al fondo de ti misma
cada vez que amorosa te enmudeces
y te vuelves jadeos, sollozos, lágrimas.

Lo sensitivo se hace significativo y el cuerpo enigma se ofrece para ser  descifrado por otro cuerpo amado y amante. La inefable experiencia del encuentro erótico se convierte en una fuente de sugerencias semánticas y retóricas, origen de  sinestesias, alegorías y paradojas. En el poema, la invocación amorosa anhela alcanzar la perpetuidad del sentimiento a través de la cual el sujeto intenta superar la pulsión de la muerte:

Sigo la música que nace de tu cuerpo,                                                      trémulos senos, cadencias de caderas,
cóncavos ecos para sones convexos,
cánticos sólidos —audibles por el tacto.
El jazz deseante de noches solitarias
donde la lluvia va afinando sus gotas.
Música táctil de la tersa epidermis,
de notas que se palpan en el viento
cuando miro ondular tu cabellera.
Sones de pétalos que suben desde el vientre
y en las axilas levemente se doblan.
Tenues orquídeas de perfume parásito  
dándole vueltas a un sol desconocido.
Sigo la música que nace del deseo
con sus murmullos tonales y atonales,
de este errante deseo  que acompaña a la tierra
sin saber para qué, ni por quién, ni hasta cuándo…       

El amor,  paradoja de la existencia, en ocasiones se muestra con la apariencia engañosa del sueño,  otras veces como evidencia de la plenitud de la vida; siempre capaz de superar las limitaciones espacio-temporales y trascender la materialidad del ser. Rodeados de misterio, los amantes parecieran fluctuar de la luz a las sombras, de la abundancia a la carencia; estamos ante la presencia de la unión de los opuestos en una imagen totalizadora que condensa la aspiración más alta: vencer la separación. No obstante, la cercanía de los cuerpos no logra superar la barrera de la soledad existencial del ser y así “los enlazados cuerpos que zozobran/ bajo  una misma tormenta solitaria” naufragan uno en el otro:

El naufragio final contra la noche,
sin más allá del agua, sino el agua,
sin otro paraíso ni otro infierno
que el fugaz epitafio de la espuma
y la carne que muere en otra carne

Amor y muerte condensados en el fallido intento de la quimérica fusión. En oportunidades, el hablante describe la imposibilidad del encuentro de los amantes, y el deseo insatisfecho se hace palabra, se transfigura en metáforas que establecen correspondencias  entre el sujeto deseante y la pareja deseada:

 No alcanzo el tiempo de tu cuerpo,
 nací lejos, en un país que es aire, nube, noche,
 aunque me oigas tan cerca.
Nací a destiempo de tu risa, de tus ojos,
en otro meridiano
Nuestras vidas se alcanzan, se confunden,
intercambian sollozos, besos, sueños,
pero andamos a leguas uno de otro,
tal vez en siglos diferentes,
en dos planetas errantes que se buscan
cansados de no verse.

  En otros textos se revela la complicidad del firmamento para la inevitable reunión de los enamorados. La tierra se hace eco del deseo y se confabula para que la distante pareja se reúna alcanzando, de esta manera, la satisfacción del impulso amoroso:

La tierra giró para acercarnos,
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño,
como fue escrito en el Simposio.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.

Para Eugenio Montejo, el amor es misterioso y subversivo, “tan subversivo que atenta contra el yo, la piedra angular de la personalidad social”. Al igual que la poesía, el amor permite trascender el tiempo y la muerte.  “Un solo amor puede salvarlo todo,/ lo que se fue, lo que ha partido y ya no vuelve,” dice el autor, y  en sus versos el sentimiento amoroso se convierte en la vía para la comprensión del cosmos;  iluminación que se hace palabra para acariciar a la amada:

¿Y qué llevaron mis manos a tu cuerpo,
sino luz táctil, la luz con que trabajo?
Rectos halos de lámpara, destellos
que mis persianas recogieron
en los dorados pozos de la tarde.
Juntas alzaron la luz de mi deseo,
acarreando despacio sus copos
sobre tus senos, tus hombros y tatuajes.

Con esa luz palpé tu rostro,
Tejí sobre tu pecho una corola
De amor y de palabras.
Con esa luz besé tu vientre, tus cabellos,
Entré en tu noche que amo,
Vi las lentas estrellas en el fondo,
Las que pueblan tu carne.

Y asido a su fulgor, una por una,
conté mis horas hasta el alba,
cuando ya picoteaban a la puerta
los gallos y sus cantos.

            El hablante recorre el cuerpo deseado con su “luz táctil”, símbolo de conocimiento,  epifanía y fecundación. La amada se convierte en espacio semiótico, texto piel; interpretarlo es acceder al infinito, alcanzar la totalidad.
En los poemas de Eugenio Montejo la recurrente  imagen de la lámpara encendida en la noche remite a ese doble aspecto de luz y sombra que acompaña a Eros, pero también nos habla de la presencia divina que propicia la inspiración y la sabiduría en el poeta.